Un otoño para ser feliz Capítulo 36. Cliff
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Capítulo 36. Cliff

CLIFF

Tras dos semanas, las chicas han acabado las clases para disfrutar de las vacaciones.

Cuando llego a casa de la pastelería cada tarde, hay peluches repartidos por todo el salón, la televisión está a todo volumen y las migas de cualquier aperitivo salpican la mesa de café. Aunque la casa siempre está vacía.

Dejo el monedero y las llaves y me dirijo a Bird & Breakfast, donde está la fiesta de verdad.

Brittany está sentada en la barra de desayuno con un libro navideño para colorear.

Lisa está frente a ella con sus propios rotuladores.

Rocket permanece tumbado en el suelo, a sus pies.

Cojo su correa y chasqueo la lengua. El hotel está a tope estos días y Michelle siempre se encuentra ocupada, por lo que imagino que hace horas que no le han dado un paseo.

Rocket trota hasta mí, alegre. Le rasco tras la oreja. Hace un mes, me habría puesto la otra mejilla, pero ahora se apoya en mis dedos.

Incluso, cuando digo: «Quieto», permanece inmóvil para que le enganche la correa. Tras un paseo gélido alrededor de la manzana, le doy una chuchería y empiezo a preparar una cafetera antes de buscar a mi chica atareada.

Paso bajo la colección de cartas navideñas de Thomas Kinkade que rodean el marco de la puerta de la cocina, recorro el pasillo y llego a su habitación.

Emily ojea la revista Seventeen en la cama, donde es evidente que no se encuentra Michelle.

Mi hija está tumbada boca abajo, moviendo los pies en el aire.

En la televisión se reproduce el vídeo musical de Tubthumping de Chumbawamba.

—¿Dónde está Michelle? —pregunto.

Emily se encoge de hombros y dice:

—Está arreglando una habitación, creo.

—Gracias. —Me giro para marcharme, pero cuando estoy en el umbral me detengo—. Espera, ¿dónde está Josh?

A Emily se le tensa la espalda y mueve las piernas con más fuerza.

—Trabajando.

—¿Y no estás sentada en su mostrador?

—No tenemos que estar todo el día juntos —replica.

Levanto las manos.

—Eso no es lo que decías hace dos meses, pero no es asunto mío. —Doy unos golpecitos en el marco de la puerta con los nudillos antes de echarle un último vistazo al televisor—. Pásatelo bien quemándote los ojos.

—Lo que tú digas.

Arqueo una ceja y me echo a reír.

—¿A qué viene esa actitud?

Emily lleva un tiempo de mal humor, sobre todo si se menciona a Josh. Empezaba a gustarme el chico. Me dio como regalo adelantado de Navidad un disco de Billy Joel, y los fans de Billy son mi debilidad.

—Nada —susurra. Luego, añade de manera casual—: Me va a bajar la regla, supongo.

—¿Necesitas algo? Puedo ir a comprar tampones.

Por alguna razón, eso parece hundirla aún más.

—No, gracias.

Emily no se suele avergonzar cuando habla de esas cosas conmigo, pero ha sido una época de muchos cambios, así que prefiero no preguntarle.

—Muy bien, peque. Bueno, alegra esa cara.

—Gracias, papá.

Cruzo el vestíbulo y subo por las escaleras hasta el segundo piso.

—¡Marco! —grito.

Oigo la carcajada ligera de Michelle en una habitación al final del pasillo. Sonrío y sigo el sonido hasta el último cuarto a la derecha. Está ante el armario, colgando un albornoz nuevo y alisando las arrugas con las manos. Doy unos golpes en la puerta.

—¿Marco? —pregunto de nuevo.

—Polo —contesta.

Entro y, tras cerrar la puerta a mis espaldas, cruzo el espacio entre nosotros y le rodeo la cintura con los brazos desde atrás y me hundo en la curva de su cuello.

Este es mi momento favorito de cada tarde.

La nueva capacidad de tocar a Michelle cada vez que quiera, siempre que estemos en privado, lejos de ojos curiosos, es mi nueva obsesión.

Le doy un beso tras otro en la nuca. Noto allí su pulso contra mis labios. Huele a ámbar y azúcar. Mis olores favoritos.

—Ey.

