Un otoño para ser feliz Capítulo 43. Michelle
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Capítulo 43. Michelle

MICHELLE

Llaman al timbre. Abro un pelín la puerta principal de Bird & Breakfast y me encuentro a Cliff al otro lado.

—¿Puede venir Michelle a jugar?

Un segundo después, una bola de nieve le aterriza en la sien.

—¡Vuelve aquí! —grita Lars desde la acera, formando una nueva bola con las manos.

—Estamos en guerra —me explica Cliff con una sonrisa antes de bajar las escaleras hacia Brittany, quien corre a través del jardín, con la respiración acelerada creando pequeñas nubes por el aire.

Salgo sin coger una chaqueta para formar mi propia bola de nieve. Cliff se abalanza sobre mí. Me rodea la cintura con los brazos y me empuja contra su pecho a la vez que doy patadas en el aire.

—Suéltame —grito entre risas—. Necesito darte.

Otra bola de nieve le golpea en la cabeza con un «puf», pasando a milímetros de la mía.

—Creo que la de Emily ya ha hecho el trabajo sucio —comenta, dejándome en el suelo, donde se han acumulado varios centímetros de nieve. Estaba tan ocupada haciendo las maletas y enseñándole los pormenores del hotel a Sara que no he tenido tiempo de fijarme.

Acabo de formar la bola de nieve y cojo impulso para dirigirla hacia Lars, Emily, Carol y, por último, Cliff. No tengo ni idea de quién está en cada bando de la guerra. Lo más seguro es que cada uno se proteja su propia espalda. O tal vez todos vayan contra mí.

—¿Vas a golpear a los de tu propio equipo? —me acusa Cliff con una carcajada cuando dirijo la bola hacia él.

—Suponía que estaba sola en esto —respondo con una sonrisa.

Cliff niega con la cabeza, despacio.

—Siempre estoy en tu equipo.

La sonrisa que se abre paso por mis labios parece una descarga eléctrica procedente del corazón. Lo beso. Luego, le presiono la bola de nieve contra la cabeza.

Es nuestro último día juntos antes de que me suba al avión de vuelta a Washington.

Intento disfrutar de cada momento. He oído el álbum que le regalé a Emily mientras ella analizaba cada canción, explicándome por qué es brillante.

Cliff nos ha hecho galletas de masa quebrada rellenas de frambuesa y he observado, descaradamente, cómo presionaba la masa, cómo se le tensaban los antebrazos y las muñecas huesudas bajo el reloj cubierto de harina.

Brittany le ha robado una galleta solo minutos después de que salieran del horno y, luego, ha preguntado si podía comerse otra. Cliff la ha llevado de vuelta al salón.

—Ya vas a vomitar las dos últimas que te has comido —ha comentado él entre risas.

—¿Y? —ha gemido la niña—. Rocket se ha comido una.

—No, la ha robado —la he corregido, centrando los ojos en el perro.

Se ha empinado con las patas delanteras en la encimera de la cocina y se ha tragado una antes de que pudiéramos detenerlo. La bandeja del horno estaba demasiado caliente para coger más, pero lo habría hecho si Cliff no la hubiera quitado de allí.

He reprendido a Rocket con un «perro malo», pero me ha dedicado una mirada que decía: «¿Desde cuándo, Shelly?».

Aun así, incluso ahora, mientras me observa desde su cama que Cliff ha añadido a su cocina, Rocket parece contentarse con cualquier título, siempre y cuando siga aquí.

Se me contrae el estómago. Me pregunto si sería más feliz en Copper Run. Quizá Sara quiera adoptarlo. Es muy buen perro. Pero entonces ¿qué voy a hacer yo?

A mediodía, mi hermana cruza la puerta trasera con varios briks de chocolate, que Cliff desestima, ofendido, tras ofrecerse a hacernos su receta casera. Mi hermana me dedica una sonrisa secreta, con los labios apretados, como si ese fuera su plan desde el principio.

Lisa y George pasan con los restos de una tarta de frutas a media tarde.

—No sabía que George supiera de repostería —le susurro a Cliff.

Se echa a reír y niega con la cabeza.

—No sabe.

Resulta que sí, que la tarta de frutas está fatal, pero el orgullo de George evita que nadie diga algo al respecto.

Lisa y George deciden quedarse a cenar sin invitación y llaman a mi padre, quien se aleja de su tablero de ajedrez y se ríe en un rincón, retando a cualquiera que se atreva a acercarse. En concreto, Lars insiste en que puede ganarle, tanto que juega tres partidas. Pierde todas.

Cliff observa la escena en su ajetreado salón y me estrecha entre sus brazos. Ojalá pudiera pausar este momento, mantenerlo en una estantería como una preciosa bola de nieve que pudiera agitar cada vez que quisiera. Pero así no funciona la vida.

Ya son más de las ocho. Mi padre ha subido a leer antes de acostarse.

Cliff ha vuelto a su casa para llevar a Brittany a la cama.

Emily está con Josh y con un grupo de adolescentes en la plaza, disfrutando de la nieve que no deja de caer.

Sara y yo nos encontramos en la recepción mientras le doy las últimas instrucciones.

Tras contemplar el archivador situado junto al lapicero cubierto de huellas, por fin lo saco y lo dejo en el mostrador.

—Si no tienes claro algo, este archivador se convertirá en tu biblia.

