Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 2 - Una buena elección
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Capítulo 2 - Una buena elección

—Marcus Fabius Corvinus.

Lucius pronunció el nombre sin énfasis, como si bastara con situarlo sobre la mesa para que Aelia reconociera su valor.

Ella lo había oído antes. Los Fabii no eran una familia que pudiera resultar desconocida en el entorno de los Valerii, aunque el nombre reunía demasiadas ramas, alianzas antiguas y fortunas desiguales como para decirle gran cosa por sí solo.

Creía haber visto a Marcus en alguna celebración pública o entre los hombres que acompañaban a un magistrado durante una ceremonia.

Podía estar confundiendo un rostro con otro.

De haber hablado con él, no lo recordaba.

—¿Corvinus? —repitió.

—Hijo de Gaius Fabius Corvinus.

Eso le permitió ordenar algunos recuerdos.

Gaius había muerto unos años atrás. Aelia recordaba las visitas de condolencia, los nombres pronunciados en la domus y una conversación entre Titus y Publius acerca de unas propiedades heredadas.

No había prestado demasiada atención. Las muertes de hombres relacionados con los negocios familiares producían siempre la misma sucesión de mensajes, visitas y reajustes que parecían importantes durante unos días y luego desaparecían de las conversaciones en las que se permitía participar a las mujeres de la casa.

—Sé quién era su padre.

—Marcus quedó al frente de su familia después de su muerte.

Lucius se recostó apenas en el asiento. La luz que entraba desde el atrio alcanzaba un extremo de la mesa y dejaba el otro bajo la sombra. Entre ambos continuaba el mensaje cerrado que había despertado las sospechas de Aelia aquella mañana.

—Tiene treinta y un años —prosiguió—. Pertenece al orden ecuestre. Su familia ha conservado una posición respetable durante generaciones y él no ha dado motivo para que se dude de su conducta.

Aelia escuchó el orden elegido por su padre: edad, rango, familia, reputación. Los mismos elementos que habría utilizado para valorar a un asociado antes de llegar a las cuestiones que de verdad decidían un acuerdo.

—¿Está casado?

—No.

—¿Lo ha estado?

—No.

—¿Tiene hijos reconocidos?

Una leve variación en la mirada de Lucius le indicó que la pregunta le había parecido más directa de lo esperado.

—No.

Aelia asintió. No sabía aún qué debía sentir ante aquellas respuestas.

Marcus no empezaba a existir para ella como un hombre, sino como una relación de datos favorables: soltero, edad conveniente, familia conocida, ausencia de escándalos.

Cualquier administrador habría podido anotarlos en una tablilla sin haberlo visto jamás.

—¿Por qué él?

—Acabo de explicártelo.

—Me has explicado por qué no sería inapropiado. No por qué has pensado en él.

Lucius deslizó un dedo sobre el cordón del mensaje. Aelia conocía aquel gesto. Su padre no lo hacía cuando dudaba, sino cuando decidía cuánto necesitaba decir para que una explicación quedara completa.

—Porque reúne las condiciones que busco para ti.

—Debe de haber otros hombres que también las reúnan.

—Algunos.

—Entonces hay una razón más.

El silencio no fue desagradable. Lucius no se ofendía porque sus hijos formularan preguntas, siempre que aceptaran respuestas razonables.

Con Titus mantenía discusiones mucho más prolongadas acerca de propiedades y negocios; a Publius le exigía explicaciones con una paciencia que Aelia sospechaba menos abundante.

Con ella, en cambio, las conversaciones solían terminar pronto.

Aelia comprendía con facilidad la lógica de su padre y rara vez encontraba utilidad en prolongar una discrepancia.

Aquella tarde no quería comprender demasiado deprisa.

—La situación de los Fabii ha cambiado desde la muerte de Gaius —dijo Lucius.

—¿De qué forma?

—Marcus recibió propiedades, obligaciones y una casa que requería una atención que su padre había pospuesto durante demasiado tiempo.

No era una respuesta técnica, pero contenía lo suficiente.

—¿Tiene deudas?

Lucius frunció el ceño.

—No está arruinado, si eso es lo que temes.

—No he preguntado eso.

—Conserva bienes considerables y rentas suficientes. Lo que le falta es el margen necesario para reorganizarlos sin aceptar condiciones desfavorables.

Aelia recordó el mensaje sellado y la próxima llegada de Varro. Su mirada descendió hacia la mesa.

—¿Y mi matrimonio le proporcionaría ese margen?

Su padre no respondió enseguida.

—Una alianza con los Valerii fortalecería su posición.

—Eso no es exactamente lo que he preguntado.

—Es la respuesta adecuada por ahora.

Aelia levantó la vista. Lucius sostenía su mirada con serenidad. No había dureza en su voz, pero sí la certeza de que él debía determinar el orden en que recibiría la información.

—¿Y qué fortalecería nuestra posición? —preguntó ella.

—Los Fabii aportan un nombre respetable, relaciones sólidas y una casa adecuada a tu nacimiento. Marcus posee propiedades, conoce sus responsabilidades y ha demostrado que puede administrar una situación difícil sin convertirla en un escándalo.

