Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 5 - ¿Quieres casarte con él?
19%

Capítulo 5 - ¿Quieres casarte con él?

Aelia había enumerado nueve razones para aceptar el matrimonio y ninguna para desearlo.

La tablilla descansaba sobre la mesa de su habitación, junto a la que había utilizado durante la conversación con Marcus. En la cera nueva, las frases aparecían ordenadas con una claridad que debería haberla tranquilizado.

Los Fabii pertenecían a una familia respetable.

Marcus tenía buena reputación.

Las condiciones económicas protegerían su futuro.

Podría conservar una relación cercana con los Valerii.

Tendría autoridad en la casa.

Conocería los asuntos que afectasen a su administración.

Marcus escuchaba.

Marcus cumplía su palabra.

Marcus no había intentado impresionarla ni beneficiarse más de lo necesario.

Aelia pasó la punta del estilo bajo la última línea sin llegar a marcar la cera.

Todo era cierto. Había comprobado algunas de aquellas razones por sí misma; las demás procedían de personas cuyo criterio respetaba.

Ninguna aseguraba que el matrimonio fuera feliz, pero juntas formaban una base más firme que la ofrecida a muchas mujeres antes de casarse.

Podía aceptar.

La cuestión debería haber terminado ahí.

Desde el jardín llegaba el sonido regular de unas tijeras de podar.

Un esclavo retiraba las ramas secas de los rosales antes de que las lluvias del otoño pudieran pudrirlas.

Cada corte iba seguido por el roce de las hojas al caer sobre las losas.

El trabajo avanzaba sin dudas: se identificaba lo que ya no servía, se eliminaba y se continuaba con la siguiente rama.

Aelia miró de nuevo la tablilla.

No podía aplicar el mismo método a su futuro.

Había intentado imaginar qué ocurriría si se negaba.

Lucius no cumpliría su amenaza porque no había formulado ninguna.

Aelia Tertulla no la acusaría de perjudicar a la familia.

Sus hermanos preguntarían los motivos con distintos grados de tacto.

Los Fabii buscarían otra alianza y, durante un tiempo, las conversaciones en la domus Valeria se llenarían de silencios incómodos.

Después aparecería otro nombre.

Quizá el siguiente hombre poseyera más riqueza y necesitara menos del apoyo de Lucius. Podría tener una casa más grande, una posición superior o una familia sin obligaciones pendientes. Nada garantizaba que la escuchara. Tampoco que se negara a tratar su matrimonio como una adquisición ventajosa.

Marcus había aceptado modificar las condiciones cuando Aelia demostró que sus decisiones podían afectarla.

Eso no significaba que siempre fuera a hacerlo.

Su resistencia a compartir los problemas heredados había revelado un límite que ella no comprendía todavía.

Si se casaba con él, aquel desacuerdo no desaparecería al añadirse unas líneas a las tablillas de Varro.

Aelia tomó el estilo y escribió bajo la lista:

No me ha despreciado.

Contempló la frase con desagrado. Que un hombre no la despreciara constituía una exigencia demasiado pobre para decidir un matrimonio. Borró las palabras y alisó la cera con el extremo plano.

Llamaron a la puerta.

—Adelante.

La esclava que entró le anunció que Marcella acababa de llegar y preguntaba si podía verla. Aelia cubrió las tablillas con un paño antes de responder. El gesto le pareció absurdo en cuanto lo hizo. Marcella no necesitaba leerlas para saber qué contenían.

Su hermana la esperaba en el jardín, bajo el pórtico que protegía del aire frío. Había llegado sin la comitiva propia de una visita formal y vestía una túnica de lana color azafrán oscuro. Una esclava de su casa permanecía a cierta distancia con el manto que Marcella se había quitado.

—Madre ha enviado a buscarte —dijo Aelia—. Pensaba que venías a verla.

—La he visto.

—Entonces ha sido una conversación breve.

—Nuestra madre no necesita mucho tiempo para decirme que llevas toda la mañana encerrada con unas tablillas.

Aelia se sentó a su lado en el banco. Frente a ellas, el jardinero había dejado un montón de ramas junto a uno de los rosales. El olor húmedo de la tierra se mezclaba con el de las hojas cortadas.

—No estaba encerrada.

—La puerta estaba cerrada.

—Eso no significa lo mismo.

—Para Publius, quizá no.

Aelia inclinó la cabeza hacia su hermana.

—¿Dónde está?

—Ha salido con Titus. Decimus quería acompañarlos, así que imagino que lo habrán enviado a alguna tarea muy importante en la otra punta de la ciudad.

Aelia sonrió.

—Lo descubrirá.

—Decimus siempre descubre cuándo intentan apartarlo. Lo que todavía no comprende es que protestar confirma que han hecho bien.

Marcella dejó que el comentario se desvaneciera. No había ido para hablar de sus hermanos. Aelia esperó la pregunta y se preparó para responder con las razones que había escrito.

—¿Vas a aceptar? —preguntó Marcella.

—Es una alianza conveniente. La situación de Marcus no es tan grave como para amenazar nuestro futuro, y las condiciones...

—No te he preguntado si es conveniente.

—Tendría autoridad en su casa. Cornelia conservaría sus asuntos personales, pero...

—Tampoco te he preguntado por Cornelia.

Aelia miró las ramas cortadas.

