Un otoño para ser feliz Capítulo 39. Michelle
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Capítulo 39. Michelle

MICHELLE

Nuestro grupo no tarda en crecer. Mi padre y Sara llegan al pueblo poco después de Tracy. Cliff ayuda a Sara a llevar al interior el equipaje y, en cuanto lo deja en el suelo de mi habitación, un peso se me instala en mi estómago, como si tuviera un yunque en las entrañas.

«Sara se está asentando oficialmente en Bird & Breakfast».

Debo de haber estado contemplando las maletas durante demasiado tiempo porque mi hermana apoya la cabeza en mi hombro.

—Están genial, ¿eh? Me las compré con tu dinero para la graduación.

No pude ir a California para verla graduarse debido a todo el trabajo que tenía en el hotel. Sin embargo, me ha contado todos los detalles por teléfono y lo más probable es que le haya enviado más dinero del que necesitaba.

—Es un juego bonito —concuerdo.

Es una conversación banal que interrumpe Cliff cuando me llama desde la cocina:

—Michelle, quieres que le eche mostaza a tu sándwich, ¿verdad? ¿La botella entera?

Esbozo una sonrisa y Sara también se ríe porque sabe que odio la mostaza. Los dos lo saben.

«¿Esta es la vida que me he perdido mientras estaba casada con Allen? ¿Estas son las conversaciones divertidas que podía haber tenido en lugar de esas veladas tranquilas y corteses con sus amigos?».

Cuando mi padre y Sara se han asentado (el primero en la única habitación para huéspedes libre y Sara en mi cuarto, puesto que compartiremos cama), la guío por las tareas básicas del hotel durante toda la tarde.

Los registros, las salidas, los problemas diarios, como el pomo que falla en el armario del pasillo o el peldaño chirriante cerca del ático.

Aspectos que son como mi segunda naturaleza dejarán de ser parte de mi vida.

Ahora lo serán de la suya. El hotel es suyo, como se dijo desde un principio.

Cuando el sol se pone, juntamos a los grupos de las dos casas y nos dirigimos a la plaza.

El Festival de Nieve y Copas está en pleno apogeo cuando llegamos.

Bing Crosby y las Andrews Sisters canturrean Jingle Bells a través de los altavoces.

Las luces de múltiples colores serpentean por las farolas, acompañadas de flores.

Hay puestos cada pocos metros, con sus toldos rojos cubiertos de nieve.

Una guirnalda verde rodea el techo del cenador con banderines en forma de bastones de caramelo y hojas de muérdago colgadas sobre cada tramo de escaleras.

Huele a menta, a chocolate y a una pizca de humo que surge de la hoguera del centro, donde una multitud tuesta nubes de chuchería.

Emily se adelanta para unirse a Josh cerca del escenario navideño.

Tracy sigue a Brittany mientras esta le hace fotos a un reno de plástico.

Mi padre se aleja con Sara a por chocolate caliente y Carol atisba a George y Lisa, deteniéndolos antes de que se acerquen.

Tengo la sensación de que ha sido intencionado.

Solo quedamos Cliff, Rocket y yo bajo una ramita de muérdago.

A Cliff se le curvan las comisuras de la boca con una sonrisa traviesa.

Pongo los ojos en blanco y suspiro, provocando una nube de aire cálido que flota ante nuestras caras.

Recorre el exterior de mi meñique con el suyo enguantado. Es nuestro pequeño secreto.

—¿Cómo estás? —dice.

—Te iba a preguntar lo mismo.

—Estoy feliz, como dice la canción del viejo Bing.

Suelto una risita por la nariz que le ensancha aún más la sonrisa.

—¿Cómo estás de verdad, Michelle? —Abro la boca, la cierro y esbozo una sonrisa cuando se inclina hacia mí para susurrarme—: Piensas muy alto.

—Es un festival bonito —admito—. El mejor de Copper Run hasta la fecha.

Su sonrisa cambia casi de forma imperceptible antes de volver a curvar las comisuras de la boca.

—Seguro que en Seattle están mejor. Con un árbol enorme o algo así. Y una pista de patinaje sobre hielo.

—Así es —replico.

