Un otoño para ser feliz Capítulo 33. Michelle
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Capítulo 33. Michelle

MICHELLE

No llamo a la puerta. Hace más de un mes que no he llamado a la puerta trasera de Cliff y no voy a empezar a hacerlo ahora.

No está en la cocina, por lo que cruzo el comedor y me adentro en el salón a oscuras, donde una tenue lámpara ilumina el libro que Cliff está leyendo en el sofá. Se gira y abre los ojos como platos al percatarse de mi presencia.

Me quedo ahí de pie, como una estatua. El aire silba a través de los conductos de ventilación y la casa emite un suave quejido. El sofá gime cuando se inclina hacia delante para dejar el libro en la mesa de café.

Mira el reloj. Ese precioso reloj de cuero en una muñeca tan bonita que me molesta.

—¿Qué haces aquí, Michelle?

—Hablar contigo. Como solemos hacer. Como amigos.

Pestañea.

—Vale, ¿de qué vamos a hablar?

—Estoy enfadada. —Cierro los ojos—. Muy enfadada.

Echa la cabeza hacia atrás.

—¿Enfadada?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque eres frustrante.

Cuando frunce el ceño, la culpa me inunda el cuerpo.

—No me mires así.

Suelta una carcajada de incredulidad.

—La última vez que lo comprobé, eras tú la que estaba ahí, buscando pelea.

Cierro los ojos con fuerza.

—No lo haría si no fueras tan exasperante.

—No dejas de decir eso, pero no te explicas —contesta con la mandíbula tensa.

—Y ahora estás enfadado conmigo.

Cliff se levanta despacio del sofá, se pasa la lengua por los dientes y mueve la cabeza de un lado a otro.

—Sí —me confirma, pestañeando mientras trata de aclararse las ideas, como si intentara entender su posición en esta nueva discusión—. Supongo que sí.

—¿Por qué?

—¿Qué quieres decir con «¿Por qué?»?

—Estoy enfadada contigo. ¿Por qué estás tú enfadado conmigo?

Se golpea los muslos con las manos y desvía los ojos hacia un lado, hacia el vacío que hay en la pared, antes de volver a centrarlos en mí. Son como dos puntas afiladas dirigidas en mi dirección.

—Porque has llegado aquí sin saludar siquiera, sin un programa, solo para hablar de mis defectos. —Suelta otra carcajada.

—Bueno… —Me humedezco los labios—. Eres exasperante.

—Sé que soy un tío molesto. ¿Crees que no lo sé? —Ahora es él quien se está frustrando—. Me lo dijeron durante catorce años. Y, ¿sabes qué?, no creo que vaya a cambiar.

«No quiero que lo hagas».

Cruzo los brazos sobre el pecho y entorna los ojos para mirarme.

—No dices nada. ¿En qué estás pensando?

—¿Por qué tuviste una cita con Sara?

Se queda boquiabierto antes de pasar la lengua por el interior de la mejilla.

—No lo sé.

—No tenías por qué hacerlo.

Hace una pausa. Luego, contesta jadeante:

—¿Perdona?

—No me gustó.

—Has… Pero… Dios, bueno, ¿sabes qué? A mí tampoco me gustó. Fue una mierda.

—¿Una mierda?

—Sí, Michelle, una mierda. Me sentí como el culo.

—Dijiste que necesitabas volver al mercado.

—No —contraataca, señalándome con un dedo—. Tú lo dijiste.

Aprieto los dientes.

—Pero estabas de acuerdo.

Pestañea repetidas veces. Abre la boca y la cierra de golpe. Su frustración está llegando ahora a su punto álgido. Está añadiendo leña a mi fuego y tiemblo de energía. Quiero alzar la voz. Pelearme con él. Me inundan tantas emociones que hiervo por dentro.

—¿En serio? —Una sonrisa arrogante se le extiende por la cara—.

¿Qué? ¿Vamos a discutir? ¿Sabes que eso es imposible?

Es imposible ahora y ni siquiera sé sobre qué nos estamos peleando.

—Exhala y pone las manos en alto, como si tratara de calmarse—.

No debería haber dicho que sí. Fue culpa mía, no tuya.

«No —pienso—. Es mía, el problema soy yo».

No dejo de darle vueltas al tema. Fui responsable de lo que ocurrió. Nos iba bien hasta ese momento. Él estaba bien hasta que aparecí en su vida.

