Un otoño para ser feliz Capítulo 46. Michelle
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Capítulo 46. Michelle

MICHELLE

Contemplo los ventanales del aeropuerto.

La pasarela está llena de aviones aparcados, avanzando o cruzando el aire.

Estrecho el unicornio de peluche de Brittany contra el pecho mientras, con la otra mano, crispo los dedos sobre la correa del bolso de mi madre.

Mi avión sale dentro de cinco minutos. Han anunciado mi sección hace diez.

Soy la única que está de pie en la puerta, pero no logro moverme.

Si me subo a ese avión, veré cómo Vermont desaparece a mis pies. Volveré, sí, pero ¿cuándo?

Me pregunto si Sara recordará hacer el café de la tarde. Si Emily se sentirá cómoda viendo la televisión en el salón estando ahí mi padre. Si Rocket ya habrá vuelto con Brittany. Si Cliff me echará de menos.

No dejaba de animarme a que me fuera y las palabras en la punta de mi lengua no han encontrado la manera de deslizarse entre mis labios. «Te quiero».

Cuando se ha marchado, he sentido como si una parte de mí se hubiera ido con él. Igual que el último punto blanco del cartel de Copper Run se me ha clavado en el corazón y no me suelta.

Toso mientras suelto una carcajada y pongo los ojos en blanco, aunque me arden, pero no antes de secarme el rabillo porque Dios me proteja de llorar en un aeropuerto. ¿Por qué estoy llorando? Siento náuseas. Tengo ganas de vomitar. Es una tontería.

Rebusco en el bolso, entre los productos de maquillaje y las llaves, porque juraría que había metido un paquete de Kleenex tamaño viaje.

Al abrir el bolsillo trasero, mis dedos tocan otra cosa.

La saco. Es un folio de cuaderno doblado, de un ligero tono amarronado desvaído con una pequeña mancha de vino en la esquina.

Lo abro con lentitud y las manos me empiezan a temblar cuando la carta aparece ante mis ojos.

«Querida Shelly».

Inspiro hondo, trémula, y a duras penas me acerco a la ventana para equilibrarme, pero la mano se me desliza por el cristal.

1 de enero de 1997

Querida Shelly:

¡Feliz Año Nuevo! Tu padre me ha dicho que no debería escribirte, pero, a la mierda, voy a hacerlo. La vida es demasiado corta para arrepentirse.

El nuevo año viene cargado de nuevos momentos. Sé que cumplirás muchas metas de año nuevo y que las mantendrás porque eres el tipo de mujer que me gustaría ser a mí. Pero quiero que todos tus momentos sean especiales, por lo que considera esto un propósito también.

Antes de nada, una historia rápida.

Deberías saber que tu padre y yo nos hemos pasado la Nochevieja bebiendo con nuestros nuevos amigos.

Nunca había tenido mejores amigos, aparte de tu padre, pero Lisa y su marido, George, son espectaculares.

Les he dicho que nunca me había quedado despierta toda la noche.

Veinticuatro horas enteras sin dormir. ¿Te lo puedes creer?

Por eso, Lisa ha sugerido que nos pasáramos la noche caminando por el pueblo hasta ver el amanecer.

Hemos acabado en un cementerio y, Shelly, he sentido tanto miedo que he estado a punto de correr por el monte.

Pero tu padre dijo que me arrepentiría si no lo cruzaba, así que lo hice.

Seguro que consideras que no es nada demasiado atrevido, solo un cementerio. Pero me he sentido tan viva. He sentido la libertad en un estúpido cementerio. ¡Ni siquiera creo en fantasmas! A veces, debes hacer cosas estúpidas que den miedo, aunque no tengan un porqué lógico.

En resumen, Allen es un asco. Es terrible.

Crees que no lo sabemos, pero sí. Tu padre y yo vemos tu lucha en todo momento porque no sonríes.

Y hace años que no lo haces. No siempre hemos estado de acuerdo, pero te pareces más a mí de lo que piensas.

Eres fuerte. Y las mujeres fuertes nos merecemos algo mejor.

