Un otoño para ser feliz Capítulo 42. Cliff
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Capítulo 42. Cliff

CLIFF

—Aquí fuera hace frío.

—¿De verdad? —me burlo—. Bueno, yo estoy genial.

—Cállate, papá.

Estamos sentados en el bordillo exterior frente a la casa.

La calle tiene una gruesa capa de nieve que casi cubre el límite entre la acera y la carretera.

Se me ha olvidado el abrigo. Llevo una camiseta de los Bulls y un pantalón fino de pijama, ahora empapado por estar sentado en el suelo.

Me pregunto si se me congelarán las pelotas en los próximos minutos.

Dejo escapar un suspiro, generando una nube de aire cálido.

—Entonces… ¿quieres hablar? —pregunto.

—No.

Asiento para mí.

—Vale, muy bien.

Emily tensa los brazos contra el pecho. Ella tampoco lleva chaqueta.

Por suerte, al menos va vestida con una camiseta de rayas de manga larga y unos pantalones de pijama más gruesos que los míos.

Tiene el pelo largo y rubio trenzado en la espalda, exponiendo sus orejas rosadas.

Cuando sufre un estremecimiento y le paso el brazo por los hombros, se recuesta contra mí.

—¿Te vas a quedar aquí sentado hasta que hable? —Le castañean los dientes.

—No, me voy a quedar aquí sentado hasta que decidas volver dentro. Da igual si quieres hablar o no. No voy a dejar que mueras congelada tú sola.

—No voy a morir congelada —insiste.

—¿Y si esas son tus últimas palabras?

—Me irá bien.

—No podré decirte «te lo dije».

—Porque seré yo quien lo diga —contraataca.

—¿Cómo? Estarás muerta.

Emily esboza una sonrisa. Yo ejerzo una ligera presión en su hombro. Entierra la cabeza en mi pecho. Sonrío para mí.

Amortiguada contra mi camiseta, creo oírla añadir:

—Perdón por gritarle a mamá.

Respondo con un «ajá».

—¿Estás enfadado? —susurra.

—Sí —admito. Apoyo la barbilla en su cabeza—. Ha sido muy inapropiado. Nunca le deberías decir algo así a nadie, sobre todo a tu madre.

—Cree que puede decirme qué hacer cuando ya casi nunca está por aquí. Es una mierda.

—Se está esforzando todo lo que puede —continúo—. Tu madre es humana, pero sé que la situación es complicada.

—¿Ahora es cuando me dices que lo entenderé cuando sea mayor? —farfulla.

Me encojo de hombros.

—Puede, aunque, a decir verdad, lo más probable es que no.

Hay mucho sobre Tracy que no entiendo y tantos otros aspectos en los que no estoy de acuerdo con ella. Pero no quiero envenenar a Emily o a Brittany con esos temas. No me gustaría si Tracy lo hiciera conmigo, así que yo tampoco lo voy a hacer.

Ojalá hubiera una manera de explicar las dos partes de la historia.

Que Tracy tenía sueños, que a veces la vida no siempre va como esperas y nunca es ideal abandonar tu vida pasada para perseguir una nueva.

Sin embargo, en ocasiones, si no lo haces, la vida deja de ser tal.

Tracy se sentía resentida con Copper Run.

Conmigo. Incluso con las niñas. Y habría seguido así toda su vida.

Tendría que haber hecho demasiados sacrificios.

Lo mejor para nuestras hijas fue que se marchara.

Mantenerla en Copper Run habría sido como mezclar aceite y vinagre.

En su momento, pareció no tener sentido y quizá para Emily nunca lo tenga.

—Aunque, sea como sea —prosigo—, no vuelvas a hablar a tu madre así, ¿vale?

Emily asiente en silencio.

—Vale.

—Bien.

—Odio cuando te pones en modo padre conmigo.

—No podemos ser mejores amigos todo el tiempo.

Una ráfaga de viento sopla a nuestro alrededor, así que nos acurrucamos el uno contra el otro. Estoy deseando que Emily se ponga en pie, pero, cuando no lo hace, temblando con terquedad, me encojo sobre mí y aguanto con ella.

—No soy tu mejor amiga —expone de repente.

Suelto una carcajada.

—Qué borde.

—Michelle es tu mejor amiga.

Se me retuercen las entrañas. Lo más probable es que le esté presionando el hombro con demasiada fuerza mientras trato de recuperar la compostura.

—Es muy buena amiga —respondo, más un hecho que una opinión.

