Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 2 - Una buena elección #3
9%

Capítulo 2 - Una buena elección #3

—Creo que cumple muchas condiciones que importan —contestó—. Su nombre es respetable. No se le conocen excesos. Se ha hecho cargo de obligaciones difíciles y no parece haber intentado trasladarlas a otros mediante engaños. Su madre conserva una buena reputación.

—Eso es casi lo mismo que ha dicho padre.

—Los hechos no cambian porque me los preguntes a mí.

—No te he pedido los hechos.

Aelia Tertulla volvió el rostro hacia ella.

—Me has preguntado qué creo. Creo que conocerlo puede darte más información que rechazarlo sin verlo.

—¿Y crees que debo casarme con él?

—No lo conozco lo bastante para creer eso.

La respuesta abrió entre ambas el primer espacio libre de aquella tarde.

—Padre parece conocerlo lo suficiente.

—Tu padre conoce las razones por las que Marcus podría ser un marido adecuado. No es lo mismo que conocer el matrimonio que tendríais.

—¿Y cómo se conoce algo así antes de vivirlo?

—No se conoce por completo.

Aelia bajó la vista hacia sus manos.

—Eso no resulta muy tranquilizador.

—No pretendía que lo fuera.

Su madre recogió la madeja, pero no reanudó la labor.

—Ningún acuerdo puede decirte cómo hablará un hombre cuando esté cansado, qué hará cuando te equivoques o cuánto espacio concederá a tu criterio dentro de su casa. Puedes preguntar. Puedes observar. Puedes escuchar lo que otros saben. Y aun así habrá cosas que solo descubrirás después.

Aelia pensó en Marcella. Había preguntas que nunca le había hecho sobre su matrimonio porque temía que sonaran a curiosidad ante una pérdida. Pensó también en su madre, que llevaba décadas junto a Lucius y había aprendido a influir sobre él sin disputar abiertamente su autoridad.

—¿Te arrepentiste alguna vez de casarte con padre?

Aelia Tertulla no se sobresaltó. Su quietud, sin embargo, hizo que Aelia comprendiera que había cruzado un límite al que rara vez se aproximaban.

—Hubo días en que me arrepentí de cosas que acepté demasiado deprisa —dijo al fin—. Y otros en que agradecí haber aceptado cosas que no comprendía todavía. Un matrimonio es demasiado largo para reducirlo a una sola respuesta.

—Eso no me ayuda a decidir.

—No debo decidir por ti.

—Padre ya lo ha hecho.

—Tu padre ha decidido qué considera mejor. No puede decidir si tú lo aceptas, por mucho que confíe en que llegarás a su misma conclusión.

Aelia guardó silencio. Aquella era la diferencia que había intentado formular en el despacho. Lucius no necesitaba obligarla para ejercer presión. Bastaba con que estuviera convencido de que cualquier persona sensata vería lo mismo que él.

Y ella llevaba toda la vida siendo la hija sensata.

—Si me niego a conocerlo, padre lo aceptará —dijo.

—Sí.

—Pero se sentirá decepcionado.

—Probablemente.

—Y tú también.

Aelia Tertulla tardó en responder.

—Pensaría que has rechazado una oportunidad de obtener información. No necesariamente que has rechazado un buen matrimonio.

—¿Y si lo conozco y después digo que no?

—Entonces sabrás mejor qué estás rechazando.

—Todos esperaréis que diga que sí.

—Es posible.

No había suavidad suficiente para borrar la verdad de aquella respuesta. Aelia la agradeció.

—¿Tú esperas que diga que sí?

Su madre inclinó la cabeza.

—Espero que no confundas aceptar una visita con aceptar un marido. Y que tampoco confundas negarte a la visita con haber protegido tu libertad para siempre.

Aelia miró hacia el interior de la domus.

Lucius estaría de nuevo con los documentos.

Varro llegaría antes de que terminara la tarde.

Titus regresaría a sus cuentas; Publius encontraría algún motivo para salir; Decimus intentaría averiguar si la familia Fabius seguía siendo un asunto prohibido.

La casa continuaría funcionando cualquiera que fuera su respuesta.

Su futuro también continuaría. Si rechazaba a Marcus sin conocerlo, no desaparecerían las expectativas que pesaban sobre ella.

Más adelante llegaría otro nombre, quizá otro hombre ya examinado por Lucius y presentado como una elección razonable.

Negarse podía ser una decisión propia, pero no necesariamente una solución.

—Quiero conocerlo —dijo.

Aelia Tertulla no mostró alivio. Se limitó a sostener su mirada.

—¿Porque tu padre cree que debes hacerlo?

La pregunta la obligó a revisar su respuesta.

—Porque no quiero decidir basándome únicamente en lo que él cree. Y para eso necesito ver a Marcus y hablar con él.

—Eso es distinto.

—Solo acepto la visita.

—Entonces asegúrate de decirlo de esa manera.

Aelia se levantó. Su madre recogió la madeja de lana y la sostuvo contra el regazo.

—Aelia.

Ella se detuvo.

