Capítulo 30. Michelle
MICHELLE
La palomita se desliza por el cojín del sofá de nuevo al volar a casi treinta centímetros desde la boca de Sara.
—Vale, inténtalo una vez más —pide esta, inclinándose sobre las rodillas.
Brittany toma impulso y lanza el proyectil. Sara se retuerce, la bala aterriza y mi hermana levanta los brazos en señal de victoria. Carol, Emily, Brittany y yo aplaudimos y la vitoreamos.
Nunca he hecho una fiesta de pijamas con ninguna otra chica que no fuera mi hermana. A decir verdad, nunca he tenido muchas amigas. Al menos, no lo bastante íntimas como para que me invitaran a sus veladas. No sé qué dice eso sobre mí.
Estamos en el salón de los Burke, bajo un fuerte improvisado de almohadas y mantas.
Las sábanas cuelgan desde lo alto del sofá, están anudadas a los respaldos de las sillas de la cocina con cintas del pelo y coleteros y se extienden hasta detrás de la televisión, de manera que no existe un mundo más allá de nosotras y En busca del Rey del Sol .
Los aperitivos están repartidos en boles, encima de algunas bandejas y en el suelo.
—Señorita Shell, ¿puedes trenzarme el pelo? —pregunta Brittany, removiéndose sobre una almohada.
—Me encantaría. —Me siento en el sofá mientras ella endereza la espalda a mis pies.
Una puerta en el exterior del fuerte cruje al abrirse y se me tensa la columna en cuanto la oigo.
—¿Qué tal va todo por ahí? —pregunta la voz de Cliff.
No he hablado con él desde hace casi dos días. Cuarenta y ocho horas en las que solo he visto a sus hijas y lo he saludado desde lejos. Sin embargo, ahora su voz me cruza las terminaciones nerviosas como un rayo y me quedo paralizada, en shock.
—¡Es divertido! —grita Brittany.
—Bueno, ni fu ni fa —contesta Emily, sarcástica, mientras me dedica una enorme sonrisa. No deja de divertirse metiéndose con su padre.
—Fatal —añade Carol.
—Genial —responde Cliff con una carcajada grave. «Su risa»—. No lo paséis demasiado bien sin mí.
—Papá, ¿vas a ir a la cocina? —grita Emily.
—Sí, ¿qué necesitáis?
—Gusanos de gominola.
—¿Cuántos os habéis comido? —cuestiona Cliff con desconfianza.
Todas observamos la enorme bolsa en la que solo quedan cuatro.
—Ninguno —miente su hija.
—¿Qué más da? —interviene Carol—. Es noche de chicas.
—¡Noche de chicas! —añade Emily, formando un altavoz con las manos.
—Vale, vale —contesta Cliff con una suave carcajada—. Ahora vuelvo.
En cuanto desaparecen sus pisadas, siento que puedo volver a respirar.
Paso los dedos por el pelo de Brittany para separar un mechón tras otro y, cuando levanto por fin la mirada, Sara me está contemplando con un gusano de gominola colgado entre los labios.
Lo absorbe y vocaliza en silencio: «¿Estás bien?».
Asiento, tensa, y vuelvo a centrarme en la trenza. No estoy bien. Llevo pensando en las palabras de Cliff dos días.
«Porque no entiendo nada de lo que pasa entre nosotros y estoy intentando aclararme». «Porque eres más que un simple beso confuso».
No hemos tratado el tema como dijimos que haríamos. He estado muy ocupada con el hotel y él ha estado intentando aprovechar todo el tiempo posible con las chicas antes de que se marchen a visitar a su madre. Además, siendo honestos, nos hemos evitado.
Quiero hablar con él, pero no sé qué decir. Echo tanto de menos la relación que teníamos que duele. Nuestras noches en el porche frontal. Nuestras carreras por las escaleras del hotel. Su sarcasmo. La manera en la que me desafía.
La nuca me vuelve a cosquillear cuando oigo que Cliff se acerca.
La cortina de nuestro fuerte se desliza hacia un lado, dando paso a sus enormes manos cubiertas de venas con sus nudillos y muñecas definidos.
Echo de menos esas manos, su roce en la rodilla, la espalda, el pelo. Odio echar de menos esas manos.
Entonces, aparece su cara.
Es raro ver a alguien que conoces tan bien, pero sentir que es un extraño.
Solo está a unos metros de distancia, pero la distancia entre los dos es inmensa.
De repente, noto las manos, enredadas en el pelo de Brittany, frías y húmedas, como si fuera el chico popular del instituto por el que estoy pillada, en lugar de Cliff Burke. Mi Cliff Burke.
