Capítulo 35. Michelle
MICHELLE
—¿A qué viene lo del traje de Santa Claus sin Santa Claus? —pregunto.
Estamos de pie en la acera, observando el jardín temático e invernal de Winston, donde cada centímetro de hierba cubierto de blanco está ocupado por un bastón de caramelo, un muñeco de nieve o un reno iluminado. El traje rojo y holgado cuelga del tejado.
—Según la leyenda, desapareció por arte de magia cuando lo vio un niño —me explica Cliff.
—¿Y se dejó la ropa?
—Sí —contesta, ladeando la cabeza con curiosidad—. El Santa de Winston es un poco raro.
Inclino también la cabeza hacia un lado antes de contemplar a Cliff. Me sonríe, estira la mano y me quita la nieve del pelo. Aunque la electricidad estática de su guante solo consigue abrirme aún más los mechones. Le dedico una sonrisa tensa. Suelta una carcajada, derrotado.
—Ay, cállate —musita.
—No he dicho nada.
—No tenías que hacerlo —me provoca.
Luego, baja el brazo para rozarme la manga con los dedos.
Me presiono contra ellos, alargando más de lo normal el contacto.
Llevamos una semana así. Cogiéndonos de la mano.
Dedicándonos caricias robadas. Intercambiando risas y sonriendo constantemente.
Si lo pienso durante demasiado tiempo, el nerviosismo se me instala en la garganta. Parece muy real. Demasiado.
Con Allen, la relación se basaba en conversaciones serias y trabajo.
Creo que ansiaba la sensación adulta de sentirme querida y respetada.
Pero, con Cliff, es… fácil. Hay respeto, respaldado por adoración.
Las camisas de franela han reemplazado a los trajes de ejecutivo.
Ya no hay fiestas elegantes, sino momentos divertidos en la nieve.
—¿Vais a venir? —nos pregunta Emily.
Con los ojos entornados, está de pie en la acera de enfrente, encorvada, con los guantes metidos en los bolsillos de la chaqueta vaquera, como si así pudiera ahuyentar los copos de nieve, al parecer lo bastante contrariada.
Por otra parte, Josh empuja una bola de nieve por el suelo y le dedica una sonrisa radiante.
—Oye, Em, mira, ¡un muñeco de nieve!
Brittany y Rocket, reconciliados tras Acción de Gracias con una risa y un ladrido, respectivamente, corren por el patio de Luke, dejando huellas en la nieve recién caída mientras el chico los persigue.
—¡Empecemos una guerra de bolas! —grita, amontonando la nieve con los guantes para dirigirla hacia Brittany.
Cliff y yo intercambiamos una mirada.
—No, vámonos dentro —comenta Cliff—. Tengo que hacer brownies de menta.
—¡Sí! —exclama Emily, agitando un puño en el aire en señal de victoria y tirando del abrigo de Josh para incorporarlo—. Hace una eternidad que no como uno de esos.
—Vale, vale —dice su padre, cruzando la carretera. La estrecha en un abrazo lateral contra el que se rebela—. Deja de gritar. Alguien podría pensar que no te alimento o algo así.
—¿Lo haces? —se burla Emily.
Cliff pone los ojos en blanco y sonríe.
—No tiene gracia.
Camino por la nieve detrás de él. Las máquinas quitanieves aún no han pasado, por lo que esta se amontona en las calles.
No estoy acostumbrada a ver una nevada de este estilo.
En Seattle, las máquinas quitanieves están en la carretera antes incluso de que la meteoróloga diga que va a nevar.
Sin embargo, aquí tiene tiempo de asentarse.
Hace que parezca que es invierno de verdad.
Rocket pasa corriendo a mi lado y esconde el hocico en un montón de nieve, lo que le provoca un ataque de risa a Brittany. El animal levanta la cabeza, creando una explosión de copos.
«Shelly, esto es una maravilla».
—¿Cenamos? —se impacienta Emily, quien ya va por mitad de la calle de la mano de Josh.
—Voy corriendo —respondo.
—Todavía no —dice Cliff, musitando la insinuación entre dientes.
Me giro y lo descubro con una sonrisa torcida y las cejas arqueadas, travieso. La amistad con Cliff Burke era divertida. La amistad con derecho a roce, más todavía.
A Allen le gustaban las luces apagadas y el silencio. A Cliff le gusta hablar. Le gusta alabarme. Le gusta pasar los ojos por mi cuerpo bajo la luz tenue de las lámparas y recorrerme cada centímetro de piel con las manos. Le gusta flirtear.
Avanzamos por la calle y nos separamos de las niñas en el camino de acceso de Bird & Breakfast. Emily, Brittany y Rocket se cuelan entre los arbustos hacia su casa mientras Cliff me acompaña hasta la puerta trasera del hotel.
Cuando las niñas terminan de quitarse la nieve de las botas y desaparecen en el interior, se apresura a empujarme hacia atrás hasta que me quedo atrapada entre sus manos y la pared del bed and breakfast . Se inclina para darme un beso lento.
Ya me he acostumbrado a sus labios, a esa manera tan delicada con la que envuelven los míos, a la forma en la que cuela los dedos por mi pelo.
Antes pensaba que a Cliff le gustaba tocar a los demás, pero ahora siento que no se cansa de mí, como si fuera un hombre hambriento y por fin pudiera darse un festín.
