Capítulo 7 - Antes de salir de casa #3
Aelia no supo si la explicación pretendía tranquilizarla, pero reconoció al hombre descrito y eso le produjo una satisfacción inesperada.
Marcus no acudió. Su ausencia era adecuada en la víspera y, sin embargo, Aelia descubrió que había esperado verlo entrar detrás de su madre.
Llevaban varios días sin mantener una conversación que no estuviera rodeada de familiares.
Pensó en la pregunta de Prisca y no encontró una respuesta nueva, aunque el hecho de notar aquella ausencia se parecía, al menos, al comienzo de una.
La casa fue quedando en silencio mucho después de la cena.
Aelia Tertulla ordenó que se retirara temprano. Marcella comprobó por última vez los objetos preparados para la mañana. Prisca se despidió sin repetir su pregunta. Hasta Lucius pareció comprender que ya no quedaba nada útil que revisar.
En su habitación, Aelia se acostó y cerró los ojos.
No durmió.
Al otro lado de la pared se oyeron pasos, el roce de una puerta y una voz que daba una indicación en susurros.
Luego llegó una calma incompleta, hecha de crujidos familiares.
Aelia conocía el sonido de aquella casa por la noche: el agua discreta del impluvio cuando llovía, las sandalias del esclavo que comprobaba las lámparas, el golpe del postigo que nunca encajaba bien cuando soplaba viento desde el oeste.
Se levantó y se cubrió con un manto.
La lámpara de su habitación apenas iluminaba los cofres cerrados. El lecho quedaba preparado para recibirla una última vez, pero todo lo demás parecía haber partido ya. Tomó la lámpara y salió.
Atravesó el corredor despacio. No pretendía despedirse de las paredes. Aquello le habría parecido una afectación impropia incluso en la intimidad. Solo necesitaba ver los lugares sin que nadie le preguntara por una cinta o una lista.
En el peristilo, las columnas recortaban franjas oscuras sobre el suelo.
Las plantas desprendían un olor húmedo. Aelia recordó a Decimus escondido detrás de una de las macetas, muchos años atrás, convencido de que nadie veía sus pies.
Recordó a Publius saltando el canal y cayendo dentro.
A Titus intentando imponer orden con la solemnidad de un niño que ya se consideraba heredero.
La casa contenía aquellas escenas sin mostrar ninguna.
Pasó junto al comedor, donde los lechos habían sido desplazados para la celebración. En el atrio se detuvo ante el impluvio. El reflejo de la llama tembló en el agua.
Al día siguiente cruzaría aquel espacio vestida para la ceremonia. Habría voces, música, observaciones y manos que corregirían hasta el último pliegue de su ropa. Después saldría a la calle y la multitud la acompañaría hasta la casa de Marcus.
Había aceptado. Nadie había pronunciado la decisión en su lugar.
Eso no reducía su coste.
Elegir una vida significaba renunciar a la continuidad intacta de otra.
No perdería a sus padres ni a sus hermanos, pero dejaría de pertenecer a sus días de la misma manera.
Ya no sabría siempre quién había llegado antes del mediodía, por qué Titus discutía con Lucius o qué historia falsa preparaba Publius para la cena.
Decimus aprendería a no buscarla en cada habitación.
La idea dolió sin despertar arrepentimiento.
—Deberías estar durmiendo.
Lucius estaba junto a la entrada del tablino. No llevaba la toga, y la sencillez de su túnica lo hacía parecer mayor.
—Tú también.
—Esta es mi casa. Puedo desobedecer mis propias órdenes.
Aelia se acercó. Su padre miró la lámpara que ella sostenía y después los espacios vacíos del atrio.
—Mañana será un día largo —dijo.
—Lo sé.
Lucius abrió la boca, pero tardó en continuar.
—Si faltara algo…
—No falta nada.
—Siempre falta algo.
—Entonces podrá esperar.
Él asintió. Aelia esperaba una última advertencia, una promesa de protección o la enumeración de todo lo que había dispuesto para ella.
Lucius solo levantó una mano y le acomodó el borde del manto sobre el hombro, como hacía cuando ella era niña y regresaba al interior después de permanecer demasiado tiempo en el jardín.
—Tu madre me ha prohibido decirte que aún puedes cambiar de opinión —dijo.
Aelia lo miró.
—¿Pensabas decírmelo?
—He pensado muchas cosas esta noche.
No podía saber cuáles. Vio el cansancio en sus ojos y la rigidez con que mantenía los hombros. Por una vez, no quiso obligarlo a convertir aquello en una declaración ordenada.
—No voy a cambiar de opinión, padre.
—Bien.
La palabra sonó firme. Lucius dejó caer la mano.
—Duerme, entonces.
Aelia regresó a su habitación. Apagó la lámpara y se tendió bajo la manta, rodeada por los sonidos conocidos de la domus Valeria.
A la mañana siguiente seguiría siendo hija de Lucius.
Seguiría siendo hermana de Titus, Marcella, Publius y Decimus.
Nada de eso quedaría anulado cuando entrara en la casa Fabius.
Pero aquella era la última noche en que todos esos vínculos bastaban para definir su lugar en el mundo. Aelia cerró los ojos y durmió por última vez en aquella casa como hija soltera de Lucius Valerius Marcellus.