Capítulo 6 - Lo que se escribe #2
—Son rendimientos estables —dijo Lucius—. Garantizarán que Aelia no vea reducido su modo de vida mientras reorganizas tus propiedades.
Una quietud fría se instaló en Marcus.
—Mi esposa no pasará necesidades.
—No he hablado de necesidades.
—No. Has hablado de asegurar que pueda vivir como si continuara en esta casa.
Aelia miró a su padre. Lucius no parecía comprender por qué aquella intención podía resultar ofensiva.
—Es mi hija —dijo—. No voy a pedirle que acepte una situación inferior cuando puedo evitarlo.
—La casa Fabius no es una situación inferior.
Cornelia mantuvo la espalda recta. Solo el modo en que unió las manos sobre su regazo reveló que la discusión también la alcanzaba.
Lucius abrió la boca, pero Aelia intervino.
—Padre no ha dicho eso.
Marcus volvió el rostro hacia ella.
—Lo ha insinuado.
—Ha comparado recursos, no familias.
—La diferencia puede ser pequeña cuando los recursos permiten decidir por los demás.
Lucius empujó la tablilla sobre la mesa.
—Estoy intentando proteger a Aelia.
—Con algo que no ha solicitado.
Ambos hombres la miraron.
Aelia sintió un impulso de aplazar la respuesta hasta encontrar una solución que no desautorizara a ninguno. Era la reacción que conocía mejor: identificar las necesidades enfrentadas, suavizar las palabras y construir una salida en la que nadie tuviera que admitir que había cedido.
La tablilla de Lucius estaba al alcance de su mano. Aelia no la tomó.
—Quiero conocer la propuesta antes de aceptarla o rechazarla —dijo.
Lucius pareció relajarse. Marcus no.
—Por supuesto —respondió su padre—. Los intereses proceden de operaciones seguras y llevan años generando ingresos.
—No me refiero solo a su origen. Quiero saber qué cambiarían en el acuerdo.
Varro pidió la tablilla y la revisó.
—Aumentarían la aportación disponible para los gastos de la casa y reducirían la necesidad de utilizar durante los primeros años los rendimientos de determinadas propiedades Fabias.
—Que deben seguir sosteniendo a los Fabii —dijo Marcus—. No pretendo dejar intactos mis ingresos mientras vivo de los Valerii.
—No vivirías de nosotros —replicó Lucius—. Administrarías bienes aportados con mi hija.
—Bienes que exceden lo necesario para protegerla.
Aelia miró a Marcus.
—¿Los rechaza porque no hacen falta o porque proceden de mi padre?
La pregunta produjo un silencio distinto. Cornelia bajó los ojos un instante. Titus abandonó su posición junto al estante y se aproximó a la mesa, aunque no intervino.
Marcus respondió con lentitud.
—Ambas cosas están relacionadas.
—No necesariamente.
—En este caso, sí.
—Entonces su negativa tampoco depende solo de protegerme.
Marcus sostuvo la mirada de Aelia. Ella no podía saber si le molestaba que hubiera identificado su orgullo delante de los demás. La línea de su mandíbula se marcó, pero su voz se mantuvo serena.
—No quiero que nuestra casa necesite una concesión permanente de los Valerii.
—¿Aunque resulte razonable?
—No la considero razonable.
Lucius emitió un sonido impaciente.
—Porque preferirías reducir los gastos antes que aceptar una ventaja.
—Si los ingresos de mi casa no bastan, reducir los gastos sería una opción más honrada.
—¿También los de Aelia?
Marcus se volvió hacia él.
—Aelia conocerá las cuentas y participará en cualquier cambio que afecte a su administración. Eso acordamos.
—Después de que ella te obligara a reconocer que las dificultades de los Fabii podían afectarla.
La precisión de Lucius golpeó el punto exacto del desacuerdo anterior. Aelia vio cómo Marcus retiraba la mano del brazo del asiento.
—Y modifiqué la condición.
—Porque era evidente que se había redactado en tu beneficio.
—La primera redacción no la hice yo.
—Pero la habrías aceptado.
—No lo sabemos —dijo Aelia.
Lucius se volvió hacia ella.
—Estabas presente.
—Y Marcus aceptó cambiarla. No necesito que conviertas cada desacuerdo en una prueba de que tenías razón al ofrecer más.
Su padre la contempló como si el comentario le resultara incomprensible.
—Estoy defendiendo tus intereses.
—Lo sé. Pero son mis intereses. Déjame intervenir.
Varro se aclaró la garganta.
—Podemos aplazar la incorporación de esos rendimientos. No es necesario resolverla hoy.
Lucius mantuvo la atención en Aelia.
—Si los rechazas ahora, Marcus interpretará que estabas de acuerdo con él.
—Marcus puede preguntarme qué pienso.
Ella se volvió hacia su futuro esposo.
