Capítulo 37. Cliff
CLIFF
Creo que me desmayo durante medio segundo. Unos puntitos borrosos me inundan la visión y a punto están de fallarme las rodillas. Lo único que me mantiene en pie es la mano de Michelle, pero a ella también le tiemblan los dedos sobre mis labios.
—¿Qué has dicho? —jadea.
Mi hija quizá esté embarazada. Mi mente da vueltas. Se ahoga.
«Quizá esté embarazada».
Durante una milésima de segundo, pienso: «Voy a matar a Josh y a colgarlo en la plaza, como en la Edad Media». Sin embargo, en cuanto la fantasía desaparece, oigo que Emily pregunta, temblorosa:
—Cre… Creo… No estás enfadada, ¿verdad?
Mi hija está asustada. Tanto como Tracy cuando teníamos su edad. Aterrada por un futuro diferente al camino disponible que tiene ante ella ahora mismo. Ni siquiera sabe qué quiere estudiar en la universidad o ni si quiere ir. Apenas se ha planteado su futuro antes de perderlo.
Me alejo de la pared y Michelle deja caer la mano de mi boca. Giro la esquina mientras Michelle se aparta para permitirme pasar. Mi cuerpo ocupa todo el umbral hasta que casi rozo el marco con los hombros.
Emily abre mucho los ojos, se vuelven tan grandes que veo la parte blanquecina alrededor de su iris.
—Papá —susurra.
El corazón se me acelera. No sé si estoy enfadado, triste o asustado. Asustado. Sin duda estoy asustado. Pero, cuando a Emily le tiembla el labio inferior, sé que su pánico es mayor que el mío, que ahora mismo no me toca a mí tener miedo.
—Em —comienzo, manteniendo mi tono lo más sereno posible. No sé cómo tener esta conversación. Por eso, me centro en el asunto, la única opción que tengo para no perder la cabeza ahora mismo—, ¿cómo lo sabes?
—No lo sé, pero se me ha retrasado la regla. —Las palabras salen apresuradas de sus labios. No ha apartado la mirada de la mía, como si estuviera paralizada en el acto.
Asiento.
—¿No usaste protección?
—Papá. Lo siento mucho…
—¿Usaste protección? —repito, cerrando los ojos con la mayor fuerza posible.
—Sí —contesta.
Abro los ojos mientras ella aprieta y relaja los puños. Estiro el brazo para tomarla de la mano y con cuidado le extiendo los dedos. De inmediato, los cuela entre los míos.
—Bien. Y, oye —susurro—, no pasa nada. No estoy enfadado.
—¿No?
—No.
¿Cómo iba a estarlo? Sería hipócrita por mi parte enfadarme por algo que yo mismo he hecho. No estoy nada enfadado. Preocupado, sí. Enfadado, qué va.
Emily traga saliva y rectifica:
—Bueno, una vez no encontrábamos un condón y…
Gruño.
—Em.
—Has dicho que no estabas enfadado.
Ahora mismo me echaría a reír por lo rápido que ha recuperado su mal carácter. No sé si lo ha sacado de su madre o de mí, pero la idea de tener una versión diminuta de ella misma cocinándose en su interior me devuelve a la realidad.
—No lo estoy —digo tras un suspiro—. De verdad, peque.
—¿Y qué hago? —pregunta.
¿Qué hacemos? Unas pisadas lentas hacen crujir los escalones. Emily desvía la mirada hacia el pasillo. Quizá sea un huésped. O Lisa. Sé que lo que más desea Emily es guardárselo para sí.
Para ella y para Michelle.
Ha acudido a Michelle con este tema.
Confía en Michelle lo suficiente como para mantener esta conversación. Un pequeño fragmento de mi corazón roto se remienda ligeramente.
Un huésped gira la esquina, nos dedica un breve saludo, que conseguimos devolver los tres, y desaparece en la habitación del extremo opuesto del pasillo.
—¿Te has hecho una prueba? —le susurra Michelle sobre mi hombro.
Levanto el brazo por el marco para permitirle pasar y que se una a nuestro círculo.
Emily niega con la cabeza.
—No.
—Vale —anuncio con un hilo de voz mientras paseo la mirada de Emily a Michelle.
Las dos tienen la mandíbula apretada, como si estuvieran preparadas para luchar.
—Esto es lo que vamos a hacer. Voy a salir del pueblo para comprar la prueba de embarazo. Y, luego, la haremos, ¿vale? No hay razones para que estés asustada.
—No lo estoy —replica Emily.
Sin embargo, sus palabras contrastan con su respiración acelerada.
Parece que fue ayer cuando la sostuve entre mis brazos mientras intercalaba esos jadeos con un llanto ensordecedor.
Su llegada a este mundo fue una mezcla de patadas y chillidos.
Conozco a mi hija. No hace nada sin mostrar un poco de ferocidad.
Michelle da una palmada, como si fuera el final de la conversación.
—Muy bien, Em, ¿quieres ayudarme a preparar la habitación de invitados de la puerta de al lado?
En silencio, asiente al tiempo que otea el cuarto que hay detrás de Michelle.
—Puedo ayudarte también con este. No pretendía molestarte.
Michelle niega con la cabeza.
—Ya he terminado. No te preocupes.
Emily entorna los ojos.
—Pero has dicho… —Traga saliva. Quizá no haya atado cabos o no quiera hacerlo ahora mismo, pero asiente con firmeza una vez más.
Michelle pasa a mi lado, me coloca una mano tranquilizadora en la cintura y se dirige al armario que hay en el pasillo. Emily, sumida en una neblina distante, la sigue, aunque no antes de mirarme una última vez. Le dedico una sonrisa débil.