Rocket pasea la mirada de uno a otro moviendo el rabo con lentitud.

«Shelly, no has patinado en tu vida».

Me acaricio el interior de la mejilla con la lengua cuando Cliff dice de repente:

—Estoy deseando verlo.

Alzo la cabeza. Es la primera vez que abordamos el tema de las visitas, en lugar de hablar solo de llamadas. De repente, son algo real.

—¿Sí? —digo sin aliento.

Se le marca aún más la cicatriz junto a la boca.

—Sí.

Brittany se acerca trotando con su cámara amarilla y desechable entre los dedos. Nos separamos. Tracy, que la ha seguido, centra los ojos en el punto en el que hace unos momentos estaban nuestras manos unidas.

—¿Qué tal, Britt? —pregunta Cliff.

—Necesito otra cámara —anuncia, y presiona el botón que emite un clic inútil.

Su padre se echa a reír.

—¿No es la tercera que usas desde Halloween?

—Quiero otra.

Cliff observa la cola que serpentea por el parque y lleva a un sillón dorado, donde un Lars muy evidente disfrazado de Papá Noel hace que Luke salte en su regazo.

El niño tiene los brazos cruzados sobre el pecho, terco, mientras frunce el ceño con las mejillas sonrojadas.

Su madre le saca una foto a su expresión frustrada.

—¿Por qué no se lo pides a Santa? —le propone Cliff a Brittany.

La niña esboza un mohín.

—Pero se supone que él se tiene que encargar de las otras fotos.

—¿Aún no las has revelado? —acuso a Cliff con una carcajada.

Me dedica una mirada de soslayo, acompañada de una sonrisa.

—Bueno —continúa, dirigiéndose a Brittany—, hablaré con Papá Noel y veré si puede ocuparse de las dos cosas.

—¿Lo prometes? —pregunta la niña.

—Por supuesto.

—¿Lo prometes de verdad?

—Sí, sí —contesta—. O se lo puedes decir tú primero. —Juguetón, le da una palmadita en la espalda—. ¿Quieres ir poniéndote a la cola?

—La acompaño —interviene Tracy, quien pasa a mi lado dándome un suave golpe en el hombro.

Como respuesta, levanto de repente la cabeza. En cualquier otra situación, me enfrentaría a ella, pero, dada la nuestra, reprimo una respuesta apretando los dientes.

Debo hacer uso de cada chispa de mi autocontrol para dedicarle una sonrisa forzada.

Ayer estuve a punto de quejarme cuando le tendió el plato de brócoli a Emily, pasándome por alto adrede.

No me gusta cuando alguien inicia una guerra fría sin mi consentimiento.

Solo comienzo una discusión si planeo terminarla y ganarla, y ella la ha empezado antes de tiempo, lo que es injusto.

Brittany coge a Cliff de la mano con la manopla.

—¿Puedes venir tú también, papá?

—Eh. —Cliff, incómodo, pasea la mirada de Tracy a mí antes de volver a centrarla en Brittany.

La niña le dedica una sonrisa radiante que su padre le devuelve.

—Claro.

Siempre tendrá debilidad por sus hijas, aunque eso requiera pasar más tiempo con su ex. Es esa clase de padre.

Le clavo un dedo entre las costillas.

—Ve a ser un buen papá.

Se despide con la mano, travieso, mientras se aleja a trompicones, dejándose arrastrar por una cría de seis años, y el hilo que nos une se tensa por la distancia.

Tracy los sigue tras soltar un brusco suspiro de irritación al mirarme.

Lo más raro de todo es que a Tracy no le gusta Cliff, aunque es evidente que tampoco le hace gracia verme con él.

Los tres se dirigen hacia la cola de Santa. Tracy le tiende la mano a Brittany, quien la acepta encantada, ahora sujeta a sus dos padres. El estómago me da un vuelco al ver la escena. Es muy hogareña. Brittany no tiene tres manos, así que ¿dónde encaja mi pieza del puzle?

El susto del posible embarazo de Emily me pilló por sorpresa.

Cuando Sara era una adolescente, la pintura acrílica y los dibujos al carboncillo la mantenían lo bastante distraída como para no fijarse en chicos.