Es aterrador empezar de cero, pero es ese tipo de miedo irracional como cruzar un cementerio en mitad de la noche sin fantasmas. Te irá bien. Lo prometo.

Ojalá nos viéramos más. Y habláramos más. Tengo un vecino encantador que es un partidazo. ¡Y está soltero! Habla más que tú, pero algo me dice que encajaríais a las mil maravillas.

No te tomes todo tan en serio, Shells Bells.

Y llama si necesitas algo.

Te quiero. Siempre.

mamá

Me empiezan a castañear los dientes. Aprieto la mandíbula. ¿Por qué no me la envió? ¿Por qué la estoy leyendo ahora, cuando es demasiado tarde?

Miro al techo de paneles blancos mientras dejo escapar un largo suspiro. ¿Por qué se mudó para empezar una nueva empresa después de jubilarse? ¿Cuál es el secreto de la felicidad que ella sabía y yo no?

—Última llamada para los pasajeros del vuelo 347 a Seattle, Washington.

Dejo escapar el aire, temblorosa. Me arde la nariz por las lágrimas. Meto la carta en el bolso antes de estrechar cada vez con más fuerza el unicornio de peluche de Brittany.

¿Por qué estoy a punto de llorar? ¿Por qué no puedo subirme a ese avión?

He trabajado duro para conseguir una buena vida en Seattle, pero ahora me parece… vacía. No como Copper Run. No como el hotel.

Mi madre tenía razón. Esta es una de esas cosas estúpidas que provocan un miedo irracional. Esta es la libertad. Un pueblo pequeño con personas que ven lo que guardo dentro.

«¡Guau!».

Me quedo paralizada. Oigo el ladrido de un perro. O lo que creo que es un ladrido.

Giro la cabeza hacia la azafata en la puerta justo cuando ella centra los ojos en mí, como si ambas estuviéramos comprobando que hemos oído lo mismo. Entonces, ocurre de nuevo.

«¡Guau!».

La azafata desvía la mirada detrás de mí y abre mucho los ojos.

Sigo su línea de visión al darme la vuelta sobre los talones.

Cuando lo hago, el estómago me da un vuelco.

Dos guardias de seguridad recorren el pasillo a trompicones y pasan junto a la librería y la tienda de comestibles del aeropuerto.

Están dirigiéndose hacia nosotras, gritando palabras como «¡Pare!» o «No puede entrar con un perro». Y, frente a ellos, corriendo mientras mueve los brazos a cada lado, está Cliff Burke.

Los pies se me anclan al suelo mientras observo cómo se vuelve más grande. Cada vez más cerca. Es él. Está aquí. Y tres metros por delante va mi perro.

Desvío los ojos hacia el borrón de pelaje blanco y negro. Rocket está corriendo a tanta velocidad que no veo si sus pies rozan el suelo. Las patas del border collie lo propulsan demasiado rápido como para que alguien pueda seguirle el ritmo.

Vuelve a ladrar, avanzando a mayor velocidad cuando nos sostenemos la mirada. Dejo caer el unicornio al suelo y me agacho justo a tiempo para que se lance a mis brazos.

Rocket gime contra mi pelo, me lame la cara y mueve el rabo con tanta intensidad que se le agitan las patas traseras. La mente me da vueltas.

Las pisadas repiquetean más cerca y, cuando levanto la vista, Cliff está saltando sobre un banco con una mano antes de aterrizar con tanta fuerza que se tambalea. Suelto un grito ahogado, me cubro la boca con los dedos y me echo a reír al ver cómo hace un esprint hacia mí.

Por Dios, está aquí. Cliff está aquí.

El pecho, ancho, se le tensa bajo la camisa de franela con cada inhalación. Entonces, de repente, está de pie ante mí, con las manos sobre las rodillas y una sonrisa que avanza por sus mejillas.

—¿Me echabas de menos? —pregunta sin aliento.

—Pensaba que habías dicho…

—Sí, hablo demasiado —suelta con una carcajada.

