Capítulo 4 - Las condiciones
Aelia había llenado dos tablillas y vaciado una.
La cera de la primera conservaba las marcas de preguntas que, al releerlas, le habían parecido demasiado evidentes.
En la segunda, varias líneas se amontonaban unas sobre otras, como si la cantidad pudiera suplir la falta de orden.
La tercera descansaba frente a ella con apenas seis cuestiones trazadas con claridad.
Residencia.
Familia.
Casa.
Bienes.
Información.
Decisiones.
Las leyó de nuevo mientras el sol de media mañana avanzaba sobre el pavimento de su habitación.
Habían transcurrido dos días desde la visita de Marcus.
Tiempo suficiente para que la impresión de sus ojos gris verdosos perdiera nitidez, pero no para olvidar la manera en que había interrumpido a Lucius y le había preguntado qué esperaba ella de aquel matrimonio.
Aelia apoyó el estilo junto a la tablilla.
Podía haber preparado respuestas elegantes, frases destinadas a demostrar que sería una esposa razonable y una incorporación provechosa para los Fabii.
Sabía hacerlo. Llevaba años observando cómo su madre conseguía que una conversación difícil pareciera sencilla y cómo Lucius transformaba una decisión propia en la conclusión más sensata para todos.
Pero Marcus no le había preguntado qué estaba dispuesta a aceptar.
Le había preguntado qué esperaba.
La diferencia seguía incomodándola.
Aelia Tertulla entró sin que una esclava anunciara su presencia. Llevaba una túnica clara, sin más adorno que una cinta oscura ceñida bajo el pecho, y sostenía un pequeño manojo de llaves.
—Tu padre ha enviado a buscar a Varro —dijo.
Aelia cubrió la tablilla con una mano.
—Pensaba que hoy solo hablaríamos.
—En esta casa, cuando tu padre dice que solo desea hablar, suele haber un jurista a menos de cien pasos.
Aelia apartó la mano. Su madre se acercó a la mesa, pero no intentó leer.
—¿Marcus viene con Cornelia?
—Vendrá solo. Cornelia ha alegado que una segunda visita tan seguida podría alimentar comentarios antes de que exista nada que comentar.
La explicación parecía propia de ella. También podía ser cierta. Aelia había aprendido hacía tiempo que las excusas más útiles eran las que no necesitaban ser inventadas por completo.
—¿Le parece mal que hablemos sin ella?
—Si le pareciera mal, Marcus no vendría.
Aelia Tertulla dejó las llaves junto al borde de la mesa. El metal chocó contra la madera con un sonido breve.
—¿Quieres que esté presente?
Aelia miró las seis palabras de la tablilla.
—Al principio.
Su madre asintió.
—¿Y después?
—Después quiero que mi padre deje de responder por mí.
Aelia Tertulla no sonrió, aunque una leve inclinación de la cabeza bastó para mostrar que había comprendido algo más que la petición.
—Eso será más difícil que hacer salir a Varro de una conversación.
—No necesito que se marche. Solo que escuche.
—Entonces tendrás que hablar antes de que Lucius encuentre una solución para cada una de tus preguntas.
Aelia volvió a tomar el estilo.
—Eso intento.
Su madre contempló la tablilla.
—No prepares tantas respuestas que acabes sin oír las suyas.
La observación la hizo detenerse. Aelia había dedicado dos días a decidir qué debía preguntar, pero apenas había pensado en lo que haría si Marcus respondía de una forma que no esperaba.
—¿Tú qué le preguntarías?
Aelia Tertulla recogió las llaves.
—No voy a casarme con él.
—No era eso lo que te he preguntado.
—Lo sé.
La respuesta llegó acompañada por una mirada tranquila. Aelia reconoció en ella la misma habilidad que tantas veces había admirado y que, aquella mañana, le resultó menos cómoda.
—Preguntaría por aquello que más temiera descubrir demasiado tarde —añadió su madre—. Pero procuraría que la pregunta fuese mía.
Salió antes de que Aelia pudiera pedirle una explicación más concreta.
Aelia retiró la cera de una esquina de la tablilla con la punta plana del estilo. No añadió nada. Las seis palabras bastaban. Si necesitaba llevar a la conversación cada frase preparada, significaría que todavía estaba representando un papel.
Cuando descendió al atrio, Lucius ya esperaba junto a Gnaeus Cornelius Varro.
El jurista había colocado sobre una mesa baja un rollo de papiro, dos tablillas atadas y una pequeña caja de madera oscura. No era la misma caja que Aelia había visto durante la primera visita de Marcus. Aquella había permanecido cerrada; esta mostraba en la tapa el sello gastado de Varro.
Lucius examinó la tablilla que su hija llevaba en la mano.
—Podrías habérmela enseñado.
—Podría.
Él esperó un instante.
—Habría podido indicarte qué cuestiones ya están resueltas.
—Precisamente por eso no te la he enseñado.
Varro dirigió su atención a las cintas que unían sus documentos. La discreción del gesto no engañó a Aelia. Había oído la respuesta y prefería no colocarse en medio antes de que fuera necesario.
Lucius se acercó a ella.
—No pretendo impedir que preguntes.
—Lo sé.
—Quiero evitar que una falta de experiencia te haga conceder importancia a asuntos secundarios.
Aelia sostuvo la tablilla entre ambas manos, sin ocultarla.
