Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 1 - La hija que no da problemas #2
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Capítulo 1 - La hija que no da problemas #2

Aelia se ocupó de comprobar que los cuencos de aceitunas estuvieran al alcance de todos. Era una tarea innecesaria, y lo supo en cuanto la hizo. Algo había cambiado desde la mañana, una alteración pequeña en la disposición de su madre que no guardaba relación con las granadas ni con Publius.

Había encontrado a sus padres hablando en el jardín al salir de su habitación.

Lucius sostenía un mensaje sellado y Aelia Tertulla escuchaba sin tocar las flores secas que acostumbraba retirar mientras recorría el sendero.

Cuando Aelia se había acercado, su padre enrolló el mensaje y preguntó si Titus había llegado ya.

No era extraño que Lucius hablara de asuntos privados con su esposa. Sí lo era que eligiera el jardín para leer una carta relacionada con los negocios. También lo era que su madre hubiera cambiado de tema con tanta rapidez.

Aelia había esperado una explicación durante toda la mañana. Nadie se la había ofrecido.

—Padre quiere comer temprano —dijo.

—Tu padre quiere comer cuando termine con las cuentas —corrigió su madre.

—Ha pedido que no se retrase la comida.

—Entonces no se retrasará.

La respuesta no contenía nada que pudiera discutirse. Aelia apartó una copa apenas un dedo y la volvió a colocar donde estaba.

Marcella siguió el movimiento.

—¿Esperamos a alguien más?

—No que yo sepa —respondió Aelia.

Su madre se volvió hacia el esclavo encargado del servicio.

—Añade un lugar junto a Titus.

Aelia miró la mesa. Había espacio suficiente para los miembros de la familia y para los dos visitantes. Un asiento más podía corresponder a cualquier asociado de Lucius que se quedara a comer después de una reunión. No significaba nada por sí solo.

—¿Quién viene? —preguntó Publius.

—Gnaeus Cornelius Varro —dijo Aelia Tertulla.

El nombre del jurista hizo que Aelia dejara de tocar la copa.

Varro asesoraba a la familia desde hacía años.

Su presencia tampoco debía inquietarla. Podía acudir por una propiedad, un contrato, una herencia o cualquiera de las obligaciones que mantenían a Lucius y Titus rodeados de tablillas.

Sin embargo, la respuesta de su madre había llegado después de una pausa breve, y Aelia conocía demasiado bien aquellas pausas.

Aelia Tertulla las utilizaba cuando había escogido con precisión qué parte de la verdad entregar.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Marcella.

—Nada que deba preocuparnos.

Marcella apoyó la copa.

—No he preguntado si debemos preocuparnos.

Aelia Tertulla sostuvo la mirada de su hija mayor. Publius, que rara vez permitía que un silencio durara demasiado, se mantuvo callado.

—Varro revisará unos documentos con Lucius —dijo al fin—. Eso es todo.

Marcella no insistió. Aelia tampoco.

La llegada de los visitantes devolvió a la casa un movimiento más fácil de interpretar.

Aelia acompañó a su madre a recibirlos y escuchó con atención las noticias sobre una enfermedad ya superada, una hija embarazada y un sobrino que aspiraba a un cargo municipal fuera de Roma.

Supo cuándo formular una pregunta, cuándo dejar que la esposa del pariente hablara de sus nietos y cuándo apartar la conversación de un matrimonio reciente cuyo fracaso comenzaba a alimentar comentarios.

Aquello le resultaba sencillo. Las personas anunciaban de muchas formas lo que querían decir, incluso cuando no podían expresarlo de manera directa. Bastaba observar qué nombre repetían, qué detalle corregían o qué pregunta fingían no haber escuchado.

Lo difícil era emplear la misma habilidad con quienes la conocían desde que había nacido. Su familia sabía qué silencios esperar de ella. Podía confundirlos con conformidad sin necesidad de proponérselo.

Cuando los visitantes se marcharon, el sol había avanzado sobre el peristilo y el agua de la fuente devolvía destellos contra las columnas. Varro todavía no había llegado. Lucius salió por fin de su despacho acompañado por Titus y Decimus.

El padre de Aelia tenía cincuenta y ocho años, pero caminaba con la seguridad de un hombre que no consideraba la edad una razón para ceder espacio.

La túnica caía impecable bajo la toga que aún no se había quitado tras recibir a dos clientes por la mañana.

Llevaba el sello familiar en la mano derecha y una línea de tinta oscura manchaba la yema de uno de sus dedos.

—Publius —dijo al ver a su hijo—. Supongo que existe alguna razón para que tu equipaje llegara después que tú.

—El carro avanzaba más despacio.

—Los carros suelen hacerlo cuando se cargan sin orden.

—Entonces ya tenemos una explicación.

Lucius lo observó durante un instante.

—Comerás con nosotros.

—Esa era mi intención.

—Después me contarás qué ocurrió en Capua.

Publius dejó de sonreír.

—No ocurrió nada.

—Me alegra saber que no necesitaremos mucho tiempo.

