Un otoño para ser feliz Capítulo 45. Cliff
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Capítulo 45. Cliff

CLIFF

El cartel de Copper Run se hace cada vez más pequeño hasta que no logro distinguirlo entre los troncos y las ramas desnudas de los árboles. Sé que volveré, pero lo haré sin ella.

Hablamos durante todo el trayecto, desde noticias recientes hasta cotilleos de Copper Run.

Hago comentarios sarcásticos que la hacen reír, como siempre, y ella, elegante, se apoya en el reposacabezas.

No la suelto de la mano ni dejo de acariciarle el dorso con el pulgar, apretándosela todo lo que puedo.

Los edificios altos aparecen más rápido de lo que me gustaría.

Los aviones despegan desde las plataformas en la distancia, emitiendo un estruendo sobre nuestras cabezas.

La cola de vehículos para dejar a los pasajeros es larga y agonizante.

El nerviosismo se me agarra al pecho y noto que a ella le pasa lo mismo porque empieza a mover el colgante de Birdie por la cadena. Le beso los nudillos.

—Va a ir bien —la animo.

Asiente rápido, una y otra vez.

Rocket se remueve inquieto en el asiento hasta que pasa de sus muslos a los míos antes de presionar el hocico contra la ventanilla y dejar una marca húmeda en el cristal.

—Rocket —digo entre risas, incorporándome para ver sobre su cuerpo.

Michelle da una palmada.

—Déjale conducir.

Con un repentino gemido, vuelve hasta ella y presiona el hocico contra la ventanilla contraria.

Finalmente, estaciono junto al bordillo y enciendo los intermitentes de emergencia. Cuando la miro, ella ya me está contemplando, acariciando ausente el pelaje de Rocket, cuyas patas tiemblan sobre su muslo.

Estiro la mano para enterrarla en su pelo.

—Ven aquí —le pido.

Se inclina sobre el asiento del copiloto para presionar los labios contra los míos. El beso es lento y prolongado, aunque no dura suficiente.

Apoyo la frente en la suya.

—Esto es bueno —susurro.

Asiente.

—Sí. —Pero no parece segura.

Me obligo a soltar una carcajada.

—Eres Michelle. Vas a triunfar allí, como siempre.

Asiente en silencio. Quiero seguir abrazándola, pero un coche detrás de nosotros nos pita y suelto un gruñido.

—Hora de irse ¿eh? —digo con una carcajada.

No me imita, sino que repite otro «sí» con un hilo de voz.

Abro la puerta y la cierro antes de que Rocket pueda salir. Hoy está como loco y no puedo arriesgarme. Me inclino sobre el maletero para sacar su equipaje. Me contempla y dejo escapar un suspiro sin perder la sonrisa.

Señalo la furgoneta con el pulgar.

—Rocket ha acabado con mis posibilidades de acompañarte al control.

Mira al suelo mientras juguetea con la larga correa del bolso. Deja escapar una suave carcajada.

—Lo sé.

En mi mente, maldigo a ese condenado perro, pero sé que quería despedirse. No podía negárselo.

Doy un paso al frente, la atraigo contra mi pecho y le coloco la barbilla en la cabeza.

—Me alegro mucho por ti.

El corazón se me acelera y noto el pulso en los oídos. Sin embargo, no puedo demostrarle que esto me está matando. No es lo que necesita ahora mismo.

—Cuida del hotel, ¿vale? —susurra Michelle, ladeando la cabeza—. Sé que Sara va a…, no sé, quemar las galletas o… —Se sorbe la nariz y mira al cielo, negando—. Por Dios, se le va a olvidar pagar las facturas. Lo sé. Asegúrate de que coja el correo todos los días.

Me echo a reír.

—Lo comprobaré por ella.

—Y la ropa de cama para los recién casados. Que no se le olvide.

—Esas cosas rosas tan feas. Anotado.

Me da un golpe en el brazo y suelto una carcajada cuando vuelve a enterrar la cara en mi pecho. Me arde la nariz, pero no puedo llorar. Debo mostrarme firme por ella. Es necesario.

—Cuida de mi lugar favorito, ¿vale?

Me río.

—Lo haré.

—Vale —contesta tras tragar saliva—. Tengo que irme.

—Llámame cuando aterrices.

La vuelvo a besar y se aferra a mis brazos con tanta fuerza que me pregunto si me dejará algún moratón.

—Hablamos pronto —añade, y casi parece ahogarse con las palabras, desesperada.