Aún no se lo hemos dicho a las chicas. Acordamos que sería demasiado difícil de explicar porque ni siquiera entendemos la situación nosotros mismos. Seguiré aquí hasta después de Navidad. Luego…, bueno…
Mi tendencia natural es tener un plan, pero Cliff dice que ya elaboraremos uno cuando crucemos ese puente.
Suelo rebatirle al respecto, pero la alternativa es enfrentarme a lo inevitable.
El viaje solitario en avión lejos de Vermont.
Por eso, de momento, estoy disfrutando de este roce de guantes que me recorre la cadera mientras trato de ignorar mis pensamientos.
—Guárdame algunos brownies —le digo contra sus labios—. O un poco de tarta, si tienes.
Suelta un «ajá» antes de besarme de nuevo y musitar:
—Te prepararé lo que quieras.
Me echo a reír, le doy un último beso y me separo.
—¿Qué ha pasado con tus manías raras de pastelero? ¿Lo de mirarme mientras como?
—Ah, ya lo he resuelto.
—¿Sí? ¿Ya no me vas a hacerlo?
Se echa a reír, se inclina para morderme el lóbulo de la oreja y me presiona la mano enguantada contra la pelvis.
—Prefiero mirarte mientras te como.
No puedo evitar tartamudear, a la vez que burbujea por mi interior una carcajada:
—Cliff…
—¿Eso es un «sí»?
Lo empujo con delicadeza y lo señalo con un dedo acusatorio.
—Tranquilo, chaval. Me pasaré a las diez. Quiero terminar rápidamente algunos documentos del trabajo.
Me rodea la cintura con el guante para acariciarme la nalga.
—Muy bien —cede—. Céntrate en tu trabajo antes de que te haga cosas indescriptibles en la nieve.
El corazón se me acelera ante la idea, pero me obligo a girarme y marcharme. Cuando lo hago, me toma del hueco del codo y tira de mí hasta que acabo contra su pecho y me vuelve a besar. Se lo permito durante un momento, pero no tardo en apartarlo.
—¿Qué ha pasado con lo de centrarme en mi trabajo? —lo provoco.
Se encoge de hombros.
—Esos vaqueros te quedan demasiado bien. Soy un hombre sencillo.
Niego con la cabeza entre carcajadas, una risa que me resulta muy natural, y por fin abro la puerta trasera.
La nieve cruje bajo sus botas y, antes de que la puerta se cierre, miro a mis espaldas.
Él se gira a la vez y una corriente eléctrica de emoción me recorre el cuerpo.
Reprimo una carcajada y cierro la puerta trasera.
Al volver a la recepción, repaso las reservas recientes.
Estos últimos días han sido ajetreados. De hecho, tenemos lista de espera, lo que, según mi padre, no ha ocurrido nunca.
Me dijo por teléfono que, aunque mi madre tenía dominada la parte de la hospitalidad, nunca llegaron a entender el tema de la publicidad.
Dependían del boca a boca. Esa ha sido mi aportación a Bird & Breakfast.
Los anuncios en el periódico funcionan, sí.
Y también está internet, un nuevo salvaje Oeste para la búsqueda de publicidad que estoy entendiendo cada vez más a medida que pasan los días.
Sin embargo, la mayor ventaja ha sido mi contacto con una pequeña revista de viajes del nordeste.
Por al-guna razón, nos han dedicado un artículo en diciembre, un párrafo breve sobre los pequeños y agradables pueblos de Vermont.
Sin embargo, a veces los detalles diminutos son los que mayor impacto tienen.
El teléfono no ha dejado de sonar desde entonces.
Es un buen momento para Bird & Breakfast. Gracias a mí.
Esperaba que alguien de mi compañía llamara para felicitarme, pero están al oeste. Imagino que no habrán visto el artículo. O quizá no me habrían llamado, aunque lo hubieran leído. Es raro, pero no me importa.
La gente entra y sale del bed and breakfast durante los siguientes minutos. Se convierte en una puerta giratoria de huéspedes del hotel y residentes de Copper Run. Dado que fuera ha nevado, la gente va andando, en lugar de coger el coche. Juegan, en vez de trabajar.
Lisa se asoma al pasar por delante para saludarme. Le ofrezco un vaso de café para llevar y un periódico antes de que vuelva a salir.
Sandra me entrega un nuevo ramo de flores para la mesa del recibidor. Me dice que se ha dado cuenta de que se estaban marchitando de camino al trabajo. Cuando rebusco en el bolsillo para pagar por sus servicios, desestima el gesto con la mano.
—Invita la casa, Michelle.
La huésped en el saliente de la ventana ojea un periódico local de Copper Run.
En la cubierta están los ganadores del sorteo de Acción de Gracias, un anuncio para el Festival de Nieve y Copas a mediados de mes y el informe meteorológico, que nos indica que se espera más nieve para la semana que viene.
Clasifico la pequeña pila de cartas en la esquina del escritorio, pero las direcciones se funden entre sí. Ya no van dirigidas a Birdie, sino a mí. Son tarjetas navideñas de huéspedes que deslizo entre el archivador negro de mi madre y el registro de reservas.
Hace semanas que no reviso sus apuntes. No he tenido que hacerlo porque este sitio se gestiona como una máquina bien engrasada. Y hay algo en concreto que no he leído aún.
«Querida Sara».