Capítulo 31. Cliff
CLIFF
He pasado tres días sin Michelle. Estoy agotado. La echo de menos.
No ayuda que mañana sea Acción de Gracias. Iré a Bird sin camiseta, por lo que tengo el pecho, salpicado de pelo moreno, al descubierto.
—No sabía que estabas levantada —comento. Una tontería.
—Estoy trabajando.
Junto a su mano descansa una taza de café vacía.
—Ya veo.
—Perdona si he hecho ruido.
—No. Me gusta tu pijama.
Se mira. El pecho se le torna rojo. Siempre le ocurre cuando la halago. Es lo mejor.
—¿Quieres un crèpe ? —pregunto.
Curva las comisuras de la boca.
—No tienes que cocinar cada vez que me veas.
Me echo a reír.
—La mayor carga de mi vida es tener que cocinar para todos.
Contempla los fuegos. Luego, a mí.
—Si insistes.
—Insisto.
Presiono el botón de los fogones mientras ella se vuelve a centrar en los documentos. El silencio desprende una extraña incomodidad, algo que no tiene sentido al tratarse de nosotros. Aunque no dura mucho, soy incapaz de permanecer callado.
—Lo siento —comento—. Por lo de la otra mañana. Por no querer hablar.
—No pasa nada. Yo tampoco dije nada.
Entonces, la cocina se sume en el silencio una vez más. Cojo un plato que repiquetea con suavidad sobre la encimera. Hay eco en todos los armarios cuando rebusco los ingredientes. El chirrido de la nevera es estrepitoso.
No sé qué esperaba de un encuentro a medianoche con Michelle, pero algo más que esto sí. Más que una sesión silenciosa a la una de la mañana de elaboración de crèpes mientras ella garabatea con un bolígrafo en un papel.
Rocket se acerca y esconde el hocico en mi pantorrilla. Arranco un trozo de un crèpe terminado y digo:
—Siéntate.
Se deja caer en el suelo. «Vaya, fíjate».
—Buen chico.
Miro a Michelle con las cejas arqueadas. Me dedica una suave sonrisa antes de volver al trabajo. No me ofrece nada más. Tardo un total de veinte minutos en terminar. Deslizo el plato por la mesa y no me reservo ninguno para mí.
—¿Manías raras de pastelero? —me provoca.
—Por supuesto —contesto.
No serán sus favoritos, ya conozco bastante bien sus gustos, pero la observo, descarado, cuando da un bocado.
Sí, no tengo tacto alguno cuando observo cómo el tenedor desaparece entre sus preciosos labios rosados y carnosos.
Una gota de miel se le aovilla en una de las comisuras de la boca y, con facilidad, la atrapa con la lengua.
«Por Dios».
—Están genial —concluye.
—Bien —respondo.
Se pone en pie para coger el plato, pero me levanto a la vez y lo agarro por el otro extremo.
—Ya me encargo yo —le propongo.
Nuestros ojos se encuentran y nos quedamos paralizados. Como estatuas. Respirando al unísono. Está cerca. Mucho. Me acercaría aún más si no fuera tan cobarde.
Trago saliva antes de respirar hondo. El plato se encuentra entre su pijama y mi pecho desnudo.
Vuelvo a mirarle los labios, el colgante que reposa sobre el hueco de su clavícula, la caída de su pijama sin sujetador que me permite ver un ápice de su escote.
Me humedezco las comisuras de los labios y exhalo.
Cuando vuelvo a levantar la vista, sus ojos marrones, cálidos como las hojas del otoño, saltan de los míos a mis labios. Se deslizan por mi barbilla y caen en mi pecho y en mis calzoncillos de cuadros, antes de volver a mi rostro. Se muerde el labio inferior.
Quiero decirle algo. Siempre quiero decirle algo. Pero ¿de qué podemos hablar? Nos hemos metido en una situación precaria sin una salida real. Se va a marchar de Copper Run. Yo me quedaré aquí. ¿Qué más vueltas podemos darle?
Estiro el cuello y comienza a aletear las pestañas. Noto su aliento en la barbilla. Quiero alargar el brazo y acariciarle los labios con el pulgar. Quiero echarle la cabeza hacia atrás. Quiero besarla de nuevo.
«Sería tan fácil».
No obstante, entre nosotros nada es fácil. Desear algo así es ser un ingenuo. Doy un paso atrás. Su aliento la abandona de forma tan trémula que parece que le doliera.
Me dirijo al fregadero, enjuago el plato y lo dejo en el lavavajillas. Cuando me giro, me está mirando como un ciervo sorprendido por unos focos.
—Buenas noches, Michelle.
Percibo cómo traga saliva.
—Buenas noches, Cliff.
Con toda mi fuerza de voluntad, cruzo el umbral para salir de la cocina y volver al salón. Después, subo de nuevo las escaleras.