Capítulo 3 - Marcus Fabius Corvinus #2
Aelia participó cuando era necesario. Marcus hablaba menos que Lucius, pero no tan poco como para parecer incómodo.
Sus respuestas eran precisas y rara vez añadía una observación solo para evitar un silencio.
Cuando Titus mencionó un problema con los arrendatarios de una propiedad, Marcus formuló una pregunta concreta sobre el administrador.
No intentó demostrar conocimientos superiores ni convertir la cuestión en una lección.
Escuchó la respuesta completa antes de comentar que, en una situación semejante, él había preferido revisar primero las obligaciones incumplidas por ambas partes.
—Los hombres que administran para otros recuerdan con facilidad los deberes ajenos —dijo—. Los propios suelen necesitar que alguien se los señale.
Titus mostró una sonrisa breve.
—El nuestro sostiene que nunca se ha equivocado.
—Entonces no es administrador. Es un dios menor.
Cornelia dirigió una mirada a su hijo. Marcus bebió de la copa como si no hubiera dicho nada fuera de lo habitual.
El comentario había sido seco, inesperado y tan contenido que Aelia tardó un momento en decidir si lo había encontrado divertido. No se permitió sonreír más de lo que la conversación exigía. Tampoco quería que Marcus interpretara cualquier reacción como un esfuerzo por complacerlo.
Un esclavo joven se acercó para llenar la copa de Cornelia. Al inclinar la jarra, una gota cayó sobre la mesa. El muchacho se quedó inmóvil.
Cornelia miró la mancha.
—No es necesario llenar más.
La voz no fue áspera, pero el esclavo perdió color.
Marcus tomó el paño que había junto a su plato y lo dejó sobre la gota antes de que nadie llamara a otro sirviente.
—Mi madre ha dicho que basta —le indicó al joven.
El muchacho se retiró.
No había habido indulgencia teatral ni reproche. Marcus había convertido un error en algo terminado.
Aelia sostuvo la copa entre las manos. Lucius continuó hablando con Titus, ajeno o indiferente al incidente.
Ella no supo qué valor concederle. Un gesto correcto podía ser una costumbre, una forma de cortesía o la atención de un hombre consciente de que lo observaban.
Aun así, Marcus no había mirado hacia ella después, como si esperara que reparara en su conducta.
La conversación social se prolongó lo suficiente para que su naturalidad empezara a parecer otra forma de preparación.
Cornelia había mencionado a Fabia, su casa y la buena salud de sus nietos; Lucius había hablado de la estabilidad de los Valerii; Titus había confirmado sin pretenderlo la extensión de los intereses familiares.
Todos habían presentado sus respectivas casas antes de que nadie pronunciara la palabra alianza.
Fue Lucius quien cambió el tono.
—Varro ha revisado los documentos que necesitábamos comprobar.
Cornelia dejó la copa.
Marcus no se movió, pero la atención con que miró a Lucius hizo que Aelia comprendiera que había comenzado la conversación verdadera.
—Agradezco la rapidez —dijo.
—No tenía sentido retrasar una cuestión que puede exponerse con claridad.
Aelia percibió la elección del verbo. Exponerse, no resolverse.
Lucius hizo una seña y Titus entregó a un esclavo una caja estrecha. El hombre la depositó junto a la mesa y se retiró. Marcus miró la caja sin intentar abrirla.
—He pedido a Varro que considere distintas posibilidades —continuó Lucius—. Aelia debe quedar protegida con independencia de lo que ocurra en el futuro.
—En eso no existe desacuerdo.
—La dote será suficiente para garantizar su posición y contribuir a la estabilidad de la casa a la que se incorpore.
Cornelia mantuvo el rostro sereno. Solo la forma en que sus dedos se cerraron sobre el borde de la túnica reveló que había oído algo más que una descripción generosa.
Marcus habló antes que ella.
—La posición de Aelia debe quedar garantizada. Pero una aportación destinada a ella no debería utilizarse para ocultar las obligaciones de mi casa.
—No he hablado de ocultarlas.
—Has hablado de proporcionar estabilidad.
—Y tú la necesitas.
El silencio fue demasiado preciso para confundirse con una pausa cortés.
Aelia miró a su madre. Aelia Tertulla observaba a Lucius, no a Cornelia. Titus había retirado las manos de la caja y se mantenía erguido junto a su asiento.
Marcus no pareció ofendido. Su voz conservó el mismo tono.
—Necesito margen para reorganizar determinados intereses. No que los Valerii asuman las consecuencias de decisiones que no tomaron.
—Un matrimonio une intereses.
—No los vuelve indistinguibles.
Lucius se inclinó hacia delante.
—Si la unión beneficia a ambas casas, carece de sentido limitarla por orgullo.
Cornelia levantó la mirada hacia Marcus. Él no se volvió hacia ella, pero Aelia vio que desplazaba una mano sobre la rodilla, acercándola al asiento de su madre sin llegar a tocarla.
—No es orgullo establecer límites —dijo—. Es evitar que dentro de unos años alguno de nosotros deba preguntarse qué se esperaba realmente a cambio.
—Lo que espero es un matrimonio respetable y una administración competente de aquello que lo acompañe.