Sin embargo, incluso sin experiencia, ayudar a Emily me salió natural.

Mientras estaba tumbada en la cama entre Cliff y yo, resolviendo los problemas entre los tres, me dio la impresión de que llevábamos años haciéndolo.

Mi padre me toca el hombro, sobresaltándome. Se echa a reír y me tiende un vaso de cartón humeante con chocolate caliente. Sonrío y lo acepto.

—Gracias. ¿Dónde está Sara?

—A la caza de un dulce.

—Ah.

Es la primera vez que mi padre y yo nos quedamos a solas desde Acción de Gracias. Parece estar feliz de nuevo. Sonríe.

—¿Te alegra haber vuelto? —le comento.

Se encoge de hombros.

—Más o menos.

Le dedico una mirada llena de curiosidad y se echa a reír.

—Me encanta Copper Run —se corrige—, pero ¿el hotel? Era la pasión de tu madre, no la mía.

Crispo los dedos sobre el chocolate caliente. El vaho serpentea hasta mis mejillas. O quizá sea mi propio calor.

—Entonces, se lo dejaremos a Sara —comento, observando la multitud, donde Lisa y George intentan tomar un bocado de tarta del mismo plato—. Jubílate aquí. Disfruta del pueblo.

—Sí —dice, arrastrando la palabra y observándome con los ojos entornados—. Es lo que estaba pensando. ¿Y tú?

Arqueo una ceja.

—¿Qué quieres decir?

—¿Has pensado en Copper Run?

Me aclaro la garganta.

—Creo que no te estoy entendiendo.

—Ya sabes, eres muy parecida a tu madre —continúa—. Tienes su motivación, tenacidad, confianza.

Niego con la cabeza.

—Sara también cuenta con todo eso.

—Tu hermana heredó su carácter, es verdad. Birdie se lo cedió en grandes cantidades. —Me dedica otra débil sonrisa—. Pero a ti te gustan los retos. Igual que a ella.

El corazón se me encoge mientras deslizo mi colgante, no, el de mi madre, por la cadena al tiempo que me recoloco su bolso en el hombro. Al final, le doy un sorbo al vaso de cartón y el chocolate caliente me abrasa la lengua.

—Mentiría si dijera que os crio la misma madre. Era una mujer diferente con Sara. No fue culpa tuya, pero tampoco fue justo. Nada en esta vida lo es. Siento que te tocara sufrir la peor parte, Shells, pero estoy orgulloso de ti. Y sé que ella también lo estaría.

Se me tensan los dedos sobre el vaso de cartón. Se hunde y vuelve a adoptar su forma inicial, haciendo que unas pequeñas gotas de chocolate caliente se derramen por el borde y me achicharren la piel a través del guante.

—Estaba perfectamente antes —expongo tras dar otro sorbo—. Y lo estoy ahora también.

—Siempre dices lo mismo. —Mi padre pasea la mirada por el parque—. Pero quizá esta sea la primera vez que te creo. —Me dedica una pequeña sonrisa—. Encajas aquí.

—¿En Copper Run? —pregunto—. No, me… Me gusta la ciudad. Echo de menos Seattle.

Ahora parece que estoy a la defensiva, como si fuera la reacción de la rodilla al recibir un golpe.

Dudo durante un segundo, abro la boca, la cierro y le doy un sorbo al chocolate caliente.

De forma inconsciente, estudio la fila de Santa hasta que capto a Brittany, sentada en el regazo de Papá Noel con los pies colgando y una sonrisa de oreja a oreja.

Cliff está de pie a un lado con los brazos cruzados, radiante, mientras habla con Tracy, quien le devuelve una expresión irónica.

Echaré de menos estos eventos. Quizá podría volver por vacaciones. De septiembre a diciembre. Pero ¿qué otros festivales divertidos organizarán en primavera o verano?

Observo a Rocket. Ya no mueve el rabo, pero se acerca un paso y me presiona la pierna con la cabeza. Por una vez, no puedo descifrar lo que quiere decir.

Encuentro a Cliff como un imán que buscara su opuesto. Y, como ocurre siempre, él me encuentra también, me contempla desde la fila de Santa Claus y me guiña un ojo.