Capítulo 8 - La boda #2
El rito avanzó entre palabras conocidas, humo y el olor del vino vertido en honor de los dioses.
Aelia había presenciado otras bodas, pero nunca desde el centro.
Desde allí cada pausa parecía más larga y cada mirada más visible.
Los familiares formaban un círculo en torno a ellos.
Detrás se acumulaban servidores, libertos y personas que intentaban ver sin interrumpir.
Cuando llegó el momento de declarar el consentimiento, Aelia respondió con claridad.
No necesitó buscar a Lucius ni a su madre. Miró a Marcus.
Él pronunció su aceptación sin elevar la voz. Después la mujer elegida como pronuba tomó sus manos derechas y las acercó. La palma de Marcus estaba seca y firme. Sus dedos se cerraron alrededor de los de Aelia con cautela, como si esperara que fuera ella quien decidiera la fuerza de aquel contacto.
Aelia sostuvo su mano.
No fue un gesto íntimo. Todas las personas presentes podían verlo. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó la mañana, algo dependió únicamente de los dos.
Los asistentes expresaron sus buenos deseos. Las voces llenaron el atrio y rompieron la quietud del rito. Marcus soltó la mano de Aelia solo cuando la pronuba se apartó.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí.
—No pareces convencida.
—Llevo horas sin poder mover la cabeza con libertad.
Marcus miró la estructura de cintas y alfileres que sostenía el velo.
—No me habían explicado que el matrimonio exigiera tanta resistencia física.
—Las negociaciones omitieron varios detalles.
—Podemos presentar una queja.
Lucius se aproximó antes de que ella respondiera.
—Es hora de recibir a los invitados.
Marcus volvió a adoptar su expresión formal.
—Por supuesto.
Aelia vio cómo se miraban ambos hombres.
La tensión de los días anteriores seguía allí, controlada bajo la cortesía.
Lucius acababa de entregar a su hija al matrimonio que había favorecido; Marcus había aceptado entrar en una familia más poderosa sin renunciar a sus límites.
La boda no había borrado nada de aquello.
La celebración ocupó el resto del día.
Aelia permaneció al lado de Marcus durante saludos, felicitaciones y conversaciones que apenas podía distinguir unas de otras.
Rostros conocidos se acercaban, pronunciaban palabras sobre la prosperidad, los hijos y la armonía, y dejaban paso a los siguientes.
Algunos felicitaban a Lucius con un entusiasmo que convertía la boda en un éxito suyo.
Otros observaban a Marcus con una atención demasiado evidente, como si calcularan cuánto había ganado la familia Fabius.
Marcus recibió cada comentario sin perder la calma. Solo la tensión de su mandíbula reveló a Aelia cuáles le resultaban más desagradables.
Durante el banquete, los invitados ocuparon los lechos y asientos dispuestos alrededor de las mesas. Aelia apenas probó la comida. El velo retenía el calor y la túnica limitaba sus movimientos. Cada vez que intentaba acomodarse, alguien se acercaba para hablarle.
Publius apareció con una copa en la mano.
—He decidido que el matrimonio es una ceremonia muy eficaz.
—¿Para qué?
—Para descubrir cuántas personas aseguran haberte conocido desde que naciste.
—Algunas me conocieron.
—Una mujer acaba de decirme que te sostuvo en brazos. Estoy casi seguro de que tiene menos edad que Marcella.
Aelia desvió la mirada para ocultar una sonrisa.
—Quizá te ha confundido conmigo —dijo Decimus, que se había acercado detrás de él.
—Eso sería peor.
Decimus llevaba la ropa formal con una incomodidad evidente. Había conseguido mantenerla limpia, aunque uno de los pliegues se había deshecho.
—Mañana iremos a verte —anunció.
—Mañana no.
—Pasado mañana.
—Deja que llegue primero —intervino Titus.
—Va a llegar esta noche.
Titus colocó una mano en el hombro de Decimus y lo hizo retroceder antes de que pudiera seguir discutiendo.
—Tus cofres ya han sido enviados —dijo a Aelia—. He comprobado la carga. No falta ninguno.
—Gracias.
—También he hablado con Philemon. Sabe qué objetos deben ir a tus habitaciones y cuáles pueden quedar en el almacén.
La precisión de Titus resultaba más tranquilizadora que cualquier expresión de tristeza. Continuaría ocupándose de lo que podía comprobar.
—¿Has revisado personalmente cada cofre? —preguntó Marcus.
Titus se volvió hacia él.
—Sí.
—Entonces Philemon no se atreverá a perderlos.
—Eso espero.
El intercambio fue correcto, aunque Aelia detectó en Marcus un breve cambio de expresión, próximo al humor. Titus pareció notarlo también.
Marcella se acercó para reparar el pliegue de Decimus.
—Si sigues tirando de la toga, llegarás a casa de Marcus vestido como un mendigo.
—Aelia no dejará de recibirme por eso.
—Aelia quizá no. Su nuevo marido todavía puede ordenar que te echen.
Decimus miró a Marcus.
—No lo harás, ¿verdad?
Marcus consideró la pregunta con una seriedad exagerada.
—Dependerá de cuánto tardes en aprender a llevar la toga.
Decimus abrió la boca, sin saber si hablaba en serio. Publius soltó una carcajada.
