Un otoño para ser feliz Capítulo 32. Michelle
73%

Capítulo 32. Michelle

MICHELLE

Normalmente me gusta Acción de Gracias. Normalmente.

—Eres el Grinch —se queja Sara, moviendo un trozo ondulante de jamón ante mi cara.

Lo aparto.

—Al Grinch no le gusta la Navidad, Sara. Te estás confundiendo de fiesta.

Mi padre se echa a reír en una esquina de la cocina, donde está mezclando la salsa para la carne.

—Seguro que a él le encanta Acción de Gracias porque no es Navidad.

—O… —propone Sara, agitando de nuevo el trozo de jamón en el aire sobre Rocket, quien salta para devorarlo—. Odia Acción de Gracias porque es el último festivo antes de Navidad. Sabe lo que le espera. Es como el día antes de empezar las clases. A nadie le gusta ese día.

Mi padre y yo intercambiamos una mirada y nos encogemos de hombros.

—Bien visto, cariño —le concede con una tenue son-risa.

No me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos estas conversaciones con mi familia. Han pasado años desde la última vez que estuvimos tanto tiempo juntos. Siempre visitábamos a la familia de Allen durante las vacaciones.

Acción de Gracias era la festividad favorita de mi madre.

Compraba platos con un patrón de pavos y gruesas servilletas de algodón con pequeñas hojas otoñales.

En el centro de la mesa del comedor solía poner un enorme bol a rebosar de fruta.

Y siempre se le quemaba el pavo. Yo intenté hacerlo muchas veces.

Horas y horas. Años y años. Pero, en cierto momento, me pareció una tradición bonita comernos un pavo terrible.

Cuando me casé, mis tradiciones con Allen desembocaron en un tranquilo Acción de Gracias.

Platos con pulcras guarniciones en lugar de una grasienta mantequilla.

Discusiones formales sobre política y ningún postre.

Ahora me siento como si hubiera vuelto a mi infancia, como si los últimos cinco años no hubieran existido.

Sara tampoco estuvo aquí el año pasado. No podía permitirse el billete de avión para cruzar el país. Ahora desearía que todos lo hubiésemos celebrado juntos. Mi padre vuelve a sonreír. Me pregunto si le hará sentirse agradecido tener cerca a sus hijas. Este año todo es distinto, y a la vez no.

—Tiene muy buena pinta —comenta Sara tras introducir un dedo en la salsa.

En ese momento, Lisa irrumpe en la cocina y la aparta. Sara, mi padre y yo no somos buenos cocineros. Sin embargo, Lisa está dirigiendo Acción de Gracias casi tan bien como algunos jefes de proyecto de mi compañía. Deberían plantearse contratarla.

—No toques nada, querida —escupe.

George asoma la cabeza y le dedica una mirada a mi padre con la ceja arqueada. Este último se tensa, pero asiente cómplice.

—¿En qué podemos ayudar? —dice.

«Qué listo mi padre».

—Lars trae los huevos rellenos. —Lisa se encamina hacia el horno, de donde saca una cacerola con judías verdes—. Carol se encarga de la ensalada de patata. Y las niñas… Bueno, Emily hace la receta del brownie en taza que Cliff odia —comenta con una carcajada.

«Cliff».

Cada vez que paso por la puerta trasera me tiemblan las manos. Sé que entrará en cualquier momento y, después de anoche, estoy más en tensión de lo normal. No puedo soportar pasar otra noche en su casa.

Incluso, a pesar de no conocer a Emily y Brittany desde hace mucho, me resulta extraño que las niñas no estén aquí por Acción de Gracias.

Solo han pasado veinticuatro horas desde la última vez que una de ellas cruzó la cocina y me robó un plátano y una taza de café, pero ya echo de menos el sonido de los pequeños zapatos o el golpeteo de los cordones de las deportivas.

—¿Quién trae el pavo quemado? —pregunta Sara con una sonrisa burlona.

—¿Quemado? No, por Dios. Cliff se encarga del pavo —contesta Lisa—. El año pasado hizo el mejor pavo que he comido en la vida. Incluso a tu madre no le importó sacrificar su tradición.

Mención especial a Cliff por haber conquistado el plato más difícil de preparar del menú. Y a mi madre por aceptarlo.

Llevo lo que falta de la vajilla al comedor.

Nos hemos instalado en la mesa de la sección central para tener más espacio.

Dado que se van a unir los huéspedes del hotel y muchos habitantes de Copper Run, necesitaremos todo el espacio posible.

La casa ya está abarrotada, volviéndose sofocante, pero la televisión y el desfile de Acción de Gracias de Macy’s parecen ser suficiente distracción como para que a nadie le importe.

