Capítulo 3 - Marcus Fabius Corvinus #3
—Tendrías la que correspondiera a la esposa y señora de la casa.
Era otra formulación amplia, aunque no evasiva.
—¿Decidida por quién?
Cornelia alzó ligeramente las cejas. Titus miró hacia Lucius. Marcus tardó en responder, pero Aelia no percibió molestia.
—Por ambos, cuando las decisiones nos afectaran a los dos.
—¿Y cuando consideraras que solo te afectan a ti?
Esta vez el silencio de Marcus fue más largo.
—Supongo que esa sería una de las cuestiones que tendríamos que definir.
Aelia había esperado una respuesta segura. La admisión de que no la tenía le resultó más útil.
—También querría saber qué ocurre en la casa —continuó—. No solo aquello que se considere necesario contarme.
—Aelia —dijo Lucius—, no es el momento de redactar condiciones.
—No estoy redactando ninguna. Marcus me ha preguntado qué espero.
—Y parece que la pregunta requiere más reflexión de la que deberíamos exigirle durante una primera visita —intervino Aelia Tertulla.
Aelia agradeció que su madre no intentara responder por ella. Marcus se recostó apenas en el asiento.
—No era mi intención exigir una respuesta inmediata.
—Pero la has pedido —dijo Aelia.
—Sí.
Había algo casi incómodo en su forma de admitirlo. No retiró la pregunta ni intentó disimularla con cortesía.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Marcus apoyó los antebrazos sobre las piernas.
Aelia reparó entonces en sus manos. No eran las de un hombre dedicado a trabajos físicos, pero mostraban pequeñas durezas en los dedos y una marca reciente cerca del pulgar.
Manos de alguien que montaba, viajaba y tocaba con frecuencia objetos que otros hombres de su rango dejaban en manos de administradores.
—Porque todos podemos acordar qué bienes acompañarían al matrimonio —respondió—. Sería menos sencillo descubrir después que esperamos vidas distintas.
Aelia sintió que Lucius se quedaba inmóvil a su lado. La frase no contenía romanticismo ni una promesa de felicidad. Era una observación práctica, casi severa. Precisamente por eso no podía descartarla como un intento de agradarle.
—¿Y tú qué vida esperas? —preguntó.
Marcus dirigió una mirada breve a Cornelia antes de contestar. Su madre no hizo ningún gesto que Aelia pudiera interpretar como permiso o advertencia.
—Una casa ordenada. Respeto entre quienes la forman. Obligaciones claras.
—Eso suena más a una administración que a un matrimonio.
Titus bajó la vista hacia su copa. Aelia no supo si ocultaba una reacción.
Marcus inclinó la cabeza.
—Es lo que sé explicar sin prometer aquello que todavía no puedo conocer.
La respuesta atravesó algunas de las defensas que Aelia había preparado.
Un hombre deseoso de obtener el apoyo de los Valerii podría haber hablado de afecto futuro, de armonía y de la felicidad que se esforzaría por darle.
Marcus no lo hizo. No ofreció una emoción que aún no sentía ni una intimidad que no había existido.
—¿Y qué esperarías de mí respecto a las dificultades de tu casa? —preguntó.
Una sombra de tensión endureció la boca de Cornelia. Marcus la vio; Aelia lo supo porque su atención se desplazó hacia ella durante un instante.
—No esperaría que las resolvieras.
—Sin embargo, mi matrimonio contribuiría a resolverlas.
—Contribuiría a darme margen para hacerlo.
—¿Y yo no tendría que saber cómo?
Lucius intervino antes de que Marcus respondiera.
—Los detalles patrimoniales se discutirán cuando corresponda. No es necesario convertir esta visita en un examen.
—No estaba examinándolo a él —dijo Aelia—. Intentaba comprender qué lugar tendría yo en el asunto que hace conveniente el matrimonio.
Marcus la miró con una atención distinta, más directa. No podía saber si lo había complacido, incomodado o sorprendido. Solo vio que dejó la copa sobre la mesa y apoyó las manos, abiertas, sobre las rodillas.
—Tendrías derecho a conocer aquello que afectara a tu posición —dijo.
La respuesta parecía justa. También contenía un límite escogido por él.
—¿Y quién decidiría qué me afecta?
Marcus no contestó de inmediato.
—Esa pregunta merece una respuesta mejor que la que podría darte ahora.
Aelia notó que algo dentro de ella se aquietaba. No porque él hubiera resuelto la cuestión, sino porque se había negado a fingir que era sencilla.