—De modo que él necesita estabilidad y yo necesito un marido.

La línea de tinta en el dedo de Lucius pareció más oscura cuando cerró la mano.

—Tú necesitas seguridad. No es lo mismo.

—¿No?

—No buscaría solo un hombre dispuesto a casarse contigo. Podría haber encontrado uno hace años si esa fuera mi única preocupación.

Aelia recibió la frase sin apartar la mirada.

Era cierta. Su padre había rechazado aproximaciones de hombres cuya posición habría satisfecho a otras familias.

Un candidato había dependido demasiado de la fortuna de su tío; otro tenía una reputación que las cortesías sociales no conseguían limpiar; un tercero pretendía trasladarse a una provincia lejana y Lucius no había querido que Aelia quedara fuera del alcance de la red familiar.

Nadie le había pedido opinión sobre aquellos rechazos.

En su momento, ella los había aceptado como una protección.

Quizá lo habían sido.

—¿Qué sabes de Marcus? —preguntó.

Lucius relajó la mano.

—Lo suficiente.

—Eso tampoco es una respuesta.

—Es disciplinado. No frecuenta compañías que puedan perjudicar su nombre. Atiende personalmente sus propiedades con más cuidado de lo que lo hacía su padre. Cumple sus compromisos.

—¿Es amable?

Su padre parpadeó una vez.

—Es correcto.

—No te he preguntado si sabe comportarse durante una visita.

—No lo conozco en su casa.

—Entonces no sabes si es amable.

—Sé que trata con respeto a quienes tienen asuntos con él.

Aelia pensó que aquella observación podía significar muchas cosas.

Un hombre capaz de ser respetuoso ante personas de su mismo rango no tenía por qué conservar esa cualidad cuando nadie importante lo observaba.

También sabía que Lucius no habría presentado a un candidato conocido por su crueldad, su libertinaje o sus excesos.

Su padre consideraba la reputación una realidad que debía comprobarse, no una apariencia suficiente.

—¿Qué opina madre?

La pregunta produjo la primera pausa verdaderamente incómoda de la conversación.

—Tu madre y yo hemos hablado.

—Eso ya lo sé.

—Considera que debes conocerlo.

La elección de las palabras no pasó inadvertida.

—¿Y considera que debo casarme con él?

—Aelia, nadie ha hablado todavía de una boda.

—Lleváis días hablando de mi futuro con una familia que necesita una alianza. Varro revisará documentos esta tarde. Parece razonable suponer que no estáis organizando una cena.

Lucius retiró el mensaje de entre los dos y lo dejó junto a la caja de madera.

—Varro viene por varios asuntos.

—Entre ellos este.

—Entre ellos, confirmar determinadas cuestiones que sería irresponsable ignorar antes de dar un paso.

—Un paso que todavía no me has preguntado si quiero dar.

Las palabras quedaron en el despacho. Aelia no las había pronunciado con brusquedad, pero tampoco había intentado hacerlas más fáciles de aceptar.

Su padre la observó durante unos momentos. La puerta permanecía abierta hacia el atrio y, al otro lado, alguien arrastró una caja sobre el pavimento. Lucius esperó hasta que el ruido cesó.

—Precisamente estoy hablando contigo ahora.

—Después de hablar con los Fabii.

—Después de recibir una aproximación y examinar si merecía la pena trasladártela. No habría sido sensato inquietarte con una posibilidad que pudiera descartarse al primer examen.

Aelia comprendió la lógica antes de querer hacerlo. Lucius había eliminado incertidumbres para protegerla de ellas. Si los Fabii hubieran resultado inadecuados, ella jamás habría sabido que su nombre se había mencionado. Desde la posición de su padre, aquello era prudencia.

Desde la suya, significaba que otras personas habían empezado a considerar su matrimonio mientras ella seguía ordenando granadas y evitando discusiones entre sus hermanos.

—¿Quién se aproximó a quién?

Lucius apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Cornelia Prisca hizo llegar una consulta discreta a través de un pariente. No era una propuesta formal. Solo quería saber si contemplaríamos una alianza adecuada.

—¿Y contemplar una alianza adecuada significaba contemplarme a mí?

—Eres mi única hija soltera.

La respuesta habría podido sonar fría en boca de otro hombre.

En la de Lucius contenía una realidad que ninguno necesitaba disfrazar.

Marcella era viuda y administraba su propio patrimonio.

Aelia era la hija de edad apropiada para contraer matrimonio.

Si una casa preguntaba por una alianza con los Valerii, preguntaba por ella.

—¿Marcus sabe que su madre hizo esa consulta?

—Sí.

—¿Y está de acuerdo?

—No habría permitido que la conversación continuara de otro modo.

Aelia no sabía si aquella certeza procedía de algo que Marcus hubiera dicho o de lo que su padre consideraba razonable suponer.

—¿Habéis hablado directamente?

—Nos hemos visto.

La inquietud se hizo más precisa.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro días.

Aelia mantuvo las manos inmóviles sobre el regazo.