Un otoño para ser feliz Capítulo 29. Cliff
69%

Capítulo 29. Cliff

CLIFF

Coloco una bolsa de comida enlatada en la mesa plegable que hay en el exterior del colegio de Brittany.

—Sois unos ladrones —bromeo—. Me dejáis sin latas todos los años.

La directora del colegio de Brittany, y mi antigua profesora de la guardería, niega con la cabeza, sonriente.

—Hola, Cliff.

—Hola, Debra.

Garabatea algo en el portapapeles. Luego, me observa con los ojos entornados. Me sonríe con dulzura antes de morderse el labio inferior. La observo con desconfianza y el fantasma de una sonrisa en las comisuras de los labios.

—¿Qué?

—Verás, a mi prima le gustan los pasteleros y…

Se me tensa cada fibra del cuerpo.

—Deb…

Es la quinta persona que me intenta vender a algún familiar en lo que llevamos de día y solo estamos acabando la mañana.

George y Lisa han aparcado en la puerta de la pastelería con Polaroids de su nieta más mona.

Después, Sandra ha entrado con un puñado de fotos encajadas entre las flores.

El proceso de divorcio casi me resultó un juego de niños en comparación con tener que oír: «Ah, la hija de la mejor amiga de mi tía está soltera… ».

Me obligo a dedicarle una sonrisa a Debra. Lo último que quiero es que mis vecinos crean que no me siento agradecido por su papel como alcahuetes, aunque así solo consigan que me quiera sacar los ojos.

—No estoy en el mercado, Deb.

Se le trunca la expresión.

—¿Qué? Pero Lars dijo que te vio con la hermana de Michelle.

Es como meter el dedo en la llaga.

—No volverá a pasar.

Me estremezco al pensar en lo mucho que hablamos de Michelle. Pero Sara quería saberlo todo sobre nuestra relación y hablar de su hermana parecía lo más cómodo. No sé cómo ligar, y pensar en Michelle me relajó.

La sonrisa de Sara se fue haciendo cada vez más ancha a medida que pasaba la noche hasta que por fin me tocó el brazo y me dijo:

—Tienes que contárselo.

Lo único que pude responder fue:

—No funcionaría.

Si me hubieran preguntado hace unas semanas si debería salir o no con Michelle, habría dicho que daba igual, que éramos amigos y que deseaba disfrutar cada segundo que pudiera con ella.

Sin embargo, después de mi cita con Sara, el panorama ha cambiado, como si se me hubiera abierto un agujero enorme y profundo en el corazón.

No quiero tener más citas. Deseo estar con Michelle.

No como amiga. Ni como un rollo pasajero.

La quiero a ella, pero sé quién soy y cuál es nuestra situación.

A Michelle le encanta su vida en Seattle.

Está deseando volver. La vida tras el divorcio no es fácil y la sensación de normalidad es esencial.

Me gustaría que sanara. Sería egoísta por mi parte arrebatarle algo así.

Lo último que deseo es despojarle de algo que no me corresponde.

Me aclaro la garganta, volviendo al aquí y el ahora, donde tengo otra bolsa de comida enlatada alrededor del codo y una caja de dulces en la otra mano.

—¿Dónuts? —La dejo en la mesa y la abro—. Coge todos los que quieras.

A Debra se le ilumina la mirada.

—Gracias —dice, optando por una berlina rellena de limón.

Averigüé su dónut preferido hace mucho tiempo. Es un bollo dulce, reluciente y lleno de limón que va a juego con su interior amable de profesora de colegio. Con algunas personas es fácil acertar. Con Michelle, sin embargo…

—Si cambias de opinión, mi otra prima es dentista y muy guapa.

Suelto una carcajada.

—Lo tendré en cuenta, Deb.

—Mi niño, últimamente estás enfrentándote a muchas cosas, ¿eh? Sabes que Luke está enamorado de Brittany, ¿verdad?

—¿Luke? ¿El niño que empujó a mi hija? ¿Ese Luke?

—Sí, los dos tortolitos a los que les gusta la lucha libre.

—¡Increíble! —exclamo, sarcástico, para mí—. En mi casa no va a pasar.

He tardado en acostumbrarme a Josh. ¿Ahora tengo que preocuparme por Luke? ¿Cómo es posible que todos los miembros del clan de los Burke hayan pasado de no tener ninguna relación a verse obligados a cargar con una?

Debra deja el dulce en una servilleta de papel, se lame el glaseado del pulgar y me tiende un folio.

—¿Un pavo hecho con las huellas de los dedos? —me ofrece.

—¿No se le ha ocurrido al colegio ninguna otra manualidad para que nos llevemos a casa?

La expresión se le convierte en piedra, impasible.

—La otra prima…

Le arrebato el pavo de papel y lo agito en el aire.

—Es perfecto. Gracias.

Se despide con la mano.

