Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 7 - Antes de salir de casa
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Capítulo 7 - Antes de salir de casa

Los preparativos adquirieron la capacidad de ocupar cualquier espacio que quedara libre.

Si Aelia entraba en el tablino, encontraba a Titus revisando con Lucius una lista de invitados.

Si cruzaba el atrio, alguien la detenía para preguntarle por las flores, las lámparas o el número de lechos que debían disponerse.

En sus habitaciones se acumulaban cofres abiertos, telas dobladas y objetos que hasta entonces habían formado parte de la casa sin que nadie necesitara decidir a quién pertenecían.

Su madre parecía estar en tres lugares a la vez.

—Esas cintas no —dijo Aelia Tertulla al pasar junto a dos mujeres que ordenaban adornos sobre una mesa—. Las de lana sin teñir. Y preguntad a Marcella dónde dejó los alfileres.

No se detuvo. Llevaba una tablilla en una mano y una pequeña bolsa de tela en la otra. Aelia apenas alcanzó a verla desaparecer hacia el pasillo antes de que Helvia, enviada desde la casa Fabius con varias prendas, reclamara su atención.

—Cornelia Prisca desea saber si la túnica necesita algún ajuste más.

Aelia contempló la tela clara extendida sobre el lecho. Ya la había probado dos veces y ambas había encontrado que caía como debía. Sin embargo, la víspera su madre había descubierto una arruga junto al hombro y aquella mañana Marcella había asegurado que el borde inferior podía quedar mejor.

—Ninguno —respondió—. Dile que está perfecta.

Helvia mantuvo las manos juntas ante el cuerpo.

—¿Perfecta?

Aelia comprendió la cautela. Si Cornelia encontraba después alguna imperfección, la palabra regresaría hasta la muchacha como una acusación.

—Dile que la he probado de nuevo y que no deseo que se modifique.

Helvia inclinó la cabeza y se dispuso a recoger la túnica.

—Puedes dejarla aquí. Mi madre querrá verla otra vez.

La joven obedeció sin mostrar sorpresa. En aquellos días nadie parecía esperar que una decisión fuese definitiva.

Aelia se volvió hacia el cofre más próximo.

Contenía parte de las prendas que llevaría a la casa Fabius, dispuestas con tanto esmero que no se atrevía a tocarlas.

Sobre otro aguardaban dos pequeñas cajas de madera, una cesta cubierta y varios rollos de tela.

La habitación conservaba su lecho, el banco bajo la ventana y el arcón que había pertenecido a su abuela; pero ya no parecía el lugar donde había dormido desde niña.

Se había convertido en una estancia de paso, un punto en el que los objetos eran clasificados antes de viajar hacia una vida distinta.

Quedaban dos días para la boda.

Aelia había sabido durante toda la semana que el tiempo avanzaba. Lo demostraban los encargos terminados, las visitas cada vez más frecuentes y la creciente imposibilidad de sentarse a solas. Aun así, aquella cifra la sorprendió. Dos días. Después sería uno. Después, ninguno.

Una criada apareció en la puerta.

—Han llegado los parientes de Ostia.

Desde el atrio se elevó el rumor de varias voces. Una de ellas, femenina y firme, dio una indicación sobre el equipaje antes de que nadie se la pidiera.

Aelia reconoció a Prisca.

Bajó al encuentro de los recién llegados y halló la entrada ocupada por personas, mantos de viaje y dos esclavos que intentaban mover un arca demasiado grande sin rozar una columna.

Gaius Valerius Priscus saludaba a Lucius cerca del impluvio.

Tenía todavía polvo en el borde del calzado y hablaba ya de una demora en el camino, como si necesitara justificar ante su pariente hasta los contratiempos de Roma.

Prisca se había quitado el manto. Llevaba una túnica sencilla, ceñida con un cordón oscuro, y el cabello recogido de un modo que había resistido peor el viaje que ella. Estaba observando el traslado del arca.

—Si la levantáis desde ese lado, la esquina golpeará el mármol —advirtió.

Uno de los hombres cambió la posición de las manos. El mueble atravesó la entrada sin tocar nada.

Prisca se volvió entonces hacia Aelia.

—Pareces la misma.

—Solo han pasado unos meses.

—Vas a casarte. Esperaba al menos una transformación visible.

Aelia recibió su abrazo y notó en su ropa el olor del camino, mezclado con otro más tenue que le recordó la brea y el aire salino de Ostia.

—Llegas con tiempo suficiente para presenciarla.

—Mi padre quiso salir ayer. Le expliqué que no serviría de mucho llegar antes que nuestro equipaje.

Gaius oyó la observación.

—Tu prima cree que en Ostia da órdenes a los vientos.

—A los vientos no —replicó Prisca—. A quienes cargan las arcas, a veces.

Lucius rio y condujo a su pariente hacia el interior. Aelia Tertulla apareció para organizar la distribución de habitaciones. En pocos instantes, la llegada quedó absorbida por el movimiento general de la casa.

Prisca miró alrededor.

—¿Siempre hay tanta gente aquí?

—Esta semana sí.

—En la entrada me han preguntado tres veces quién era y dos dónde pensaba dormir. He dado la misma respuesta a todos.

—Eso no impedirá que vuelvan a preguntártelo.

—Entonces empezaré a inventar respuestas distintas.

