Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 4 - Las condiciones #2
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Capítulo 4 - Las condiciones #2

—¿Quién decidirá qué es razonable?

—Las obligaciones de la casa, las circunstancias y nosotros.

—¿Nosotros?

—Usted y yo.

—¿No tendré que solicitar permiso para cada visita?

La boca de Marcus se endureció apenas, no por enfado, sino como si midiera la precisión de la pregunta.

—Esperaría que me informara cuando una ausencia afectase a los planes de la casa. Yo haría lo mismo.

Lucius intervino:

—No es habitual que un hombre deba justificar cada salida ante su esposa.

—Marcus no ha hablado de justificarla —dijo Aelia—. Ha hablado de informar.

Marcus la observó un instante.

—Eso he dicho.

Aelia bajó la vista hacia la tablilla para esconder el pequeño alivio que le produjo la confirmación. No sabía si Marcus aplicaría en la vida diaria el equilibrio que describía. Sin embargo, al menos parecía comprender que una obligación compartida no debía recaer únicamente sobre ella.

Hablaron después de sus pertenencias, de las joyas y objetos que llevaría consigo, de la organización de los gastos domésticos y de la posibilidad de disponer de una cantidad para necesidades ordinarias sin recurrir a Marcus por cada compra.

Varro aclaró qué detalles requerirían una redacción más precisa y cuáles podían dejarse para acuerdos entre las casas.

Aelia evitó preguntar por cifras. Sabía lo suficiente para comprender que una cantidad fijada sin conocer el funcionamiento de la casa Fabius sería poco más que una exhibición de seguridad. Quería saber si podría tomar decisiones, no cuánto costaría cada una.

Marcus respondió sin intentar reducir sus preguntas a caprichos domésticos. En dos ocasiones pidió a Varro que explicara una consecuencia. En otra corrigió a Lucius cuando este habló de los bienes que acompañarían a Aelia como si su abundancia resolviera por sí misma cualquier dificultad.

La conversación avanzó sin verdadero conflicto hasta que Aelia llegó a la quinta palabra.

Información.

—Si voy a administrar la casa —dijo—, necesitaré conocer su situación.

Marcus dejó la copa sobre la mesa.

—Conocerá las cuentas domésticas.

—¿Solo esas?

—Son las que afectarán a su administración directa.

—La situación de los Fabii también afectará a la casa.

Lucius miró a Varro. El jurista no tomó el estilo.

Marcus mantuvo las manos separadas sobre la mesa.

—Existen obligaciones anteriores que me corresponden. No se convertirán en responsabilidad de usted.

—No he dicho que quiera hacerme responsable de ellas.

—Ha pedido conocerlas.

—¿Considera que conocer un problema equivale a asumirlo?

Algo cambió en la quietud de Marcus. La mano derecha se cerró sobre sí misma antes de volver a descansar abierta.

—Considero que no debería cargar con obligaciones que no ha creado y que puedo resolver sin utilizar sus bienes.

—¿Cómo sabré que puede resolverlas?

Lucius se inclinó hacia delante.

—Marcus ya ha demostrado que está dispuesto a aceptar límites. No debemos convertir una negociación matrimonial en un examen de toda su administración.

—No estoy examinando su capacidad —dijo Aelia—. Intento averiguar qué ocurrirá si esa capacidad no basta.

Su padre abrió la boca, pero Marcus habló primero.

—Lo resolvería antes de permitir que afectara a la casa.

La seguridad de la frase irritó a Aelia más que una evasiva.

—¿Y cómo podría impedirlo?

Marcus no respondió de inmediato.

—Separando las obligaciones.

—Una casa no se divide con tanta facilidad como una tablilla. Si una propiedad deja de producir, si hay que vender algo, si se reducen los ingresos, la cantidad destinada a la vida doméstica también puede cambiar.

—No necesariamente.

—Pero podría.

—Podría.

—Entonces me afectaría.

Marcus volvió la vista hacia el jardín. Aelia no pudo saber si buscaba una respuesta o si contenía una réplica. El sol iluminaba parte de su perfil y acentuaba la ligera desviación de la nariz. Cuando regresó a ella, su expresión seguía siendo contenida.

—No convertiré los problemas heredados de mi padre en parte del acuerdo matrimonial.

—No se lo estoy pidiendo.

—Quiere acceso a ellos.

—Quiero saber qué consecuencias pueden tener para la casa que espera que administre.

—Le informaré si llegan a tenerlas.

Aelia sintió cómo su propia voz se volvía más fría.

—Cuando lleguen a tenerlas, ya no podré opinar sobre las decisiones que las hayan provocado.

Aelia Tertulla dejó la copa en la mesa. Lucius se volvió hacia ella, pero la madre de Aelia permaneció en silencio.

Marcus miró la tablilla que Aelia sostenía.

—¿Qué propone?

La pregunta alivió parte de la tensión, aunque no la eliminó.

—Que no decida usted solo qué información me afecta.

—Eso podría obligarme a exponer asuntos que no son responsabilidad suya.

—Y su propuesta podría obligarme a vivir con las consecuencias de asuntos que decidió mantener fuera de mi alcance.

Varro apoyó el estilo sin escribir. Lucius hizo un gesto impaciente.

—Podemos establecer que Marcus garantice una asignación suficiente para la casa. No hace falta que Aelia conozca cada obligación de los Fabii.

