Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 2 - Una buena elección #2
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Capítulo 2 - Una buena elección #2

Cuatro días. Durante cuatro días, su padre había sabido que existía un hombre dispuesto a considerar un matrimonio con ella. Habían comido juntos, habían recibido visitas y habían hablado de la próxima festividad familiar sin que Lucius encontrara necesario mencionar aquel encuentro.

—¿Aquí?

—No. En casa de Gnaeus Cornelius Varro.

—¿Estaba Marcus?

—Sí.

—Entonces él ya ha podido formarse una opinión sobre esta alianza.

—Una opinión preliminar.

—Sobre una alianza conmigo.

Lucius inclinó la cabeza, concediendo la precisión.

—Sí.

Aelia se levantó y caminó hasta la pequeña abertura que permitía ver parte del atrio. No pretendía abandonar la conversación. Necesitaba alejarse de la mesa y de los documentos que convertían su futuro en algo que podía revisarse, sellarse o trasladarse de un montón a otro.

Desde allí vio pasar a un esclavo con una caja de cuentas. El muchacho no miró hacia el despacho. En el resto de la casa, la tarde continuaba sin reconocer que algo hubiera cambiado.

—No se ha alcanzado ningún compromiso —dijo Lucius a su espalda.

Aelia se volvió.

—Pero él ya sabe mucho más de mí que yo de él.

—Conoce tu familia, tu posición y tu reputación. Nada que no pueda conocer cualquier hombre de nuestro entorno.

—También sabe que estás dispuesto a estudiar la posibilidad.

—Ahora tú sabes lo mismo.

No era igual, pero Aelia no quiso convertir la diferencia en una acusación que su padre pudiera rechazar con facilidad.

Regresó al asiento.

—¿Qué ocurrirá si lo conozco?

—Nada que tú no desees que ocurra después.

La respuesta era demasiado amplia.

—¿Vendrá aquí?

—Si aceptas recibirlo.

—¿Acompañado por su madre?

—En una primera visita, sí.

—¿Quiénes estarán presentes?

—Tu madre y yo. Quizá Titus durante una parte de la conversación.

—¿Varro?

—No es necesario.

Aelia agradeció que el jurista no estuviera allí para observarla junto al candidato como si ambos fueran cláusulas que debieran hacerse coincidir.

—¿Y después de esa visita?

—Si alguno de los dos considera que no merece la pena continuar, el asunto terminará. Si ambos estáis dispuestos, habrá otras conversaciones.

—¿Solo conversaciones familiares?

Lucius pareció estudiar la pregunta.

—No estarás a solas con un hombre al que acabas de conocer.

—No te he pedido eso.

—Entonces no entiendo qué preguntas.

Aelia sí lo entendía. Quería saber si tendría alguna ocasión de oír a Marcus responder sin que Lucius eligiera la dirección de la conversación, sin que Cornelia Prisca evaluara la conveniencia de cada frase y sin que su madre suavizara los silencios.

No esperaba la libertad de pasear a solas con él por Roma, pero una decisión matrimonial no podía depender únicamente de aquello que un hombre mostrara ante ambas familias.

—Pregunto si podré hablar con él —dijo—. No solo escucharte hablar de él.

Lucius se recostó despacio.

—Podrás hacerle preguntas.

—¿Las que yo decida?

—Mientras sean apropiadas.

Allí estaba de nuevo el límite, ofrecido con tanta naturalidad que resultaba difícil discutirlo sin parecer injusta. Su padre no pretendía silenciarla. Estaba convencido de que ambos reconocerían como apropiadas las mismas cosas.

—Padre —dijo Aelia—, ¿y si respondo que no?

Lucius no se movió.

Ella había formulado la pregunta sin elevar la voz, pero el sonido le pareció distinto dentro del despacho. No había preguntado qué ocurriría si Marcus la rechazaba ni qué razones podían hacer fracasar la negociación. Había colocado su voluntad en el centro de la conversación.

—¿No quieres conocerlo?

—Quiero saber qué ocurrirá si decido no hacerlo.

—Le comunicaríamos que no deseas continuar.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperas que ocurra?

Aelia sostuvo su mirada.

—No lo sé. Por eso te lo pregunto.

Lucius se levantó. Rodeó la mesa y se detuvo junto a una caja de documentos, no junto a ella. Su postura había perdido algo de la seguridad reposada con que había comenzado la conversación.

—No te obligaré a recibir a Marcus ni a casarte con él.

La frase fue clara. Aelia reconoció el cuidado con que la había pronunciado.

—Pero considerarías que me equivoco.

—Consideraría que rechazas una posibilidad excelente sin conocerla.

—Eso no responde a lo que ocurriría después.

—Después buscaríamos otra solución cuando fuera necesario.

Otra solución. Otro hombre, otra casa, otra conversación comenzada antes de llegar hasta ella.

—¿Y si tampoco quisiera esa otra solución?

Lucius la miró como si la pregunta perteneciera a un problema que todavía no existía.

—No te presentaré hombres uno tras otro hasta que aceptes a cualquiera. Te conozco mejor que eso.

—Entonces también sabes que no quiero decepcionarte.

La expresión de su padre cambió apenas. No era dolor ni enfado que Aelia pudiera afirmar con certeza; solo una pérdida momentánea de la firmeza habitual.

—Nunca te he pedido que aceptes un mal matrimonio para complacerme.

—Lo sé.

—Ni lo haría.

—También lo sé.

