Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 7 - Antes de salir de casa #2
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Capítulo 7 - Antes de salir de casa #2

Marcella dejó las telas sobre el lecho y empezó a separar las piezas.

Llevaba un vestido azul grisáceo sin más adorno que un broche de plata.

Desde que comenzaron los preparativos, había intervenido allí donde su madre necesitaba una segunda opinión y se había retirado antes de que Lucius pudiera confiarle una lista completa de tareas.

Aelia se sentó junto al cofre.

—Prisca me ha preguntado si Marcus me gusta.

—Eso explica la cinta.

—Le he dicho que lo respeto.

Marcella no respondió de inmediato. Extendió una tela, comprobó el borde y volvió a enrollarla.

—¿Y qué ha dicho ella?

—Que no era la misma cosa.

—Tiene razón.

Aelia la miró con cansancio.

—Hoy todo el mundo parece dispuesto a hablar con la voz de un oráculo.

—Prisca jamás desperdiciaría tantas palabras.

Aelia dejó escapar una breve risa.

Marcella le acercó uno de los rollos.

—Este debe ir contigo. El otro puede quedarse.

—Los dos pertenecían a nuestra abuela.

—Los dos siguen perteneciendo a la familia. No necesitas llevarte la casa entera para demostrar que has vivido aquí.

Aelia acarició la tela. Era una lana fina, teñida de un rojo ya atenuado por los años.

—Cuando te casaste, ¿cómo elegiste?

—Mal. Quise llevarme demasiadas cosas y luego descubrí que no tenía ningún uso para la mitad.

—No me refería a las telas.

Marcella sostuvo su mirada. Una sombra leve, provocada por el movimiento de una cortina, cruzó su rostro.

—Lo sé.

Aelia esperó. Su hermana rara vez evitaba una pregunta directa, pero tampoco entregaba recuerdos porque alguien los deseara.

—Elegí con lo que sabía entonces —dijo Marcella—. No puedo juzgar a aquella mujer como si hubiera conocido todo lo que ocurrió después.

No había amargura en su voz. Aelia la observó recoger los alfileres, agruparlos y guardarlos en una caja propia.

Marcella tenía ahora una casa, patrimonio y decisiones que no necesitaba someter a la rutina de otro hogar.

Hasta entonces, Aelia había pensado en aquella libertad como una compensación nacida de la viudez.

Por primera vez se preguntó cuánto había costado aprender a ejercerla.

—¿Fue difícil marcharte? —preguntó.

—Sí.

La respuesta llegó sin adornos.

—Nadie lo habría dicho al verte.

—Me habían enseñado a salir de casa sin hacer que los demás lamentaran verme partir.

Marcella se sentó a su lado.

—También fue difícil regresar. Habían movido un banco en el atrio y me enfadé durante dos días porque nadie me había consultado.

—Era un banco.

—Era la prueba de que la casa había continuado sin mí.

Aelia volvió la vista hacia los cofres.

—Esta casa continuará sin mí.

—Por supuesto.

Marcella lo dijo con suavidad, pero no intentó negarlo. Aelia agradeció la sinceridad, aunque la certeza le oprimió el pecho.

—Y tú continuarás sin ella —añadió su hermana—. Eso no significa que dejéis de pertenecer la una a la otra.

Aelia tomó la tela roja y la colocó en el cofre.

—Me la llevaré.

—Me parece bien.

—¿Y el otro rollo?

—Ese era para reparar una cubierta de lecho. No perteneció a nuestra abuela.

Aelia la empujó con el hombro. Marcella rio y la habitación pareció recuperar por un momento su tamaño habitual.

A la hora de la cena, el número de parientes obligó a distribuir a los presentes en dos grupos.

Los familiares de Ostia ocuparon el comedor principal con Lucius y Aelia Tertulla.

Aelia quedó en una estancia contigua con sus hermanos, Marcella y Prisca, que escuchaba a Publius describir una tormenta reciente con una falta de precisión que resultaba ofensiva para cualquiera que hubiera visto un barco.

—El mástil casi tocaba el agua —aseguró Publius.

—Entonces el barco se estaba hundiendo —dijo Prisca.

—Se inclinó.

—¿Cuánto?

Publius levantó una mano, calculando en el aire un ángulo imposible.

—Así.

—Se habría hundido.

—No estabas allí.

—El agua sí.

Decimus soltó una carcajada. Titus continuó comiendo, aunque la comisura de su boca se movió.

—Publius vuelve de cualquier viaje con una tormenta —dijo—. Incluso cuando no ha llovido.

