Un otoño para ser feliz Capítulo 37. Cliff #2
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Capítulo 37. Cliff #2

—Mi madre era agradable y generosa, pero a veces nuestra relación era complicada.

Ocurre entre todos los padres e hijos. Estuvo…

triste cuando yo era una niña. Mucho. Y, al salir de ese estado, intentó compensarme todo lo que pudo.

—Suelta un suspiro—. Lo intentó, de verdad.

—Por su manera de hablar, parece estar dándose cuenta de esa idea por primera vez—. Hizo lo que pudo.

Los tres oímos el sonido ambiente de Bird & Breakfast. El repiqueteo de la vajilla en el comedor. El crujido y golpeteo de pisadas sobre nuestras cabezas. La televisión en el salón, con un capítulo repetido de Cosas de marcianos .

Miro el reloj de nuevo. Ya han pasado más de diez minutos.

—Muy bien. —Exhalo—. ¿Preparada?

A Emily se le hincha el pecho rápidamente y niega con la cabeza.

—No, míralo tú, yo no puedo.

—¿Seguro?

—No puedo —repite, girando la cabeza para mirarme con el ceño fruncido, preocupada.

Le suelto la mano a Michelle y le acuno la nuca a mi hija. La beso en la frente antes de balancear las piernas por el borde de la cama y ponerme en pie. Las contemplo a las dos durante unos segundos, observando cómo Michelle acaricia el pelo de mi pequeña. Emily se aovilla contra ella.

El corazón me palpita con fuerza cuando entro en el baño.

El pequeño palito está apoyado en la encimera, aunque una parte flota en el aire sobre el lavabo.

Siento que soy el puente entre la antigua y la posible nueva vida de Emily.

A principios de mes, estábamos jugando en la nieve.

Ahora estoy frente a un retrete cubierto por una funda afelpada de color rosa y a punto de comprobar el resultado de una prueba de embarazo.

Si está embarazada, será otro miembro maravilloso que añadiremos a nuestra familia. No pasará nada. Todo irá bien.

Lo cojo, inhalo y le doy la vuelta. Una única línea rosa me devuelve la mirada. «¡Una única línea!».

Cierro los ojos y por fin, agotado, suelto una carcajada. «¡Una puta línea!».

—¿Qué? —pregunta Emily, bajándose de la cama—. ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?

—Es negativo —anuncio.

El ambiente de la habitación cambia de repente. Con un único movimiento fluido, Emily pone los ojos en blanco y se deja caer en la cama con un gigantesco y estrepitoso gruñido de alivio.

—Gracias a Dios.

Veo cómo le desaparece el peso de los hombros. Michelle se los agita con una sonrisa.

—No quiero volver a hacer esto nunca más —farfulla—. Ya está. No tendré hijos. Nunca.

—Música para mis oídos —la provoco.

Me sonríe, pero el gesto se le desmorona enseguida.

—No podemos contárselo a mamá.

El estómago me da un vuelco. «Imposible».

—No —sentencio. Emily abre mucho los ojos—. Lo siento, peque. Se merece saberlo.

—¿Por qué? —gime.

—Es tu madre. No estaría bien ocultárselo. Aunque ¿qué te parece esto? Esperaremos a que vuelva a Nueva York, ¿vale? Así solo tendrás que enfrentarte a ella por teléfono.

Emily suspira.

—Trato hecho.

Extiende la mano y pongo los ojos en blanco antes de estrechársela.

—Bien. —Me aclaro la garganta—. Ahora, a lo importante… ¿Dónde está Josh?

Baja la barbilla.

—Papá.

Pongo las manos en alto.

—Solo quiero hablar con él…

—Papá —me advierte de nuevo, aunque el fantasma de una sonrisa le ilumina la cara.

—Seremos Josh, un machete y yo.

—¡Papá!

De repente, se deshace en carcajadas. La imito. Entonces, la vuelvo a abrazar y a besar en la frente, a pesar de sus débiles protestas.

—Te quiero, peque.

—¿También quieres a Josh?

Suelto un bufido.

—Me es totalmente indiferente.

—¿A quién le apetece un rollo de canela? —pregunta Michelle, rompiendo la tensión.

—Por favor —gime Emily.

Tras levantarse de la cama, se dirige a la puerta a toda prisa.

Le hago un gesto con la mano mientras contemplo a Michelle, quien sonríe de oreja a oreja.

Yo tampoco puedo dejar de sonreír. La tensión de toda la situación me sobrepasa.

Y pensar que lo hemos vivido juntos. Michelle ha estado ahí para mi hija cuando la ha necesitado. En esta ocasión, sí que la necesitaba.

La verdad tácita retumba en mi cabeza, como lleva semanas haciéndolo.

«Quiero a Michelle. La quiero y voy a tener que dejarla marchar».

Su expresión se desmorona. La mía debe de haberlo hecho también. Se va a acabar.

Emily se detiene de golpe en el umbral y se gira para mirarnos. Pasea un dedo de Michelle a mí, interrumpiendo nuestro contacto visual.

—Estabais juntos en la habitación de los huéspedes —comenta.

Se me forma un nudo en el estómago.

—¿Estáis…? —Sus palabras se desvanecen, como si esperara una respuesta, pero no sé cuál darle.

¿Estamos saliendo? ¿Estamos enamorados? No tengo una explicación cristalina para nuestro complicado problema.

Con una carcajada nerviosa, le poso una mano en el hombro a Emily.

—Lo que pasa entre nosotros se queda entre nosotros, Em.

Una sonrisa se desliza por el rostro de mi hija de manera tan lenta y siniestra que podría rivalizar con la del Grinch.

—Pero sí que pasa algo, ¿no?

La empujo con delicadeza hacia el pasillo.

—Sal de aquí, niña.

Emily se muerde el labio inferior y suelta una risita.

Sin embargo, cuando miro a Michelle, también arquea las cejas.

Estiro el brazo hacia atrás hasta rozar las yemas de los dedos con las suyas cuando ella también busca mi mano.

Intercambiamos una suave sonrisa. Después, seguimos a Emily a la cocina.