—Tu padre ha pasado muchos años evitando peligros antes de que llegaran hasta vosotros. En ocasiones olvida que una elección no es un peligro del que deba protegerte.

Aelia aguardó algo más, pero su madre volvió la atención hacia la lana. La conversación había terminado.

Lucius seguía en el despacho cuando Aelia regresó. Varro aún no había llegado, aunque una caja nueva de documentos ocupaba ahora el lugar donde había estado el mensaje. Su padre levantó la vista en cuanto ella apareció.

—¿Has hablado con tu madre?

—Sí.

—¿Y?

Aelia no se sentó. Permaneció frente a la mesa, consciente de que la respuesta que iba a darle coincidía con lo que él esperaba. Precisamente por eso necesitaba formularla con cuidado.

—Acepto conocer a Marcus Fabius Corvinus.

Lucius asintió, como si se confirmara una conclusión bien razonada.

—Bien.

—No he aceptado casarme con él.

El asentimiento se interrumpió.

—Nadie te ha pedido que lo hagas.

—Quiero que quede claro antes de que envíes la invitación.

—Queda claro.

—Y quiero poder hacerle preguntas.

—Ya hemos hablado de ello.

—Hemos hablado de preguntas apropiadas. Yo decidiré qué necesito saber para valorar un matrimonio. Si alguna pregunta no puede formularse delante de ambas familias, buscaremos una forma adecuada de hablar sin convertir la visita en una representación.

Lucius la observó en silencio. Aelia sintió el impulso de añadir una explicación que hiciera su exigencia más cómoda, pero lo dejó pasar.

—No permitiré ninguna situación que pueda perjudicar tu reputación —dijo él.

—No te estoy pidiendo eso.

—Entonces encontraremos una forma adecuada.

No era una concesión completa. Tampoco era un rechazo.

—Gracias.

Lucius abrió la caja y sacó una tablilla. Aelia pensó que la conversación había terminado, pero él no llamó al secretario.

—Aelia, no he considerado a Marcus porque necesite utilizarte para resolver un asunto entre familias.

Ella se mantuvo inmóvil.

—Sé que no lo ves de esa manera.

—Entonces ¿cómo crees que lo veo?

Aelia eligió la respuesta con más cautela que las anteriores.

—Crees que proteger el futuro de los Valerii incluye colocar a cada uno de nosotros en el lugar más seguro posible.

Lucius dejó la tablilla sobre la mesa.

—¿Y eso te parece malo?

—Me parece que el lugar más seguro puede no ser siempre el que yo elija.

La distancia entre ambos no cambió. Desde el atrio llegó el anuncio de que Gnaeus Cornelius Varro acababa de presentarse en la domus.

Lucius miró hacia la puerta y después a su hija.

—Conocerás a Marcus antes de elegir nada.

—Eso he aceptado.

Su padre llamó al secretario. Cuando el hombre apareció, Lucius le indicó que preparara un mensaje para la casa de Cornelia Prisca. No dictó el contenido delante de Aelia. Tampoco necesitaba hacerlo.

Aelia salió del despacho mientras conducían a Varro hacia allí. En el atrio encontró a Marcella ajustándose el manto antes de regresar a su casa.

—¿Te marchas?

—He conseguido pasar una comida completa aquí sin que padre intente enviarme un administrador. No conviene tentar a la fortuna.

Aelia le sostuvo el extremo del manto para que pudiera fijarlo sobre el hombro.

—He aceptado conocerlo.

Marcella no preguntó a quién.

—Todavía no lo sé.

—¿Quieres hacerlo?

—Quiero saber quién es antes de decidir si deseo algo más.

Marcella comprobó la sujeción del manto.

—Parece un comienzo razonable.

—Padre diría lo mismo.

—Padre diría que es el único comienzo razonable. No es exactamente igual.

Aelia levantó la vista hacia ella.

—Madre también distingue hoy muchas cosas que parecen iguales.

—Lleva años practicando.

Marcella rozó el brazo de Aelia al despedirse y cruzó el atrio hacia la entrada. Nadie le preguntó por qué se marchaba tan pronto ni intentó cambiar sus planes.

Aelia la vio desaparecer tras la puerta. Después se quedó unos instantes en el centro de la casa, rodeada por el movimiento de esclavos, libertos, familiares y visitantes que parecían conocer siempre la tarea siguiente.

Al caer la tarde, Lucius la encontró en el jardín.

Varro ya se había marchado. Las sombras de las columnas se extendían sobre las losas y el aire empezaba a traer el frío temprano del otoño. Aelia estaba retirando del banco las hojas de laurel que el viento había desplazado desde el larario.

Su padre se detuvo bajo la galería.

—Han respondido.

Aelia dejó las hojas en el cuenco de ceniza.

—¿Tan pronto?

—El mensajero encontró a Cornelia Prisca en su casa.

—¿Qué ha dicho?

—Que acudirán.

La palabra en plural podía incluir a más personas, pero Aelia no necesitó preguntar a quiénes se refería.

—¿Cuándo?

Lucius la miró desde la sombra de la galería.

—Mañana. Marcus Fabius Corvinus vendrá a la domus después del mediodía.