Capítulo 5 - ¿Quieres casarte con él? #2
Quería saber cómo hablaba cuando no había un jurista tomando notas.
Quería descubrir si su humor aparecía únicamente cuando Publius lo provocaba.
Quería verlo en la casa Fabius, junto a las personas que dependían de él, y comprobar si la justicia que mostraba durante una negociación se mantenía cuando nadie podía exigirle explicaciones.
También quería conocer los problemas que él consideraba exclusivamente suyos.
Aelia se sorprendió ante aquella última idea. Marcus ya había trazado el límite y ella acababa de empezar a imaginar cómo cruzarlo.
Eso no era amor. Ni siquiera atracción, al menos no de la clase que describían algunos poemas y que su educación le había enseñado a tratar con cautela. Era interés. Una inclinación todavía débil, pero propia.
Regresó al interior poco antes de la comida. Encontró a su madre supervisando la preparación del comedor. Dos esclavos cambiaban uno de los lechos de sitio mientras una joven colocaba cuencos con aceitunas y hierbas aromáticas sobre una mesa auxiliar.
Aelia Tertulla señaló que desplazaran el lecho un poco más cerca del muro. Solo entonces se volvió hacia su hija.
—¿Marcella ya se ha marchado?
—Sí.
—Ha venido poco tiempo.
—El suficiente.
Su madre examinó la posición del lecho y pidió que corrigieran uno de los cojines.
—¿Te ha ayudado?
—Me ha hecho una pregunta.
—Suele hacerlo.
—Tú la enviaste para que me la hiciera.
Aelia Tertulla esperó hasta que los esclavos salieron del comedor.
—La envié porque llevabas toda la mañana sola.
—Podías haber hablado conmigo.
—Lo hice ayer.
—Ayer me dijiste que ningún acuerdo podía anticipar la vida real.
—Y sigo pensándolo.
Aelia tomó una aceituna de uno de los cuencos, pero la dejó de nuevo al descubrir la mirada de su madre.
—Marcus reúne todo lo que debería considerar importante —dijo—. Es competente, responsable y capaz de escuchar. No parece esperar obediencia absoluta. No intenta apropiarse de los bienes de los Valerii. Ha aceptado límites que otros hombres habrían considerado ofensivos.
—Todo eso es cierto según lo que sabemos.
—Padre cree que debería aceptar.
—También eso es cierto.
—¿Y tú?
Aelia Tertulla pasó un dedo por el borde de la mesa, retirando una hoja diminuta que había caído junto a uno de los cuencos.
—Creo que Marcus puede ser un buen marido.
—No te he preguntado eso.
Su madre levantó los ojos. Aelia reconoció en la escena un reflejo de la conversación con Marcella y comprendió que acababa de emplear las mismas palabras.
—¿Qué me has preguntado? —dijo Aelia Tertulla.
—Si crees que debo casarme con él.
—No lo sé.
La respuesta resultó tan directa que Aelia perdió por un momento la réplica que había preparado.
—Padre no duda.
—Tu padre sabe lo que haría si la decisión fuera suya.
—La decisión no será solo mía. Afectará a todos.
—Casi todas las decisiones importantes afectan a más de una persona. Eso no significa que todos deban tomarlas.
Aelia miró hacia el atrio. Lucius no estaba allí, pero bajó la voz de todos modos.
—Si me niego, los Fabii perderán una oportunidad de estabilizar su situación.
—Encontrarán otra solución.
—Padre habrá invertido tiempo y reputación en las conversaciones.
—Sobrevivirá.
—Se sentirá decepcionado.
Aelia Tertulla tardó un instante en contestar.
—Es posible.
La serenidad de su madre la irritó.
—Lo dices como si no importara.
—Importa. La decepción de una persona a la que quieres siempre importa. Lo que no puede hacer es decidir por ti cada vez que exista la posibilidad de provocarla.
Aelia se apartó de la mesa.
—Resulta sencillo decirlo cuando sabes que todos esperan que acepte.
—¿Crees que intento conducirte hacia el matrimonio?
—No lo sé. Nunca dices lo suficiente para que pueda estar segura.
El reproche quedó suspendido entre ambas. Aelia Tertulla no endureció el rostro, pero sus manos se inmovilizaron sobre la mesa.
Aelia lamentó las palabras antes de que su madre respondiera. No porque fueran completamente falsas, sino porque contenían una acusación mayor de la que había pretendido formular.
—He pasado gran parte de mi vida procurando que esta familia continúe unida —dijo Aelia Tertulla—. A veces eso ha exigido hablar. Otras veces, callar. No siempre he elegido bien.
Aelia esperó algo más, pero su madre dirigió la vista hacia el jardín.
—¿Te casaste con padre porque querías?
La pregunta no pareció sorprenderla.
—Quise aceptar su propuesta.
—No es lo mismo.
—En aquel momento sí lo fue para mí.
—¿Y después?
Aelia Tertulla recuperó la pequeña hoja y la dobló entre los dedos.
—Después tuve que elegir muchas veces qué clase de esposa quería ser. También tu padre tuvo que elegir qué clase de marido sería, aunque quizá le resulte más fácil recordar las decisiones de los demás que las suyas.
Aelia se acercó de nuevo.
—¿Fuiste feliz?
—Lo he sido muchas veces.