Nunca la he oído hablar así. Le acuno la mejilla y la beso de nuevo.

«Te quiero».

—Te voy a echar de menos —digo en su lugar. Es más fácil. Y agradable.

Coge el asa de las maletas con manos temblorosas y los nudillos blancos. Paso la mano por ellos.

—Nos veremos antes de que nos demos cuenta —le aseguro.

—Tienes razón —contesta con una sonrisa que no le llega a los ojos—. Lo sé.

Michelle niega con la cabeza y se ríe. Entonces, por fin, se gira y se aleja, arrastrando tras de sí las maletas.

Se me corta la respiración. Me arde la nariz y me tiembla la barbilla. Michelle se gira para mirarme y dejo escapar un suspiro ahogado. Espero que no pueda oírlo. Me obligo a sonreír y le enseño el pulgar y el meñique antes de mover la mano junto a la oreja y vocalizar: «Llámame».

Se echa a reír, se gira y cruza la puerta corredera hacia el interior del aeropuerto. Me quedo ahí durante un par de segundos, mirando el espacio vacío que ha dejado tras de sí. Luego, vuelvo a subirme a la furgoneta.

La vuelta a Copper Run es muy silenciosa en comparación con el trayecto al lado de Michelle. Rocket está sentado, estoico, en el asiento del acompañante, contemplando el paso de los árboles desnudos. No emite ningún sonido ni se mueve un centímetro. Necesitaré una copa con Lars cuando vuelva.

Salto de una cadena de radio a la siguiente antes de detenerme en la voz arrulladora de Eddie Vedder. Black de Pearl Jam.

Entonces, lo asimilo. No está. ¡Ya no está! De repente, me ahogo con las lágrimas mientras me caen, descaradas, por las mejillas. Me escuecen los ojos y la visión se me nubla. Me sorbo la nariz, toso y me agarro con fuerza al volante.

Rocket se arrastra, cauteloso, por el asiento del copiloto antes de sentarse sobre mi regazo. Inhalo y dejo escapar jadeos irregulares a la vez que poso la barbilla en el hombro sin parar de sorberme la nariz. Rocket se gira y trata de lamerme las lágrimas de las mejillas. Apenas veo la carretera.

El conductor detrás de mí presiona la bocina. Advierto que voy diez kilómetros por debajo del límite de velocidad. Aparco a un lado de la autovía.

Mientras el coche pasa enfadado a toda prisa, abro de forma violenta la ventanilla y le enseño el dedo índice mientras gruño:

—Sí, sigue adelante, chaval.

Apoyo la frente en el volante mientras abro y cierro los puños. Rocket trata de colocarme la cabeza bajo los brazos. Levanto la mirada, respiro hondo y me paso una mano por la cara, estirando las mejillas.

—Muy bien. —Me sorbo la nariz—. Recuperemos la compostura, ¿vale, chico?

Me estiro hacia la guantera para coger unas servilletas con las que secarme las lágrimas, pero, al abrirla, las fotos relucientes se esparcen y caen al suelo del vehículo. Me inclino, pero quien me devuelve la mirada es Michelle.

Se me corta la respiración al alcanzar la foto.

Somos nosotros en Halloween. Llevo la túnica negra del disfraz y, en la mano, la máscara.

La camisa de franela se intuye bajo las mangas.

Tengo una pinta ridícula, pero Michelle, de pie frente a mí con una mano en la boca, está radiante.

Se está riendo conmigo, con una sonrisa tan grande que se le cierran los ojos.

Solo suelta ese tipo de carcajadas cuando está demasiado feliz como para reprimirlas dentro. Parece muy feliz.

«Dios, la quiero».

Pestañeo para ahuyentar los recuerdos, que me alcanzan como un tornado. La quiero mucho. No puede acabarse aquí. Este no puede ser el final de nuestra historia.

—Tengo que decírselo —jadeo. Arrastro los pies por la alfombrilla del suelo para enderezar la espalda. Doy un golpe con las palmas de las manos en el volante—. Maldita sea.

Rocket empieza a dar vueltas sobre sí en el asiento entre gemidos. Lo contemplo de reojo. Me ladra en la cara.

—Vale —concuerdo—. Vamos, chucho.

Empujo a Rocket, estiro el cinturón para atarlo y presiono el embrague. Giro el volante hacia un lado. Alza las orejas. La furgoneta se incorpora a la autovía de dos carriles y se dirige hacia la vía contraria. Presiono el pie contra el acelerador y partimos.