Aelia contempló a Marcus entre sus hermanos. Había temido que la solemnidad del día lo mantuviera apartado de ellos, pero él no intentó imponerse ni buscar una familiaridad que aún no existía. Permanecía presente, atento, aceptando las bromas sin convertirse en el centro.
Fabia se reunió con el grupo y observó a su hermano.
—¿Ya estás amenazando a la familia de tu esposa?
—Estoy estableciendo condiciones de entrada en mi casa.
—No le hagáis caso —dijo Fabia a Decimus—. Philemon lleva años entrando sin que Marcus examine su ropa.
—Philemon sabe vestirse —respondió Marcus.
—Porque nadie lo obliga a llevar una toga durante doce horas.
Aelia percibió una soltura distinta en él cuando hablaba con su hermana.
No sonreía abiertamente, pero sus respuestas llegaban con más rapidez y su cuerpo parecía menos rígido.
Fabia había vivido junto a él antes de casarse y conocía las pequeñas grietas de aquella formalidad que Aelia apenas empezaba a descubrir.
Cornelia llamó a Fabia desde la otra mesa. Esta se despidió con un gesto y se alejó.
—Tu hermana tiene razón —dijo Aelia.
—¿Sobre qué?
—Llevas todo el día estableciendo condiciones.
Marcus miró la copa que tenía delante.
—Es posible que sea un hábito.
—Tendremos que negociarlo.
—Creía que ya habíamos terminado.
—También yo. Después he descubierto que existían más cláusulas.
Esta vez vio con claridad cómo la boca de Marcus se curvaba apenas.
—Podemos revisarlas mañana.
La palabra introdujo entre ellos una realidad que el ruido del banquete había mantenido alejada. Mañana despertarían bajo el mismo techo. Aelia no regresaría a aquella casa cuando terminara la celebración.
Desvió la vista hacia el atrio. Su madre conversaba con Cornelia.
Las dos mantenían la misma cortesía de las reuniones anteriores, aunque Aelia Tertulla se inclinaba hacia su interlocutora con una atención que no parecía fingida.
Lucius, rodeado de parientes, escuchaba a un invitado mientras vigilaba de forma intermitente el lugar donde se encontraba su hija.
Prisca estaba cerca de una columna. Cuando sus miradas se cruzaron, dirigió los ojos hacia Marcus y después volvió a mirar a Aelia. No repitió su pregunta. Tampoco necesitaba hacerlo.
¿Le gustaba?
Aelia aún no podía responder con la certeza que su prima habría considerado suficiente.
Pero le gustaba haber reconocido su humor antes de que apareciera.
Le gustaba que comprobara si estaba bien sin convertir la pregunta en una exhibición de cuidado.
Le gustaba observarlo junto a Fabia y descubrir que la reserva no era la única forma que tenía de relacionarse.
Aquello no era amor. Ni siquiera intimidad.
Era algo que no había estado presente durante el primer encuentro.
Las horas fueron desgastando la celebración. Las coronas de flores perdieron frescura y el humo de las lámparas se mezcló con los olores de la comida y el vino. Aelia dejó de notar el peso del velo porque le dolían por igual los hombros, los pies y la cabeza.
Al caer la tarde comenzaron los preparativos para la procesión.
Los criados retiraron parte de las mesas y despejaron el paso hacia la entrada. Fuera se reunieron los portadores de antorchas, músicos, familiares y curiosos. Las voces de la calle entraron en la domus antes que la oscuridad.
Marcus debía adelantarse para recibirla en su casa. Antes de marcharse se acercó a Aelia.
—Te esperaré allí.
La frase era evidente, pero su modo de pronunciarla le dio el peso de una promesa.
—No creo que me permitan perderme.
Marcus miró a Decimus, que discutía con Publius sobre quién caminaría más cerca de ella.
—Tu familia parece decidida a impedirlo.
Aelia buscó algo más que decir. Después de tantas conversaciones sobre asuntos económicos, resultaba absurdo que no encontrara palabras para aquella despedida breve.
—Marcus.
Él esperó.
—Estoy preparada.
Los ojos de Marcus permanecieron en los suyos.
—Lo sé.
No podía saber qué había interpretado en su voz, pero la respuesta no pareció una fórmula. Inclinó la cabeza y salió acompañado por parte de su familia.
Aelia contempló la entrada vacía que había dejado tras él.
Entonces comenzaron las despedidas.
Titus la abrazó primero, de manera breve y firme.
—Iré dentro de unos días —dijo—. Cuando me confirmes que es buen momento.
—Decimus intentará llegar antes.
—Me ocuparé de que no lo haga.
Publius la besó en la frente por encima del velo.
—Si la casa es demasiado silenciosa, avísame. Puedo remediarlo.
—Ese es uno de mis temores.
—Te acostumbrarás a echarme de menos.
Decimus no hizo ninguna broma. Rodeó a Aelia con los brazos y apretó más de lo que ella esperaba.
—Vendrás pronto.
—Sí.
—Lo prometiste.
—No lo he olvidado.
Cuando se apartó, tenía el ceño fruncido. Aelia le alisó el pliegue que Marcella había corregido durante el banquete.
—Y tú vendrás cuando te invitemos.
—No hace falta que me invites.
—Ahora sí.
Decimus pareció dispuesto a protestar, pero Titus lo tomó por el brazo.
Marcella esperó a que sus hermanos se alejaran.