—¿Os lo estáis pasando bien? —repite.
Cliff le cosquillea los pies a Brittany, tan cerca de los míos, y la niña se ríe, asintiendo una y otra vez.
—¿Em?
Emily frunce los labios.
—Está siendo divertido.
—Bien. —Mira a Carol con una sonrisa torcida y saluda a Sara.
Noto las ganas de sentir sus ojos fijos en mí. Mis terminaciones nerviosas vibran y muevo la rodilla de arriba abajo.
«Mírame, mírame, mírame».
Por fin, lo hace.
Nuestras miradas se bloquean. Como siempre.
Ya no existen Brittany, Emily, Sara ni Carol.
Solo estamos Cliff, sus ojos azules y yo.
Cliff y la pequeña marca en las comisuras de los labios que se vuelve más profunda cuando sonríe.
Cliff y el puente ligeramente torcido de su nariz.
Cliff y la suave cicatriz sobre el labio superior que he delineado con los dedos. Cliff y su mandíbula tensa.
«Porque no entiendo nada de lo que pasa entre nosotros».
¿Qué puedo decir? Nada. Me voy y no sé cuándo volveré. En última instancia, no importa. Tiene una vida aquí y yo en otra parte. No podemos estar juntos.
Eso me entristece. Y me molesta. Hace que me enfade conmigo misma.
Me gusta controlar mi propia vida, pero, por alguna razón, no logro mantener la cordura cuando estoy con Cliff. Ha sido como un tornado avanzando hacia mí desde el día en el que entré en este pueblo en un taxi.
Quiero que me devuelvan mi vida. Normalidad. Y él no deja de impedírmelo.
—¡Papá!
Cliff pestañea, igual que yo. Mi visión de túnel se ensancha hasta incluir el fuerte de almohadas. Tenso las manos en el pelo de Brittany, sigo trenzándolo.
Emily gruñe.
—¿No ves que estamos ocupadas?
—Vale, vale, vale —contesta, negando con la cabeza—. Pasadlo bien, chicas.
Espero que me robe un último vistazo. Me muero por que ocurra, pero la cortina cae y vuelvo a quedarme sin él.
Trago saliva y termino la trenza de Brittany.
—¿Una goma? —le pido.
Cuando ninguna aterriza en mi mano, levanto la mirada. Emily, Carol y Sara me están observando, así que pregunto:
—¿Qué?
Las tres desvían la mirada mientras dicen: «Nada», «No», «Ni idea».
—Ojalá hubiera venido Rocket —confiesa Brittany con un suave gemido.
Emily levanta la cabeza.
—¿En serio?
Brittany asiente.
—Lo echo de menos.
Le acaricio la punta de la trenza con los dedos antes de deshacérsela para volver a empezar.
—Él también te echa de menos.
Brittany suelta un grito ahogado.
—¿Te lo ha dicho?
Inclino la cabeza de un lado a otro.
—En cierto sentido, sí. —Sigo haciéndole la trenza sobre la nuca—. Oye, ¿y si, cuando vuelvas, quedamos y jugamos en el jardín delantero?
—Hará frío.
—Puedes ponerte una chaqueta.
—¿Y Rocket estará allí?
—Sí, buscaremos otra chaqueta para él.
Una sonrisa firme se extiende por las mejillas de Brittany mientras susurra:
—Vale.
—¿Una goma? —insisto.
Esta vez, Sara me lanza una. Le ato la trenza a Brittany y le doy palmaditas en la espalda. Carol, Sara y ella pasan a la sección de pintaúñas, a la vez que yo me deslizo del sofá al suelo lleno de almohadas. Emily se arrastra hasta mí y apoya la cabeza en mi hombro.
—Siento que tuviera una cita con tu hermana —susurra.
Se me revuelve el estómago. Fue culpa mía. Le dije que lo hiciera. Lo presioné. La única responsable fui yo.
Fuerzo una sonrisa.
—¿Por qué?
—Ya sabes.
Recuerdo lo dolido que parecía a la mañana siguiente y me mata pensar que el daño se lo hice yo, que soy la causante de todos nuestros problemas. Es algo tan habitual que casi me pone enferma. No se lo merece.
—Oye, hazme un favor —le pido.
—¿Sí?
—Dale un respiro por lo de Halloween.
Emily se echa a reír.
—Me gusta hacerle sudar. Se piensa que es perfecto, así que tengo que bajarle los humos.
Suelto una carcajada.
—Bueno, trata de no ponerlo demasiado nervioso.
—Lo prometo. —Entonces, me da un codazo—. Tú también.
El corazón se me acelera, pero logro decir con un hilo de voz:
—Lo intentaré.