—Si van a afectar a mi vida, quizá me corresponda decidir cuáles son secundarios.
La línea que atravesaba la frente de Lucius se marcó un poco más. Antes de que contestara, el portero anunció la llegada de Marcus Fabius Corvinus.
Marcus entró en el atrio acompañado por un esclavo de la casa que se retiró después de presentarlo.
Vestía con la misma sobriedad de la visita anterior, aunque esta vez la toga parecía más sencilla y no llevaba consigo ningún documento.
Saludó a Lucius y a Varro, después a Aelia Tertulla, que acababa de llegar desde el corredor.
Al volverse hacia Aelia, sus ojos descendieron un momento hasta la tablilla.
—Me alegra comprobar que no he venido sin motivo.
—Eso dependerá de sus respuestas.
La mirada de Marcus regresó a su rostro. El silencio que siguió no fue largo, pero Aelia tuvo tiempo de preguntarse si había comenzado con demasiada brusquedad.
—En ese caso —dijo él—, procuraré no desperdiciar el viaje.
Lucius los condujo a un salón abierto al jardín interior.
Se habían dispuesto asientos alrededor de una mesa, junto con agua, vino rebajado y un plato de higos secos.
La estancia permitía mantener la formalidad sin imponer la solemnidad del despacho.
Desde allí se oía el roce de una escoba contra las losas del corredor y, más lejos, la voz de Decimus dando instrucciones que nadie parecía dispuesto a obedecer.
Varro ocupó un lugar cercano a la mesa. Lucius indicó a Marcus el asiento situado frente al suyo, pero Aelia eligió uno entre ambos antes de que su padre pudiera señalarle otro.
Aelia Tertulla se sentó a su lado.
—Mi hija ha preparado algunas preguntas —comenzó Lucius—. Muchas coincidirán con lo que ya hemos discutido.
Marcus miró a Aelia.
—Preferiría oírlas de ella.
La corrección resultó tan inmediata que Lucius no pudo apropiarse de la conversación sin hacerlo de forma evidente. Aelia dejó la tablilla sobre sus rodillas.
—Quiero saber dónde viviríamos.
—En mi casa de Roma.
—¿Con Cornelia?
—Sí.
Aelia había esperado la respuesta, pero oírla la obligó a imaginar por primera vez una casa cuyo orden desconocía, gobernada hasta entonces por otra mujer.
—¿Seguiría ella dirigiendo la casa?
Marcus no se apresuró.
—Mi madre ha administrado sus asuntos durante muchos años. No tendría sentido apartarla de toda función de un día para otro.
—No he preguntado si la apartaría. He preguntado qué lugar ocuparía yo.
Lucius movió una mano sobre el brazo del asiento.
—Aelia, esas cuestiones pueden organizarse cuando llegue el momento.
Ella no apartó la atención de Marcus.
—Si el momento llega, ya habré aceptado casarme.
Marcus apoyó un antebrazo sobre la mesa.
—La administración ordinaria de la casa correspondería a mi esposa. Suministros, personal doméstico, recepción de visitas y gastos habituales. Mi madre conservaría la gestión de sus dependientes personales y de los asuntos que le pertenecen. Habrá decisiones que necesiten coordinación.
—¿Y si no estamos de acuerdo?
—Tendrán que hablar.
—Eso no siempre resuelve un desacuerdo.
—No. Pero permite saber cuál es.
Aelia Tertulla tomó la copa de agua sin intervenir. Aelia percibió que Lucius observaba a Marcus con la concentración que dedicaba a una cifra inesperada.
—No quiero llegar a una casa y descubrir que mi autoridad solo existe cuando coincide con las costumbres anteriores —dijo Aelia.
Marcus deslizó dos dedos por el borde de la mesa, siguiendo una pequeña grieta de la madera.
—Es razonable.
—También lo era hace un momento y no lo mencionó.
—Usted no lo había planteado de ese modo.
No había irritación en su voz. Tampoco una disculpa destinada a complacerla. Aelia sintió una punzada de frustración y, junto a ella, el reconocimiento incómodo de que la respuesta era justa.
Varro desató una de las tablillas.
—Podría recogerse una fórmula que distinga la administración cotidiana de los asuntos personales de Cornelia Prisca —propuso—. Sin entrar ahora en cada gasto ni en cada función.
—Hágalo —dijo Marcus.
Lucius alzó las cejas.
—No era uno de los puntos que habíamos acordado revisar.
—Ahora lo es.
Varro inclinó la cabeza y anotó algo.
Aelia miró la tablilla sobre sus rodillas. Había formulado una objeción y la conversación había cambiado. Nadie le había explicado con amabilidad por qué debía conformarse. Nadie había prometido ocuparse del asunto más adelante.
Pasó a la siguiente cuestión.
—Quiero seguir visitando a mi familia.
Lucius se acomodó en el asiento, como si al fin hubieran alcanzado un terreno donde su intervención resultara indiscutible.
—Por supuesto. Eso nunca ha estado en duda.
—No te lo he preguntado a ti.
El silencio se extendió hasta el jardín. Alguien dejó caer un recipiente en una estancia cercana; el golpe fue seguido por un murmullo apresurado.
Marcus se volvió hacia Lucius antes de responder a Aelia.
—No tendría motivo para impedirlo. Podrá recibir a su familia y visitarla dentro de lo razonable.
Aelia reparó en las dos últimas palabras.