Un otoño para ser feliz Capítulo 38. Cliff
84%

Capítulo 38. Cliff

CLIFF

La mañana en la que Tracy vuelve al pueblo coincide, por supuesto, con el día en que recibimos múltiples pedidos para las fiestas navideñas que se celebran por toda la localidad.

He llamado a George para decirle que su pedido habitual no estará listo hasta mañana.

Dado que Lisa y él van a asistir a dos de las otras tres fiestas en las que voy a entregar mis dulces, no me ha puesto demasiadas pegas.

Cuando he terminado con casi todos los pedidos y los últimos dulces están en el horno para que se encargue Carol de ellos, vuelvo a casa a toda prisa con los brazos cubiertos de harina y seguramente alguna mancha en la cara.

Los neumáticos chirrían sobre el camino de acceso mientras el llavero repiquetea contra la llave de arranque.

Emily sale por la puerta trasera con los ojos apagados y expresión aburrida.

Apenas he abierto la puerta del coche cuando susurra:

—Mamá no deja de preguntarle a Josh por sus planes de futuro. Haz que pare.

—Es tu madre. Sé maja.

—Tampoco ha parado de preguntar dónde estabas.

—Perfecto —ironizo.

—Es tu exmujer. Sé majo —se burla Emily.

Le revuelvo el pelo y ella me aparta la mano. Abro la mosquitera de la puerta trasera con un esfuerzo hercúleo porque sé que, dentro de dos segundos, veré a…

«Tracy».

Mi exmujer está de pie en nuestra cocina, presionando los botones de nuestro teléfono fijo con una mano mientras se aferra al busca con la otra.

Aprieta los labios con fuerza, pero la coleta en la que se ha recogido el pelo parece más tensa aún.

Su pulcra americana hecha a medida y su pantalón de vestir parecen haber salido directos de las páginas del Cosmopolitan de Michelle.

Le está sentando bien la vida en la ciudad.

Hace años, solo llevaba camisetas y vaqueros.

Pasó por una etapa divertida en la que se ponía calentadores, con veintipocos, y por otra, unos años después, en la que vestía una chaqueta acolchada.

A medida que ha pasado el tiempo, me he dado cuenta de que siempre dejó pistas de que quería algo más que una vida en un pueblo pequeño, que deseaba arreglarse, y ahora tiene el dinero para hacerlo.

Tracy pasea los ojos por los dos aparatos tecnológicos hasta que la puerta se cierra a mis espaldas.

Entonces, levanta la vista hacia mí. Alzo una mano a modo de saludo, me lo devuelve.

En ese momento, mientras se cuelga el busca en el cinturón, presiona el auricular del teléfono de la cocina entre la oreja y el hombro.

Me muestra un único dedo. «Por favor, espera».

Brittany, sentada en la barra de desayuno, me enseña un trozo de papel en el que ha dibujado unos monigotes con ceras.

—Mira, papá, sois Michelle y tú.

—Es genial, Britt Britt.

—¿Ves también a Rocket? —Agita el papel arrugado para acercármelo.

Junto a mí, ha dibujado a Michelle y a dos niñas.

En mi boca ha trazado una sonrisa torcida.

Michelle lleva una falda corta de color rojo.

Emily tiene dos enormes círculos negros en la cara, supongo que para mostrar los ojos de cervatilla que tiene.

En una esquina, hay un perro blanco y negro con palitos como patas.

—Me encanta —digo—. Lo pondremos en la nevera.

—¡Bien! —chilla.

Me llevo un dedo a los labios y mi hija me imita.

—Tenemos que estar callados mientras mamá está al teléfono, ¿vale?

—¿Por qué? —pregunta Emily a voz en grito desde un rincón.

Me froto la cara con la mano. Emily pasa junto a su madre como si no estuviera ahí, coge un refresco de la nevera y se lo lleva a la habitación contigua. Josh la sigue, servicial.

Tracy cruza los brazos, oteando el salón para mirar a Emily, sin decir una palabra, aún al teléfono. De repente, endereza la espalda y se cambia el auricular a la otra oreja.

—Hola. Sí, soy Tracy Marie.

«¿Ahora usa su segundo nombre?».

—Ajá.

Mientras Tracy continúa con la conversación, se abre la puerta trasera y a punto está de golpearme en la espalda. Michelle asoma la cabeza por el umbral.

