Un otoño para ser feliz Capítulo 43. Michelle #2
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Capítulo 43. Michelle #2

Sara se encoge de hombros, contemplando el colgante posado en mi clavícula.

Encorva los hombros y se muerde el labio inferior.

Ahora mismo me recuerda a Emily. Cuando Sara tenía su edad, a veces compartíamos conversaciones de este estilo, sobre temas existenciales.

Soy bastante realista, pero Sara siempre ha creído en las constelaciones y los sueños.

—A lo mejor lo sintió —insiste, sosteniéndome la mirada—. Quizá supo que había llegado su momento. Tal vez por eso escribió la carta tan pronto.

Quiero decirle que es una tontería, aunque no lo hago. A veces Sara necesita un baño de realidad, pero no es el momento. En lugar de eso, dejo la carta en el mostrador y cruzo los brazos.

Un instante después, Sara musita:

—¿Y si te digo que no quiero ocuparme del hotel?

Centro los ojos en ella.

—¿Por qué?

Traga saliva de forma audible. Luego, asiente con firmeza.

—Quiero… Quiero dedicarme al arte. ¿Cómo voy a hacer algo así aquí?

—Sara…

—Y, bueno, este sitio debería ser tuyo. Ya lo es.

Sus palabras aterrizan sobre mí con más fuerza de la que deberían.

Niego con la cabeza.

—No, mamá te lo dejó a ti.

—Pero también me ha pedido que me asegure de que eres feliz.

Y aquí lo eres. —Abro la boca para contradecirla, pero me interrumpe—.

Nunca te he visto sonreír como lo haces en este hotel, como cuando hablas con los huéspedes.

—Inspira despacio antes de dejar salir el aire—. Como cuando miras a Cliff.

—Me gusta este sitio, pero no es mi vida.

—Podría serla. —Casi como súplica.

Levanto la cabeza de golpe.

—¿Por qué no, Shells?

Me giro para mirar la escalera, cualquier cosa con tal de no centrarme en ella.

—No puedo —contesto—. Tengo una vida en Seattle. Una vida que me encanta. Allí estoy viviendo mi sueño.

—Pero ¡estás enamorada! —Mueve las manos en el aire antes de darse una palmada en los muslos—.

¿Esto no es lo bastante bueno, Shells? Estás enamorada de este pueblo, de este sitio, de Cliff.

Tu amor por Cliff es casi adolescente y me frustra ver cómo estás a punto de tirarlo por la borda.

A él y a este hotel. ¿Para qué? ¿Para vivir en la misma casa que compartías con el estúpido de Allen?

Aprieto la mandíbula.

—Es más que eso y lo sabes. No puedo abandonar mi vida y mudarme aquí.

Me han hecho la oferta de mis sueños, una oferta por la que he trabajado muy duro.

Mucho, Sara. No puedes entenderlo. No tienes ni idea de lo que he sacrificado para subir en mi carrera.

He hecho mucho. Ni siquiera pudo soportarlo mi maldito matrimonio.

¿Por qué no iba a aceptar todo aquello por lo que he luchado?

Es lo que he conseguido, lo que me merezco.

Ese trabajo es lo único que tengo y me encanta.

No puedo abandonarlo. —Las palabras se me escapan con tanto fervor que me sorprenden incluso a mí.

Sara me contempla durante demasiado tiempo. Después, niega con la cabeza, rígida. Suelta un bufido, una carcajada sarcástica, cierra de golpe el archivador y se dirige a la cocina. Se detiene de repente en el umbral.

—¿Alguna vez te has parado a pensar que quizá te mereces algo más?

Tras abrir y cerrar la boca, me paso la lengua por los dientes y suspiro. Sara vuelve a negar con la cabeza.

—Piénsalo. Nos vemos mañana.

Musito un suave «hasta mañana» que no creo que me haya oído.

Esa noche no duermo en mi propia cama. Me escabullo entre los rosales y entro en la casa de los Burke a través de la puerta trasera con un débil crujido. Una cafetera borbotea en una esquina y Cliff está sentado con un libro en la mesa de la cocina.

Se le curvan las comisuras de los labios y se le marca, preciosa, la cicatriz junto a la boca, un gesto que deseo recordar con exactitud cuando esté en la otra punta del país.

Me encamino hacia él para dejarme caer sobre su regazo.

Pone el libro abierto, boca abajo, en la mesa y me rodea la cintura con los brazos.

—Perdone, señorita, ¿la conozco?

Sonrío.

—No, no creo que nos hayan presentado. Soy Michelle.

Le tiendo la mano. Con delicadeza, desliza los dedos sobre los míos, grandes y ásperos en comparación con mi suavidad.

—Cliff. Y, si se me permite, debo decir que es una mujer espectacular.

Sigue estrechándome la mano.

—Me lo dijeron una vez.

Se ríe, y al instante se muerde el labio.

—Bueno, deberían decírtelo cada minuto de tu vida.

Sigue estrechándome la mano.

—Qué gracioso —contesto.

—Eso no me lo había dicho nadie.

Y sigue estrechándome la mano.

—Deberían decírtelo cada minuto de tu vida —respondo con un susurro.

Deja de estrecharme la mano y esconde la cabeza en la curva de mi cuello.

—Ey —musita.

—Hola.

—Suponía que vendrías en algún momento —comenta—. Te he hecho café. —Hace un gesto con la cabeza hacia la cafetera. Distraído, delinea mi columna vertebral con la mano. Me toca. Siempre me toca—. Tengo… un regalo de Navidad para ti.

Me incorporo.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

Me da una palmada en el culo para que me baje de su regazo y se dirige al armario. Se gira con una pequeña caja blanca en las manos.

—He echado de menos tus manías raras de pastelero.

—Creo que esta vez he llegado al culmen de la repostería. —Cliff deja la caja en la mesa—. Pruébalo.

Lo miro antes de centrarme en la caja, abro la tapa y miro en su interior. Nunca he visto un dulce igual. No es una magdalena, pero tampoco un bollo. La masa tiene la textura de un cruasán, pero también es compacta. Es pequeño. Redondo. Y huele a azúcar caramelizado.

Lo cojo, le doy un bocado y… se derrite. Es mantecoso. Hojaldrado. Cruje con suavidad con cada pedazo de azúcar que me mancha los labios. Se desmorona, pero a la vez cada miga encierra un equilibrio delicado de sabores.

Es tan único y maravilloso que debo darle un segundo bocado. Luego, me paso la lengua por los labios.

—¿Qué es? —pregunto.

Miro a Cliff. Deja escapar un suspiro y la pequeña línea junto a la boca se le marca aún más.

— Kouign-amann.

Me echo a reír.

—¿Ku… qué?

Pasa el peso de una cadera a otra. Luego, se acerca a mí y me coloca una mano en la parte baja de la espalda.

—Es una pasta francesa de hojaldre. Una pasta… —Se inclina mientras deja escapar una exhalación, agotado—. Una pasta increíblemente complicada de hacer. Con muchas capas. Se parece a ti.

—¿Soy complicada de hacer?

—Eres complicada, pero en el mejor de los sentidos.

Sonrío.