Cliff se pellizca el puente de la nariz y cierra los ojos.

—Por Dios, deja de pensar durante medio segundo, Michelle. Nunca sé…

—No tienes por qué. No os debo nada ni a ti ni a nadie.

Centra la mirada en mí y se queda sin palabras durante un segundo.

—Bien.

—Bien —repito.

No me muevo. No quiero que se acabe. Ni mucho menos.

—Entonces ¿ahora qué hacemos? —pregunto.

—¿Qué quieres hacer? —replica.

—No… —digo, alargando la sílaba—. No, deja de ser tan servicial y preguntarme qué quiero. Eres tan…

—¿Que soy…?

—Siempre eres…

—¿Alguna vez has…?

—¡Esto es muy complicado! —Alzo la voz sobre esta estúpida discusión que he creado de la nada—. Quiero que seas feliz y…

—¿Alguna vez has pensado que quizá quiera ser feliz contigo? —expone, en apenas un susurro.

Me tenso y cojo aire, temblorosa.

—No lo dices en serio.

—Desearía que así fuera.

—Pero dijiste…

—Digo tantas cosas que la mitad de las veces no sé lo que sale de mi boca —replica—. Pero es cierto, me haces feliz. Ale, ya está, ya lo he dicho. Me encuentro atrapado en mi propia cabeza con pensamientos sobre ti de los que no me puedo deshacer. ¿Qué quieres que haga, eh? ¿Qué hago?

De repente, nuestra discusión se torna real. Lo he presionado demasiado. Exhala con lentitud y deja caer las manos junto a los costados, derrotado.

—Vamos, Michelle. Habla conmigo. Por favor. —Parece desesperado.

Ladea la cabeza. Arquea las cejas. Es demasiado abrumador. Le he hecho mucho daño. Me merezco estar sola. Me doy media vuelta para marcharme. Sin embargo, me quedo paralizada antes de girarme cuando Cliff, con sus palabras convertidas en un trueno severo, dice:

—Ni se te ocurra marcharte. No voy a permitirte huir de esta conversación así. Hablemos del tema. Deja de darle vueltas a lo que tienes que decir y dilo de una vez. —Está tratando de mantenerse sereno, pero el rubor en las mejillas le traiciona.

—Estoy harta.

Centra sus ojos azules en los míos. Si fuera lo bastante ingenua, pensaría que ha olvidado dónde está.

—Estás harta —repite.

—Sí.

Niega con la cabeza. Comienzo a girarme de nuevo, pero lo siguiente que sale de su boca, con un tono demasiado casual, me atraviesa el alma.

—No, estás asustada.

—¿Asustada? —pregunto con una carcajada irónica—. ¿Por qué?

—La estás tomando conmigo porque estás asustada. Por eso has venido hasta aquí. Te asusta ser feliz durante un segundo. —Inhala, traga saliva y me dedica una mirada fulminante—. Y quizá también te asuste… volver a enamorarte.

—¿Enamorarme? —replico con los ojos como platos, el corazón se me acelera. Porque quizá lo sepa. Debe de saberlo. ¿Y ahora qué hago? Si se ha enterado, ¿qué va a ocurrir?—. Habla por ti.

—¿Qué?

—Tú, don Copper Run, con tu encanto incesante y tus ganas altruistas de ayudar en todos los eventos del pueblo, cocinando estúpidos pavos perfectos, quieres ser el padre que puede con todo, pero tienes miedo.

—Michelle…

Es una advertencia que no acato. Camino hacia él.

—Mírate, solo eres un pastelero inocente que ofrece ayuda a la nueva casera que vive al lado…

Aprieta los dientes.

—¿Qué haces?

—Un tipo cualquiera la invita a cenar su primer día en el pueblo y la obliga a pasar tiempo con él… Y… Y luego… Crees que eres gracioso, pero… —Las palabras se me bloquean en la garganta—. No lo entiendes.

—¡Michelle!

—A veces, eres tan exasperante que me vuelves loca. No puedo creer que haya venido hasta aquí para decirte que quizá ni siquiera me gustas tanto.

Nos sumimos en el silencio. Un silencio inquietante. El reloj emite su tictac desde la pared. Se oye el zumbido de la nevera en la cocina. La casa se asienta a nuestro alrededor.