—¿Intentabas matarme? —susurro con una sonrisa.

—Lo siento —se ríe. No habla lo bastante bajo, por lo que su voz cruza la cocina como un cuchillo.

Tracy desvía los ojos hacia Michelle, como rayos láser a punto de fulminarla. Siempre se ha mostrado tensa al estar rodeada de mujeres. Tenía algunas amigas en Copper Run, pero no creo que haya vuelto a hablar con ellas desde que se mudó. Sobre todo, nunca le gustó que hiciera reír a otras chicas.

Me echo a un lado y guío a Michelle con una mano en la parte baja de la espalda. Emily vuelve a la cocina con una sonrisa en el rostro, se apoya en el umbral y sorbe el refresco de forma ruidosa. Está deseando presenciar el drama.

—Hola, Michelle —saluda con un volumen normal, interrumpiendo la calma de nuevo.

Pongo los ojos en blanco, por lo que Emily ensancha aún más la sonrisa.

Tracy cubre el micrófono.

—Te llamo más tarde, Doug. Ajá. Sí. Hum, vale. Sí, adiós. —Presiona el botón del teléfono con un dedo mientras contempla nuestro grupo variopinto.

Emily vuelve a sorber el refresco y el sonido reverbera entre las paredes. Michelle da el primer paso al frente con la mano extendida.

—Hola. Debes de ser Tracy.

La aludida ladea la cabeza, como si analizara a Michelle de arriba abajo: su cuerpo, su cara y su cabello, que lleva recién lavado.

Es raro verlas una al lado de la otra porque, más allá del color de pelo (la coleta rubia y alta de Tracy en comparación con el cabello moreno de Michelle) y la tez (la de Tracy es marmórea, y la de Michelle, casi oliva), son parecidas.

Podrían ser amigas. O, por lo menos, compañeras de trabajo. Las dos caras de la misma moneda.

Tracy acepta la mano de Michelle y se la estrecha con firmeza. Casi con brusquedad.

—Esta es Michelle —la presento—. Es la dueña del hotel de al lado.

—Es la mejor amiga de papá —interviene Brittany, quien colorea ausente sin darse cuenta de que acaba de lanzar una granada a la habitación.

—¿En serio? —se sorprende Tracy.

Michelle pone los ojos en blanco con una sonrisa.

—Cliff me ayuda mucho con el bed and breakfast .

—Típico de él. ¿Te obligó a ser su amiga?

—En realidad, fue al revés —contesta Michelle, casual.

Suelto una carcajada sin pensarlo. No es cierto y los dos lo sabemos, pero entiendo adónde quiere llegar. «No es una carga», está diciendo. Y, por Dios, la quiero por eso.

Tracy y Michelle quizá sean igual de intensas, pero es innegable que son diferentes.

Michelle se mantiene erguida. Su aspecto parece natural. No lleva una americana como Tracy, solo una camisa metida por dentro de los vaqueros, pero en cierto sentido el conjunto es más bonito. Tracy no deja de estudiarla con ojos de halcón.

—Bueno —da una palmada—, ¿y qué novedades hay por aquí, familia? ¿Qué vamos a hacer?

No paso por alto ese «familia» que ha dejado caer, así como la mirada de soslayo que le dedica a Michelle. No me ha gustado. Ni un poquito.

Brittany se encoge de hombros.

—Podemos jugar en la nieve.

—Parece divertido —concuerda Tracy con las cejas arqueadas, pero las palabras le salen forzadas. Luego, se queda en silencio.

Siento que se le ha olvidado cómo interactuar con las niñas. Emily se pasó quejándose de lo incómodo que había sido Acción de Gracias durante una semana. Sin embargo, nunca se me ocurrió que la situación fuera así de mala.

Tracy vuelve a recorrer a Michelle con los ojos, pasando de su cara a los mocasines negros. Lo más probable es que estemos más cerca de lo que deberíamos como mejores amigos y Tracy ha debido captarlo de inmediato. No obstante, ni Michelle ni yo nos movemos.

Entorna los ojos. «¿Qué diablos?».

Destenso la mandíbula para forzar una sonrisa.

—Oye, ¿qué os parecería decorar todos juntos el árbol de Navidad? Hemos estado esperando a que llegue mamá para hacerlo, ¿no?