Siendo honesto, desde mi punto de vista, Michelle es la amiga más íntima que he tenido nunca, en comparación con cualquier otro hombre o mujer.

Nos llevamos mejor de lo que nos hemos llevado Tracy y yo en toda nuestra vida.

Con ella, fuimos padres por necesidad y no tuvimos citas suficientes como para conocernos a nivel amistoso.

Nos dejamos arrastrar por las hormonas. A mí me gustaba la animadora sexy.

A ella, el payaso divertido de la clase. En cierto punto se cansó.

Michelle no tiene que soportarme, sino que elige estar a mi lado. Me alegra cuando consigo hacerla reír o le gustan mis chistes y mi sarcasmo. Es realista cuando yo no quiero serlo.

—¿Michelle y tú estáis saliendo? —pregunta Emily.

—Ese tipo de cosas se queda entre nosotros, peque.

—¿Estáis juntos?

Suspiro y por fin admito:

—Sí. No. No lo sé, en realidad.

—Se va dentro de dos días —expone.

—Así es.

—¿La vas a echar de menos?

—Claro —contesto con voz ahogada.

—Lo siento.

Suelto una carcajada poco entusiasta.

—Así es la vida.

Emily estira un pie desnudo para deshacer un pequeño pedazo de nieve con las uñas rosas de los dedos.

—Em, vas a sufrir gangrena.

—Haz que se quede —escupe de repente.

Gruño entre dientes, frustrado. Lo haría si pudiera, si fuera lo correcto. Niego con la cabeza.

—No puedo.

—¿Por qué no? Has dicho que la echarás de menos.

—Porque hacer que la gente se quede en Copper Run cuando no es lo que desean no es agradable —argumento.

—Quizá sí quiere quedarse —replica Emily.

—No quiere.

—No lo sabes.

—Lo tengo bastante claro. Su sueño está en Seattle y los sueños no desaparecen. Se merece vivir el suyo.

Lo sé mejor que nadie. Los sueños no desaparecen. La idea de que, si quieres a alguien de verdad, lo dejarás marchar es cierta. Ojalá no hubiera tardado treinta y tres años en entenderlo.

Emily se separa de mí.

—¿Y si su sueño está aquí? ¿Contigo? ¿Y si necesita que le cuentes lo que sientes?

«Lo que siento».

Me paso la mano fría por el pelo y me lo revuelvo. No puedo decirle que la quiero porque solo empeoraría la situación.

—Díselo —susurra Emily.

Suelto un bufido y la miro de reojo.

—¿Le estás robando el trabajo a Cupido?

—Michelle es genial, eso es todo.

—Lo es, ¿eh?

—Sí.

Nos quedamos en silencio. El pueblo de Copper Run nunca ha estado tan tranquilo. Solo estamos Emily, el viento y yo. Y quizá el suave zumbido del exceso de luces en el jardín de la casa de Winston.

Un escalofrío vuelve a recorrer la columna vertebral de Emily.

—Aquí fuera hace frío.

—Oye, eres tú la que ha decidido sentarse en un bordillo, no yo.

No responde con un comentario sarcástico. En lugar de eso, apoya la cabeza en mi hombro y ahora es ella la que deja escapar un suspiro de aire cálido.

—Voy a echar de menos a Michelle.

Apoyo la cabeza en la suya.

—Y yo, peque. Y yo.

Michelle no se queda después del desastre de la mañana de Navidad. No esperaba que lo hiciera, lo que me alegra porque Emily levanta con tanto fervor la nariz al ver a su madre que es una escena que no desearía que presenciara nadie.

Los tres estamos de pie en la cocina, con Carol en la otra habitación, cuidando de Brittany.

—Estás más feliz en Nueva York —suelta Emily en tono casual.

Tracy pasea los ojos de Emily a mí, abriéndolos mucho, ofendida, como si fuera a ayudarla. No pretendo intervenir.

—No por ti. —Es lo único que se le ocurre decir.

—Sé que me echas la culpa por…, por haberte tenido que quedar aquí —continúa Emily—. Sin embargo, no pedí nacer y no me merezco que me trates como lo haces.

Tracy permanece boquiabierta y niega con la cabeza.

—Em…

—Lo digo en serio. Quiero que me trates como si te importara, mamá.

Tracy pestañea y suspira.

—Me importas. He… He pensado en que quizá deberías mudarte… —comienza con un hilo de voz.