—Hola. —No puedo verle la cara, pero parece que está sonriendo.

Poso los labios tras su oreja y susurro:

—¿Qué tal el día?

—Ajetreado —responde con un jadeo.

—¿En qué sentido?

—Muchos registros. Me da la impresión de que los días se fusionan unos con otros. —Exhala y reajusta una percha que ya estaba perfecta antes de dejar caer las manos junto a los costados.

Parece agotada. No la culpo. No queda mucho para que vuelva a Seattle.

Cada día parece que es la arena de un reloj que se colara entre mis dedos y no pudiera recuperarla lo bastante rápido.

Después de Acción de Gracias, nuestra situación parece ir mejor y peor a la vez.

Mejor porque estamos juntos. Peor porque es imposible que salgamos ganando.

Éramos amigos, nos separamos hace un mes y ahora es la mujer de la que estoy enamorado.

La misma que está a punto de irse de Copper Run. Esto ya lo he vivido.

—Se fusionarán hasta que, de repente, te encuentres en tu nuevo y maravilloso puesto como ejecutiva.

Gira la cabeza para intentar mirarme.

—Me alegrará no tener que ocuparme de dos trabajos a la vez.

Suelto un bufido.

—No, no es verdad. Te encanta.

Se echa a reír y asiente para sí. Le beso el cuello.

—Eres una adicta al trabajo.

A decir verdad, me aterra lo que ocurrirá después de las vacaciones, cuando esta mujer se mude a la otra punta del país y vuelva a su antigua vida.

Pero no estoy aquí para empeorar una situación que ya es mala de por sí.

Michelle ha trabajado duro para estar donde está en Seattle.

Y yo solo soy un simple pastelero en un pueblo pequeño de Vermont.

Se gira entre mis brazos para rodearme el cuello con las manos. Abre la boca para decir algo y la vuelve a cerrar. Últimamente piensa más alto que nunca. Michelle sonríe, pero es un gesto más débil que el que desearía. Se siente mal por irse y no me gusta.

Le echo la barbilla hacia atrás y ella ladea la cabeza. En sus ojos hay una expresión desafiante, que le borro con un beso.

—Haremos que funcione, ¿vale?

—¿Cómo?

—Hum —reflexiono, atrayéndola hacia mí—. Bueno, eres una mujer maravillosa y terca, y yo, la clase de hombre que pagará una factura astronómica para hablar contigo. —Le sonrío—. ¿En qué puedo ayudar?

—¿Con qué?

—Con cualquier cosa. Lo que sea por quitarte parte del estrés.

Suelta un bufido.

—¿Un café?

—Ya se está preparando.

—Bueno…, no he llevado a Rocket a pasear.

—Acabo de hacerlo.

Levanta la cabeza y una suave sonrisa se le extiende por la cara.

—¿Has hecho todo eso?

Me encojo de hombros.

—Sí.

—¿Por qué eres tan exasperante?

—Voy a serte sincero, no era la reacción que esperaba.

Se muerde el labio inferior y niega con la cabeza.

—Lo eres. Eres… —Me da un ligero golpe con el puño en el pecho y suspira.

Le acaricio la espalda.

—Bueno, dado que ya soy exasperante, ¿puedo exasperarte de maneras más divertidas?

La pequeña arruga que le cruza la frente se relaja con lentitud y la ligera curva en las comisuras de la boca no tarda en aparecer. Reprime una carcajada.

—Eres tonto.

Me inclino hacia ella y entrelazo mis palabras con los delicados mechones de pelo que le caen sobre el rostro al susurrar:

—¿Quieres que te exaspere, Michelle?

—Cliff —me advierte, pero mi nombre se apaga.

Es como si se estuviera debatiendo, aunque sé que ya ha tomado una decisión. Noto la manera en la que se le acelera el corazón mientras me acaricia la nuca con los dedos.

Le coloco un mechón de pelo tras la oreja.

Luego le deslizo la mano por la espalda, sobre las costillas y la tela de su camisa.

El satén es fino. Cuando la recorro con el dorso de los dedos, se le endurecen los pezones.

Pellizco uno entre el índice y el anular.

Su mano serpentea por mi estómago hasta el bulto que se me marca en la entrepierna.

