Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 6 - Lo que se escribe #3
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Capítulo 6 - Lo que se escribe #3

Aelia sintió que acababa de presenciar la continuación de una conversación anterior. No conocía las palabras ni sabía cuándo había ocurrido. Solo percibía su huella en el silencio de sus padres.

Podía preguntar qué contenían aquellos libros antiguos.

La pregunta se formó y desapareció casi al mismo tiempo.

Varro estaba explicando qué documentos faltaban antes de cerrar los acuerdos.

Lucius había rechazado incluir los rendimientos de Ostia.

Marcus necesitaba revisar con Cornelia ciertos bienes de la casa Fabius.

La boda todavía no tenía fecha y ya parecía acercarse con una velocidad que Aelia apenas podía seguir.

La referencia a los registros quedó enterrada bajo preocupaciones inmediatas.

Antes de finalizar la reunión, Varro repasó las decisiones adoptadas.

La aportación acordada se mantendría sin los rendimientos adicionales propuestos por Lucius.

Los bienes separados de Aelia no responderían por obligaciones anteriores de los Fabii.

Las cuestiones domésticas y el deber de información se recogerían según lo discutido.

Cualquier modificación posterior exigiría una nueva conversación.

Marcus escuchó hasta el final.

—Quiero que Aelia disponga de una copia de la redacción —dijo.

Varro levantó las cejas.

—Todavía no es definitiva.

—Precisamente.

Lucius intervino:

—Puede consultarla aquí siempre que lo desee.

Marcus no apartó la mirada del jurista.

—He dicho que quiero que disponga de una copia.

Aelia percibió la resistencia inmediata de su padre, aunque resultaba difícil convertirla en una objeción razonable después de todo lo que habían acordado.

—El escribiente puede prepararla —dijo Varro—. Estará lista mañana.

—Gracias —respondió Aelia.

Marcus volvió la cabeza hacia ella.

—Será más fácil discutir las palabras si ambos podemos leerlas.

—¿Espera más discusiones?

—Después de esta semana, sería imprudente esperar lo contrario.

Cornelia bajó los ojos hacia sus manos. Aelia creyó ver una breve sonrisa antes de que la viuda recuperara su expresión habitual.

La reunión terminó cuando la luz empezó a retirarse del despacho. Los documentos fueron atados de nuevo y el escribiente guardó los estilos. Titus se llevó el paquete de Ostia para responder a Felix. Lucius acompañó a Varro al atrio sin mencionar los libros antiguos.

Aelia permaneció junto a la mesa mientras Marcus ayudaba a su madre a levantarse.

—Mi padre no aceptará con facilidad que rechacemos algo que considera útil —dijo ella.

—No espero que lo haga.

—Usted tampoco acepta con facilidad recibirlo.

—No.

—Eso podría convertirse en un problema.

Marcus se ajustó un pliegue de la toga.

—Ya se ha convertido en una conversación larga.

—No es lo mismo.

Él la miró.

—No. Pero es preferible a descubrirlo después de la boda.

Aelia pasó los dedos sobre la marca que el rollo había dejado en la madera.

—Cuando mi padre ofrece una solución, suele creer que el asunto termina.

—¿Y cuando usted ofrece una?

—Procuro que nadie note que era mía.

Marcus guardó silencio.

Aelia se arrepintió de haber expresado una verdad tan personal. Sin embargo, él no la consoló ni intentó convertir la confesión en una cualidad.

—Hoy no lo ha hecho —dijo.

—Hoy todos lo han notado.

—Quizá sea inevitable al principio.

Aelia alzó la vista.

—¿Al principio?

—Ha aceptado casarse conmigo para descubrir qué vida podemos construir. Supongo que algunas costumbres necesitarán tiempo.

El recuerdo exacto de sus palabras la sorprendió. Marcus había escuchado incluso aquello que no pertenecía a las condiciones.

—También las suyas —dijo.

—Sobre todo las mías, por lo que parece.

Aelia sonrió.

Cornelia se acercó antes de que pudieran continuar. Marcus se despidió con la formalidad habitual y acompañó a su madre hacia el atrio.

Cuando se quedó sola, Aelia contempló el espacio que habían ocupado los documentos. Solo permanecía allí una tablilla sin usar y una pequeña hebra del cordel con que Varro había atado los rollos.

Hasta entonces había pensado en la boda como el momento en que abandonaría una casa para entrar en otra. Aquella tarde comprendió que el cambio había comenzado antes.

Ya existían bienes que debían distinguirse, obligaciones que no podían mezclarse y decisiones que exigían límites. Cada frase escrita convertía una intención en algo capaz de sobrevivir a quienes la habían pronunciado. También revelaba aquello que cada persona intentaba proteger.

Lucius protegía a su hija mediante recursos y previsiones.

Marcus protegía a su familia rechazando dependencias.

Aelia empezaba a sospechar que ambos podían imponerle el peso de esa protección si no intervenía a tiempo.

Tomó la tablilla vacía y se dirigió hacia la puerta. Al pasar junto al estante, recordó la nota de Felix y la negativa de su padre.

Libros antiguos. Dos numeraciones. Cuentas que no merecía la pena consultar.

No sabía si significaban algo. Quizá Lucius solo se negara a perder tiempo con registros inútiles. Aun así, la mirada de su madre permaneció con ella mientras abandonaba el despacho.

No había sido sorpresa.

Había sido reconocimiento.