Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 3 - Marcus Fabius Corvinus
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Capítulo 3 - Marcus Fabius Corvinus

Aelia cambió tres veces de túnica antes de reconocer que ninguna de ellas podía responder por ella a las preguntas de Marcus Fabius Corvinus.

La primera, de lana azul pálido, era demasiado delicada para una visita que su padre insistía en considerar apenas preliminar.

La segunda tenía un tono verde oscuro que Aelia Tertulla juzgó excesivamente solemne.

La tercera era de un color crema cálido, con una franja estrecha bordada en granate.

Correcta sin parecer escogida para impresionar.

Aelia permitió que Syra ajustara los pliegues sobre sus hombros y rechazó el collar de granates que la esclava había dispuesto junto al espejo de bronce.

—Las agujas bastan.

Syra observó el peinado. Había recogido el cabello castaño oscuro en la nuca y sujetado los mechones con dos agujas de oro pequeñas.

—Tu madre ha dicho que podía traer también los pendientes.

—Mi madre ha dicho que podía. No que debiera.

La esclava guardó el collar y los pendientes sin comentar nada.

Aelia percibió, sin embargo, que había esperado una elección distinta.

Toda la casa sabía ya quién acudiría aquella tarde.

Nadie utilizaba la palabra matrimonio, pero desde primera hora se habían limpiado espacios que no necesitaban limpieza y se había cambiado dos veces la bandeja destinada a la fruta.

Los esclavos cruzaban el atrio con una discreción tan laboriosa que llamaba la atención sobre cada movimiento.

Aelia se levantó ante el espejo. La superficie bruñida devolvía una imagen menos precisa que el juicio de cualquier visitante. Vio la forma ovalada de su rostro, la línea oscura del cabello y unos ojos que parecían más serenos de lo que ella se sentía.

No había elegido aquella ropa para agradar a Marcus.

Tampoco podía fingir que su aspecto careciera de importancia.

Él vería la calidad del tejido, el cuidado del peinado y las joyas que había decidido no llevar.

Del mismo modo que ella observaría su túnica, su calzado, la forma en que tratara al esclavo que lo recibiera y a su madre cuando creyera que nadie prestaba atención.

—¿Ha llegado Titus? —preguntó.

—Está con tu padre.

Por supuesto. Lucius había dicho que su hijo mayor quizá participaría en una parte de la conversación. La presencia de Titus servía para recordar que la visita no concernía solo a Aelia. Una alianza entre dos casas nunca lo hacía.

—¿Y mi madre?

—En el jardín. Me pidió que te acompañara cuando estuvieras preparada.

Aelia dirigió una última mirada al espejo.

—Lo estoy.

No sabía si era cierto, pero permanecer en la habitación no podía prepararla más.

Encontró a Aelia Tertulla junto a la fuente del peristilo.

La túnica gris perla de su madre estaba sujeta con fíbulas de plata, y un velo ligero cubría parcialmente su cabello.

No llevaba más joyas que los pendientes que Lucius le había regalado años atrás.

Aelia reconoció en aquella elección el mismo esfuerzo de equilibrio que había guiado la suya: mostrar respeto a Cornelia Prisca sin convertir la visita en una ceremonia más avanzada de lo que era.

—Estás muy bien —dijo su madre.

—He necesitado tres intentos para parecer que no lo he pensado demasiado.

—Entonces el resultado es convincente.

Aelia se sentó en el banco de piedra.

—¿Padre ha vuelto a hablar con Varro esta mañana?

—No.

—¿Con Titus?

—Desde antes de que terminaras de vestirte.

Aquello podía referirse a cualquiera de los asuntos familiares. Aelia no preguntó. Había prometido no aceptar que la visita se convirtiera en una negociación desarrollada a su alrededor, pero no podía impedir que Lucius y Titus prepararan lo que consideraban necesario.

—¿Esperas que hable Cornelia por su hijo? —preguntó.

—Cornelia conoce las reglas de una visita como esta.

—Eso no responde.

Su madre la miró con una paciencia que contenía una advertencia amable.

—No la conozco lo suficiente para saber cuánto hablará. Es una mujer orgullosa. No le agradará que sus dificultades se conviertan en el centro de la conversación.

—Padre hará que lo sean.

—Probablemente.

Aelia recorrió con la vista las columnas del jardín.

Los últimos restos del calor estival permanecían en las losas expuestas al sol, pero bajo la galería el aire era fresco.

Habría preferido recibir a los Fabii allí.

La fuente y las plantas habrían permitido silencios menos rígidos que los del salón dispuesto para la visita.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Aelia Tertulla.

—Sí.

La respuesta hizo que su madre tardara un instante en continuar.

—No pareces nerviosa.

—Nunca me ha servido de mucho parecerlo.

Aelia Tertulla desvió la mirada hacia el agua. Aelia no pudo saber si había reconocido en aquella frase una enseñanza propia.

—No tienes que decidir nada hoy —dijo.

—Marcus tampoco.

—No.

—Pero todos intentaremos decidir si merece la pena seguir hablando.

—Eso es lo que significa conocerlo.

La llegada se anunció poco después.