—¿Lo escribió mamá? —pregunta, abriéndolo con un chasquido casi silencioso que reverbera por el vestíbulo vacío.

—Sí.

—Está muy organizado. —Sara me contempla con los ojos entornados—. De tal palo tal astilla.

Sonrío para mí. Las fundas para los folios, llenos de menús de los restaurantes locales y números que he memorizado, crujen mientras Sara las pasa. Entonces, cerca del final, se detiene en una carta manuscrita.

«Querida Sara».

El calor me sube del pecho a la cabeza, haciendo que mi cerebro flote. En apenas un instante, la sensación se asienta y la oleada de nerviosismo se me instala en el pecho. Estoy volando, meciéndome con cada latido lento de mi corazón.

Hacía semanas que no pensaba en esa carta.

Incluso, en cierto momento, dejó de importarme.

Este sitio es de Sara. Mi madre se lo cedió porque tenía sentido, no porque me quisiera menos.

Siempre tuvimos una relación complicada, como Tracy y sus hijas.

En ocasiones, se nos olvida que nuestros padres también son humanos.

Sara saca la carta de la funda y desliza el dedo sobre los trazos del bolígrafo.

—¿Lo sabías? —me pregunta.

—Se me había olvidado —confieso—. No la he leído.

—¿No?

—Iba dirigida a ti.

Sara ahoga una carcajada.

—Eres mucho menos cotilla que yo.

La silla giratoria gime cuando Sara se reclina en ella y dobla las rodillas hasta la barbilla. Pasea los ojos por la carta. Se le forma una sonrisa, que permanece unos segundos, antes de romperse de repente. Se le crispan los dedos sobre el papel.

Me vuelve a mirar.

—¿No la has leído?

Frunzo el ceño.

—No.

Me la tiende.

—Deberías. Por tu paz mental.

Trago saliva. Luego, doy medio paso atrás.

—Está dirigida a ti —repito.

—Léela, Shells. No es nada. En serio.

El corazón se me acelera mientras cojo el papel con la mano temblorosa. Cierro los ojos con fuerza, inhalo, los abro y leo.

20 de mayo de 1997

Querida Sara:

Te escribo esto con la esperanza de que algún día te ocupes de la alegría de mi corazón, Bird & Breakfast.

En primer lugar, te he dejado instrucciones en este archivador con todo lo que puedes necesitar.

En el pueblo hay personas encantadoras que te ayudarán si se lo pides.

Lisa vive a una manzana de distancia, en el 225.

Con suerte, estará viva cuando lo leas, si Dios quiere.

Tanto ella como George son las personas más generosas que conozco.

A su marido lo puedes convencer con dulces.

Las galletas son sus preferidas. Betty te regalará sándwiches si aceptas probar sus nuevas recetas.

Lars es un encanto, pero un cotilla. Visítalo si quieres conocer a más gente.

Y, si Cliff Burke sigue viviendo en la casa de al lado, pide que te hornee algún dulce.

Le hice prometer que lo haría y es un hombre de palabra.

Eres luz en este mundo. Lo has sido desde el día en que naciste. Siempre le he dicho a tu padre que llegaste entre risas. Eres esperanza, asombro, corazón. Confío en que tu luz seguirá brillando cada día. No dejes que se apague, mi pequeño rayo de sol.

Y, en un aparte, me gustaría pedirte que cuidaras de tu hermana.

Shelly siempre te ha mantenido bajo su ala, pero ahora te toca a ti protegerla.

Te necesitará, aunque nunca lo pida. En ese sentido, es como yo.

No le viene bien ser tan fuerte. Dile siempre lo mucho que la quieres.

Anímala a ser feliz. Quizá necesite un poco de ayuda, pero confío en que seas su faro.

Os quiero mucho a las dos. Habéis llenado mi ser de mucha vida.

Con amor,

mamá

Me llevo la mano al colgante y lo muevo de arriba abajo por la cadena. Sara me observa. La respiración se me convierte en una serie de jadeos temblorosos. Se me tensan los hombros y no logro abrir la mandíbula por la fuerza con la que estoy apretando los dientes.

—¿Estás bien? —pregunta.

—¿Y tú?

Sonríe.

—¿Y tú?

Suelto una carcajada que parece un bufido desdeñoso.

—Estoy… bien.

Es curioso, en la carta no hay nada de lo que pensaba. Es una carta normal, con instrucciones, sobre todo. Pero ahora me doy cuenta de que quería que hubiera algo más. Quizá una frase revolucionaria. No hay nada de eso. Esto es lo único que dejó. Sin más.

—¿De dónde lo sacaste, por cierto? —pregunta Sara.

—¿Qué?

—El colgante de mamá.

Miro hacia abajo y lo suelto.

—Me lo dio ella —le aclaro.

—¿Cuándo?

—Estaba en el petate que llevó a la operación. Se lo quitaron antes de que entrara. Intenté devolvérselo después, pero me dijo que debería tenerlo yo.

Nunca he visto a Sara quedarse inmóvil tan rápido.

—¿Crees que lo sabía? —susurra.

Ahora me toca a mí quedarme paralizada.

—¿Cómo iba a saberlo? —cuestiono—. Acababa de salir de la operación. Lo más probable es que pensara que había ido bien. Todos creíamos que así era.