Aelia sonrió. Había olvidado que conversar con Prisca exigía menos precauciones y, al mismo tiempo, ofrecía menos lugares donde ocultarse.

Su prima observó los adornos preparados junto al atrio y después la puerta del corredor.

—Enséñame dónde puedo dejar mis cosas antes de que alguien decida incluirlas en tu dote.

—No todas esas arcas son mías.

—La de la entrada tampoco. Mi padre insiste en viajar como si Ostia estuviera en el extremo del imperio.

Subieron juntas. Mientras una criada acomodaba el equipaje de Prisca, Aelia respondió preguntas sobre los invitados y la duración de la celebración.

Prisca escuchó con atención, aunque las cantidades de comida y los nombres de ciertas familias parecieron interesarle menos que la decisión de no convertir la boda en una exhibición de riqueza.

—Eso habrá sido idea del novio —dijo.

—También mía.

Prisca la miró.

—Entonces ya habéis conseguido estar de acuerdo en algo.

Aelia prefirió no explicar cuánto esfuerzo había requerido alcanzar algunos de los demás acuerdos.

La ceremonia sería digna sin resultar desmesurada.

Marcus lo había pedido con una sobriedad que no admitía equívocos, y ella había comprendido que deseaba entrar en la familia Valeria sin quedar reducido a un hombre rescatado por ella.

Lucius había aceptado, aunque durante dos días continuó proponiendo mejoras que, según él, nadie podría confundir con ostentación.

—Mi padre dice que Marcus Fabius es serio —continuó Prisca.

—Lo es.

—También dice que sabe cuánto vale una propiedad y que no firma nada sin leerlo dos veces.

—Eso también es cierto.

Prisca se acercó a la ventana. Desde allí se veía una parte del peristilo y a dos hombres colocando bancos bajo el pórtico.

—En Ostia, esas cualidades bastarían para recomendar a un socio. No sé si bastan para recomendar a un marido.

Aelia cerró una de las cajas que la criada había dejado abierta.

—Marcus no será tu marido.

—Por eso puedo preguntar sin temer la respuesta.

La criada terminó de ordenar las prendas y salió. Prisca esperó a que sus pasos se alejaran.

—¿Te gusta?

La pregunta carecía del rodeo que habrían empleado su madre o Marcella. Aelia se inclinó sobre la caja, aunque ya estaba cerrada.

—Lo respeto.

—No te he preguntado si lo respetas.

—Lo sé.

Prisca apoyó una cadera contra el borde de la mesa. No parecía divertida ni alarmada. Solo aguardaba.

—Es un hombre honorable —añadió Aelia—. Me escucha. No intenta decidir qué debo pensar antes de preguntármelo.

—Eso parece útil.

—Lo es.

—Pero tampoco significa que te guste.

La irritación llegó con una rapidez que Aelia consideró injusta. Prisca no había dicho nada que ella misma no hubiera examinado. Precisamente por eso resultaba molesto oírlo con aquella claridad.

—No he tenido meses para conocerlo.

—No.

—Y no necesito fingir una pasión que no existe para justificar mi decisión.

—Tampoco he dicho eso.

—Has dicho que mi respuesta no basta.

Prisca recogió un alfiler abandonado en la mesa y lo dejó junto a los demás.

—He dicho que no responde a mi pregunta.

Aelia se enderezó.

—Entonces no tengo una respuesta mejor.

Su prima la contempló unos instantes. Aelia conocía aquella mirada: no pretendía adivinarle el pensamiento, sino decidir si debía seguir hablando.

—Bien —dijo Prisca al fin—. Eso sí responde.

La facilidad con que aceptó la declaración desarmó parte del enojo de Aelia.

—¿No vas a explicarme lo que debería sentir?

—No sabría hacerlo. Además, cuando alguien me explica lo que debo sentir, suelo dejar de escucharlo.

—Eso también lo había olvidado.

—En cambio, puedo decirte que el respeto sirve para muchas cosas. Quizá descubras si sirve para esto.

Prisca no insistió. Se apartó de la mesa y preguntó dónde podía lavarse antes de presentarse adecuadamente ante Aelia Tertulla. La conversación terminó con la misma brusquedad con que había empezado.

Aelia regresó a sus habitaciones, pero la pregunta la acompañó.

¿Le gustaba Marcus?

Le gustaba que no llenara los silencios con halagos.

Le gustaba la precisión con que separaba una obligación de un favor, aunque esa precisión lo enfrentara a Lucius.

Había empezado a reconocer el instante en que una respuesta lo sorprendía: no por una confesión de su rostro, sino por la pausa mínima que precedía a sus palabras.

Todo aquello seguía pareciéndose más a una relación de observaciones que a lo que Prisca había preguntado.

Aelia abrió el cofre y cambió de lugar una prenda que no necesitaba ser movida. Podía haber respondido que deseaba conocerlo. Habría sido verdad. Pero tampoco era lo mismo.

—Si continúas así, mañana no encontraremos nada.

Marcella estaba en la puerta con dos rollos de tela bajo el brazo.

—Todo está donde debe.

—Acabas de guardar esa cinta en el cofre de las túnicas.

Aelia volvió a sacarla.

—Ha sido un error.

—Entonces el matrimonio ya está produciendo efectos extraordinarios.