Capítulo 8 - La boda
Aelia despertó antes de que entraran las primeras mujeres en la habitación.
Permaneció inmóvil, escuchando los sonidos de una casa que ya no descansaba.
Al otro lado de la puerta se cruzaban voces contenidas, pasos apresurados y el roce de las escobas sobre el suelo.
Alguien pidió más aceite para las lámparas.
Otra persona preguntó dónde debían colocarse las coronas de flores.
Desde el patio llegó el golpe breve de una jarra contra una mesa y una protesta sofocada.
La boda había comenzado sin esperar a que ella se levantara.
La puerta se abrió. Aelia Tertulla entró acompañada de Marcella, dos criadas y la pariente elegida para asistir en el rito. Era una mujer mayor, casada una sola vez y respetada por ambas familias. Tras ellas apareció Helvia con una caja de madera que Cornelia Prisca había enviado la tarde anterior.
—Todavía podemos expulsarlas a todas —dijo Marcella—. La casa quedaría mucho más tranquila.
—Tú serías la primera en volver —respondió Aelia.
—Solo para comprobar si te habías arrepentido.
Su madre dejó una lámpara sobre la mesa.
—Marcella, si has venido a alterarla, puedes esperar fuera.
—He venido a impedir que las demás la alteren.
La claridad gris del amanecer apenas entraba por la ventana. Las llamas de las lámparas teñían de oro las paredes, los cofres cerrados y la túnica nupcial, extendida sobre el lecho desde la noche anterior.
Aelia se incorporó. Había dormido poco, pero no se sentía cansada. El cuerpo parecía haberse adelantado a sus pensamientos y permanecía en una vigilancia serena, atento a cada sonido y cada mano que se acercaba.
Helvia abrió la caja. Dentro se encontraba el velo de color anaranjado que Aelia llevaría sobre la cabeza.
—Mi señora Cornelia pidió que lo trajera personalmente —dijo—. Quería asegurarse de que llegara sin arrugas.
Aelia Tertulla examinó el tejido con cuidado.
—Ha llegado bien.
Helvia inclinó la cabeza y retrocedió. Aunque se encontraba en la domus Valeria, su lugar estaba ya junto a Cornelia y la casa a la que Aelia se trasladaría aquella noche. La joven conocía la túnica, las estancias y las costumbres que Aelia todavía tendría que aprender.
Aquel pensamiento hizo que la habitación le pareciera más fría.
Las mujeres comenzaron a vestirla. La túnica de lana cayó hasta sus pies con un peso mayor del que había recordado durante las pruebas.
Aelia levantó los brazos mientras ajustaban la tela y rodeaban su cintura con el cordón de lana.
La pariente mayor formó el nudo con una lentitud solemne.
Ninguna explicó su significado. Todas las presentes lo conocían.
Marcella se ocupó de mantener apartadas las manos innecesarias.
—Si continuáis tirando de la tela —advirtió a una criada—, acabaréis casando al vestido en lugar de a mi hermana.
La muchacha aflojó los dedos de inmediato.
Aelia Tertulla revisó el pliegue del hombro, alisó el borde de la túnica y se apartó para contemplar el conjunto. Durante los días anteriores había corregido cada detalle con una seguridad incansable. Aquella mañana tardó más de lo habitual en pronunciarse.
—Está bien —dijo al fin.
Su voz sonó firme, aunque sus dedos permanecieron sobre la manga de Aelia.
Después llegó el turno del cabello. Aelia se sentó mientras lo dividían y sujetaban en seis partes, entrelazadas con cintas de lana.
No podía ver el resultado, solo notar la presión de los dedos y de los alfileres sobre el cuero cabelludo.
Las mujeres hablaban a su alrededor de flores, lámparas y familiares que aún no habían llegado. Ninguna mencionó a Marcus.
Aelia agradeció aquel silencio. Su nombre habría atraído preguntas para las que seguía sin tener respuesta.
¿Estaría despierto desde hacía horas? ¿Habría dormido mejor que ella? ¿Estaría recibiendo las mismas instrucciones, soportando manos que corrigieran su ropa y familiares convencidos de saber qué debía hacer?
No podía saberlo. Solo podía imaginarlo de pie, quieto y paciente, mientras otros organizaban el día que cambiaría su vida.
Cuando colocaron el velo sobre su cabeza, la habitación se transformó. La tela tamizó la luz y tiñó de un tono cálido los rostros. Aelia vio a su madre acercarse, levantar el borde y comprobar que no ocultara demasiado sus facciones.
—¿Puedes ver bien?
—Lo suficiente.
—No debes apresurarte al caminar.
—No pensaba hacerlo.
Marcella se acercó con la pequeña pieza de oro que Aelia había elegido.
—No te muevas.
—Todo el mundo lleva una hora diciéndome lo mismo.
—Y aún no has aprendido.
Marcella prendió la joya y retrocedió. La ironía había desaparecido de su expresión.
—Estás hermosa.
La sencillez de las palabras afectó a Aelia más que cualquiera de las fórmulas que había oído durante los preparativos.
—Gracias.
Marcella le apretó la mano antes de apartarse.
Aelia Tertulla despidió a las criadas para que atendieran otras tareas. Helvia recogió la caja vacía, pero Aelia la detuvo.