Un esclavo atravesó el peristilo y se inclinó ante Aelia Tertulla.

—Cornelia Prisca y Marcus Fabius Corvinus esperan en el atrio.

Aelia se levantó. Había repetido el nombre tantas veces desde el día anterior que casi había perdido su capacidad de referirse a una persona. Ahora aquel hombre se encontraba al otro lado de la casa.

Su madre no le ofreció el brazo ni le dijo que conservara la calma. Caminó junto a ella hacia el atrio.

Lucius ya estaba allí. Titus permanecía a unos pasos, cerca de la entrada del salón, y dos esclavos retiraban los mantos de los visitantes.

Aelia vio primero a Cornelia Prisca.

Era una mujer de aproximadamente la edad de su madre, quizás un par de años mayor, vestida con una túnica de lana púrpura oscura que no necesitaba adornos para revelar su calidad.

Llevaba el cabello cubierto en parte por un velo del mismo tono y un brazalete de oro sencillo.

Su postura hacía que pareciera más alta de lo que era.

Aceptó que una esclava tomara su manto, pero conservó una mano sobre el pliegue hasta comprobar cómo lo doblaba.

Marcus aguardaba a su lado.

No era el hombre cuyo rostro Aelia había intentado recordar. De haberlo visto antes, habría sido desde lejos.

Era algo más alto que Titus y de constitución sólida, aunque sin la apariencia de un militar ni la pesadez de quienes utilizaban su tamaño como una forma de autoridad.

Vestía una túnica blanca bajo una toga de lana bien cuidada.

La tela era buena, pero no nueva. Cerca del borde inferior había una reparación casi invisible que Aelia solo distinguió cuando él avanzó hacia Lucius.

Su cabello era castaño, de un tono más claro que el de ella, y estaba cortado sin el esmero excesivo que algunos hombres dedicaban a parecer indiferentes a su aspecto.

Las líneas del rostro resultaban marcadas: pómulos definidos, mandíbula firme y una nariz ligeramente desviada hacia la izquierda.

No era una irregularidad desagradable. Evitaba que su corrección pareciera demasiado estudiada.

Cuando volvió la mirada hacia Aelia, ella vio que sus ojos no eran grises ni verdes, sino una mezcla que cambiaba con la luz del atrio.

No pensó que fuera extraordinariamente atractivo.

Pensó que era difícil imaginarlo haciendo algo sin haber considerado antes las consecuencias.

Lucius realizó las presentaciones. Cornelia saludó a Aelia Tertulla con la cortesía de dos mujeres que compartían posición suficiente para no necesitar impresionarse.

Al dirigirse a Aelia, su mirada recorrió la túnica crema, las agujas de oro y el rostro con una rapidez tan medida que habría podido pasar por simple atención.

—Lucius nos ha hablado de ti con gran afecto —dijo.

—Mi padre acostumbra a hablar de aquello que considera importante.

Aelia percibió la mirada de Lucius, pero Cornelia inclinó ligeramente la cabeza.

—Es una buena costumbre.

Marcus se aproximó cuando llegó su turno. No la examinó de la misma manera que su madre, o supo hacerlo sin que ella lo advirtiera. Se detuvo a una distancia correcta.

—Aelia Valeria.

Su voz era grave, pero no especialmente profunda. Pronunció su nombre completo como reconocimiento formal, no como una intimidad que todavía no poseían.

—Marcus Fabius Corvinus.

Él inclinó la cabeza.

—Te agradezco que hayas aceptado recibirnos.

Aelia esperaba una frase sobre el honor de conocerla o la generosidad de los Valerii. La ausencia de adorno la sorprendió.

—He aceptado conocerte —respondió—. Me pareció difícil formar una opinión de otro modo.

La mirada de Marcus permaneció sobre ella un instante. No sonrió, aunque algo en sus facciones perdió rigidez.

—En eso estamos de acuerdo.

Lucius los invitó a pasar al salón. Aelia caminó junto a su madre, detrás de los dos hombres.

Marcus redujo el paso cuando Cornelia quedó rezagada mientras una esclava corregía la colocación de su velo.

No le ofreció ayuda que ella no había pedido.

Esperó. Cuando su madre se reunió con él, ambos continuaron sin intercambiar palabra.

El gesto fue pequeño, quizá solo una costumbre. Aelia lo guardó junto al resto de sus observaciones.

En el salón habían dispuesto asientos alrededor de una mesa baja. Había vino rebajado con agua, pan, queso, aceitunas y fruta. Una esclava sirvió primero a Cornelia y después a Aelia Tertulla. Marcus esperó a que su madre recibiera la copa antes de aceptar la suya.

Lucius comenzó por temas que no comprometían a nadie.

Preguntó por Fabia Corvina, la hija casada de Cornelia, y recibió noticias de su casa fuera de Roma.

Cornelia preguntó por el último viaje de Publius.

Titus habló de la actividad en las vías de acceso a la ciudad y de los retrasos causados por unas obras.

La conversación pasó después a las celebraciones previstas para las semanas siguientes y al movimiento de visitantes procedentes de distintas regiones del Imperio.