—Entonces deberíamos acordar solo lo necesario para eso.
Aelia escuchaba palabras sobre su protección, su dote y la casa a la que podría incorporarse.
Sabía lo suficiente de administración doméstica para comprender que no discutían una cantidad aislada.
Lucius proponía una estructura capaz de dar a Marcus más seguridad de la estrictamente imprescindible.
Marcus la rechazaba porque la ayuda podía convertirse en dependencia, aunque no utilizara esa palabra.
Aquello no coincidía con la imagen que Aelia había formado la tarde anterior. Había imaginado a un hombre que aceptaba ser evaluado porque necesitaba una alianza. No había previsto que limitara las ventajas que esa alianza podía proporcionarle.
—Una casa no se estabiliza con palabras cuidadosas —dijo Lucius.
—Tampoco con condiciones que permitan confundir una alianza con una adquisición.
Titus volvió el rostro hacia Marcus. Cornelia permaneció inmóvil. Aelia Tertulla respiró despacio.
La palabra no había sido una acusación abierta, pero dejó al descubierto aquello que todos evitaban decir: los Valerii poseían más riqueza. Una generosidad excesiva podía proteger a Aelia y, al mismo tiempo, colocar a los Fabii bajo la autoridad económica de Lucius.
—Nadie está intentando adquirir a nadie —replicó Lucius.
—Por eso prefiero que no dejemos términos que puedan interpretarse así.
Aelia miró a Marcus. Su expresión no mostraba desafío. Parecía más rígido que al entrar, pero no había elevado la voz ni buscado el apoyo de Cornelia. Hablaba como un hombre dispuesto a perder una ventaja antes que aceptar una obligación cuyo límite no pudiera controlar.
Eso podía ser dignidad.
También podía ser una forma peligrosa de orgullo.
—Podemos revisar las condiciones concretas —intervino Aelia Tertulla— cuando sepamos si existe razón para hacerlo.
Lucius la miró.
—La razón está delante de nosotros.
—La posibilidad —corrigió ella— está delante de nosotros.
Cornelia aceptó la distinción con una inclinación mínima de cabeza.
—No desearía que habláramos como si nuestros hijos hubieran tomado una decisión que todavía no les corresponde tomar.
La frase incluía a Marcus y a Aelia, pero fue hacia su hijo hacia quien Cornelia dirigió la mirada. Él sostuvo la copa sin beber.
—No la he tomado —dijo.
Aelia oyó la afirmación sin saber si debía sentirse aliviada. Era exactamente lo que esperaba: Marcus no había acudido a prometer nada. Sin embargo, el modo llano de decirlo hizo que ella se preguntara qué había evaluado ya y qué parte de aquella visita podía llevarlo a rechazarla.
La pregunta le disgustó. No había entrado en el salón para conseguir su aprobación.
Lucius retomó la conversación.
—Por supuesto. Pero conviene que todos conozcamos de antemano qué puede ofrecerse y qué puede esperarse.
—¿Qué se espera? —preguntó Aelia.
Su voz no fue fuerte. Bastó para detenerlos.
Lucius se volvió hacia ella.
—Ya hemos hablado de ello.
—Tú y yo hemos hablado de la seguridad que Marcus podría ofrecerme y de las ventajas que una alianza proporcionaría a ambas familias. Ahora estáis discutiendo qué bienes y responsabilidades deben quedar unidos. Quiero saber qué se espera de mí.
—Se espera que, si aceptas, ocupes el lugar que corresponde a la esposa de Marcus y dirijas su casa junto a él.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Las que corresponden a una mujer de tu posición.
Aelia percibió que su padre creía haber dado una respuesta suficiente. Cornelia bajó la mirada hacia la copa. Titus permaneció callado.
—¿Qué significa para los Fabii? —preguntó Aelia.
Lucius iba a responder. Marcus se adelantó.
—Antes de contestar, preferiría saber qué significa para ti.
La pregunta la desconcertó más que cualquiera de las condiciones expuestas.
—¿Qué significa qué?
—Ocupar el lugar de mi esposa.
Nadie se movió. Aelia tuvo la sensación de que la habitación entera había cambiado de orientación.
Hasta ese momento, todas las miradas habían avanzado de una casa a otra, de las ventajas de los Valerii a las necesidades de los Fabii.
Ahora Marcus la observaba a ella y esperaba una respuesta que Lucius no había preparado.
—No lo sé —dijo Aelia.
Su padre desplazó la mano sobre el asiento.
—Aelia conoce las obligaciones propias de su posición.
Marcus no apartó la mirada de ella.
—No he preguntado si las conoce.
—No parece razonable exigirle que defina en este momento algo que todavía no se le ha propuesto formalmente —dijo Lucius.
—Precisamente porque aún no existe una propuesta formal, puede decir qué necesitaría antes de considerarla.
La intervención no había sonado como una defensa. Marcus no hablaba por ella, sino que se negaba a aceptar una respuesta construida por otro. La diferencia importaba.
Aelia dejó la copa sobre la mesa.
—Esperaría conservar una relación cercana con mi familia.
—Eso no sería un problema —respondió Marcus.
—Y tener alguna autoridad real dentro de la casa donde viviera.