Capítulo 35. Michelle #2
Llegado este punto, ¿quiero saber lo que escribió mi madre? ¿Importa? Este lugar está vivo y prospera y dejaré que pase a manos de mi hermana como estaba planeado. Se cumplirán los deseos de mi madre. ¿Qué más necesito saber de una carta que no estaba dirigida a mí?
El teléfono emite un brusco pitido que me saca de mis pensamientos. Lo cojo.
—Gracias por llamar a Bird & Breakfast. Al habla, Michellle. ¿En qué puedo ayudarle?
Se produce una pequeña pausa, seguida de un grito ahogado.
—¿Michelle?
—Hola, buenas. Sí, soy yo.
—Hola —dice la voz sin aliento—. Vaya, soy Cheryl, de la agencia de viajes Topsy’s.
Abro mucho los ojos y el corazón se me sube a la garganta.
—Ah, hola, Cheryl. Qué alegría saber de usted.
Topsy’s. Mi mejor cliente. El cliente que espero que Mark no haya echado a perder. Sus documentos han ocupado mis encimeras y despacho durante meses, pero aquí está, llamándome.
—Hola —repite Cheryl con un suspiro casi agotado—. Ay, por Dios, qué alegría haber encontrado este número.
—¿Qué tal está? —pregunto—. Espero que Mark la esté tratando bien.
—Eh… —Suelta una carcajada incómoda—. Bueno…
—No me está gustando lo que oigo —comento con una risa igual de nerviosa.
—En realidad, te estoy llamando por eso —comienza—. No… estamos muy satisfechos con tu compañía.
—Ah. —El estómago me da un vuelco y cae en la moqueta del hotel.
«Mierda, mierda. Maldita sea, Mark».
Sabía que ocurriría. Le dejé mi mejor cliente a don Hándicap Trece y se le da mejor hundir un negocio que guiar una pelota por un campo. Ahora me toca a mí limpiar su mierda.
—Me-me alegrará aclarar cualquier cosa que… —me apresuro a tartamudear.
—Bueno, en realidad, nos preguntábamos si te gustaría trabajar con nosotros. Vamos a crear un puesto interno de mánager de publicidad, si te interesa.
Si mi corazón no estuviera ya en el suelo, se habría hundido en él, dejando que se lo tragara como lava fundida. No puedo respirar. ¿Me quieren a mí?
—¿Michelle? —insiste con una carcajada.
—Lo siento. —Pestañeo y una risita está a punto de escapárseme—. Pero, Cheryl, ¿está intentando robarme?
Suelta otra carcajada, encantada.
—Si lo miras así, es gracioso —dice.
—Por supuesto —concuerdo. Jugueteo con el pendiente—. A ver, guau. Es… Bueno, me encantaría hablar sobre los detalles. Por favor, envíeme toda la información. Puedo darle el número de fax del hotel.
Doy golpecitos con el bolígrafo en un taco de folios en blanco mientras observo cómo la nieve cae en copos gruesos y esponjosos.
Un huésped baja las escaleras junto a su esposa.
Abre la puerta para que la mujer pase y los dos se despiden de mí, moviendo los guantes en el aire.
Una sonrisa se desliza con facilidad por mi cara cuando les devuelvo el gesto.
—Me alegra oír eso, Michelle. Bueno, oye, te enviaremos todo lo que tenemos y, si no es demasiado precipitado, nos encantaría que cogieras un avión y vinieras a una entrevista justo después de Navidad. Una formalidad, ya sabes.
El estómago se me revuelve y se me forma un nudo en él.
—Ah.
—No es ningún problema, ¿verdad? —pregunta.
Eso son cuatro días menos en Copper Run. Cuatro días sin Cliff. Pero es mi sueño…, ¿no? Empezar en un departamento nuevo de publicidad. Mi propio departamento.
—No —aclaro a toda prisa, negando con la cabeza para ahuyentar la niebla—. No, por Dios, no, no hay ningún problema.
—Genial. Bueno, entonces te enviaré un fax. Espera, ¿cuál es el número? Cuando me lo des, te mando la información. No es nada oficial, solo algunos detalles para que los estudies. También te dejaremos un número para la reserva interna. Ellos se ocuparán de sacarte el billete de avión.
—Gracias —digo.
—Sí. Y oye, bienvenida a bordo…, espero.
Ambas nos reímos, pero en cuanto cuelgo el teléfono me siento abrumada. Parece irreal. Sin embargo, algo (¡algo, algo!) me recorre la columna vertebral con una repentina descarga de inquietud. Es perfecto. Entonces ¿por qué no me siento tan bien como debería?
Me llevo una mano al estómago revuelto. Es bueno. Es genial. Es…
Coloco el resto de los documentos en el escritorio, cojo el bolso de mi madre del gancho y me dirijo a la casa de Cliff. El frío en el exterior me penetra en los huesos y el viento sisea junto a mis mejillas con demasiada fuerza, así que cruzo la puerta trasera de la casa de Cliff a toda prisa.
Las botas y las chaquetas están apiladas junto a la mesa de la cocina sobre unas toallas empapadas.
El ambiente es cálido gracias al horno. La cocina está cubierta del olor a mantequilla derretida y mermelada.
En los fuegos, una especie de compota de frutos del bosque borbotea.
Las niñas se ríen en el salón. La melodía de inicio de Rugrats, aventuras en pañales flota desde el televisor.
Rocket entra en la cocina moviendo el rabo, a la vez que deja caer la lengua entre los dientes.
Cliff aparece por la esquina detrás del perro, riéndose con una de sus maravillosas carcajadas, antes de abrir las piernas para pasar sobre él. Ya se ha quitado el cortavientos y lleva un jersey blanco de punto. En cuanto me ve, frunce el ceño.
—¿Va todo bien?
No sé qué responder. No hay una forma fácil de decirlo.
—Sí —respondo, jadeante—. He… He recibido una llamada de la agencia de viajes. Nuestro mejor cliente, ¿sabes?
—Ah —dice. Entonces, como si lo estuviera asimilando, repite—: ¡Ah!
—Quieren… que me vaya con ellos. Me han ofrecido un trabajo. Allí. Levantar su departamento de publicidad desde cero.
—¡¡¡Ah!!!
Las cejas le suben hasta la raíz del pelo y sonríe de oreja a oreja. Se acerca a mí, me estrecha contra su pecho y me acaricia el pelo. Me besa en la frente y, mientras dura, cierro los ojos antes de que se retire y se aparte para mirarme a los ojos.
—Es genial. Enhorabuena.
Es muy comprensivo. Y se alegra por mí. Trago saliva, a la vez que hundo la nariz en su cuello. Me abraza con más fuerza.
—Es genial —repite—. Te mereces cada ápice de éxito que consigas.
Dejo que Cliff se muestre optimista. Que sea feliz, que se emocione por los dos…, porque ahora mismo yo no sé cómo sentirme.