Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 1 - La hija que no da problemas
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Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1)

Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1)

Por Elena Valeri Montoro

© inepub.com

Capítulo 1 - La hija que no da problemas

—Si Decimus vuelve a cambiar una tablilla de sitio, acabaremos enviando trigo a quien pidió aceite.

La voz de Titus llegó desde el despacho de Lucius con la claridad suficiente para atravesar el atrio. Aelia detuvo a la esclava que llevaba una cesta de granadas hacia el comedor y miró por encima del hombro.

Decimus apareció en el umbral con dos tablillas enceradas entre las manos.

—No he cambiado nada de sitio.

—Entonces las tablillas han aprendido a caminar.

—Solo quería comprobar una cantidad.

—Podías haber preguntado.

—Pregunté. No me escuchaste.

Titus alzó la vista de los documentos extendidos sobre la mesa. A sus treinta y cinco años, había adquirido la misma capacidad que Lucius para guardar silencio hasta que los demás empezaban a sentirse innecesarios. Decimus resistió aquel silencio menos de lo que habría querido demostrar.

Aelia se acercó antes de que el menor de sus hermanos intentara defenderse con otra explicación.

—¿Es esta la cuenta de los suministros para la casa de la vía Latina?

Decimus le entregó una de las tablillas.

—La cantidad de aceite no coincide con la copia.

Titus apoyó ambas manos en la mesa.

—Porque esa no es la copia. Es la relación del mes anterior.

Aelia examinó las marcas de la cera. Decimus tenía razón en una cosa: la cifra parecía extraña si se leía sin la anotación que la precedía.

La tablilla, sin embargo, no pertenecía al grupo dispuesto junto al sello de Lucius, sino al pequeño montón que un escriba había dejado en el extremo opuesto de la mesa.

—La tomó de aquí —dijo Aelia—. No de tus documentos.

Titus siguió la dirección de su mirada. La irritación abandonó un poco su postura, aunque no el gesto.

—Debió dejarla el secretario de Silanus.

—Y yo debí leer el nombre antes de preguntar —admitió Decimus.

Aelia le devolvió la tablilla.

—También podrías haber esperado a que Titus terminara de revisar las cuentas.

—Cuando Titus termine, será invierno.

—Si sigues moviéndolas, será primavera —replicó su hermano.

Decimus abrió la boca. Aelia le puso en las manos la segunda tablilla, que sí pertenecía a los asuntos de la familia.

—Padre pidió que se comprobara la entrega de lana antes del mediodía. Puedes empezar por eso.

Decimus miró la tablilla, después a Titus.

—¿Puedo?

—Siempre que la dejes donde estaba cuando termines.

La concesión estaba hecha. Aelia no esperó a que alguno de los dos la estropeara. Volvió al atrio y alcanzó a la esclava de las granadas antes de que entrara en el comedor.

—No las lleves allí, Daphnis. Mi madre las quiere en el jardín.

La muchacha se detuvo.

—Me dijeron que se servirían después de la comida.

—Las que se servirán están en la despensa. Esas son para la ofrenda.

Daphnis bajó la vista hacia la cesta con una alarma silenciosa. Aelia tomó una de las frutas y encontró bajo ella las hojas de laurel que confirmaban la confusión.

—No ha ocurrido nada —le aseguró—. Llévalas junto al larario y pide a Syra que compruebe el resto.

La muchacha se alejó con más rapidez de la necesaria.

Aelia la siguió con la mirada hasta que cruzó el peristilo.

La casa llevaba despierta desde mucho antes de que el sol alcanzara el centro del atrio, pero aún no había encontrado su ritmo.

Dos hombres retiraban los restos de barro seco que una visita había dejado junto a la entrada; en el corredor, un liberto aguardaba a que Lucius lo recibiera con un rollo protegido bajo el brazo; desde la zona de servicio llegaban golpes de cuchillo, voces contenidas y el olor del pan recién sacado del horno.

Un esclavo joven atravesó el patio con una jarra de agua y estuvo a punto de chocar con el secretario que salía del despacho.

Aelia se apartó para dejarles paso.

No dirigía la casa. Esa autoridad pertenecía a su madre, y buena parte del trabajo cotidiano recaía en personas que conocían cada almacén, cada llave y cada costumbre mejor que ella.

Aun así, Aelia sabía cuándo las granadas destinadas a una ofrenda no debían aparecer en la mesa y qué tarea podía confiarse a Decimus para alejarlo de los documentos de Titus.

Había crecido aprendiendo que una casa numerosa no funcionaba porque todos obedecieran una sola voz, sino porque muchas personas recordaban a tiempo aquello que los demás olvidaban.

—Ya has salvado la fortuna familiar, por lo que veo.

Publius estaba apoyado contra una de las columnas del atrio.

Conservaba en la túnica las arrugas del viaje y en las sandalias el polvo que ninguna limpieza apresurada había conseguido borrar del todo.

Había regresado la tarde anterior y se había presentado en la casa antes de que su equipaje.

Aelia sospechaba que lo había hecho para evitar que Lucius pudiera acusarlo de demorarse por el camino.

—Solo unas cuantas ánforas de aceite —respondió.

