Capítulo 34. Cliff
CLIFF
Entreabre los labios mientras me mira como si fuera un extraño.
—¿Por qué has dicho eso? —susurra.
Me ofendería si no la conociera lo suficiente.
—¿Por qué no iba a hacerlo?
Le acuno la mejilla con la mano y ella se apoya contra mis dedos.
Se le curva una de las comisuras de la boca, por lo que, antes de inclinarme para presionar los labios contra los suyos, le devuelvo la sonrisa, perezosa.
Noto cómo la suya se ensancha al tiempo que me pasa los brazos por los hombros para rodearme el cuello.
—Me gustas —declaro contra su boca.
Gime. Le recorro la cintura del vestido de terciopelo, la columna y los hombros con las manos antes de estrechar-la contra mí, acercándola todo lo posible.
Llevo semanas tocando a Michelle de manera sutil, pequeñas palmaditas o caricias en la rodilla y el antebrazo, pero la libertad de rozarla donde quiera es igual que si mis manos hubieran llegado al paraíso.
Y sentir cómo me toca, cómo me recorre el cuello con sus dedos elegantes colándose por mi pelo, me consume. Con delicadeza, pasa el pulgar por mis sienes y abre los labios para dar acceso a mi lengua. Cuando vuelvo a deslizar las palmas por sus costillas, se le escapan suaves gemidos jadeantes.
Tiro de ella hasta que choco con las pantorrillas en el reposabrazos del sofá. Me dejo caer sobre él y abro las rodillas, a la vez que tiro de su cadera antes de bajar por la sinuosa curva oculta bajo el vestido ceñido, sin apartar la otra mano de su cabeza.
Podría pasarme la vida besándola. Podría pasarme horas saboreándola hasta que nos dolieran los labios.
Pero mentiría si dijera que eso es lo único que deseo.
La deseo a ella. Intento alejarme del sofá para llevarla a mi cuarto, pero solo damos un par de pasos antes de que Michelle me vuelva a empujar.
Tropiezo, desequilibrado, y aterrizo entre los cojines mientras ella permanece de pie.
Estoy impresionado, atrapado en el sofá mientras miro a la mujer que tengo ante mí.
Va muy arreglada, con las medias negras, sus Mary Jane y el vestido verde esmeralda que le envuelve las caderas y se desliza sobre sus hombros.
Es una preciosa urbanita, acicalada más para una fiesta en Nueva York que para estar en mi salón, con una manta sobre el sofá y fotos de mi familia colgadas en las paredes.
Pertenecemos a mundos totalmente distintos, pero está aquí. Conmigo.
Se coloca sobre mí despacio y posa las rodillas a cada lado de mis muslos.
Se le levanta la falda del vestido y expone la silueta del tanga bajo las medias traslúcidas.
Le recorro las piernas con las manos, ejerciendo una ligera presión, y sigo la tela con los dedos hasta introducir el pulgar por la cinturilla.
Delineo la profunda abertura entre las piernas y el dobladillo de su ropa interior.
Me acuna la nuca y presiona las caderas contra mí, frotándose contra la bragueta abultada.
Dejo caer la cabeza contra el respaldo sin apartar los ojos de los suyos.
Se me acelera la respiración. Deslizo el pulgar bajo su falda para tocar esa zona cálida y palpitante de la que solo me separan las medias.
Entreabre los labios y deja escapar un suave suspiro mientras dibujo círculos con el dedo.
La sujeto por la cintura con la otra mano, guiándola a la vez que se roza contra mi entrepierna dura hasta que me regala un gemido casi imperceptible.
Se me curvan las comisuras de los labios con una sonrisa, muy sutil, como la suya.
Cuela el dedo entre el cinturón y el pantalón, lo desliza fuera de la trabilla y tira de él para abrirlo. El repiqueteo de la hebilla hace eco en el silencio de la habitación, produciendo un sonido metálico, al mismo tiempo que guía el cuero para liberarlo.
Llevo queriendo esto demasiado tiempo. Quizá desde que la conozco, desde que advertí la ausencia de ese anillo en su cuarto dedo. O quizá desde la primera vez que nuestros ojos se encontraron en Seattle.
Suelto una suave carcajada ante la idea y niego con la cabeza.
—Por Dios, me encantaría arrancarte esta ropa tan bonita.
Me dedica una sonrisa traviesa. Solo para mí.
—¿Lo harías? —me reta, mezclando sus dudas con un desafío.
—¿Lo haría? —me burlo, inclinándome para besarla en la unión de sus pechos, antes de morder el terciopelo con los dientes y tirar del escote de su vestido hacia abajo.
Arqueo las cejas, contemplándola con los ojos entornados.
Se le escapa un suspiro jadeante. Coloco el pulgar entre sus muslos al descubrir una sección más tensa en las medias y tiro de la tela hacia mí.
El tejido apenas tarda un segundo en estirarse, en rasgarse, en permitirme cruzar al otro lado con el dedo. Suelta un grito ahogado.