No era una respuesta completa. Aelia comprendió que no obtendría otra y, por primera vez, no la consideró una evasión. Su madre no podía convertir años de matrimonio en una fórmula que garantizara el resultado de una decisión distinta.
—Ninguna condición evitará que Marcus cambie —continuó Aelia Tertulla—. Ni que cambies tú. Puedes conocer su reputación, sus obligaciones y lo que está dispuesto a prometer ahora. No puedes conocer al hombre que será dentro de diez años.
—Entonces, ¿cómo se decide?
—Con lo que sabes y con lo que aún estás dispuesta a descubrir.
Aelia pensó en la tablilla de las nueve razones.
—Podría negarme.
—Sí.
—Aunque no exista un motivo concreto.
—No querer sería un motivo.
—¿Y si me niego solo para demostrar que puedo hacerlo?
Su madre dejó la hoja doblada sobre la mesa.
—También sería permitir que los demás decidieran por ti. Solo que en sentido contrario.
La idea la acompañó durante toda la comida.
Lucius habló con Titus de un cargamento que había llegado con varias ánforas dañadas.
Publius adornó el incidente hasta convertirlo en el naufragio de una flota entera, y Decimus insistió en que habría sabido detectar el problema antes de la descarga.
Marcella no había regresado, pero su ausencia ocupó un espacio claro para Aelia.
Nadie mencionó a Marcus.
La omisión era deliberada. Lucius concedía a su hija el tiempo que había pedido, aunque la expectativa se sentaba a la mesa con ellos.
Aelia observó a su familia mientras discutían.
Conocía el modo en que Titus separaba la carne del hueso antes de comerla, la impaciencia con que Decimus bebía cuando deseaba intervenir y el instante exacto en que Publius empezaba a exagerar una historia.
Podía anticipar qué objeción haría su padre y cuándo su madre pondría fin a una discusión cambiando de asunto.
Casarse significaría perder la facilidad de aquellas costumbres.
En la casa Fabius tendría que aprender otros silencios, otras jerarquías y la manera en que Cornelia indicaba una preferencia sin formularla como orden.
Durante un tiempo sería observada incluso cuando nadie pareciera prestarle atención.
La perspectiva le producía inquietud.
También curiosidad.
Al terminar la comida, Lucius le pidió que acudiera a su despacho.
Aelia entró y permaneció de pie. Sobre la mesa estaban las tablillas que Varro había enviado aquella mañana. La rapidez del jurista no la sorprendió. Su padre habría pagado generosamente por ella.
—Ha preparado una primera redacción —dijo Lucius—. Todavía necesita correcciones.
—Marcus también tendrá que revisarla.
—Por supuesto.
Lucius no la invitó a sentarse. Tampoco ocupó él su asiento. Se quedó al otro lado de la mesa, con una mano apoyada junto a los documentos.
—No quiero presionarte.
Aelia aguardó.
—Pero conviene responder a los Fabii antes de que la falta de una decisión empiece a interpretarse como una negativa.
—Solo han pasado dos días desde la primera visita.
—Las conversaciones comenzaron antes.
—Sin mí.
Su padre retiró la mano de las tablillas.
—Por eso no se cerró nada.
—No. Pero el tiempo que tú llevas valorando la alianza no es el mismo que llevo yo.
Lucius dio unos pasos hasta el estante donde guardaba los sellos.
—¿Ha hecho Marcus algo que te inspire desconfianza?
—No.
—¿Te ha tratado con falta de respeto?
—No.
—¿Consideras insuficientes las condiciones?
—No.
—Entonces no comprendo qué obstáculo queda.
Aelia podría haber respondido que ella misma, pero la frase habría convertido su voluntad en un impedimento que debía apartarse.
—Todavía no me has preguntado si quiero casarme con él.
Lucius se volvió.
—He respetado tu derecho a negarte.
—Eso tampoco es lo mismo.
La impaciencia apareció en su expresión, aunque su voz siguió controlada.
—Aelia, ningún padre puede esperar a que su hija se enamore de un hombre antes de considerar una alianza. Sabes cómo funciona nuestro mundo.
—No estoy pidiendo estar enamorada.
—¿Qué pides?
La pregunta de Marcus había sonado distinta. Había detenido una negociación para escuchar la respuesta. Lucius parecía buscar un dato que le permitiera resolver el retraso.
Aun así, Aelia contestó.
—Poder reconocer la decisión como mía.
—Lo será en cuanto digas sí o no.
—No si digo lo que todos esperan sin saber por qué lo digo.
Lucius caminó hacia ella.
—He procurado darte una buena elección.
—Lo sé.
—Marcus es un hombre digno. Ha aceptado que intervengas en asuntos que muchos esposos no discutirían. Ha limitado sus propias ventajas para proteger tu posición. No encontrarás fácilmente una propuesta mejor.
—Quizá no.
—Entonces...
—Pero ser una buena elección no significa que yo la haya elegido todavía.
Lucius cerró los labios. Aelia conocía aquel silencio: estaba conteniendo una respuesta más dura de la que deseaba pronunciar.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
La pregunta no era una concesión completa, pero Aelia decidió aceptarla como tal.
—Hasta esta tarde.
—¿Tendrás una respuesta?
—Sí.
Lucius miró hacia las tablillas de Varro.
—Puedo hacer venir a Marcus mañana.
—Quiero hablar con él hoy.
—Eso puede parecer apresurado.
Aelia casi sonrió ante la contradicción.
—Hace un momento temías que pareciera una negativa.