—No quiero que nuestra casa dependa de mi padre más de lo necesario. Tampoco quiero que el deseo de demostrar independencia nos obligue a renunciar a algo útil.
Marcus no respondió de inmediato.
—¿Qué propone?
—Que se mantenga la aportación ya acordada. Los rendimientos adicionales pueden quedar fuera, pero no quiero que usted los rechace en mi nombre como si aceptar cualquier ayuda me perjudicara.
—No lo haré.
—¿Y si más adelante necesitamos revisar el acuerdo?
—Lo revisaremos.
—Los dos.
—Los dos.
Aelia miró a Varro.
—Eso es lo que quiero que conste.
El jurista hizo una señal al escribiente, que comenzó a modificar sus notas.
Lucius apoyó ambas manos en la mesa.
—Estáis dejando fuera una protección que podría establecerse ahora.
—No —dijo Aelia—. Estoy evitando que todas las protecciones procedan de ti.
La expresión de su padre se cerró. Aelia sintió la tentación de añadir una frase que redujera la dureza de la anterior. No lo hizo. Había hablado sin alzar la voz ni faltar al respeto. Que Lucius se sintiera incómodo no convertía sus palabras en injustas.
Aelia Tertulla cambió de posición junto a ella. El roce de la tela fue el único sonido hasta que Varro continuó con el siguiente asunto.
Revisaron los objetos que Aelia llevaría a la casa Fabius, la parte de la aportación que se destinaría al sostenimiento del hogar y los bienes que permanecerían separados. No se fijaron todas las cantidades. Algunas valoraciones debían comprobarse y ciertos documentos todavía no habían llegado.
Aelia prestó atención incluso cuando las fórmulas de Varro se volvían difíciles de seguir. Preguntó dos veces qué consecuencia práctica tendría una expresión. En una ocasión, el jurista intentó responder mediante otra fórmula jurídica, pero ella lo interrumpió.
—¿Qué significaría en la casa?
Varro la observó por encima del rollo.
—Que Marcus podría administrarlo, pero no utilizarlo para satisfacer una obligación anterior al matrimonio.
—Eso sí lo entiendo.
Marcus la miró, y Aelia creyó advertir una aprobación silenciosa. No podía afirmarlo. Se limitó a reconocer que, cuando Varro retomó la explicación, Marcus no apartó la atención de ella.
A media tarde llegó un mensajero desde Ostia.
El hombre entregó a Titus un paquete de tablillas protegidas con tela encerada. El sello pertenecía a Marcus Tullius Felix, liberto de los Valerii y uno de los hombres que administraban sus intereses en el puerto.
Aelia conocía a Felix desde niña. Lo había visto entrar en la domus con noticias sobre cargamentos, almacenes y pagos, siempre con la paciencia de quien estaba acostumbrado a explicar a Lucius problemas ocurridos a una jornada de distancia.
Su nombre formaba parte de la vida económica de la familia de una manera tan habitual que nadie preguntó por qué enviaba documentación justo aquel día.
Titus rompió el sello con autorización de Lucius y leyó las primeras tablillas.
—Son las relaciones actuales de los rendimientos que pediste —dijo.
Lucius extendió la mano.
Titus le entregó parte del envío y reservó otra tablilla para Varro.
—Felix ha añadido una nota sobre la procedencia de uno de los intereses —continuó—. Dice que la referencia usada en Roma no coincide con la numeración que conservan en Ostia.
Varro recibió la nota.
—Puede tratarse de una copia posterior.
—Eso cree él. Sugiere comprobar los libros antiguos para confirmar cuándo se separó el registro.
Lucius levantó la vista.
—No será necesario.
La respuesta llegó antes de que Varro terminara de examinar la tablilla.
Aelia miró a su padre. La rapidez resultaba extraña, aunque no más que la rigidez con que sostenía los documentos.
—Si hay dos numeraciones —dijo Varro—, convendría saber cuál corresponde al origen del rendimiento.
—No vamos a incorporar esos intereses al acuerdo —repuso Lucius—. La comprobación carece ya de utilidad.
—Podría ser conveniente para los registros de la familia —señaló Titus.
—Felix puede corregirlos en Ostia con la documentación reciente.
—La reciente remite a la anterior.
Lucius dejó las tablillas sobre la mesa.
—He dicho que no es necesario remontarse tanto. Trabajaremos con las cuentas posteriores. Son suficientes.
El tono puso fin a la cuestión.
Titus recogió la nota de Felix y la colocó junto al resto del envío. Varro pasó a otro documento sin insistir. Marcus observó las tablillas durante unos instantes, pero no formuló ninguna pregunta.
Aelia se volvió hacia su madre.
Aelia Tertulla miraba a Lucius.
No había sorpresa en su rostro. Tampoco la curiosidad que habría sido natural ante una discrepancia inesperada. Sus ojos permanecieron sobre él durante un breve instante, y Lucius evitó encontrarlos mientras ordenaba los documentos.
Después ella bajó la vista.