—Vuelvo enseguida —le aseguro.
Se le curvan los labios, pero la sonrisa no le llega a los ojos.
—Gracias, papá.
Michelle, Emily y yo estamos tumbados, codo con codo, en el colchón de la primera. Contemplo el techo de gotelé mientras el ventilador gira, provocando lentas ráfagas de viento. Si lo observo durante demasiado tiempo, parece pararse, como un vinilo roto.
—¿Han pasado ya diez minutos? —se impacienta mi hija.
Miro el reloj.
—Nos quedan siete más.
—¿Solo han pasado tres minutos?
—No, dos, pero no quería que te preocuparas.
Los tres inhalamos con fuerza y dejamos salir el aire lentamente. El silencio en la habitación me está cortocircuitando los nervios que se me acumulan en el corazón, cuyo latido noto incluso en los dedos.
Emily se humedece los labios.
—¿Qué pasa si estoy…? Ya sabéis.
Ni siquiera puede decirlo, «embarazada». Recuerdo que a Tracy le pasaba igual cuando me mostró el palito con las dos líneas rosadas. Los dos nos quedamos sin palabras. Estiro el brazo y lo coloco sobre la cabeza de Emily para acariciarle los mechones rubios.
—Lo estarás y punto —le aseguro—. No pasará nada.
—¿No te enfadarás?
Es la quincuagésima vez que me lo pregunta. Llegado este punto, solo puedo soltar una carcajada.
—Claro que no.
—¿Con Josh tampoco?
Exhalo con brusquedad. Josh, ese brazo de gitano, no es el peor de todos los que podría haber elegido. Estoy a punto de sonreír. No mucha gente puede lidiar con Emily, pero él sí.
—No —respondo—. No me enfadaré con Josh.
—¿Qué pasó cuando os enterasteis mamá y tú?
—Que sentimos miedo —confieso—. Pero no tardamos en alegrarnos porque te tuvimos a ti.
Gruñe.
—Papá, lo digo en serio.
—Y yo.
Michelle se remueve al otro lado de Emily y deja escapar un suspiro tembloroso. Me pregunto si ella también estará nerviosa.
—Michelle, ¿alguna vez has… pasado por esto? —pregunta Emily con cautela.
—No —responde esta, sincera. Luego, suelta una suave carcajada—. Era demasiado estirada en el instituto como para tener novio.
Mi hija escupe una risa breve y nerviosa.
—Sí, claro. Seguro que eras la caña.
—Para nada. Deberías haber visto mi vestido de graduación. Tenía demasiadas capas.
Las dos se ríen y yo también suelto una carcajada tardía.
—¿Fuiste a la graduación? —pregunta Emily—. Pensaba que habías dicho que no salías con nadie.
—Así era. Fui sola.
El corazón me da un vuelco. Me pregunto cómo sería Michelle en el instituto. Estoy seguro de que yo le hubiera pedido ir al baile.
Siempre me he planteado la posibilidad de que Emily pudiera quedarse embarazada. Me preocupaba menos el hecho en sí que la necesidad de crecer demasiado rápido. No es lo que quiero para ella. Es mi niña.
Cuando me habló de su primer novio, se me revolvió el estómago y no ha vuelto a su estado normal.
Siempre había supuesto que Tracy estaría a su otro lado, hablando con ella, compasiva.
En lugar de eso, ese puesto lo ocupa Michelle y la carcajada divertida que se le escapa a Emily por alguno de sus comentarios aplaca ese dolor en mi alma.
Cuando las risas desaparecen, Emily traga saliva de forma audible.
—¿Y si mamá se entera?
—Bueno —suspiro—, cuando se te empiece a notar, supongo que se lo imaginará.
Emily resopla, como si no hubiera barajado esa posibilidad.
—Se me había olvidado lo de la tripa.
—No te pasará nada.
Entonces, tras una pausa que dura demasiado, Emily susurra:
—¿Y si soy como mamá?
Es una frase que se me clava en las entrañas. Me tenso y suelto un suspiro. Largo. Firme. Con el único propósito de ocultar mi falta de palabras.
—Tu madre es una mujer maravillosa —digo.
—No le gusto.
—Te quiere —la corrijo.
—Nos abandonó.
—Pasó por esto hace dieciséis años —continúo, presionando un dedo contra el colchón—. Y sabía que te querría, por mucho que cambiara su vida. Te quiere como no puedes ni imaginarte. La realidad es compleja, Em. Tenía sueños y necesitaba perseguirlos, pero eso no quiere decir que te quiera menos.
Tracy es complicada. Imperfecta. Pero se pasó catorce años encantada con Emily.
La primera vez que cogió a Emily en sus brazos, la manera en la que la felicidad le iluminó la cara es un recuerdo que ojalá pudiera revivir infinitas veces.
Sería fácil culparla si no supiera lo mucho que adora a sus hijas.
Su marcha y nuestro divorcio era inevitable. Nos habíamos casado demasiado jóvenes, rodeados de elementos que escapaban de nuestro control. Era una época en la que casarte de penalti era lo habitual, no una excepción.
El colchón se agita cuando Michelle estira el brazo, encuentra mi mano y entrelaza su meñique con el mío. Tengo la teoría de que puede leerme la mente, y aún no ha demostrado lo contrario.
—Me pregunto si seré una mala madre —musita Emily.
—Imposible —aseguro.
—Michelle, tú tuviste mucha suerte con Birdie —comenta mi hija.
La aludida se queda callada. Ejerzo una ligera presión en su dedo con el mío.