Capítulo 40. Cliff
CLIFF
Me despierto a causa de un cosquilleo en el pie. Ahuyento la sensación con una patada y me doy media vuelta sobre el sofá tras taparme la cabeza con la colcha del saco de dormir.
—Despierta, papá —susurra Brittany desde el extremo opuesto del asiento.
Vuelve a hacerme cosquillas, por lo que pego las rodillas al pecho para adoptar una posición fetal.
—Los pájaros aún no están cantando —me quejo contra la almohada—. Si están dormidos, nosotros también deberíamos estarlo.
—Pero ¡ha venido Papá Noel!
—Y supongo que él también estará agotado tras entregar tantos regalos —contraataco.
Pongo una mano en alto para evitar que las luminosas luces del árbol me cieguen, ya que me han mantenido despierto toda la noche.
En cierto punto, las he desconectado, pero las pisadas sigilosas de Brittany me han despertado entre las tres y las cinco cuando ha vuelto a conectar el enchufe.
Levantarme y apagarlas de nuevo requería demasiada energía.
Un dedo se me mete en la oreja. Un escalofrío me recorre la columna. Alejo la mano.
—Arriba y a por todas, anciano —me provoca Emily.
Miro a través de los brazos cruzados y la encuentro apoyada en el reposabrazos del sofá con una taza de café humeante.
La señalo con el dedo.
—¿Es para mí?
—Feliz Navidad —dice.
Me incorporo y rodeo la taza con las manos.
Ante mí está la funda de un CD. Descubro a Tracy colocando en la ranura extendida del radiocasete un disco titulado Grandes éxitos navideños de Billboard antes de empujarla para que se cierre.
Llevamos escuchándolo dieciséis años seguidos, sin fallar ni una sola mañana de Navidad.
—Papá, ¿pueden venir Michelle y Rocket a casa? —pregunta Brittany.
A punto estoy de atragantarme con mi propia saliva. Tracy levanta la cabeza y me mira. Ni siquiera el principio de White Christmas de Bing Crosby es capaz de dulcificar su expresión.
Es difícil entender qué quiere decir sin gafas, pero creo intuir una única ceja arqueada, inquisitiva.
Al criar a los hijos durante tanto tiempo como nosotros, se desarrolla una especie de lenguaje parental silencioso.
Hace unos años, quizá habría sido capaz de descifrar con exactitud lo que está pensando. Ahora debo hacer un intento a ciegas.
La puerta principal se abre con fuerza, haciendo que se cuele en el salón el frío de la nieve mientras Carol se sacude los botines en el felpudo. Una gruesa bufanda le tapa hasta las orejas y su abrigo de lana está cubierto de una nieve esponjosa.
—¿Ese café es para mí? —pregunta, a la vez que le castañean los dientes, tras cerrar la puerta a sus espaldas de una patada. Me arrebata la taza de las manos.
Pestañeo, aunque estoy demasiado dormido para rebatírselo.
—Em, ¿queda algo de café? —intervengo, balanceando las piernas sobre el borde del sofá.
—Claro —contesta Emily, quien vuelve a meterme el dedo en la oreja.
Se lo aparto de un manotazo.
—Papá, ¿pueden venir Michelle y Rocket a casa? —repite Brittany.
Me froto la cara con la mano.
—Te he oído la primera vez, Britt Britt. Deja que me tome el café y ahora veremos.
Cojo las gafas de la mesa auxiliar y pestañeo para alejar el resto de mi somnolencia de camino a la cocina. Oigo que Tracy me sigue por golpeteo de sus pantuflas sobre el linóleo a mis espaldas.
Miro por la ventana de la cocina hacia la habitación de Michelle. Una cortina de nieve cae entre nuestras casas, por lo que me cuesta ver si tiene la lámpara encendida. Me pregunto si ya estará despierta, haciendo rollos de canela.
Me sorbo la nariz y me dirijo a un armario. Saco una taza antes de hacer un gesto hacia Tracy, como si dijera: «¿Quieres otra?». Asiente, así que saco una con el logo de la pastelería Burke’s. A continuación, me arrastro hacia la cafetera que borbotea en la encimera.