Lucius extendió la mano, y Aelia permitió que le rozara el hombro.

El gesto devolvió a la conversación una intimidad que la mesa y los documentos habían desplazado.

Su padre no era un extraño negociando su futuro.

Era el hombre que había apartado candidatos por considerarlos inseguros, el que había enviado médicos a cualquier hora cuando ella enfermaba y quien jamás permitía que una dificultad alcanzara a sus hijos si podía detenerla antes.

Aquello era precisamente lo que complicaba la pregunta.

—Marcus es una buena elección —dijo Lucius—. No porque su familia necesite una alianza, sino porque, cuando eso deje de ser necesario, seguirá siendo un hombre respetable. Podrá ofrecerte una casa digna, una posición adecuada y seguridad. No puedo prometerte más de ningún hombre.

Aelia pensó en lo que él no había incluido: afecto, confianza, facilidad para hablar, la posibilidad de que su opinión tuviera peso una vez trasladada a otra casa. Quizá Lucius no podía prometerlo porque esas cualidades no se comprobaban mediante reputaciones ni propiedades.

—No conoces al hombre que es dentro de su casa —le recordó.

—No. Por eso quiero que lo conozcas.

Lucius retiró la mano.

—No tienes que responder ahora.

—¿Cuándo esperabas que lo hiciera?

—Antes de que se envíe una invitación formal.

Aelia miró el mensaje.

—¿Y cuándo debe enviarse?

—Esta tarde.

La respuesta la sorprendió lo bastante para hacerla reír una sola vez, sin alegría.

—Entonces sí tengo que responder ahora.

—Podemos retrasarlo hasta mañana.

—¿Y explicar por qué?

—No tendríamos que explicar nada.

Lo dijo con la seguridad de quien podía permitir que otra familia esperara sin temer consecuencias. Aelia comprendió que aquel era el margen que Lucius consideraba suficiente: unas horas, quizá un día, para decidir si quería conocer a un hombre que él llevaba tiempo evaluando.

No deseaba responder desde la irritación. Tampoco quería aceptar solo para devolver la jornada a su orden habitual.

—Quiero hablar con madre.

Lucius asintió.

—Por supuesto.

—A solas.

La petición produjo un silencio breve.

—Por supuesto —repitió.

Aelia salió del despacho antes de que su capacidad para comprenderlo se convirtiera de nuevo en una razón para darle la respuesta que esperaba.

Encontró a su madre en el jardín, sentada en el banco de piedra bajo la sombra de la galería. Daphnis y Syra habían retirado ya las granadas de la ofrenda. Solo quedaban algunas hojas de laurel, el cuenco con restos de ceniza y el olor tenue del incienso.

Aelia Tertulla sostenía una madeja de lana entre las manos, aunque no parecía haber trabajado en ella durante los últimos minutos.

—Tu padre me ha dicho que querías hablar conmigo.

Aelia se sentó a su lado.

—Ha sido rápido.

—No estaba lejos.

—Nunca lo estás cuando él necesita encontrarte.

Su madre deslizó la lana entre dos dedos.

—Eso ha sonado más parecido a un reproche de lo que acostumbras.

—Quizá hoy estoy descubriendo algunas cosas a las que no estaba acostumbrada.

Aelia Tertulla dejó la madeja sobre el banco.

—¿Qué te ha contado?

—Que Marcus Fabius Corvinus tiene treinta y un años, pertenece a una familia respetable y administra con competencia unas propiedades que atraviesan dificultades. Que una alianza con nosotros podría estabilizar su posición y que él podría ofrecerme una casa apropiada.

—Todo eso es cierto hasta donde sabemos.

—También me ha dicho que lo conoció hace cuatro días.

Su madre no fingió sorpresa.

—Yo sabía que se reunirían.

—¿Desde cuándo?

—Desde el día anterior al encuentro.

—¿Y antes de eso?

—Sabía que Cornelia Prisca había hecho llegar una consulta.

Aelia miró el agua de la fuente. Las ondas deformaban el reflejo de las columnas cada vez que caía un hilo desde el surtidor.

—Todos sabíais más que yo.

—Sí.

La respuesta directa resultó menos dolorosa que otra evasiva, aunque no la tranquilizó.

—¿Te pareció bien?

—Me pareció prudente comprobar quién era Marcus antes de hablarte de él.

—Eso mismo ha dicho padre.

—En ocasiones estamos de acuerdo.

Aelia se volvió hacia ella.

—¿Y sobre el matrimonio?

—No se te ha propuesto un matrimonio. Se te ha propuesto una visita.

—Una visita que solo existe porque ambas familias contemplan el matrimonio.

—Sí.

—Entonces no finjamos que recibirlo equivale a recibir a cualquier invitado.

—No lo equivale.

Aelia Tertulla hablaba sin prisa, sin intentar disminuir el peso de ninguna palabra. Era aquella forma de escuchar la que Aelia había aprendido de ella: permitir que la otra persona agotara primero las frases fáciles hasta encontrar la pregunta verdadera.

—Padre cree que Marcus es una buena elección —dijo Aelia.

—Tu padre cree que puede llegar a serlo.

—No ha utilizado esa diferencia.

—Lucius no acostumbra a presentar como incierto aquello que ha estudiado cuidadosamente.

Aelia estuvo a punto de sonreír.

—¿Tú qué crees?

Su madre miró hacia el larario. Desde el interior de la casa llegó la voz de Publius, seguida por una respuesta más grave de Titus.