Un otoño para ser feliz Capítulo 44. Michelle
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Capítulo 44. Michelle

MICHELLE

No deseo una gran despedida, pero, cuando salgo de Bird & Breakfast con las maletas y el bolso de mi madre colgado del hombro, me alegra que me esté esperando tanta gente. Mi padre me rodea con el brazo y exhala un profundo suspiro.

—Vas a hacer algo grande, Shells.

Logro esbozar una media sonrisa.

—¿Estarás bien aquí?

—Deja de preocuparte por los demás —asevera—. Debes saber que, si alguna vez vuelves, tendrás una habitación esperándote.

—Solo hay tres cuartos para huéspedes.

—Siempre te tendremos preparada una habitación —repite.

Trago saliva, pero asiento cuando me estrecha de nuevo. Es cálido, íntimo y algo que no había hecho desde que murió mi madre. Su corazón se está recomponiendo. Espero que encuentre aquí los pedazos que le faltan.

Doy un paso al frente, pero de inmediato me interceptan.

Carol me rodea con tanta fuerza que debo levantar la barbilla para recuperar el aliento.

Su pelo huele a rosas y a humo de cigarrillo.

Quizá hace cuatro meses este gesto me habría parecido incómodo y asfixiante, pero hoy sonrío y lo disfruto. Huele a Carol.

Me mece de un lado a otro antes de soltarme. Esbozo una mueca.

—Tienes que dejar de fumar.

—Te pareces a Cliff.

—Bien.

Lars aparece detrás de ella y me dedica un abrazo lateral con un único brazo.

—No te olvides de nosotros.

Solo logro asentir como respuesta.

Brittany se encuentra detrás de él, jugueteando con los tirantes del peto bajo el abrigo. Lleva el unicornio de peluche en la mano. Cuando me agacho para estar a su altura, me lo tiende.

—Quiero que te lo quedes.

—Ay, no puedo. —Le coloco un mechón de pelo rubio y ondulado tras la oreja—. Es tuyo.

Niega con la cabeza y me lo vuelve a entregar.

—Quédatelo.

Sonrío, lo acepto con delicadeza y asiento.

—¿Y si te lo cuido un tiempo? Así verá el extremo opuesto de Estados Unidos antes de que te lo devuelva la próxima vez que venga.

—Vale —musita.

—Y oye, Rocket se quedará por aquí un tiempo —digo—. Confío en que cuidarás de él por mí, ¿no?

Asiente sin apartar los ojos de sus zapatillas fosforitas.

—Porque vas a volver, ¿verdad?

—Claro —aseguro tras tragar saliva con dificultad—. Volveré.

—Promételo.

Fuerzo una sonrisa.

—Lo prometo.

Se lanza contra mí para abrazarme y entierra la cara en mi pecho. La aparto con una sonrisa.

—Y que no se te olvide poner a Luke en su sitio cuando hable de Steve.

Asiente y se pasa el dorso de la mano por la nariz. Entonces, la estrecho en un nuevo abrazo que no termino hasta que lo hace ella.

Me incorporo y me giro. Me encuentro a Emily de pie frente a mí, con los brazos cruzados, apoyada en una columna del porche frontal.

—Esto es una mierda —comenta, arrastrando las palabras.

—Obvio —concuerdo, burlándome de su tono adolescente.

—Lo que tú digas —replica, poniendo los ojos en blanco, antes de centrarlos en un rincón con una media sonrisa.

Sé que no le gustan demasiado los abrazos, por lo que le dedico otra sonrisa y comienzo a alejarme. Entonces, me coge de la mano y tira de mí para estrecharme contra sí.

—Voy a echarte de menos —susurra.

La estrecho con fuerza.

—Y yo a ti.

—Puedo llamarte, ¿verdad?

—Cuando quieras. Yo también te llamaré.

Se echa hacia atrás.

—¿De verdad?

—Claro. ¿Cómo si no voy a saber los líos en los que os metéis Josh y tú?

Emily sonríe.

—Vale, guay.

—Guay —repito, acariciándole el pelo largo con una sonrisa.

Sara está a los pies de la escalera y, por si todos esos abrazos no habían sido suficientes, ella me rodea con fuerza. Me estrecha en silencio y, al final, cuando intento apartarme, no me lo permite. En lugar de eso, acercando los labios a mi oreja, me dice:

—Este lugar es tuyo si lo quieres.

—Sara —le advierto, pero la palabra se me bloquea en la garganta.

«Tuyo».