—Ay, madre mía, ¿esos son los Backstreet Boys? —pregunta Sara, quien se acerca a la mesa de café y pulsa un botón del mando a distancia.

El volumen aumenta mientras suena la canción de la banda. Sonrío para mí. En Nueva York hace viento, más del habitual, y todos van envueltos en abrigos y gorros. Pero sé que Brittany estará saltando de alegría por verlos.

—Oye, mirad ese pavo.

Me giro ante las palabras llenas de admiración de George. Tiene los brazos extendidos, a la vez que se acerca al umbral del comedor. En la puerta, con una bandeja cubierta de papel de plata, está Cliff.

Sin duda, es él. Con la mandíbula recién afeitada y el pelo un poco revuelto, con mechones que le caen sobre la frente, incapaces de ocultar del todo las vetas grisáceas que le cubren la sien.

Lleva una gruesa chaqueta sobre un jersey amarillo y naranja y esa sonrisa tan familiar que le curva un lado de la boca.

Lisa le arrebata el pavo de las manos y yo observo cómo se quita el abrigo.

El jersey se le asienta a la perfección sobre los anchos hombros.

Se lo remanga y sus antebrazos fuertes, cubiertos de venas, acaban en una muñeca decorada por un reloj y dedos largos con desvaídas cicatrices en el dorso por las quemaduras.

Por fin, vuelvo a subir la mirada y me encuentro con sus ojos azules. Mis pies no responden y el corazón se me acelera.

—Hola, Michelle —saluda. Su tono es tenso. Desconocido. Su sonrisa forzada, incluso peor.

—¿Qué tal están las niñas?

—Me han llamado esta mañana. Brittany estaba muy emocionada por ir al desfile. —Cliff interrumpe nuestro contacto visual para centrar los ojos en el televisor. Le desaparece la sonrisa.

La gente sigue llegando hasta que, al final, Cliff está de pie en una esquina con Lars, con las manos en los bolsillos, mientras hablan sobre alguna noticia o, quizá, el desfile. Me siento pequeña, insignificante, al estar tan lejos de él.

Lisa da una palmada.

—¿Estáis todos listos?

Se produce un murmullo, acompañado de asentimientos, y varias palmadas adicionales.

—Shells, ¿te importaría apagar la tele? —me pide mi padre.

Obedezco, pero no paso por alto cómo se le entristece el rostro a Cliff cuando presiono el botón correspondiente.

Me pregunto si esperaba ver a sus hijas.

Estoy a punto de encenderla de nuevo, pero Sara se hace con el mando y me empuja hacia la mesa.

Retira una silla y me sienta al lado de Cliff, quien me mira de soslayo con una sonrisa irónica antes de removerse en la silla, incómodo.

—Hola —susurro.

—Hola. —Me sonríe, pero el gesto no le llega a los ojos. Ni siquiera se le marcan las arrugas. Sus palabras son cordiales. Agradables.

Nos centramos en la comida mientras las guarniciones recorren la mesa, regados por la conversación, aunque Cliff y yo no intercambiamos ni una palabra.

Permanezco en silencio. Cuando estoy rodeada por una multitud, siempre me quedo más callada, pero observo cómo Cliff abre de manera impecable debates sobre deportes o libros. Ojalá fuera la mitad de agradable que él.

Contemplo sus labios mientras los presiona contra el vaso de agua. Admiro cómo se le mueve la nuez por la garganta al tragar. Se ríe por algo y su sonrisa casual deja entrever un ápice de sus dientes blancos.

Inhalo y exhalo.

—¿Alguna vez has estado en el desfile, Shelly?

Alzo la mirada. Es Lars. La mitad de la mesa me mira. El calor me asciende por el pecho hasta la garganta. Es imposible que mi rostro no se haya teñido de carmesí. Mi padre tiene el tenedor en el aire, de camino a la boca.

—Ah —respondo—. No, vivo en Seattle, no en Nueva York.

—¿Tienes ganas de volver? —interviene George.

Dudo, y no puedo evitar lanzarle otro vistazo a Cliff, quien aprieta los dientes mientras observa el montón de puré de patata que ha cogido con el tenedor, como si estuviera esperando mi respuesta. Pero no me mira.

La rabia se extiende por mi pecho hasta colarse en mis dedos. ¿Por qué demonios no me mira? Sonrío con un orgullo fingido.

—Sí —respondo—. Por supuesto.

—Vaya, debes de tener una vida genial allí —se maravilla Lars.

—Así es, me encanta.

—Nadie lo diría —canturrea Sara—. Le sale natural dirigir este sitio.

George alza su copa de vino.

—¡Brindemos, brindemos!

Logro soltar una carcajada débil de aceptación, pero se desvanece al tiempo que Cliff también alza su vaso, cortés.