—Las mejores historias requieren correcciones menores.

—Las tuyas necesitan un arquitecto —replicó Marcella.

La conversación saltó de los caminos a los invitados y de los invitados a la boda. Decimus quiso saber a qué hora empezaría la procesión, quién portaría las antorchas y si tendría permitido acompañar a Aelia hasta la casa Fabius.

—Puedes acompañarnos —respondió ella—, pero deberás hacer lo que se te indique.

—Ya sé comportarme en una boda.

—Nunca has asistido a una en la que tuvieras una tarea.

—Mi tarea será caminar.

—Precisamente por eso nos preocupa —dijo Publius.

Decimus ignoró la provocación.

—¿Volverás al día siguiente?

Aelia dejó la copa en la mesa.

—No creo.

—Entonces, dos días después. Podríamos comer aquí. Marcus también, si quiere.

—No será tan sencillo.

—Su casa no está lejos.

—No.

Decimus frunció el ceño, como si la proximidad de ambas domus resolviera cualquier dificultad.

—Puedes venir por la mañana y regresar por la noche.

Titus dirigió a su hermano una mirada de advertencia, pero Aelia habló antes de que pudiera interrumpir.

—Tendré otra casa y otras obligaciones.

—Aquí también tienes obligaciones.

—Decimus —dijo Titus.

—Solo pregunto.

La confusión de su hermano no contenía reproche. Para él, la boda era una jornada de celebración, un traslado por las calles, una cena más grande que las habituales. Después, los bancos se retirarían y la casa recuperaría su orden. Aelia volvería a ocupar su lugar entre ellos.

Ella misma había entendido el matrimonio de un modo parecido mientras todo se reducía a conversaciones y documentos.

Casarse con Marcus implicaba aceptar condiciones, compartir una vida todavía abstracta y cambiar la posición de dos familias.

Los cofres en sus habitaciones habían empezado a darle forma a otra verdad: dejaría de despertar bajo aquel techo.

—Vendré con frecuencia —prometió.

—¿Cada semana?

—Siempre que pueda.

Decimus pareció considerar insuficiente la respuesta.

—Podemos ir nosotros.

—No todos a la vez —dijo Marcella—. La casa Fabius podría no sobrevivir.

—Marcus sabe que somos cinco hermanos.

—Saberlo no es lo mismo que recibirlos juntos —observó Titus.

Publius alzó su copa hacia Aelia.

—Yo esperaré a que descubras dónde guardan el mejor vino.

—En ese caso, no pienso decírtelo.

La conversación siguió, pero Aelia empezó a percibir cada voz de manera distinta.

Titus preguntó por el traslado de algunas pertenencias y le ofreció revisar personalmente que llegaran intactas.

Publius prometió visitar solo cuando pudiera llevar noticias dignas de ser exageradas.

Decimus insistió en que la distancia era corta.

Habían pasado años entrando y saliendo de las mismas habitaciones, interrumpiéndose y dando por supuesto que al día siguiente continuarían donde habían terminado. Ninguno de ellos sabía todavía qué forma adoptaría la ausencia.

Aelia tampoco.

A la mañana siguiente, la casa despertó antes del alba.

El olor del pan recién hecho llegó hasta el atrio, mezclado con aceite de lámparas y follaje cortado.

Había que revisar las guirnaldas, recibir provisiones y despejar las habitaciones que alojarían a nuevos invitados.

Aelia fue llamada para probar una vez más la túnica y después para decidir qué joyas usaría.

Su madre rechazó una pieza demasiado pesada.

Marcella descartó otra por considerar que competía con el resto del atuendo.

Prisca observó la discusión desde un banco.

—Podríais preguntarle a la persona que tendrá que llevarlas —dijo.

Las dos hermanas se volvieron hacia Aelia Tertulla. Esta sostuvo un collar ante la luz.

—Eso estamos haciendo.

Aelia eligió la pieza más sencilla. Su madre la estudió, valoró el efecto y asintió.

El resto del día transcurrió entre visitas y comprobaciones.

Al caer la tarde, Cornelia Prisca acudió acompañada de Fabia para entregar los últimos presentes de la casa Fabius.

Cornelia habló con Aelia Tertulla sobre la ceremonia; Fabia se interesó por los preparativos y le aseguró a Aelia que su hermano había revisado tres veces una cuestión que cualquiera habría dado por resuelta con una sola.

—No porque dude de la boda —aclaró—. Marcus revisaría tres veces hasta la ruta más corta entre dos calles.