Capítulo 43. Michelle #3
—Pues es mi favorita —anuncio, metiéndome el último pedazo en la boca.
Cierra los ojos con fuerza, al mismo tiempo que sonríe.
—Por Dios, qué sexy. Dilo otra vez.
Me inclino hacia él.
—Es mi favorita, Cliff.
Tras contemplarme con los ojos entrecerrados, me coge de la mano y tira de mí hacia el pasillo.
En cuanto se cierra la puerta del dormitorio, nos buscamos el uno al otro.
Cliff me acuna la nuca y me besa. Lo hace con fervor.
Con pasión. Me saca la camisa por la cabeza mientras lo tomo de la mandíbula.
Le muerdo el labio cuando me sube el dobladillo de la falda estrecha por la cintura. Juntos, caemos en el colchón.
Cliff me besa el pecho con gemidos graves y apenas audibles, como si estuviera cantando el himno de su iglesia y yo fuera la figura a la que estuviera rezando.
Con cautela, me baja una copa del sujetador para besarme el pezón.
Luego, hace lo mismo con el otro. Me lame.
Me muerde. Dibuja una línea en el centro del pecho con la lengua, entre las costillas, sobre el estómago.
Beso a beso, se coloca entre mis muslos, sobre mi ropa interior, antes de colar los pulgares por la cinturilla y bajarla.
Observo cómo sus ojos se centran en los míos y nuestras miradas se bloquean, como siempre. Entonces, con lentitud, sin apartar su atención de mí, me acaricia con la lengua. Suelto un jadeo.
Me penetra con los dedos, que curva con facilidad, provocándome una descarga de nerviosismo que me cruza el estómago hasta asentarse en mi pecho.
El placer me recorre con cada roce de su lengua y su constante movimiento de dedos.
Es magia. Emoción. Mi pecho sube y baja al intentar recuperar el aliento. Entrelazo los dedos con su pelo.
Intento no hacer ruido mientras la sensación avanza por mi cuerpo, pero es inútil dada la manera en la que está utilizando la lengua.
Al final, Cliff estira el brazo y me tapa la boca con la mano.
Solo con eso, con la sensación de sus manos ásperas sobre mis labios, logra provocarme un orgasmo que irrumpe en mi interior a toda prisa.
Estoy sin aliento cuando tiro de su brazo para que se coloque sobre mí.
Dirijo las manos hacia su cinturón, que se abre con un chasquido, y me apresuro a bajarle la cremallera con un rápido siseo.
Apenas tarda unos segundos en entrar en mi interior.
Cierro los ojos, dejando que sus embestidas me acerquen cada vez más.
Cada latido de su corazón contra el mío me retumba en el pecho, baja hasta mi estómago y me palpita entre los muslos.
Me acaricia la mejilla con el pulgar.
—Abre los ojos, Michelle.
Lo descubro mirándome, abrasándome el alma, como ha hecho desde el primer día en que centró los ojos en mí. Posa su mano junto a mi cabeza y yo entrelazo los dedos con los suyos. De repente, nuestra velocidad se ralentiza hasta convertirse en un arrullo.
—Me encanta mirarte —asegura.
«Te quiero».
—Por favor. —Es lo único que consigo contestar.
Cuando me penetra a mayor profundidad, deja escapar una carcajada grave.
—Por Dios, eres preciosa —jadea, acunándome la mejilla con la mano para acariciarme el labio inferior con el pulgar y tirar de él.
—Sigue hablando —le pido.
—¿Te gusta sentirme dentro de ti?
—Sí.
—Me encanta.
«Te quiero».
—Me gusta sentirte —exhala—. Como si estuvieras hecha para mí.
Me pregunto si será verdad, si seré la única mujer que lo ve como el hombre que es en realidad.
Divertido y sarcástico, pero también altruista y bueno.
Y me pregunto si estará hecho para mí, si será el único hombre que verá lo que guardo en mi interior.
No creo en el destino ni en las estrellas, pero debo confesar que la constelación de Cliff parece alinearse con la mía.
—Estás pensando muy alto —comenta, penetrándome más fuerte—. Suéltalo.
Gimo y me vuelve a cubrir la boca con la mano áspera. Recuerdo la primera vez que lo hizo, la primera noche en la que nos besamos, el día en que me atrapó contra la casa de Winston y dijo: « A la mierda», antes de que los dos cayéramos juntos en el abismo, la noche en la que advertí que lo deseaba.
Lo quise en ese momento.
Aún no lo sabía.
Pero sí, claro que sí.
La sensación me sobreviene de repente, electrificándome el pecho, los hombros y los dedos. Abro la boca para dejar escapar un quejido jadeante mientras alcanzo el orgasmo. Me penetra, soltando un gruñido igual de grave y amortiguado, justo cuando los dos nos corremos juntos.
Yo no llamaría a esto «sexo». Suena demasiado ordinario. Aunque tampoco diría que hemos «hecho el amor». Ha sido algo totalmente distinto, algo que siento como si no debiera ser mío, pero que espero que no signifique «adiós».
Miro el reloj. Han pasado diez minutos de medianoche. Es oficial: hoy me voy de Vermont. Inspiro hondo, temblorosa. Cliff también observa los números rojos y digitales. Después, me besa el hueco en la clavícula. Su silencio habla más alto que cualquier palabra que pudiéramos decir ahora mismo.