Me coge de la mano y me ayuda a incorporarme. Paseo los ojos entre los suyos. Mi pecho sube y baja casi tan rápido como el de él. No sé cómo logro respirar. Lo único que sé es que está aquí.

A través de otra exhalación ahogada, dice:

—No te subas a ese avión.

—¿Qué?

—No te subas a ese avión, Michelle.

—No te…

—Te quiero.

Toda la calidez que me inunda el pecho me sube por el cuello, las orejas y las mejillas. Es abrumadora, abrasadora. Me quedo paralizada en el sitio, con los labios entreabiertos, incrédula.

Arquea las cejas y curva las comisuras de la boca en una sonrisa.

—Por Dios, te quiero —repite, negando con la cabeza—.

Te quiero por cómo pones los ojos en blanco cuando hago un chiste estúpido.

Te quiero por cómo hablas con tu perro cuando crees que nadie te ve.

Te quiero por cómo tomas café por la noche y no te disfrazas en Halloween.

Y te quiero por lo bien que te portas con mis hijas.

Me prometí a mí mismo que nunca obligaría a nadie a quedarse de nuevo, pero te quiero y debe de significar algo, ¿no?

—Me sostiene la mirada e insiste con otro jadeo—: Debe de significar algo.

Me he quedado sin palabras. No consigo pensar. Rocket me presiona el hocico contra la pierna, pero sigo en shock, inmóvil.

—Eh… —Me humedezco los labios—. Cliff…

Poco a poco, de manera agonizante, su rostro se entristece.

—Lo siento —se disculpa—. Era… Ha sido… Yo…

—No quiero irme —lo interrumpo.

El pecho se le vuelve a hinchar.

—No quieres irte.

—No quiero irme —repito al tiempo que una lenta sonrisa se me extiende por el rostro—. Te quiero.

—¿Me quieres? —Y noto alivio, tristeza e incredulidad.

Ensancho aún más la sonrisa.

—Te quiero, Cliff.

Suspira y se le dulcifica la expresión cuando me acuna la mandíbula.

—Ah, gracias a Dios.

Entonces, me besa. Así, ese pequeño fragmento de corazón que se había llevado encaja en su lugar.

Me hundo en él, le rodeo el cuello con los brazos y lo estrecho contra mí todo lo posible.

Y quizá deberíamos parar porque tal vez montar una escena en un espacio público sea irresponsable y bochornoso, pero Cliff sigue besándome.

Incluso mientras los guardias nos rodean y empiezan a decir palabras que no logro descifrar.

Incluso mientras Rocket ladra una y otra vez, saltando contra mi pierna.

Incluso mientras la azafata me informa de que es mi última oportunidad para embarcar.

Pero estoy tan perdida en Cliff que no me importa.

Un segundo después, se aleja, recupera el aliento y se pasa una mano por el pelo.

—Ay, Dios mío, lo siento, señorita. Se me ha olvidado presentarme. —Me tiende la mano—. Me llamo Cliff. No puedo creer que haya aparecido aquí y la haya besado. Ha sido muy maleducado por mi parte.

El corazón me sube a la garganta con tanta brusquedad que me arden los ojos. Deslizo la mano hasta la suya.

—Soy Michelle —digo—. Un placer conocerle.

Sigue estrechándome la mano.

—Dios, es preciosa —anuncia—. En realidad, creo que la quiero.

—Creo que yo también a usted.

Sigue estrechándome la mano.

Mira a los guardias de seguridad, de pie con los brazos cruzados.

Y sigue estrechándome la mano.

—Tengo que irme —comenta. Luego, se inclina hacia mí para musitarme—. Están a punto de arrestarme.

Me echo a reír.

—¿A ti o a Rocket?

—No debería haber dejado que un perro cruzara un aeropuerto corriendo.

—Supongo que no.

Cliff mira a Rocket y sonríe.

El animal mueve el rabo, golpeando la moqueta del aeropuerto. Vuelve a ladrar. Por una vez, sé con total precisión lo que está pensando.

Sonrío.

—Creo que Rocket quiere irse a casa.

—Sí, yo también.