—Marcus ha aceptado que me informe de cualquier decisión patrimonial que afecte a la administración doméstica.

—Eso parece sensato.

—Lo es.

—¿Quieres casarte con él?

Aelia se volvió hacia su hermana. Marcella no la observaba con severidad ni con la indulgencia que se ofrecía a alguien incapaz de decidir. Se limitaba a esperar.

—Apenas lo conozco.

—Entonces la respuesta puede ser que todavía no lo sabes.

—Padre necesita una decisión.

—Padre quiere una decisión.

—No puede mantener las conversaciones abiertas indefinidamente.

—Llevan abiertas menos de una semana.

Aelia notó la irritación que le producía aquella exactitud.

—No intento apresurarme.

—Llevas toda la mañana intentando convencerte.

—Estoy valorando las razones.

—No dudo de que tengas muchas.

—¿Debería ignorarlas?

—No. Pero podrías contestar a la pregunta que te he hecho.

Aelia se levantó del banco. Caminó hasta la columna más cercana y observó el rectángulo de cielo delimitado por los tejados. Las nubes se desplazaban despacio sobre Roma, pálidas y todavía incapaces de ocultar el sol.

—No puedo saber si quiero compartir mi vida con un hombre al que he visto dos veces.

—No necesitas saber cómo será toda vuestra vida.

—Eso es precisamente lo que estoy decidiendo.

—Estás decidiendo si quieres empezar esa vida con él.

La distinción parecía insuficiente. Un matrimonio no era una visita que pudiera darse por terminada si la conversación resultaba desagradable.

Marcella lo sabía mejor que ella. Había salido de aquella casa como esposa y regresado años después como viuda, con un patrimonio propio y una manera distinta de ocupar el espacio familiar.

Aelia volvió al banco.

—¿Tú lo sabías?

Marcella tardó en responder.

—Creía saberlo.

—No es lo mismo.

—No. Pero no conocí a mi marido mucho mejor de lo que tú conoces a Marcus cuando acepté.

Aelia buscó en el rostro de su hermana algún rastro de amargura. Encontró cansancio, quizá, o una reserva que no podía interpretar sin invadir recuerdos que Marcella rara vez compartía.

—¿Te arrepentiste?

—Algunas veces.

La respuesta llegó sin dramatismo.

—¿De casarte con él?

—De ciertas cosas que acepté porque pensé que debía hacerlo. De otras no. Un matrimonio no se convierte en una única decisión solo porque comience con una ceremonia.

Aelia apoyó las manos sobre la tela de su túnica.

—Eso no me ayuda a elegir.

—No he venido a elegir por ti.

—Todos dicen lo mismo.

—Entonces quizá deberías creerlo.

—Padre ya ha decidido qué respuesta considera correcta. Madre no me dice qué piensa. Tú rechazas cada razón que te doy.

—No rechazo tus razones. Solo señalo que las utilizas para evitar una respuesta.

Aelia sostuvo la mirada de Marcella.

—¿Qué esperas que diga? ¿Que deseo a Marcus? No es así. ¿Que estoy enamorada de él? Sería absurdo.

—Espero que digas la verdad, aunque no sea una verdad completa.

—La verdad es que parece un hombre adecuado.

—Eso responde a si deberías casarte con él.

Marcella se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Quieres hacerlo?

Aelia bajó la vista. La tierra oscura se acumulaba entre las juntas del pavimento.

Recordó a Marcus frente a Lucius, rechazando unas ventajas que le habrían facilitado la vida.

Lo recordó escuchando sus seis preguntas sin burlarse de ninguna.

También recordó su negativa inicial a compartir información y la seguridad con que había afirmado que resolvería sus obligaciones antes de permitir que afectasen a la casa.

La confianza de Marcus podía protegerla o excluirla. Todavía no sabía cuál de las dos cosas ocurriría primero.

—Quiero volver a hablar con él —admitió.

Marcella no respondió enseguida.

—Eso se parece más a una respuesta.

—No he dicho que quiera casarme.

—Has dicho que la posibilidad no te resulta indiferente.

Aelia contempló a su hermana.

—Eres muy hábil interpretando lo que no digo.

—Lo he aprendido de ti.

Marcella se levantó y recuperó su manto de manos de la esclava.

—¿Te marchas?

—Madre ha conseguido lo que quería.

—¿Te pidió que hablaras conmigo?

—No con esas palabras.

—¿Qué palabras utilizó?

Marcella se colocó el manto sobre un hombro.

—Me dijo que quizá te vendría bien una visita de alguien que no necesitara que aceptases.

—Eso son muchas palabras para nuestra madre.

—Las escogió con cuidado.

Antes de alejarse, Marcella tocó brevemente el brazo de Aelia.

—No confundas el hecho de que todos consideren acertada una decisión con la prueba de que tú la has tomado.

Aelia permaneció en el jardín después de que se marchara. El esclavo había reanudado la poda. Una nueva rama cayó sobre el montón y desplazó las anteriores.

Querer volver a hablar con Marcus no bastaba para aceptar un matrimonio.

Sin embargo, tampoco era una razón insignificante.

Aelia conocía hombres con los que una segunda conversación le habría parecido una obligación.

Marcus despertaba preguntas que no se limitaban a sus bienes ni al funcionamiento de su casa.