Aelia intervino antes de que la conversación adquiriera la rigidez que siempre aparecía cuando Publius regresaba de un viaje y Lucius intentaba averiguar qué parte de sus instrucciones había considerado prescindible.

—Madre ha pedido que Varro se siente junto a Titus. Si vais a revisar documentos después, sería mejor dejar libre el extremo de la mesa.

Lucius miró la disposición y asintió.

—Hazlo.

No había sido una orden dirigida a ella hasta que la había ofrecido como solución. Aelia pidió que desplazaran una bandeja y que cambiaran dos copas. El movimiento obligó a Titus a preguntar a Decimus por la comprobación de la lana y dio a Publius ocasión de sentarse lejos de su padre.

La comida transcurrió sin más tensiones que las habituales.

Lucius preguntó a Marcella por unas reparaciones en una de sus propiedades.

Ella respondió con cifras suficientes para demostrar que no necesitaba que él enviara a nadie a supervisarlas.

Titus habló de un retraso en la llegada de ciertas mercancías desde Ostia, sin convertir el asunto en una explicación para quienes no intervenían en los negocios.

Publius dio cuenta de su desplazamiento con una versión abreviada que evitaba mencionar por qué había tardado dos días más de lo previsto.

Decimus escuchaba a todos con la atención de quien esperaba encontrar un hueco donde demostrar que también tenía algo útil que decir.

Lo encontró cuando un esclavo retiraba los platos.

—¿Varro revisará también lo de los Fabii?

Titus dejó la copa sobre la mesa.

Lucius no se movió. Aelia Tertulla volvió el rostro hacia Decimus con tanta calma que la pregunta pareció adquirir un peso que no había tenido al ser pronunciada.

—¿Qué asunto de los Fabii? —preguntó Publius.

Decimus miró primero a Titus y después a su padre.

—El mensaje de esta mañana.

—No has leído ningún mensaje —dijo Lucius.

—No. Pero oí a Titus decir que era una familia conocida y que convenía responder antes de enviar una consulta a Varro.

Titus exhaló despacio.

—Estabas copiando la relación de lana.

—Puedo copiar y escuchar al mismo tiempo.

—Todavía no has demostrado que puedas hacer ninguna de las dos cosas.

Decimus se volvió hacia Aelia, como si esperara que ella restableciera la justicia. Esta vez no lo hizo. La palabra familia seguía suspendida sobre la mesa, unida a un mensaje que sus padres habían leído en el jardín y a la visita de un jurista.

Lucius tomó un trozo de pan.

—Varro revisará distintos documentos.

—¿De los Fabii? —insistió Publius.

—De los Valerii.

La precisión habría bastado para cualquiera que no conociera a Lucius. Aelia sabía que su padre había respondido exactamente a lo preguntado y, al mismo tiempo, había dejado intacto el asunto verdadero.

Marcella la miró desde el otro lado de la mesa. No hizo ningún gesto. Tampoco lo necesitaba.

Aelia bajó la vista hacia su plato.

Había cumplido veinticuatro años al comienzo del verano.

Nadie había convertido la fecha en un reproche.

Su madre no mencionaba cada semana a los hombres solteros de rango adecuado, ni Lucius la obligaba a soportar una sucesión de visitas cuidadosamente preparadas.

Habían existido posibilidades anteriores, aproximaciones que nunca llegaron a ser propuestas y nombres pronunciados durante cenas familiares con una indiferencia demasiado estudiada. Ninguno había tenido consecuencias.

Pero veinticuatro años hacían difícil seguir considerando el matrimonio una cuestión lejana. Aelia lo sabía. Lo sabía también cada persona sentada a aquella mesa.

Una familia romana. Un jurista. Una conversación interrumpida cuando ella entraba.

Las piezas encajaban con demasiada facilidad.

Podía preguntar. Nadie le prohibiría hacerlo.

Lucius respondería si consideraba que había llegado el momento; si no, encontraría una frase correcta con la que posponer la explicación.

Aelia Tertulla confirmaría lo necesario sin contradecir a su esposo.

Titus guardaría silencio por lealtad a una decisión que probablemente juzgaba sensata.

Publius haría preguntas hasta incomodar a todos.

Decimus se disculparía por haber hablado. Marcella esperaría.

Aelia miró a su madre.

—¿Quieres que revise los tejidos para la visita de mañana?

Aelia Tertulla sostuvo su mirada un instante más de lo habitual.

—Ya están escogidos.

—Puedo comprobar que se hayan preparado las habitaciones.

—También está hecho.

Las dos respuestas cerraban ocupaciones que su madre habría aceptado cualquier otro día. Aelia percibió en ellas una delicadeza que la inquietó más que una evasiva evidente.

—Entonces iré al jardín —dijo.

—No te alejes.

Lucius había hablado sin levantar la voz.

Aelia volvió el rostro hacia él.

—No pensaba salir de la casa.

—Bien.

No añadió nada. Titus le preguntó por una propiedad y la conversación se desplazó hacia las reparaciones de un muro. Aelia esperó hasta que su marcha ya no pudiera parecer una huida y abandonó el comedor.