La beso tras la oreja y hundo la otra mano en su pelo a la vez que susurro:

—Eres preciosa.

Me roza a través de los vaqueros y suelto un jadeo suave. Me acaricia con movimientos lentos.

—Sigue hablando.

Es gracioso, siempre me ha gustado hablar en la cama. No puedo evitarlo, pero, para Michelle, es algo nuevo y es lo que desea. No voy a quejarme.

Le paso el pulgar por la mandíbula, entierro la nariz en su pelo y musito:

—¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que te toque aquí? —Deslizo la mano hasta los vaqueros, sacando el primer botón del ojal. Le bajo la cremallera y su siseo se convierte en un sonido brusco en el silencio de la habitación—. ¿Quieres que te pruebe aquí?

Delineo el dobladillo de su ropa interior con los dedos. La noto resbaladiza entre ellos y, de repente, estoy tan duro como una roca. Tras asentir contra mi hombro, baja la barbilla para posarla en el hueco de mi clavícula.

—Por favor —gime.

—Me encanta cuando me suplicas —gruño—. Me encanta…

Alguien llama a la puerta y los dos giramos la cabeza.

—¿Michelle? —Es Emily.

«Mierda». La erección se me baja al instante.

Michelle se sube la bragueta de los pantalones y se cierra el botón.

Arquea las cejas a modo de pregunta. Emily no puede saber que estoy aquí.

Hemos intentado que las chicas no sepan lo de nuestra relación, sobre todo mientras tratamos de entenderla nosotros mismos.

No merece la pena romperles también el corazón a ellas.

Miro a mi alrededor, pero Michelle me empuja contra la pared tras la puerta, lejos de la vista de mi hija. Me tapa la boca con la mano antes de que la puerta se abra lo justo para que pueda ver a Emily.

—Ey, lo siento. Estoy limpiando —dice Michelle—. Se ha ido un huésped y… Bueno, no quiero entrar en detalles.

—Aj —replica mi hija con desdén, y me la imagino arrugando la nariz—. ¿Algo asqueroso?

—Sí —responde Michelle, alargando la palabra.

Me giro bajo sus dedos para mirarla. Me gusta tener su mano sobre los labios. Los abro y le dibujo una pequeña línea con la lengua entre dos dedos. Me aprieta la boca con más fuerza.

—Tardaré unos diez minutos más o menos —expone Michelle.

Le mordisqueo el dedo con los dientes.

—Veinte —se corrige.

—Ah, vale. —Emily parece decepcionada.

Al instante, ese tono apagado y taciturno hace saltar todas mis alarmas como padre. Me tenso. Michelle también.

—¿Por qué? —pregunta esta última—. ¿Qué pasa?

—Quería hablar contigo de algo. Es importante.

El estómago me da un vuelco. Parece nerviosa. Tal vez incluso asustada. Intento captar su atención con pequeños gestos, pero, como es una mujer muy astuta, no me devuelve la mirada.

—Vale, bueno, oye, deja que recoja la habitación. Dame cinco minutos y hablamos.

—Pensaba que tardarías veinte.

—He calculado mal.

Incluso con el ceño fruncido, esbozo una suave sonrisa contra la mano de Michelle. ¿Por qué me parece tan normal que mi hija confíe en ella? ¿O que nos enrollemos en una de las habitaciones de los huéspedes?

Solo la idea de que se vaya consigue tensarme todas las terminaciones nerviosas. El corazón me va a un ritmo errático. Ojalá tuviéramos más tiempo. Ojalá pudiera quedarse. Ojalá no viviéramos en puntos opuestos del país ni tuviéramos vidas tan distintas.

Advierto que Emily no se ha ido. Se ha quedado de pie, en silencio, ante la puerta.

—En realidad, ¿podríamos… hablar ahora? —pregunta.

—Eh… —dice Michelle, quien arquea las cejas sorprendida—. La habitación está…

—Me da igual lo desordenada que esté —la interrumpe Emily—. Ahora mismo me encuentro muy nerviosa. No puedo seguir guardándomelo.

—Em…

La interrumpe de nuevo, esta vez con voz temblorosa:

—Por favor.

Michelle se queda sin palabras. Pero Emily llena el silencio.

—Creo que estoy embarazada.