—¿Mudarme? No lo pillas. Aquí somos felices. ¿Brittany y yo? Superfelices. No quiero mudarme. A veces mi opinión es importante, ¿sabes? Lo que tenemos aquí es suficiente para las dos. Somos felices. Tú eres feliz allí y no hay nada malo en eso, pero nosotras queremos ser felices aquí.

Tracy se queda en shock durante unos instantes antes de asentir para sí. Emily vuelve al salón con grandes zancadas tras su exposición. Me encojo de hombros y la sigo. Mi niña necesitaba sacárselo del pecho.

Tracy no tiene demasiados argumentos en contra y sus comentarios irritantes se reducen tras esa conversación.

Mientras se mantiene caliente junto al fuego, se asegura de tantear el terreno interesándose por la vida de Emily.

Pregunta por Josh. Su hija aún no le ha contado lo del susto del posible embarazo.

Eso será responsabilidad mía, pero no pasa nada.

Para eso estoy aquí, para encargarme de las conversaciones difíciles.

Emily hace pastel de pollo por la noche, orgullosa de haber terminado la asignatura de Economía doméstica.

Tracy dice que es el mejor pastel de pollo que ha probado; un halago un poco exagerado, pero concuerdo para respaldarla.

Cenamos temprano porque el autobús de Tracy sale a última hora de la tarde.

Cuando cruzo la puerta principal con su maleta, la situación se ha destensado lo suficiente como para que todos nos dediquemos medias sonrisas en el salón.

Brittany corre a despedirse de su madre con un abrazo. Tracy la mece de delante hacia atrás antes de posarle un tierno beso en la coronilla y acariciarle el pelo.

—Pórtate bien. Y dile a ese crío, Luke, que puede pedirte una cita cuando tengas dieciséis años.

Brittany asiente, conforme. Estoy bastante seguro de que su mente sigue centrada en su nuevo libro para colorear. Bien. Ya me he cansado de que haya chicos deambulando por casa.

Emily se levanta del sofá y, reticente, le da un abrazo no demasiado entusiasta a su madre. Es un gesto extraño y casi incómodo de presenciar. Aunque, cuando mi hija cierra los ojos, advierto que quizá sea el comienzo de algo bueno. Necesitaba ese abrazo más que su madre.

—¿Te vas a portar bien? —pregunta Tracy.

Emily asiente.

—Lo intentaré.

Cojo el equipaje de Tracy y le hago un gesto hacia la puerta.

Por la ventana, vislumbro el taxi, que emite un sonido sordo ante nuestra casa, dejando escapar nubes de humo por el tubo de escape en mitad de la calle despejada.

Tracy asiente y la acompaño hasta la carretera con su maleta sobre la cabeza porque, aunque me encantaría, no rueda sobre el hielo de la acera.

Cuando la poso en el suelo, le doy un abrazo a mi exmujer.

—Ha sido un placer verte, Trace.

—Lo mismo digo. —Mira la casa y suspira—. Siento… que debería venir más. Ya ni siquiera las conozco.

—No te sientas culpable.

—Debería.

Niego con la cabeza al tiempo que le coloco una mano en cada hombro.

—Siente lo que tengas que sentir, pero no te fuerces porque creas que es algo que deberías hacer.

Inhala de forma temblorosa.

—Sí que me siento mal, Cliff. Todos los días.

—Aquí están a salvo. Y son felices. Ahora te toca a ti hacer lo que te llena de alegría. Ven de visita siempre que quieras, pero no cambies algo que funciona bien. No te gustaría que te molestara más de lo necesario.

Pestañea y niega agitando la cabeza.

—No me molestas. —Se mira los zapatos y se encoge de hombros—. No… funcionó, pero eres un padre maravilloso. Lo estás haciendo bien. Muy bien.

—Gracias.

—Ah, por cierto —añade—, se nota que te quiere de verdad.

—¿Quién?

—La vecina.

La sonrisa me desaparece del rostro. Tracy endereza la espalda y asiente, firme. «¿Me quiere?». Trago saliva y suelto una carcajada, pero mi exmujer frunce el ceño y me interrumpe con un cortante:

—No seas idiota, Cliff.

Me meto las manos en los bolsillos y me encojo de hombros.

—Intento no serlo.

Me señala con un dedo.

—Espero volver a verla.

Sonrío.

—Adiós, Trace.

—Adiós, Cliff.

Nos volvemos a abrazar, esta vez con un poco más de fuerza. Se sube al taxi. Yo meto el equipaje en el maletero y le doy unos golpecitos al lateral del coche, dándole permiso para que se aleje. Tracy no mira atrás. Nunca lo ha hecho, en realidad.