El corazón se me detiene cuando me mira por fin, cuando al fin me dedica una sonrisa que no es del todo forzada, aunque quizá sí un poco triste.

Luego, bebe agua y vuelve a posar la copa.

No me dedica más atención. Claro que no.

Porque he hecho lo de siempre: intentar retener en mi vida a los demás bajo mi puño autoritario.

Puedo hacerlo en el trabajo, por eso se me da genial mi puesto, por eso me gusta, pero no puedo controlar a alguien como Cliff.

Es la persona menos influenciable del mundo.

«¿Cómo pudo pensar, en algún punto, que no sentía algo por él?».

Yo también siento cosas.

Felicidad.

Nostalgia.

Frustración.

La tensión en el pecho es tan abrumadora que creo que me estoy hundiendo cada vez a mayor profundidad en una tumba que yo misma he cavado.

Ahora mismo siento muchas cosas por él. En serio. La siguiente idea hace que me quede paralizada. «Creo que estoy enamo…».

La habitación da vueltas a mi alrededor y noto un ligero vértigo. Mi tenedor repiquetea contra el plato y el nudo en mi garganta es tan grande que está a punto de ahogarme. Sara me toca el antebrazo.

—Shells, ¿estás bien? —susurra.

A mi lado, Cliff arquea las cejas. Entreabre los labios. Centro los ojos en mi plato, con la salsa de arándanos y la ensalada de patata intactas.

—Estoy bien —murmuro.

Aprieto la falda entre los puños mientras la conversación sigue adelante en un abrir y cerrar de ojos. No sé cómo, pero la comida se alarga hasta mitad de la tarde; solo entonces me levanto de la mesa para traer el postre.

Una tarta de manzana, cruasanes rellenos de chocolate y un pastel de nueces pecanas. Rollos de canela que rebosan glaseado. Una tarta de queso y calabaza. Solo una persona podría haber horneado todo esto.

Advierto que Cliff me está mirando mientras cruza el salón con una taza de café en la mano.

Se ríe con mi padre, luego con Lisa y George y después con los huéspedes.

El brillo en sus ojos azules se torna más intenso cuando algo le parece especialmente divertido.

Otras personas se ríen con él, como si fuera una batería para todos los presentes.

Rechino los dientes y frunzo los labios.

El pecho se me contrae. Aprieto los puños.

Y, de repente, lo tengo más claro que el agua.

Lo quiero. ¡Joder, lo quiero! Al sarcástico Clifford Burke con el pelo rebelde.

Quiero a este hombre con quien quise liar a mi hermana.

¡Maldita sea! Al hombre que me dijo que está intentando aclarar sus sentimientos por mí, y yo me he mostrado tan terca que no he abordado el tema.

Al hombre que me llamó con un ataque de pánico cuando se separó de sus hijas.

El mismo que dependía de mí, quien me cedió una cama bajo su techo, a pesar de que hace días que no hablamos. Quiero a este hombre.

Cierro los ojos con fuerza. En lugar de la sensación eufórica de estar enamorada, me siento enfadada.

No sé si es conmigo misma o con él por hacer que me enamorara de manera tan repentina como para darme cuenta en Acción de Gracias, ni más ni menos.

Comprendo que estoy enamorada de este hombre estúpido mientras guarda los restos del pavo en fiambreras y las mete en la nevera del hotel, sin llevarse ninguna porque, no fastidies, es un buen tipo. Estoy enamorada de un buen tipo.

Echo humo en un rincón al tiempo que se despide de mi padre y mi hermana con un abrazo. Aprieto los dientes cuando se acerca a mí, cuando tensa la mandíbula y, reticente, me estrecha en otro abrazo.

Desprende calidez. Huele a pan recién horneado, a vainilla y canela, pero, debajo de todo eso, percibo el toque cítrico. El Cliff real que conozco. Yo. Nadie más.

Estoy tan enfadada que podría quebrarme por dentro.

Y, cuando me suelta, antes que a cualquier otra persona, solo logra enfurecerme aún más.

Observo cómo se marcha por la puerta trasera.

Lo contemplo con los ojos entornados mientras el frío del viento en el exterior se cuela en la cocina y me eriza la piel.

Me centro en las contraventanas, que chocan con el cristal cuando cierra la puerta.

Me quedo ahí de pie durante demasiado tiempo, centrada en los árboles desnudos del exterior. En las hierbas muertas. Lo más probable es que deba darle espacio. Dejar que sane tras los errores que he cometido.

Sin embargo, nunca he sido ese tipo de mujer.

Por eso, paso junto a Sara, abro la puerta trasera sin ponerme una chaqueta ni preocuparme y cruzo la distancia hasta la casa de Cliff bajo el sol poniente.