Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 6 - Lo que se escribe
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Capítulo 6 - Lo que se escribe

La respuesta de Aelia no produjo ningún cambio visible en Marcus.

Al menos, no de inmediato.

Permaneció ante ella bajo el pórtico, con la luz del atardecer extendiéndose por las losas del jardín y el ruido lejano de la calle llegando hasta la casa.

Aelia acababa de aceptar casarse con él.

Había esperado que aquellas palabras provocaran algo que pudiera reconocer con facilidad: alivio, satisfacción, quizá una sonrisa.

Marcus se limitó a sostenerle la mirada.

Después inclinó la cabeza.

—Gracias.

Aelia no pudo evitar una leve extrañeza.

—No esperaba que me diera las gracias.

—Ha tomado una decisión que también afecta a mi familia. Sería descortés no hacerlo.

—Pensaba que la cortesía tenía usos más sencillos.

La referencia a su conversación anterior sí consiguió modificar su expresión. La severidad de la boca cedió un instante.

—Empiezo a descubrir que no siempre.

Marcus se volvió hacia el atrio, donde Lucius esperaba sin fingir demasiado bien que su presencia respondía a otra ocupación.

Aelia habría preferido disponer de unos momentos más antes de comunicar la decisión.

No para cambiarla, sino para conservarla como algo que solo pertenecía a Marcus y a ella.

Sin embargo, había aceptado un matrimonio entre dos personas, dos familias y dos casas. Nada permanecería exclusivamente entre ambos durante mucho tiempo.

Entraron juntos.

Lucius se acercó antes de que Aelia tuviera ocasión de hablar.

—¿Habéis llegado a una decisión?

La pregunta se dirigió a los dos, pero su padre miraba a Marcus. Aelia intervino antes de que él pudiera responder.

—He aceptado casarme con Marcus.

La satisfacción iluminó el rostro de Lucius con una naturalidad que la hirió más de lo razonable.

—Sabía que reconocerías las ventajas del acuerdo.

Aelia sintió que la elección que tanto esfuerzo le había costado empezaba a desaparecer dentro de la seguridad de su padre.

—Las he reconocido desde el principio.

—Entonces has tomado una decisión sensata.

—He tomado mi decisión.

Lucius frunció ligeramente el ceño.

—Eso he dicho.

—No exactamente.

Aelia Tertulla había salido del comedor. Permaneció junto a una de las columnas, en silencio. Sus ojos se detuvieron en su hija antes de pasar a Lucius.

Marcus tampoco habló.

Aelia habría agradecido que alguno de los dos explicara la diferencia en su lugar. La idea le produjo un rechazo inmediato. Si necesitaba que otra persona defendiera que aquella decisión era suya, volvería a entregar parte de ella.

—He aceptado porque quiero descubrir qué vida podemos construir —dijo—. No porque fuese inevitable que llegara a la conclusión que tú esperabas.

La satisfacción de Lucius perdió algo de brillo.

—Nunca he afirmado que fuera inevitable.

—No con esas palabras.

Su padre miró a Marcus, quizá esperando que pusiera fin a una precisión que consideraba innecesaria. Marcus permaneció junto a Aelia, sin adelantarse ni retroceder.

—Lo importante —dijo Lucius— es que existe un acuerdo.

—Lo importante para mí es cómo se ha alcanzado.

El silencio se hizo demasiado grande para el atrio. Aelia no quería transformar su aceptación en una discusión con su padre, pero tampoco podía permitir que el primer relato de aquel momento la redujera a una hija que había comprendido, por fin, lo que convenía.

Marcus se dirigió entonces a Lucius.

—Aelia ha dejado claro que su respuesta no estaba decidida antes de hoy.

Lucius lo observó.

—No he dicho lo contrario.

—Entonces todos estamos de acuerdo.

El tono de Marcus era correcto y no contenía ninguna censura explícita. Aelia percibió, sin embargo, que había cerrado la conversación sin hablar por ella. Se limitó a obligar a Lucius a aceptar lo que ella ya había expresado.

Aelia Tertulla se acercó y tomó las manos de su hija.

—Enhorabuena.

No le preguntó si estaba segura. No repitió las ventajas del matrimonio. La besó en la frente y después saludó a Marcus como futuro miembro de la familia.

Lucius recuperó pronto el dominio práctico del momento. Habló de comunicar la aceptación a Cornelia, avisar a Varro y revisar los acuerdos antes de fijar la fecha de la boda. En pocos instantes, la decisión de Aelia quedó rodeada por mensajes, documentos y obligaciones.

Marcus se marchó antes del anochecer. Aelia lo vio descender los escalones desde el atrio. Él se volvió una vez, inclinó la cabeza y continuó hacia la calle.

A la mañana siguiente, toda la casa conocía el compromiso.

Decimus fue el primero en felicitarla y también el primero en preguntarle si podría visitarla siempre que quisiera.

Publius aseguró que Marcus acabaría lamentando haber permitido que sus hermanos entraran libremente en la casa Fabius.

Titus se mostró más contenido: besó a Aelia en la mejilla y le dijo que había elegido a un hombre digno.

Marcella llegó poco antes del mediodía.