Tracy chasquea la lengua y suspira.
—Si quieren invitar a Michelle, no me importa —añade tensa.
La miro mientras vierto el café.
—¿Estás de broma? Porque me parece una trampa.
Sus labios forman una línea recta y cruza los brazos.
—Es bastante maja.
Suelto un bufido.
—Son tus vacaciones —comienzo, cogiendo la segunda taza para verter un poco más de café—. No estoy aquí para estropearte las Navidades con las niñas.
A Tracy se le tensa la mandíbula.
—Y yo no estoy aquí para estropearles las suyas. Si quieren tener en casa a la vecina, me parece bien.
Es incómodo hablar de Michelle con Tracy. Las palabras suenan erróneas. «Vecina» parece demasiado casual, pero lo mismo ocurriría con «mejor amiga» o «novia».
Tracy se aclara la garganta.
—Cliff.
—¿Hum?
—Llámala.
—¿Estás segura?
—Sí.
No la creo, pero sus ojos no abandonan los míos durante unos largos segundos. O me está convenciendo o se está persuadiendo a sí misma. Con la espalda recta, me quita el café de las manos, provocando una pequeña salpicadura en la encimera, y se marcha de la cocina.
Con cautela, me dirijo al teléfono, marco el número de Bird aunque Emily pasea los ojos de Michelle a mí con una enorme sonrisa. Tracy la imita antes de contemplar fijamente a nuestra vecina.
Brittany y Emily arrancan el papel de regalo como si fueran animales. La segunda no tarda en tener una nueva pila de discos a su lado.
—Vaya, ¿me has pedido a los Smashing Pumpkins, Michelle?
La pequeña recibe una nueva Barbie, un Elmo Cosquillas y, por último, una caja rectangular que agita en la mano. Me mira con curiosidad y asiento.
—Ábrela, Britt.
Desliza la tapa de la caja. Unas fotografías satinadas y resbaladizas se extienden por la moqueta.
Le brillan tanto los ojos como estrellas.
—¡Papá Noel me ha traído las fotos!
—¿Ves? Ya te dije que te haría caso —dice Emily con una sonrisa, cumpliendo con su deber de hermana mayor de mantener el secreto de Santa Claus.
Creo que ahora lo disfruta más que yo. Brittany pone una foto en alto.
—Mira, ¡es Rocket!
El perro levanta la cabeza al oír su nombre. Me echo a reír. Por supuesto que es Rocket, pero va acompañado de la mitad del pulgar de Brittany.
—Tienes un don —ironizo.
La niña sigue rebuscando entre las fotos. Les echo un vistazo antes de coger alguna. Hay instantáneas torcidas del hotel y el hocico de Rocket. También hay una mía en la pastelería, metiendo el brazo en el horno. Algunas son de Halloween, pero la mayoría han acabado borrosas por el flash.
Carol se agacha tras Brittany y las mira por encima de su hombro. Con una carcajada, elige una y la levanta en alto. Michelle y Carol están sentadas en el porche frontal.
—La prensa rosa —me provoca.
—Ah, mira, ese es Josh —comenta Tracy, uniéndose al grupo.
Sé que se siente fuera de lugar. Señala una foto que ha caído cerca de la chimenea. En la imagen, Emily y Josh están acurrucados en el sofá de Bird & Breakfast bajo una manta enorme.
Tracy levanta la nariz.
—Ahora entiendo por qué os metéis en problemas.
Emily se tensa como una tabla.
—¿Qué?
Tracy se encoge de hombros.
—Recuerda protegerte.
Abre mucho los ojos antes de desviarlos de Michelle a mí.
—¿Se lo habéis dicho? —escupe.
Michelle arquea las cejas. Igual que yo.
—Prometisteis que no se lo contaríais.
—¿Decirme qué? —la interrumpe Tracy. El rostro se le está tiñendo de rojo a la misma velocidad a la que las mejillas de Emily están perdiendo todo su color.
—¿Decirle qué? —repito.
