Capítulo 5 - ¿Quieres casarte con él? #3
Su padre reconoció el golpe con un pequeño movimiento de la mandíbula.
—Le enviaré un mensaje.
—Dile que deseo hablar con él. No que has decidido convocarlo.
—La diferencia será evidente si el mensaje lleva tu nombre.
Aelia no había previsto enviarle una comunicación propia. La propuesta hizo que el pulso se le acelerara, no por miedo a Marcus, sino por lo irrevocable del gesto. Hasta entonces, todos los encuentros habían nacido de decisiones de Lucius o de acuerdos entre familias.
—Entonces lo escribiré yo.
Su padre se apartó de la mesa.
Aelia utilizó una de sus tablillas y compuso un mensaje breve. No explicó lo que había decidido porque todavía no lo sabía con exactitud. Le pidió a Marcus que acudiera antes del anochecer si sus obligaciones se lo permitían. Escribió su propio nombre al final.
Lucius leyó el texto cuando ella se lo ofreció.
—No le indicas el motivo.
—Lo conoce.
El mensaje salió de la casa antes de que Aelia pudiera arrepentirse.
Pasó la primera parte de la tarde con su madre revisando unas telas destinadas a nuevas cortinas para el comedor.
La tarea exigía comparar la densidad de los tejidos y calcular cuánto se necesitaría, pero Aelia se equivocó dos veces en una medida sencilla.
Aelia Tertulla no señaló la causa. Se limitó a repetir el cálculo y a pedir otra muestra.
La respuesta llegó cuando el sol empezaba a descender. Marcus acudiría antes de la última hora de luz.
Aelia se retiró para cambiarse la túnica.
Rechazó dos colores antes de advertir lo que estaba haciendo.
No se preparaba para una fiesta ni para provocar admiración.
Eligió una prenda azul grisácea que ya había usado en reuniones familiares y permitió que una esclava ajustara su cabello sin añadir joyas nuevas.
Marcus llegó solo.
Lucius lo recibió en el atrio, pero Aelia intervino antes de que pudiera conducirlo al despacho.
—Me gustaría hablar en el jardín.
Su padre observó el espacio abierto, visible desde varias estancias.
—Estaremos cerca.
—Eso esperaba.
Marcus esperó a que Aelia iniciara el camino. Se detuvieron bajo el pórtico, junto al banco donde ella había hablado con Marcella aquella mañana. Las ramas cortadas ya no estaban, aunque algunas hojas pequeñas seguían esparcidas por el suelo.
Aelia Tertulla se encontraba en el comedor y Lucius permaneció en el atrio. Podían verlos, pero no oír una conversación mantenida en voz baja.
Marcus llevaba una túnica oscura bajo la toga. Parecía haber interrumpido alguna actividad para acudir, aunque Aelia no podía saber cuál. Una fina capa de polvo cubría el borde de sus sandalias.
—Su mensaje era breve —dijo él.
—No sabía cuánto debía explicar por escrito.
—Lo suficiente para hacerme venir sin saber si recibiría una aceptación o una despedida.
Aelia percibió el humor seco, pero no encontró una sonrisa que le indicara cómo valoraba cada posibilidad.
—¿Cuál esperaba?
—No habría sido prudente esperar ninguna.
—Eso no responde.
—Empiezo a pensar que no acepta respuestas imprecisas.
—Solo cuando la precisión es posible.
Marcus miró hacia el jardín.
—No sabía qué respondería.
Aelia agradeció la franqueza. No había fingido seguridad ni intentado convencerla antes de escucharla.
—He considerado las condiciones —dijo—. Y lo que sé de su familia. También lo que mi padre, mi madre y mis hermanos esperan de esta alianza.
Marcus volvió la atención hacia ella.
—Eso parece mucho peso para una sola respuesta.
—Lo sería si la respuesta perteneciera a todos.
—¿No es así?
—No.
Aelia recorrió con la vista la hilera de columnas. Había preparado frases durante toda la mañana y ninguna le parecía adecuada ahora.
—No lo amo —dijo.
Marcus permaneció inmóvil.
—No esperaba que lo hiciera.
—Tampoco sé si llegaré a amarlo.
—Eso no puede formar parte de las condiciones.
—Podría prometer respeto.
—Yo también.
—Y sinceridad.
La pausa de Marcus fue apenas perceptible.
—Dentro de los límites que discutimos.
—Esa precisión es una de las razones por las que he pedido que viniera.
—No parece una cualidad muy romántica.
—No estaba buscando una declaración romántica.
—Eso facilita la conversación.
Aelia lo miró. Esta vez sí vio una leve variación en su boca.
—He intentado decidir mediante razones —continuó—. Todas indican que debería aceptar. Pero no quería hacerlo únicamente porque mi padre hubiera encontrado una solución adecuada para ambas familias.
—Lo comprendo.
Aelia pensó en corregirlo. Marcus podía comprender las palabras; todavía no sabía lo que habían exigido de ella. Sin embargo, no necesitaba convertir aquella conversación en otra prueba.
—También he pensado en negarme —dijo—. Podría hacerlo. Mi familia lo aceptaría, aunque no con la misma facilidad. Los Fabii buscarían otra alianza. Mi vida continuaría hasta que apareciera una propuesta distinta.
Marcus mantuvo el rostro sereno, pero sus hombros adquirieron una rigidez nueva.
—Es cierto.
—Durante unas horas, creí que quizá debía rechazarlo para demostrar que la decisión era mía.
—Habría sido una demostración costosa.
—Y bastante inútil.
—No me correspondía decirlo.
—Pero lo ha pensado.
—Ha dicho usted que no quiere respuestas imprecisas.
Aelia dejó escapar una breve risa. La tensión no desapareció, aunque se hizo más soportable.
—No quiero casarme con usted para obedecer a mi padre —dijo—. Tampoco quiero rechazarlo solo para llevarle la contraria.
Marcus esperó.
—Quiero conocer la casa Fabius. Quiero aprender a administrarla y descubrir qué lugar puede ocupar Cornelia sin que ninguna de las dos tenga que fingir que la otra no existe. Quiero seguir viendo a mi familia. Quiero discutir con usted antes de que decida qué información me conviene conocer.
—Eso último ocurrirá con frecuencia, por lo que parece.
—Probablemente.
Aelia sostuvo su mirada.
—Y quiero descubrir si podemos construir algo que no esté escrito en las tablillas de Varro.
Por primera vez desde que habían empezado a hablar, Marcus apartó los ojos. Observó el jardín, las columnas y el pequeño canal por el que corría el agua hacia una pila de piedra. Cuando volvió a mirarla, su expresión continuaba cerrada, pero su voz perdió parte de la formalidad.
—Aelia, ¿está segura?
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin incluirlo en un saludo o en una fórmula dirigida a otros. El sonido modificó la pregunta.
Ella podía haber respondido que ninguna persona sensata estaba segura de un matrimonio antes de vivirlo. Podía repetir las razones de la tablilla o protegerse con una condición más.
No lo hizo.
—Sí.
Marcus permaneció quieto.
—Entonces, ¿acepta casarse conmigo?
Aelia sintió el peso de la casa a su espalda: Lucius en el atrio, su madre en el comedor, las habitaciones donde había crecido y las voces familiares que formaban parte de cada día. Frente a ella estaba un hombre al que apenas conocía y al que quería seguir conociendo.
La incertidumbre continuaba allí. La elección también.
—Sí —repitió—. Acepto.