—¡Sí! Sí, sí, sí. —Brittany suelta un grito ahogado, da varios brincos y corre al salón con un chillido de alegría.

Ayer bajé las brillantes cajas de adornos del ático. A punto estuve de hacerlas rodar por la escalera, pero Emily y Michelle se apresuraron a frenar mi caída. Los cuatro estuvimos riéndonos de ese tema durante bastante tiempo después. Me sentí a gusto. En casa.

Ahora que Tracy nos deslumbra con su enorme sonrisa antes de seguir a su hija al salón, la casa parece cargada, como la electricidad estática en el ambiente que precede a una tormenta. Emily arquea las cejas, mirándonos a Michelle y a mí, y suspira.

—¡Qué divertido! —musita, sarcástica.

Le dedico una pequeña sonrisa hasta que se dirige también al salón. La cocina se vuelve a quedar en silencio.

—Entonces, esa es tu ex —expone Michelle.

Asiento, solemne, tratando de entender su reacción, pero no parece haberle afectado. Es muy segura de sí misma. Sonrío. Claro que sí, es Michelle. Sin embargo, también sé que se oculta tras una gruesa coraza.

—No está mal —comenta.

—No —concuerdo, pero no dejo de pensar en la mirada de mi ex hacia ella y lo poco que me ha gustado.

—No será un problema.

Le dedico una sonrisa.

—¿En serio?

—He tratado con mujeres más bruscas. Yo misma lo soy.

Le rodeo la cintura con el brazo y la acerco a mi cadera. Le recorro las costillas con el pulgar y me inclino para mordisquearle el lóbulo de la oreja. Suelta un jadeo suave que acompaña de una carcajada ligera. Al instante, tenerla entre mis brazos me hace sentir mejor.

Sus ojos se centran en el umbral que ha cruzado Tracy. Quizá no quiera que piense que se siente cohibida, pero puedo leerla como un libro abierto.

Tras presionarle la frente contra la sien, le susurro:

—¿Te he dicho ya lo mucho que deseo arrancarte los pantalones?

Cuelo la palma en su bolsillo trasero y le presiono la nalga. Una suave sonrisa se desliza por sus labios.

«Ahí está».

—Muchas veces —confirme con un susurro.

—Ah, eso me temía.

—Pero puedes volver a decírmelo siempre que quieras.

—¿Y qué tal si te hago una demostración más tarde? —propongo—. Quizá tengas suerte y te abra la cremallera con los dientes.

Un estremecimiento le recorre la nuca mientras la acaricio con un dedo.

—¿Es lo que quieres?

—Claro —responde desafiante. Le pegaría agregar la palabra «idiota».

Le acaricio el cuello con la nariz. Se echa hacia atrás, exponiéndose ante mí para que le pose un beso tras otro por la mandíbula y la clavícula. La oigo tragar saliva.

Por Dios, es embriagadora y es toda mía. Por alguna razón, esta mujer callada y distante me ha elegido a mí. Deja que la recorra con las manos. No sabía que existía algo tan sano, pero aquí estoy, con una mujer que desea que la roce.

Michelle se echa hacia atrás y me delinea la mandíbula con las yemas.

—¿Estás bien? —pregunta—. Dime la verdad.

Sonrío, la beso una vez más y, tras colarle el pulgar por la cinturilla de los vaqueros, añado:

—Vamos, tenemos que adornar un árbol de Navidad.

Inhala, ofendida, antes de agarrarme de la camiseta y apartarme.

—Deja de calentar —gruñe con una sonrisa.

Me echo a reír.

—No creo que nunca me hayan dicho algo así.

Camino tras ella por el comedor hasta que se detiene. Por instinto, la tomo por las caderas para estabilizarnos, pero utiliza la oportunidad para presionar el culo contra mí.

Ahogo una carcajada.

—Michelle…

—Buena suerte con la erección —me susurra, al tiempo que estira los brazos tras la espalda y me roza el bulto creciente en los pantalones.

Dejo escapar un gruñido de frustración mientras entramos en el salón. Brittany rebusca en la caja de adornos mientras Emily revisa su colección de CD junto al radiocasete. Desde el sillón, Tracy nos contempla a Michelle y a mí con los labios apretados.