—¿Qué cojones? —susurra al final, pestañeando ante las últimas palabras de mi arrebato.

Me mira como si estuviera rozando la locura. Tengo los puños apretados y me arden los ojos. Es más, noto cómo me empieza a temblar la barbilla.

—Dime la verdad, Cliff —musito—. Soy un desastre. Merezco estar sola.

—No voy a decirte…

—Dime que merezco estar sola —insisto. Mi voz, más alta de lo que pretendía, rebota entre las paredes de esta casa tan serena repleta de fotos de sus hijas, del pueblo y todo lo que no debería estar mancillando con mis palabras—. Sé que lo piensas. Sé que lleva semanas pasándote por la mente. Sé…

Forma un puño con la mano.

—¡Deja de decir eso!

—Pero es verdad.

—No. —Aprieta los dientes—. No lo es.

—No me mientas.

—No lo hago.

—Dime que merezco…

—¡Muy bien! ¿Quieres que lo haga? —Da un par de zancadas rápidas hacia mí.

Retrocedo un paso con el corazón acelerado.

—¿De verdad quieres que lo haga, Michelle?

El frío se cuela en la estancia. Mis gritos, que hace un segundo impregnaban el aire, se pierden debido a su cercanía. A la intensidad de su mirada. A la manera en la que flexiona los dedos a su lado.

—Sí —le pido, jadeante.

Está muy cerca. Su pecho casi roza el mío.

—Por favor.

Aprieta los dientes.

—¿En serio?

—Sí —repito, aunque ahora es un gemido de desesperación. Me tiembla todo el cuerpo.

Lo quiero. Lo quiero mucho.

Cliff da otro paso al frente. Contengo el aliento. Exhala con brusquedad por la nariz. Despacio, aprieta la mandíbula, me delinea los labios con el pulgar y gruñe:

—Por Dios, eres muy cabezota.

Entonces, presiona los labios contra los míos. Duele, pero me lo merezco. Me hace daño, como necesito. Y me derrito contra él tan rápido que ninguno tiene tiempo de respirar.

Nuestras bocas se funden en besos embriagadores y apresurados.

Me aferro a la tela de su jersey, apretando el puño con fuerza y tirando de él para acercarlo más.

Me empuja contra la pared y me coloca una mano en la cabeza para evitar que me golpee con un marco antes de entrelazar mis mechones con sus dedos, hacerme una maraña con ellos sobre la oreja y colocarme la palma en la sien.

Intento recuperar el aliento, pero apenas se cuela el aire entre nuestros labios mientras yo lo empujo y él tira de mí, como si nos estuviéramos peleando por algo. Entonces, por fin habla contra mis labios:

—Nunca diría que te mereces estar sola porque no es cierto. Y no quiero volver a oírte decir algo así.

Se me escapa un gemido que atrapa con su boca al tiempo que me pongo de puntillas para fusionar los dedos con su pelo y devorarle los labios con mayor fuerza e intensidad.

—¿Me oyes? —Otro beso amortiguado—. Nunca. —Me pega todavía más a la pared, presionando la cadera contra la mía tras cogerme de la cintura. Sus besos son tan abrasadores que quizá me provoquen un moratón.

De repente, se aparta. Ambos jadeamos, nuestro pecho sube y baja, desesperado por recuperar el aliento o el uno al otro, no lo tengo claro. Nuestros ojos se buscan. Huelo su perfume, el del Cliff que se esconde tras la máscara que le muestra al mundo. Mi Cliff. Todo para mí.

Apoya la frente en la mía y me mira a los ojos, a la vez que dice:

—Dios, me gustas mucho. Me gustas cuando te enfadas.

Me gustas cuando se te ocurren mil razones para odiarme.

—Inclina la cabeza hacia un lado—. Cuando irrumpes en mi casa para contármelas.

Incluso cuando te colocas una coraza tan compacta que ni siquiera Dios podría atravesarla.

—Me atrapa la barbilla con el pulgar y el índice mientras sus ojos me mantienen inmóvil, muy abiertos, llenos de asombro, capaces de captar lo que encierro en mi interior, como siempre.

Abro la boca para hablar, para responder «Te quiero. Tú sí eres capaz de deshacerte de mi coraza». Pero, entonces, Cliff me acaricia el labio inferior con el pulgar y añade:

—Me gustas porque eres Michelle. Y con eso me basta.