Entonces, lo entiendo. Siento cómo el corazón me da un vuelco. Observo a Michelle, quien tiene el ceño fruncido. Lo más probable es que lo haya comprendido segundos antes que yo. La prueba de embarazo.
—Em… —comienza Michelle, pero las palabras la abandonan.
—No lo hemos hecho —concluyo por ella.
Mi hija se tambalea al darse cuenta de repente de que estoy diciendo la verdad.
—No se lo habéis dicho —musita Emily.
Michelle niega a toda prisa, apretando los labios. Mi hija encorva los hombros y suelta un suave:
—Joder.
—Emily Theresa Burke —la riñe Tracy—. Esa boca. Vas a contarme ahora mismo lo que está ocurriendo aquí.
De inmediato, aprieto los párpados. Esa clase de exigencias no sirven de nada con Emily y, como era de esperar, nuestra hija se pone en pie a duras penas, fulminándola con la mirada.
—No te pienso contar nada —escupe.
A Tracy las mejillas se le tornan de un intenso carmesí.
—Pero ¿a esta sí se lo has dicho?
Durante un momento, estoy confuso. Pero, entonces, el calor me inunda el pecho antes de subir por mi garganta hasta las mejillas cuando sigo su línea de visión hasta Michelle, quien está paralizada, pero oculta tras ella un puño que aprieta con fuerza.
—Se llama Michelle —le indica Carol.
Tracy se queda boquiabierta. Luego, suelta una carcajada burlona.
—Me da igual quién sea.
—Trace… —le advierto.
La situación está escalando más rápido de lo que me gustaría e incluso Carol frunce cada vez más el ceño a medida que pasan los segundos. La pobre Brittany está sentada en el suelo, confusa, con las fotos en la mano, que mancha con las huellas de los dedos.
—Debería saber qué le ocurre a mi hija antes que nadie —se enfada Tracy.
—Lo sabrías si hablaras conmigo alguna vez —replica Emily.
Tracy cierra los ojos con fuerza e, ignorando a Emily, continúa:
—Debería haberme enterado al menos antes que esa…, que esa…
Me levanto sin pensarlo. El corazón me palpita con fuerza. Tengo los nudillos blancos por apretar los puños y me estoy clavando las uñas en la palma. El pecho se me ha convertido en un incendio.
—Yo que tú tendría cuidado con las siguientes palabras, Trace, antes de que todos nos arrepintamos de algo. Algo que las chicas no deberían escuchar.
La habitación se torna gélida. El I Saw Mommy Kissing Santa Claus de Jimmy Boyd se cuela en el salón. El fuego de la chimenea se aviva ligeramente. El papel de regalo cruje cuando Carol, incómoda, deja un regalo en el suelo.
Tracy pestañea con los labios separados. Esta pelea me recuerda demasiado a los viejos tiempos, a esas discusiones inútiles en las que nos incitábamos el uno al otro. Pero eso puedo soportarlo.
Sin embargo, ¿una palabra contra Michelle? Ni en mi casa ni en cualquier otra parte.
Emily traga saliva de forma audible.
—Voy a dar un paseo.
Tracy gira la cabeza hacia ella con brusquedad.
—¿Por la nieve? No, ni hablar.
—No puedes decirme qué hacer —responde Emily, desdeñosa.
—Soy tu madre.
Esta deja escapar el aire.
—Puf, lo que tú digas —insiste mientras pasa a mi lado.
Suspiro.
—Em, hace frío.
—Me da igual.
—Está nevando.
—¡Me da igual! —repite más fuerte.
—Vale, tendré que seguirte.
—¡No! —brama Emily, marchándose a toda prisa del salón.
En pie, Tracy también chilla:
—Yo también voy.
—Que te jodan, mamá.
A Tracy se le convulsiona todo el cuerpo. Parece que la hayan golpeado en la cara porque no deja de parpadear. Está tan sorprendida que no dice nada.
«Maldita sea, Emily».
—Ahora vuelvo —farfullo, saliendo a grandes zancadas del salón.
Mi hija cierra con fuerza la puerta trasera. Las contraventanas chocan contra el cristal. La abro de nuevo y la persigo por el frío.