Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 1 - La hija que no da problemas #3
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Capítulo 1 - La hija que no da problemas #3

En el jardín, las granadas descansaban en una bandeja junto al larario. El incienso se había consumido y dejaba un hilo de humo casi invisible. Syra hablaba en voz baja con Daphnis mientras recogían pétalos secos del suelo. Al ver a Aelia, ambas se apartaron para permitirle pasar.

La sombra de la galería apenas alcanzaba el banco de piedra donde su madre acostumbraba sentarse. Aelia permaneció de pie junto a la fuente. El aire de otoño seguía siendo templado, aunque la humedad del agua enfriaba las losas bajo sus sandalias.

No quería un marido desconocido. Tampoco podía afirmar que no quisiera casarse. Había visto suficientes uniones para saber que entre ambas ideas se abría un espacio mucho mayor de lo que admitían las conversaciones familiares.

Pensó en Marcella, entrando y saliendo de la domus con la seguridad de quien podía regresar a otra casa.

Aquella independencia había llegado después de un matrimonio y de una pérdida que Aelia no se atrevía a simplificar.

Pensó en su madre, que influía sobre Lucius sin disputar nunca ante los demás la autoridad que él ejercía.

Dos mujeres inteligentes, dos formas muy distintas de ocupar un lugar dentro de la misma familia.

¿Y cuál estaba reservado para ella?

Oyó pasos en la galería. Marcella se acercó sin prisa y se detuvo a su lado.

—Decimus está convencido de que padre lo enviará a Sicilia por haber mencionado a los Fabii.

—Padre no lo enviaría a Sicilia.

—Lo sé. Decimus, al parecer, no.

Aelia observó el agua de la fuente.

—¿Tú sabías algo?

—No.

Marcella no necesitó preguntar a qué se refería.

—Pero has entendido lo mismo que yo.

—He entendido que madre no quería responder y que padre quiere hablar contigo.

Aelia giró la cabeza.

—¿Te lo ha dicho?

—Me ha preguntado dónde estabas.

La inquietud que hasta entonces había conseguido mantener dispersa se concentró bajo sus costillas.

—Podrías haberle dicho que no lo sabías.

—Podría.

—Pero no lo has hecho.

—No.

Aelia encontró en la expresión de su hermana una serenidad distinta a la de su madre. Marcella no intentaba protegerla de la conversación ni conducirla hacia ella. Se limitaba a reconocer que ya estaba allí.

—¿Quieres que me quede? —preguntó.

Aelia estuvo tentada de aceptar. No porque creyera que Lucius permitiría que Marcella asistiera a una conversación privada, sino porque durante unos momentos más podría seguir siendo la hermana menor acompañada por alguien que ya conocía el camino.

—No —respondió—. Si padre quiere hablar conmigo, será mejor no hacerlo esperar.

Marcella inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces no lo hagas.

No añadió ningún consejo. Aelia se lo agradeció.

Lucius la aguardaba en su despacho. Titus, Decimus y los escribas se habían marchado.

Las tablillas estaban apiladas otra vez según un orden que solo Lucius y su secretario parecían comprender.

Sobre la mesa permanecía el mensaje que Aelia había visto aquella mañana, cerrado ahora con un cordón nuevo.

Su padre le indicó el asiento frente a él.

—Siéntate.

Aelia obedeció. Lucius dejó el sello junto a una caja de madera y apartó un rollo para despejar espacio entre ambos. No parecía enfadado ni preocupado. Era la misma actitud con la que explicaba una decisión después de haber examinado todas sus consecuencias.

—Tu madre y yo hemos hablado sobre tu futuro.

Aelia apoyó las manos sobre el regazo.

—Lo había supuesto.

Una leve arruga apareció entre las cejas de Lucius.

—¿Por qué?

—Las conversaciones se detenían cuando yo entraba. Varro vendrá esta tarde. Decimus ha mencionado a los Fabii.

—Decimus habla antes de comprender lo que ha oído.

—Esta vez había comprendido lo suficiente.

Lucius guardó silencio. Aelia esperó. Había aprendido de él que una pausa no siempre pedía ser llenada.

—No se ha decidido nada —dijo al fin—. Quiero que eso quede claro.

La precisión de la frase confirmó que algo sí había avanzado.

—¿Qué se está considerando?

—La posibilidad de que conozcas a un hombre.

Aelia había esperado aquellas palabras desde la comida.

Aun así, al oírlas, la casa pareció ordenarse a su alrededor de una manera diferente.

El despacho, los documentos, el mensaje sellado y el asiento que Lucius le había indicado formaban parte de una conversación que no trataba de un futuro remoto, sino de ella.

—¿Lo conozco?

—Conoces a su familia. Es una casa respetable, de nuestro mismo orden. No existe ningún compromiso y no aceptaré nada antes de que hayamos hablado cuanto sea necesario.

Aquello debía tranquilizarla. En parte lo hizo. Lucius no pretendía anunciarle un acuerdo cerrado. Le ofrecía una posibilidad que, sin duda, ya había estudiado con el mismo cuidado con que revisaba contratos y propiedades.

—¿Y él sabe que deseas que me conozca?

Su padre tardó una fracción de más en contestar.

—Sabe que ambas familias podrían mantener una conversación conveniente.

No era una respuesta completa. Aelia la dejó pasar. Habría tiempo para descubrir cuánto se había dicho y quién había pronunciado primero su nombre.

—¿Quién es?

Lucius tomó el mensaje, aunque no lo abrió. Lo sostuvo entre los dedos como si ya no necesitara consultar nada de lo escrito.

—Marcus Fabius Corvinus.