—Una garantía no me permitiría comprender por qué cambia nuestra situación —replicó ella.

—Evitaría que cambiara.

Aelia miró a su padre.

—No puedes garantizar que nada cambie.

La frase quedó entre ellos con una dureza que no había previsto. Lucius se retiró contra el respaldo. Aelia conocía aquella expresión: no estaba acostumbrado a que sus previsiones fueran tratadas como lo que eran, intentos de ordenar un futuro que no siempre obedecía.

Marcus habló con mayor calma.

—No le ocultaría una dificultad que exigiera modificar la administración doméstica.

—Eso sigue dejándole a usted la decisión de cuándo una dificultad merece ser compartida.

—Alguien debe distinguir entre los problemas propios y los comunes.

—Sí —dijo Aelia—. Pero, si estamos casados, no siempre deberá distinguirlos solo.

La rama de un arbusto rozó el muro del jardín. Aelia oyó los pasos de un criado en el corredor y el lejano reclamo de un vendedor en la calle. Dentro del salón, nadie se movió.

Marcus miró a Varro.

—¿Qué había previsto en la redacción?

El jurista entrelazó los dedos.

—Que las obligaciones anteriores de los Fabii no serían asumidas por los Valerii ni satisfechas con los bienes aportados para Aelia. La administración doméstica quedaba separada, pero no se había establecido un deber concreto de información.

—Inclúyalo.

Lucius frunció el ceño.

—¿En qué términos?

Marcus continuó mirando a Varro.

—Aelia conocerá el estado general de los ingresos que sostengan la casa y cualquier cambio que pueda reducirlos de forma relevante. También será informada antes de una decisión patrimonial que obligue a modificar su administración.

—Eso no le concede capacidad de impedir la decisión —advirtió Varro.

—No se la he pedido —dijo Aelia.

Marcus volvió la cabeza hacia ella.

—Todavía.

Aelia creyó detectar una nota seca en su voz, próxima al humor, aunque su expresión apenas había variado.

—Hoy intento averiguar si me informará. Ya decidiré después qué otras preguntas necesito hacer.

El extremo de la boca de Marcus se movió de forma casi imperceptible.

Varro retomó el estilo.

—Puedo preparar una formulación que distinga información, consulta y consentimiento. Será mejor no confundirlos.

—De acuerdo —respondió Marcus.

Aelia debería haberse sentido satisfecha.

Había obtenido más de lo previsto: no una promesa imprecisa, sino la modificación real de una condición.

Sin embargo, la resistencia de Marcus seguía allí.

Para él, compartir una consecuencia parecía razonable; compartir el problema antes de dominarlo le resultaba mucho más difícil.

Aquello no anulaba lo que acababa de conceder. Tampoco convenía olvidarlo.

La conversación prosiguió con la última cuestión: qué esperaba Marcus de ella como esposa.

—Que administre la casa —contestó él—, que represente a nuestra familia cuando sea necesario y que me diga si una decisión mía afecta a sus responsabilidades.

Aelia esperó.

—¿Eso es todo?

—No sería poco.

—Ha descrito funciones.

—Usted me ha preguntado por mis expectativas.

—Esperaba algo menos parecido a una lista de obligaciones.

Esta vez Marcus bajó la vista. Aelia vio aparecer una breve arruga junto a uno de sus ojos.

—También esperaría que pudiéramos hablar sin convocar a un jurista.

Varro levantó la cabeza.

—Es una expectativa sensata, aunque perjudicial para mi oficio.

Aelia Tertulla ocultó una sonrisa tras la copa. Incluso Lucius pareció relajar los hombros.

—No tengo más preguntas por hoy —dijo Aelia.

—¿Por hoy? —repitió Marcus.

—Sería imprudente prometer que no se me ocurrirán otras.

—Entonces procuraré no considerar terminada la negociación.

—Eso hará muy feliz a Varro.

—Siempre que cobremos por cada conversación —precisó el jurista.

La tensión se deshizo lo suficiente para permitir que sirvieran vino.

Varro repasó con Lucius las modificaciones acordadas.

Aelia escuchó sin intervenir, atenta a que las palabras más técnicas no transformaran sus peticiones en algo distinto.

Marcus corrigió una expresión relacionada con las obligaciones de su familia y aceptó otra propuesta por Aelia sin obligarla a defenderla de nuevo.

Publius apareció cuando la reunión estaba a punto de concluir. Entró desde el jardín con una granada en una mano y se detuvo al ver los documentos.

—Creía que negociabais un matrimonio, no el abastecimiento de trigo de Roma.

Lucius le dirigió una mirada de advertencia.

—Llegas tarde.

—Entonces he tenido suerte.

Publius ocupó un lugar vacío sin esperar invitación y dejó la granada junto al rollo de Varro.

—¿Habéis decidido ya cuántas ánforas de vino necesita una esposa razonable?

Aelia notó que la risa amenazaba con traicionarla. Marcus examinó la fruta como si formara parte de los documentos.

—El trigo sería más fácil de negociar —dijo—. Rara vez pregunta dónde podrá recibir a sus hermanos.

Publius abrió la boca con fingida ofensa.

—Si esa es una condición, conviene especificar qué hermanos. Titus ocupa menos espacio, pero yo mejoro cualquier cena.

—Y vacías la despensa —añadió Aelia.

Marcus soltó una risa baja y breve.