Cornelia fue quien rompió el silencio.
—Quizá hemos avanzado más de lo aconsejable para una primera conversación.
Su tono seguía siendo digno, aunque la rigidez de sus manos había disminuido.
—O quizá por fin hemos comenzado la conversación necesaria —dijo Aelia Tertulla.
Lucius miró a su esposa. Ella sostuvo la mirada sin desafío.
Titus se levantó alegando que debía atender un asunto antes del anochecer. Su marcha modificó la disposición del salón. La caja de documentos continuaba junto a la mesa, cerrada. Aelia se alegró de que nadie la abriera. Bastante habían revelado ya las palabras.
Un esclavo volvió a servir agua. Era un hombre de mayor edad que el muchacho anterior, quizá un liberto de la casa.
Marcus se apartó para facilitarle el paso y le agradeció el servicio con una inclinación breve.
El hombre no pareció sorprendido, lo que indicaba que Marcus no había actuado para que Aelia lo viera.
Lucius condujo la conversación hacia cuestiones más generales, aunque ya no recuperó la facilidad del comienzo.
Cornelia habló de una celebración religiosa a la que esperaba asistir.
Aelia Tertulla mencionó una visita familiar prevista para la semana siguiente.
Marcus respondió a una pregunta sobre los caminos del Lacio sin precisar qué propiedad visitaba ni con qué frecuencia.
Aelia no intentó obtener más información.
Sabía ya que cualquier detalle sobre aquellas tierras rozaría el problema que él prefería delimitar con cuidado.
Lo observó mientras escuchaba a Lucius.
Marcus no asentía para fingir acuerdo. Cuando una afirmación le parecía razonable, lo indicaba. Cuando no, guardaba silencio o formulaba una precisión. No buscaba el conflicto, pero tampoco parecía dispuesto a evitarlo ofreciendo una conformidad vacía.
Aelia reconoció algo de sí misma en aquella contención y, al mismo tiempo, una diferencia fundamental. Ella callaba a menudo para conservar la armonía. Marcus callaba hasta poder decir exactamente dónde terminaba su acuerdo.
La visita concluyó cuando la luz empezó a retirarse del atrio.
Los esclavos trajeron los mantos. Marcus recogió primero el de Cornelia y comprobó con una mirada que la esclava lo hubiera colocado correctamente sobre sus hombros. Su madre aceptó el gesto sin agradecérselo, como si formara parte de una costumbre antigua entre ambos.
Cornelia se despidió de Aelia Tertulla y después de Aelia.
—Agradezco tu franqueza —dijo.
Aelia no supo si la afirmación contenía aprobación.
—Habría sido poco útil fingir que no comprendo por qué hemos hablado.
—La utilidad parece una virtud muy apreciada por ambas familias.
La respuesta podía ser una ironía. El rostro de Cornelia no se lo confirmó.
Marcus se acercó cuando su madre ya se dirigía hacia la entrada. Lucius permanecía lo bastante cerca para oír cualquier palabra, pero esta vez no se interpuso.
—No has respondido a mi pregunta —dijo Marcus.
—He respondido parte.
—Sí.
—¿Esperabas que supiera ya qué quiero de un matrimonio contigo?
—No.
—Entonces no entiendo por qué la formulaste.
Marcus miró hacia la puerta por la que acababa de salir Cornelia y volvió a centrar la atención en Aelia.
—Porque yo tampoco debería decidir qué puede ofrecerte antes de saber qué estás dispuesta a considerar.
La frase la dejó sin una réplica inmediata.
—Necesito tiempo —dijo al fin—. No para decidir si quiero casarme. Para formular lo que necesitaría saber antes de planteármelo.
Marcus aceptó las palabras sin apresurarse.
—Me parece razonable.
No afirmó que esperaría cuanto fuera necesario. No hizo promesas. Tampoco miró hacia Lucius para comprobar si aquella demora le convenía.
—Entonces habrá otra conversación —dijo Aelia.
—Si tú la deseas.
Marcus inclinó la cabeza y se marchó tras su madre.
Aelia permaneció en el atrio mientras los pasos se alejaban al otro lado de la entrada. Lucius se acercó, pero ella siguió mirando la puerta cerrada.
Había esperado encontrar a un hombre que necesitaba una alianza.
Había encontrado a uno que parecía dispuesto a limitarla, y que había detenido una negociación entre dos familias para preguntarle qué esperaba ella.
Aelia todavía no sabía si Marcus Fabius Corvinus era una buena elección.
Por primera vez, sin embargo, deseaba averiguarlo.