—Así empieza la ruina. Primero se pierde una tablilla y luego toda la familia debe alquilar una habitación sobre una taberna.

—Tendrías que vivir más cerca de las tabernas. Ahorrarías tiempo.

Publius sonrió y tomó una manzana de la bandeja que un esclavo transportaba hacia el comedor.

—He echado de menos tu afecto.

—No lo suficiente para avisar de cuándo llegarías.

—Avisé.

—Mandaste un mensaje desde Aricia cuando ya estabas de camino.

—Fue una previsión muy exacta.

—Fue una ventaja de unas pocas horas.

—Suficiente para que madre ordenara preparar mi habitación y para que tú decidieras que necesitaba una comida decente.

Aelia observó la manzana entre sus dedos.

—Esa no era para ti.

Publius dio un mordisco.

—Ahora sí.

Antes de que ella pudiera responder, Marcella cruzó el peristilo desde el jardín.

Vestía una túnica de lana fina color azafrán apagado y llevaba el cabello recogido sin más adorno que dos agujas de oro.

No necesitaba pedir permiso para entrar en la domus donde había nacido, pero tampoco se movía en ella como Aelia.

Marcella llegaba y se marchaba según sus propios asuntos; administraba el patrimonio que había conservado tras enviudar y podía rechazar una invitación sin que Lucius interpretara necesariamente su ausencia como un problema que debía resolver.

—Madre pregunta si piensas presentarte ante ella antes de comerte toda la fruta —dijo a Publius.

—Dile que iré en cuanto termine de recibir la bienvenida de Aelia.

—Ya te ha dado la bienvenida. Te ha acusado de llegar tarde y de robar comida. Es más de lo que sueles merecer.

Publius mordió de nuevo la manzana y la señaló con ella.

—La viudez te ha vuelto severa.

—No. Antes tenía que fingir que tus bromas eran mejores.

Marcella continuó hacia el comedor. Publius la siguió, aunque tuvo la prudencia de dejar la manzana mordida en una bandeja vacía antes de que Aelia Tertulla pudiera verlo con ella.

Aelia tardó un instante en ir tras ellos.

Marcella llevaba seis años viuda. Durante los primeros meses, había regresado a la domus con tanta frecuencia que su antigua habitación apenas parecía haber dejado de pertenecerle.

Después, poco a poco, había recuperado el orden de su propia casa, había revisado cuentas, sustituido a un administrador y aprendido a rechazar las ayudas que Lucius ofrecía antes de que ella tuviera ocasión de pedirlas.

Nadie dudaba de que continuara formando parte de la familia.

Sin embargo, ocupaba dentro de ella un lugar que Aelia no podía compartir.

No era la libertad de una mujer sin obligaciones.

Marcella tenía propiedades, dependientes, compromisos y la memoria de un matrimonio sobre el que rara vez hablaba.

Pero cuando se retiraba de una conversación, nadie le preguntaba adónde iba.

Cuando anunciaba que comería en su casa, Lucius no reorganizaba la jornada para protegerla de una decisión tan pequeña.

Aelia entró en el comedor y encontró a su madre supervisando la disposición de los lechos y los asientos.

No esperaban invitados importantes, solo a un pariente lejano de Aelia Tertulla y a su esposa, que pasarían a saludar antes de continuar hacia otra visita.

Aun así, la mesa debía estar preparada con corrección.

En una casa como aquella, una atención descuidada podía convertirse en comentario mucho después de que nadie recordara la comida.

—Las granadas estaban a punto de servirse —dijo Aelia.

Su madre volvió la cabeza.

—¿Las de la ofrenda?

—Daphnis confundió las cestas. Ya las lleva al jardín.

Aelia Tertulla hizo una seña al esclavo que estaba colocando las copas para que desplazara dos de ellas.

—Syra debería haberlas separado.

—Las hojas de laurel estaban debajo. Daphnis no podía verlas.

Su madre la miró durante un momento. A los cincuenta y tres años conservaba una serenidad que no dependía de la ausencia de problemas, sino de su habilidad para recibirlos sin permitir que modificaran su voz.

—Entonces recuérdale a Syra que las separe la próxima vez.

No preguntó quién había cometido el error ni exigió que llamaran a Daphnis. Aelia agradeció aquel detalle, aunque no le sorprendió.

—Lo haré.

—¿Tu padre sigue con Titus?

—Y con Decimus, hasta que he conseguido darle otra ocupación.

—Eso explica los gritos.

—Titus no ha gritado.

—Con Titus no es necesario que levante la voz para que se le oiga.

Marcella ocupó uno de los asientos y aceptó la copa de agua que le ofrecieron. Publius se inclinó hacia una fuente de queso, pero retiró la mano cuando Aelia Tertulla lo miró.

—He regresado demasiado pronto —murmuró.

—Regresaste cuando dijiste que lo harías —señaló Marcella.

—No exactamente —dijo Aelia.

—Aricia está muy cerca de Roma —protestó Publius—. Mi mensaje y yo llegamos casi juntos.

—El mensaje llegó primero —dijo su madre—. Celebremos esa victoria.

Publius se llevó una mano al pecho con fingida solemnidad. Aelia Tertulla no sonrió, aunque una leve alteración de su boca indicó que había visto el gesto.