—Cuando regreses, da las gracias a Cornelia de mi parte.
—Sí, señora.
Aquella forma de dirigirse a ella no era nueva, aunque esa mañana adquirió otro sentido. Antes de que terminara el día, Helvia la recibiría en la casa Fabius como esposa de Marcus.
La puerta se cerró y Aelia quedó durante unos instantes con su madre y Marcella.
Aelia Tertulla ajustó por última vez el velo.
—Tu padre quiere verte antes de que lleguen los Fabii.
—¿Dónde está?
—En el tablino. Finge que comprueba los documentos.
Marcella levantó una ceja.
—¿Finge?
—Lleva media hora mirando la misma tablilla.
Aelia siguió a su madre hasta el corredor. Las personas con las que se cruzaron se detenían para contemplarla. Algunas sonreían. Otras inclinaban la cabeza y se apartaban. Ella conocía a muchas desde la infancia, pero el vestido y el velo levantaban una distancia nueva entre ellos.
Lucius estaba en el tablino, tal como había dicho su madre. Sostenía una tablilla, aunque la dejó sobre la mesa en cuanto Aelia entró. Vestía la toga con una precisión que parecía impedirle cualquier movimiento innecesario.
Aelia Tertulla y Marcella permanecieron junto a la puerta.
—Ya estás preparada —dijo Lucius.
—Eso parece.
Su padre la observó desde el velo hasta los zapatos.
No había en su expresión la satisfacción abierta que había mostrado cuando ella aceptó el matrimonio.
La noche anterior le había recordado que aún podía cambiar de opinión.
Ahora la decisión se había convertido en una realidad que tampoco él podía reorganizar.
—Los Fabii llegarán pronto —dijo.
—Lo sé.
Lucius se acercó. Por un instante, Aelia creyó que iba a revisar su ropa como había hecho su madre, pero él se limitó a ofrecerle las manos. Ella las tomó.
—Marcus ha aceptado todas las condiciones acordadas —dijo—. Los documentos están en orden. Si en algún momento…
Aelia cerró los dedos alrededor de los suyos.
—Padre.
Lucius calló.
—No necesito otra garantía esta mañana.
La línea de su boca se endureció apenas. Aelia conocía aquel gesto. Su padre soportaba mejor una discusión que la imposibilidad de actuar.
—Siempre se necesita una garantía.
—Entonces recuérdame que puedo volver a esta casa.
—No tienes que volver. Nunca dejará de ser tuya.
Aelia notó que su madre bajaba la vista.
—Eso basta —respondió.
Lucius asintió. Soltó una de sus manos y alzó la otra hasta rozarle la mejilla por encima del velo.
—Has sido una buena hija.
La frase produjo en Aelia una emoción difícil de separar. Había deseado escucharla muchas veces, aunque nunca necesitó preguntar. Sin embargo, no quería que aquella fuera la virtud que resumiera su vida bajo aquel techo.
—Espero haber sido algo más que eso.
Su padre sostuvo su mirada. Tardó un momento en responder.
—Lo has sido.
Desde el atrio llegó el anuncio de que los Fabii se acercaban. Las voces aumentaron, acompañadas por el movimiento de quienes buscaban su lugar antes de la entrada de los invitados.
Lucius recuperó la compostura.
—Debemos ir.
Aelia salió entre sus padres.
Marcus llegó acompañado de Cornelia, Fabia y los parientes necesarios para representar a su familia.
La casa Valeria los recibió con una dignidad que Lucius había defendido incluso después de aceptar que la boda no fuera una demostración de riqueza.
Había suficientes flores, lámparas y telas para honrar a las dos familias, pero nada pretendía ocultar que una poseía más recursos que la otra.
Aelia observó a Marcus a través del velo.
Vestía una toga clara y llevaba una corona sencilla.
No parecía distinto del hombre con quien había discutido documentos y condiciones, aunque aquel atuendo le daba una solemnidad que no pertenecía a sus encuentros anteriores.
Saludó a Lucius, después a Aelia Tertulla y por último se volvió hacia ella.
Sus ojos se detuvieron un instante en el velo.
—Aelia.
—Marcus.
Una pausa breve se abrió entre los dos, rodeada por demasiadas personas.
—Confío en que puedas ver —dijo él.
Aelia recordó la pregunta de su madre y estuvo a punto de sonreír.
—Todo el mundo parece preocupado por eso.
—Resultaría incómodo que no reconocieras al novio.
—Te he reconocido.
—Entonces podemos continuar.
El tono serio no logró ocultar del todo la ironía. Aquellas palabras sencillas redujeron la extrañeza del momento. Aelia seguía viendo al mismo hombre, incluso bajo la mirada de ambas familias.
Cornelia se acercó. Llevaba una túnica sobria y joyas discretas. Su postura era impecable.
—Estás muy hermosa.
—Gracias por el velo.
—Perteneció a mi familia.
Aelia rozó el borde de la tela.
—Lo cuidaré.
Cornelia sostuvo su mirada.
—Desde hoy también será la tuya.
No añadió nada más. Aelia no podía saber cuánto le costaba compartir una casa que había dirigido durante años ni qué lugar esperaba conservar en ella. Solo vio la dignidad con que recibió el agradecimiento y el modo en que retrocedió para dejar a Marcus junto a la novia.