—Así que la respuesta era sí —dijo.

—Lo era.

—¿También después de dormir?

Aelia fingió considerar la pregunta.

—También.

—Entonces empieza bien.

No hicieron falta más palabras. Marcella la abrazó y, durante unos instantes, Aelia sintió el peso real de lo que había elegido.

Pronto dejaría de vivir bajo el mismo techo que ellos.

El afecto de su familia continuaría, pero cambiarían los ritmos, las distancias y la facilidad con que podían encontrarse sin preparación.

Después llegaron los preparativos.

Durante los días siguientes, la domus Valeria se llenó de mensajeros.

Cornelia respondió formalmente a la aceptación.

Varro pidió documentos. Lucius encargó revisar inventarios que hasta entonces Aelia solo había visto cuando su madre necesitaba comprobar alguna pieza de plata o el estado de las telas guardadas para ocasiones familiares.

La boda dejó de ser una posibilidad y empezó a ocupar espacio físico.

Había tablillas en el despacho de Lucius, rollos sobre una mesa del atrio y cofres abiertos en la habitación de Aelia.

Su madre revisaba prendas, joyas y objetos personales.

Dos mujeres del servicio discutían en voz baja sobre qué debía trasladarse a la casa Fabius y qué convenía guardar hasta después de la ceremonia.

Aelia descubrió que una decisión podía parecer íntima mientras se tomaba y convertirse, al día siguiente, en trabajo para una casa entera.

Varro acudió al final de la semana.

Llegó acompañado por un joven escribiente que cargaba una caja de tablillas y varios rollos protegidos con fundas de cuero.

Marcus ya estaba en la domus con Cornelia.

Lucius había pedido también la presencia de Titus, aunque Aelia no sabía si por necesidad o porque consideraba natural que su hijo mayor participara en cualquier cuestión patrimonial importante.

La reunión se celebró en el despacho.

Aelia había entrado allí muchas veces, pero nunca había ocupado un asiento junto a la mesa principal.

Lucius le indicó uno próximo a su madre.

Marcus se sentó frente a ellas, con Cornelia a su derecha.

Titus permaneció junto a un estante, cerca de los documentos que el escribiente había ido ordenando.

Varro abrió la reunión con una explicación tan breve que Aelia sospechó que Lucius le había advertido contra cualquier discurso innecesario.

—No necesitamos resolver hoy cada aspecto de la ceremonia ni anticipar todos los problemas que podrían surgir durante el matrimonio —dijo—. Debemos acordar qué aporta cada casa, qué bienes quedan separados y qué obligaciones no pueden trasladarse de una familia a la otra.

Lucius asintió.

—Los Valerii cumplirán con generosidad.

Marcus apoyó una mano sobre el brazo de su asiento.

—Ese término es precisamente el que puede causarnos dificultades.

—La generosidad no suele considerarse una dificultad.

—Depende de lo que pretenda comprar.

La mirada de Lucius se endureció.

—No estoy comprando nada.

—Entonces no será necesario añadir más de lo ya discutido.

Aelia reconoció el conflicto antes de que Varro intentara suavizarlo. Lucius entendía la abundancia como protección; Marcus, como una deuda que podía extenderse mucho más allá de los documentos.

Varro desenrolló un escrito.

—Empecemos por lo que no se discute. Parte de los bienes destinados al sostenimiento del matrimonio se entregará bajo las condiciones acordadas entre ambas casas. Otros bienes de Aelia permanecerán diferenciados. El matrimonio no convierte todo lo que ella posee en propiedad de Marcus.

Cornelia no mostró sorpresa. Marcus tampoco.

Aelia conocía en términos generales aquella posibilidad.

Había oído hablar desde niña de mujeres que conservaban propiedades y de dotes restituidas tras un divorcio o una viudedad.

Sin embargo, escuchar su nombre dentro de aquellas previsiones modificó la información.

Varro no hablaba de costumbres ajenas. Hablaba de lo que ocurriría si su matrimonio terminaba, si Marcus moría o si ambos dejaban de querer permanecer unidos.

La ceremonia aún no tenía fecha y ya estaban contemplando su disolución.

Varro continuó:

—Marcus administrará los bienes que se determinen para sostener las cargas del matrimonio dentro de los límites establecidos.

Los objetos personales de Aelia, las joyas que no formen parte de esa aportación y cualquier propiedad que quede expresamente separada no podrán confundirse con las obligaciones previas de los Fabii.

—Eso debe quedar completamente claro —dijo Marcus.

Lucius movió una tablilla hacia el centro de la mesa.

—Lo está. También he propuesto añadir los rendimientos de ciertos intereses administrados desde Ostia.

Marcus no miró el documento.

—No.

Lucius se reclinó.

—Ni siquiera sabes a cuáles me refiero.

—Sé que no figuraban en lo acordado.

—Porque he decidido ampliar la aportación.

—Sin consultarlo con nosotros.

La frase habría podido dirigirse a Aelia. El plural de Marcus incluía también a Cornelia y quizá a Varro, pero no concedía a Lucius el derecho a tratar a los Fabii como receptores pasivos de su generosidad.