—Habría comprobado si querías deshacerte de ellas, pero… —me interrumpo cuando deslizo varios dedos por la nueva abertura y tiro. Los hilos se rompen con brusquedad y se descosen, a la vez que el centro de las medias se desgarra bajo mi mano—. Te compraré unas nuevas.
A través del agujero advierto satén rojo oscuro. Murmuro su nombre entre dientes.
—Michelle, Michelle, Michelle… —repito con voz grave, como si la estuviera riñendo por ser tan indiscreta.
Ávido, le recorro el dobladillo de encaje con los nudillos al tiempo que ella juguetea con el botón de mis vaqueros, lo saca del ojal y baja la cremallera.
Cuando recorre con las uñas pintadas la tela de los calzoncillos, estos están a punto de reventar.
Hoy son de color verde musgo y me encantaría verlos en cualquier otra parte.
Se me tensa el cuerpo mientras ella desliza la mano por la cinturilla. Se me corta la respiración. No me he acostado con nadie más que Tracy, y que esté nervioso hace que me sienta ridículo. Dejo escapar una carcajada de exasperación. Como si me leyera la mente, Michelle susurra:
—Cliff.
Levanto la cabeza para sostenerle la mirada.
La suya parece haberse sumergido en agua cálida tras tanto tiempo pasando frío.
Mi nerviosismo sufre una especie de descarga eléctrica antes de diluirse, de disiparse bajando por mi pecho hasta alcanzar mis manos.
Le rodeo el cuello y la nuca con la palma para enterrar los dedos en su pelo.
Introduzco el pulgar contrario bajo la tela de su ropa interior, apartándola hacia un lado, y delineo su abertura con el dedo corazón.
Desprende calidez. Ya está mojada y su humedad casi me gotea por los nudillos.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hice que una mujer se corriera.
Lo deseo con tantas ganas que puedo saborearlo.
Deseo a Michelle con tantas ganas que duele.
Cuando, despacio, curvo dos dedos dentro de ella, echa la cabeza hacia atrás.
La silueta de su cuello bajo la tenue luz es preciosa.
Es el contorno de una belleza en la palma de mi mano.
La penetro con los dedos, buscando extraer de su ser cada suspiro, cada movimiento tenso, cada pedazo de sí que quiera entregarme. Y me concede demasiados.
Al tragar, percibo el movimiento exagerado de su garganta.
Le tiemblan las rodillas a cada lado de mi cuerpo.
Sube y baja, frotándose contra mis dedos, presionándose contra mí mientras me cuelo en su interior.
Muevo el pulgar para acariciarla por fuera y se contonea contra él, a la vez que se muerde el labio inferior.
Está muy cerca. Siento como se tensa y, por Dios, necesito ver esto.
Apenas hace ruido, gimiendo en todo momento.
Es demasiado silenciosa, pero ya trataremos ese problema más adelante.
Con la respiración irregular, se le tensan los muslos, crispa los dedos sobre mi hombro y contemplo cómo se le juntan las cejas en el centro de la frente, abre la boca y se deja llevar.
El pecho le sube y baja a la vez que exhala por la boca abierta. Cuando nuestros ojos se encuentran, trato de permanecer a su lado, de quedarme inmóvil en el espacio junto a ella, flotando en su orgasmo tanto como lo necesite.
Con firmeza, aún con manos trémulas, tira de los calzoncillos para liberar mi polla, ya húmeda, que le golpea el muslo.
Me incorporo en el sofá. Michelle vuelve a colocarse de rodillas, temblando con cada movimiento que hace.
Me recompongo y dirijo la punta hacia la unión de sus muslos antes de dibujar una línea sobre su suavidad.
Es sensual. Y titubeante.
—No he estado con nadie desde que lo dejé con Allen —susurra.
Mientras levanto los ojos, se me escapa un denso suspiro. Nuestras miradas se encuentran.
—Yo solo he estado con Trace.
—Entonces, no hagas nada de lo que creas que puedes arrepentirte —me pide.
Niego con la cabeza y le dedico una sonrisa torcida.
—Nunca me arrepentiré de esto, Michelle.
Curva los labios en una sonrisa preciosa.
—Yo tampoco.
Con una única inhalación sincronizada, me hundo en su interior.
Es difícil explicar la manera en la que mi cuerpo se tensa bajo el suyo, cómo la oleada de sensaciones me cosquillea la polla cuando Michelle se desliza por ella.
Es difícil explicar lo perfectos que somos juntos.
Al principio, no le entra por completo, pero me parece muy dulce la manera en la que me veo desaparecer con lentitud, centímetro a centímetro, con cada embestida gradual.
Me coloca las manos en los bíceps cuando nuestras caderas se tocan por fin. Estiro el brazo para acariciarle la mandíbula con el pulgar. No puedo evitar admirarla. Y, por alguna razón que no merezco, me está contemplando igual, dibujando un camino por mi cuello hasta mi pecho con los dedos.