Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 4 - Las condiciones #3
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Capítulo 4 - Las condiciones #3

El sonido la sorprendió. Había esperado que respondiera con otra observación seca o que se limitara a tolerar la intromisión de Publius. La risa modificó su rostro más de lo que habría imaginado: borró durante un instante la severidad de la boca y lo hizo parecer más joven.

Marcus advirtió que ella lo miraba. La expresión contenida regresó, aunque no por completo.

—Habrá que añadir una cláusula sobre la despensa —dijo.

—Me opondré —aseguró Publius—. Aelia todavía no es una Fabia y ya intenta privarme de alimento.

—Llevas años interpretando cualquier límite como una privación.

Lucius dio por terminada la discusión antes de que Publius pudiera defenderse.

Varro recogió sus tablillas y prometió revisar la redacción.

Aelia Tertulla indicó que se preparara una bandeja para Marcus antes de su marcha, cortesía que él aceptó después de una negativa tan breve que no llegó a ser descortés.

Aelia lo acompañó hasta el atrio con sus padres. Publius se quedó atrás comiendo la granada que había llevado para adornar los documentos.

Junto a la puerta, Lucius y Marcus intercambiaron unas últimas palabras sobre Varro.

Aelia esperó hasta que su padre fue llamado por un liberto.

Aelia Tertulla se apartó para responder a una pregunta doméstica, dejándolos a una distancia visible, pero fuera del alcance de una conversación en voz baja.

Marcus miró la tablilla que Aelia aún llevaba consigo.

—Seis cuestiones.

—Había más. Eliminé las innecesarias.

—Me preocupa saber qué consideró innecesario.

—Preguntarle si siempre responde con tanta seriedad.

—Podría haberle ahorrado espacio en la cera.

Aelia permitió que apareciera su sonrisa.

—No ha respondido.

—No siempre.

Desde el exterior llegó el ruido de unas ruedas sobre la piedra. Marcus se volvió hacia la puerta, pero no se despidió todavía.

—La modificación sobre la información no estaba prevista —dijo—. Necesitaré revisar cómo se aplica sin mezclar sus bienes con obligaciones que son mías.

—Eso es precisamente lo que quiero evitar.

—Lo sé.

Aelia estudió su rostro. No había condescendencia en aquellas palabras. Tampoco podía confundirlas con una rendición. Marcus había cedido porque sus razones habían alterado su juicio, pero seguía protegiendo una frontera que consideraba importante.

—Gracias por escucharme.

—No habría servido de mucho pedirle que preparara sus condiciones si después las ignoraba.

—A veces se escucha por cortesía.

—La cortesía tiene usos más sencillos.

Aelia recordó los halagos que él no le había ofrecido, las promesas sentimentales que se había negado a fingir y la forma en que había cambiado el acuerdo sin presentarlo como un favor.

Seguía sin saber qué clase de marido sería.

Sin embargo, empezaba a distinguir al hombre de la alianza que representaba.

Marcus inclinó la cabeza.

—Lucius querrá una respuesta pronto.

La advertencia devolvió peso a la tablilla.

—Lo sé.

—No permitiré que las modificaciones de hoy se interpreten como una aceptación por su parte.

Aelia miró hacia el corredor por el que había desaparecido su padre.

—Él podría interpretarlas así.

—Entonces tendrá que corregirlo.

—¿Usted?

—Usted.

La respuesta debería haberla molestado. En cambio, reconoció en ella una verdad que su familia llevaba demasiado tiempo evitándole mediante cuidados y soluciones. Si quería que su voz tuviera peso, no podía esperar que Marcus la utilizara en su lugar.

—Lo haré —dijo.

Él la observó un momento, como si evaluara la firmeza de la frase por el modo en que la había pronunciado.

—Bien.

Marcus cruzó el umbral y descendió los escalones. Aelia permaneció en el atrio hasta que dejó de verlo.

Después regresó al salón. Varro se había llevado los documentos. Sobre la mesa quedaban algunas copas, semillas de granada y una mancha de vino que un esclavo se apresuraba a limpiar.

Lucius estaba junto al jardín.

—Ha ido mejor de lo que esperaba —dijo—. Marcus ha aceptado condiciones que te protegen y ha demostrado que sabe ser razonable.

Aelia se acercó sin guardar la tablilla.

—También yo he sido razonable.

Su padre la miró.

—Por supuesto.

La facilidad de la respuesta le indicó que no había comprendido todavía.

Aelia habría podido dejarlo ahí. Marcus le había parecido más adecuado que dos días antes. Las condiciones habían mejorado. Su familia estaba satisfecha. Nada la obligaba a introducir una incomodidad en una conclusión favorable.

Pero aquella era precisamente la clase de silencio que después se confundía con un acuerdo.

—No he aceptado casarme con él —dijo.

Lucius tardó un instante en responder.

—Nadie ha dicho que lo hayas hecho.

—Quiero asegurarme de que siga siendo verdad mañana.

Su padre contempló la tablilla. La línea de su frente apareció de nuevo, más leve que antes.

—Necesito tu respuesta pronto, Aelia.

—La tendrás.

—¿Cuándo?

Aelia pensó en las condiciones que había escrito, en las respuestas de Marcus y en la breve risa que aún podía recordar con una claridad inesperada. Tenía razones para aceptar. También tenía derecho a descubrir si, al apartarlas durante un momento, quedaba algo que pudiera llamar deseo propio.

—Cuando sepa si quiero casarme con él.