Se echa hacia atrás para mirarme a los ojos. Los suyos, azules, se parecen mucho a los de mi madre y, durante un segundo, la veo a través de ellos.

—Es tuyo —insiste—. Solo tienes que decirlo.

Desvío la mirada al suelo y pestañeo.

—Ahora mismo no puedo… pensar en eso.

Me vuelve a abrazar y logra ocultar mi suspiro irregular. Tal vez sentía que estaba a punto de soltarlo. Sara siempre ha entendido mejor mis sentimientos que yo misma.

Me aparto y observo Bird & Breakfast con el toldo del porche sobre el mismo balancín donde me he pasado casi todas las noches gélidas.

Las cortinas de encaje caen tras la ventana.

Por la puerta abierta se intuye la escalera que he descendido incontables veces, la recepción donde entendí cómo encargarme de este sitio y la puerta de la cocina al final del pasillo con el cartel de solo personal autorizado que he abierto cada día.

La cocina donde he coloreado con Brittany.

El patio trasero donde he juga-do con Rocket.

El salón donde Emily ha visto demasiada televisión y el comedor donde me he sentado con huéspedes cada mañana con mis asquerosos rollos de canela y mi café decente.

Sara abre la boca.

—Recuerda…

—Gracias —la interrumpo—, pero debería irme.

Su expresión cambia.

—Vale. Que tengas un buen vuelo.

Asiento. No puedo seguir mirándola. Ni a ella ni a nadie. Lo mejor es que me vaya con la cabeza alta, sin arrepentirme de nada.

Lisa corre hasta mí para abrazarme y me golpea la cara con sus gruesas gafas. George permanece de pie, estoico, justo detrás de ella con las manos entrelazadas.

—Entonces, vas a volver a Seattle —anuncia.

—Sí.

—Debe de significar mucho para ti. —De alguna manera, las palabras parecen vacías.

Me paso la lengua por el interior de la mejilla mientras me toma de los hombros para darme un rápido abrazo.

—Cuida de Sara, ¿vale? —le susurro a Lisa, quien me guiña un ojo y me enseña los pulgares.

Rocket baja las escaleras del porche frontal, trota de forma casual por el camino de adoquines y se deja caer a mis pies. «No te vas a ir».

Suelto un bufido y musito:

—Sí.

Gira la cabeza hacia la furgoneta donde me espera Cliff, que tiembla mientras su motor escupe humo al ambiente nevado.

Rocket gira la cabeza de nuevo hacia mí. «No, qué va».

Me inclino para darle una palmadita en la cabeza.

—Pórtate bien.

«No».

Cliff rodea la furgoneta mientras balancea las llaves entre los dedos.

Es un faro de luz tan luminoso en este clima invernal que juro que se alejan de él los copos de nieve.

Se dirige a mí con zancadas largas y confiadas, con el mismo aspecto que el primer día que llegué.

Me dedica una sonrisa preciosa al tiempo que se pasa con pesadez una mano por el pelo. Luego, se apoya en el vehículo.

—¿Preparada para irte?

Su calma es total, mientras que yo soy incapaz de estar tranquila. Así es Cliff, el pegamento que me mantiene en pie. Lleva siéndolo desde el primer día.

—Estoy lista —anuncio.

Carga el equipaje en el maletero y me abre la puerta del acompañante.

El asiento está lleno de distintos objetos de las niñas, lo que me hace reír.

Dejo una Barbie y un mazo de cartas en el salpicadero.

Las fotos satinadas permanecen esparcidas por el centro del asiento del copiloto.

Las guardo en la guantera, sobre unas servilletas con el logo de la pastelería Burke’s.

Antes de que pueda cerrar la puerta, Rocket se apresura por la acera. Me sobresalto cuando aterriza en mi regazo. Me observa con sus ojos marrones. «Yo te llevo, Shelly», dicen.

Cliff se monta en el lado del conductor y se ríe.

—Cuantos más mejor, supongo.

Cierro la puerta del acompañante y Cliff cambia de marcha.

Recorremos la carretera mientras mi familia se despide de nosotros con la mano.

Bird & Breakfast desaparece cuando giramos la esquina.

Avanzamos entre distintas aceras, pasamos delante de la pastelería Burke’s y rodeamos la plaza hasta que también desaparece.

Conducimos bajo el puente rojo cubierto y veo el otro lado del cartel de Copper Run, rodeado de su celosía.

¡gracias por la visita! vuelva pronto

Rocket se acurruca sobre mi regazo. Yo le acaricio el pelaje aterciopelado blanco y negro antes de apoyar la mejilla en su cuello.