Un otoño para ser feliz Capítulo 41. Michelle
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Capítulo 41. Michelle

MICHELLE

Estoy condenada a vivir festivos desastrosos en Copper Run.

Me siento en el sofá, escondo los pies bajo el culo, con las pantuflas en la moqueta ante mí.

Rocket está acurrucado en mi regazo tras los ruidos tan fuertes.

Parece que estoy en casa aquí, cuando no es mía, con una familia que pertenece a la mujer que me observa con las delgadas cejas en mitad de la frente.

—Debería irme —comento, abandonando mi posición y quitándome el polvo de los pantalones del pijama, como si hubieran caído en ellos las motas de este momento tan incómodo.

—Ay, Michelle… —gime Carol.

Brittany gatea por el suelo. Luego, se pone en pie, corre hasta mí y me abraza las piernas de nuevo.

—No te vayas —me pide.

Le doy un golpecito en la cabeza mientras, con la otra mano, giro el pendiente sin desviar los ojos de Tracy. No ha dejado de contemplarme. No soy de las que se suelen sentir intimidadas, si es lo que pretende, pero entiendo cuando alguien no desea mi presencia.

—Volveré mañana, ¿vale? Feliz Navidad —digo, despidiéndome de Carol con la mano.

Brittany entierra la cabeza en mi muslo y reprimo una carcajada mordiéndome el labio inferior.

—¿Me prometes que vendrás mañana? —susurra.

—Te lo prometo.

—Vale. —Entonces, reticente me suelta.

Le dedico la mejor sonrisa que logro esbozar. Carol deja escapar un suspiro de frustración al tiempo que mira a Tracy con los ojos entornados. Me despido también de la exmujer de Cliff, pero no me devuelve el gesto.

«Me parece bien».

Camino por el pasillo, de vuelta a la cocina, con Rocket a mi lado, pero unas bruscas pisadas nos siguen en todo momento.

—Michelle. —Mi nombre se convierte en una exigencia en labios de Tracy.

Suspiro para desprenderme del enfado y me giro.

—Gracias por invitarme, Tracy.

Niega con la cabeza.

—Las niñas querían que vinieras. —Pone los ojos en blanco tras centrarlos en una esquina—. Y Cliff también.

Abro la boca y la cierro, pero no digo nada. No sé qué decir.

Tracy se acerca a la ventana de la cocina para observar la carretera. A través de la densa tormenta de nieve, veo que Cliff y Emily están sentados en el bordillo, con un pijama ancho y sin chaqueta.

Tracy echa hacia atrás los hombros y levanta aún más la mejilla mientras observa a su hija ahí fuera, sin ella.

Se aferra al respaldo de una silla de madera con los nudillos blancos.

Somos muy parecidas. Lo sé porque hago lo mismo cuando me hacen daño, intentar cubrir cualquier verdad incómoda con orgullo, como un escudo.

Pasea los ojos hasta los míos a la velocidad de un halcón.

—Dime algo —me pide como un látigo.

—Vale —acepto, dubitativa.

—¿Emily parece feliz?

No titubeo.

—Sí.

—¿Y Brittany?

—Es una niña —contesto, incapaz de evitar sonreír—. Podría construirse una casa con arena y vivir dentro sin tener ninguna preocupación en su vida.

—Parece que se te dan muy bien los críos.

—Qué va. Pero se me daba bien mi hermana y se parecía mucho a Brittany. —Ladeo la cabeza—. Aún se parecen.

—¿Cuántos años tiene?

—Los suficientes como para que quizá no deba actuar así.

Pasea los ojos por los míos.

—¿Están felices con Cliff?

Trago saliva. No me siento cómoda hablando de Cliff con su ex; sin embargo, por la manera en la que le tiembla la barbilla, me descubro asintiendo.

—Sí —contesto.

Tracy inhala y vuelve a mirar por la ventana. Deja escapar un suspiro.

—Lo ha elegido a él antes que a mí —sentencia, casual, como si estuviera leyendo sobre su relación en una enciclopedia.

No contesto. Observo a Rocket, quien me devuelve la mirada en silencio. Al parecer, hoy nos hemos quedado los dos sin palabras.

—Dependen… —Tracy hace una pausa—. Dependen mucho de él, ¿no? —Sus palabras salen al principio con confianza, pero, a medida que la frase avanza, su ceño fruncido se vuelve más profundo. De su cuerpo está desapareciendo todo intento de seguridad.

—Sí.

Es triste ver cómo se le tensa la mandíbula, pero no me provoca lástima. Me veo en ella. En esa pequeña parte que anhelaba que mi madre me quisiera más a mí.

—Está bien —susurra. Por fin, posa la vista en mí.

Tiene las mejillas llenas de manchas. La nariz, roja.

La mandíbula, tensa—. Bueno, gracias por venir.

—Lo dice con brusquedad, como si la decepción se enterrara en su interior, mientras que la realidad que ha construido en su mente con tanta meticulosidad se desmorona.

Me giro para marcharme, pero de repente el corazón me late muy rápido ante la posibilidad de no volver a esta cocina, de no pasar de una casa a otra cada tarde, de no ver a Cliff. Aún me quedan un par de días más, pero parece definitivo.

No veré cómo se le ensancha la sonrisa engreída al verme ni oiré su risa grave y áspera.

No me regalará su sarcasmo ni sus tonterías.

No me reiré de sus terribles bromas. No sentiré su mano en la rodilla, cadera o mejilla.

No notaré las cosquillas que me produce su pelo en los dedos.

Pero, sobre todo, estaré en la otra punta del país, donde nadie me tendrá en cuenta. No de verdad. No como Cliff.

—¿Michelle? —pregunta Tracy.

Pestañeo para salir de mi fantasía y volver a la realidad. Me está contemplando de nuevo. La nariz me arde y los ojos me pican.

—Me voy —articulo.

El labio inferior me tiembla, muy a mi pesar, y lo odio por hacer algo así.