—Pásalo bien en Acción de Gracias, Cliff.

Cojo la caja de dónuts, coloco encima el pavo hecho con las manos de un niño cualquiera y me dirijo al instituto para participar en la segunda colecta de comida del día.

Hace frío, está nublado y las hojas otoñales casi se han desintegrado en mil trozos junto a las alcantarillas y las grietas de la acera. Solo quedan unos días para Acción de Gracias, pero ni al tiempo ni a mí se nos ha metido dentro el espíritu del pavo y la salsa de arándanos.

Mis niñas se van a Nueva York dentro de tres días y estarán allí tres más.

Nunca he pasado este festivo sin ellas. Tenemos nuestras tradiciones.

¿Cómo voy a caminar por el pasillo la mañana de Acción de Gracias, graznando como un pavo lunático, sin ellas?

No paro de recordarme que me irá bien, que no es el fin del mundo, aunque lo parezca.

En el exterior del instituto hay otra mesa con un mantel marrón y un puñado de latas apiladas en una esquina. Dejo la bolsa de la tienda de comestibles sobre su superficie.

—¿Todo bien, Terri? —La profesora de Matemáticas del instituto me dedica una sonrisa ladeada y, antes de que pueda abrir la boca, añado—: No estoy en el mercado. ¿Un dónut?

Abro la tapa y giro la caja. Ella frunce la comisura de los labios.

—Vale, pero tengo la mujer perfecta para ti —comenta mientras coge un dulce. Después, revolotea con los dedos sobre el que está cubierto de glaseado y me mira. Asiento, solemne, dándole permiso, y se hace también con ese—. Es rubia. Te gustan las rubias, ¿no?

«¿De qué va esta rara suposición de que me gustan las rubias? ¿No me divorcié de una?».

Cierro la caja de golpe.

—Y pensar que iba a ofrecerte un tercer dónut.

—Ah, Cliff, no seas tan dramático. Me alegra que vuelvas al…

—¿Mercado? —concluyo por ella—. No he vuelto.

—Ah, pero te lo mereces. Eres un partidazo.

Entorno los ojos.

—¿Me estás regalando los oídos para que te dé un tercer dulce?

—No, estoy siendo sincera —contraataca—. Eres un hombre agradable con una gran personalidad.

—La gente suele decir esas cosas de los feos.

—No me has dado tiempo a decir que también eres guapo.

Abro de nuevo la tapa de la caja y elige un tercer dónut mientras se contonea, feliz, en la silla.

—Buena suerte con la colecta de alimentos —añado, haciendo un gesto con la cabeza hacia la bolsa que le he dejado.

—Gracias. Y, Cliff, sabes que mi nieta está…

Pongo una mano en alto con una media sonrisa.

—Estoy bien, Terri, pero gracias.

—Puedo darte su número, solo tienes que avisarme.

Ya estoy alejándome por la acera cuando grito:

—¡Quizá algún día! —No debería haber abierto esa puerta.

En la pastelería, me derrumbo sobre la silla de oficina con la cabeza entre las manos. Carol se asoma por la puerta del despacho y me froto la cara con la palma. Arruga la nariz.

—Aj, tienes una pinta horrible.

—Me siento fatal.

—¿Por la cita?

Gruño y vuelvo a posar la cabeza sobre los antebrazos en el escritorio.

—Fue un error —farfullo.

—Claro que sí. No era con Michelle.

La tensión se me acumula en los músculos de los brazos.

Dejo caer la mejilla en la mesa y musito:

—Eres más plasta que yo, ¿lo sabías? Y eso es mucho decir.

Carol ladea la cabeza.

—¿Por qué fuiste?

Es una pregunta que me he hecho una y otra vez.

«Fui porque me lo pidió Michelle» es la respuesta simple.

Aunque no es justo cargarle con eso. En última instancia, fue decisión mía.

No me obligó a caminar hasta Sara y pedirle salir.

No me colocó la americana sobre los hombros.

Elegí probar. Por estúpido que parezca, esperaba que mis sentimientos por Michelle fueran justo lo que habíamos dicho: los de dos divorciados cachondos. Me equivocaba.

Cuando no respondo, Carol se desliza hasta una silla de metal plegada en una esquina.

—Ojalá supieras lo buen tipo que eres.

Arqueo una ceja.

—Qué bonito.

Se encoge de hombros.

—Eres mi hermano. Se me permite decirte algo bonito cada dos o cinco meses. —Intercambiamos una sonrisa—. A ver, ¿por qué no funcionaría con ella? Con Michelle, no con su hermana.

Suelto un bufido.

—Porque… tiene una vida en Seattle que le encanta. Y yo tengo la mía aquí. Una muy ajetreada. Trabajo muchas horas. Cuido de dos niñas. No ha pedido nada de eso.

Carol pestañea y abre la boca, quizá para decir algo, pero la campanita hace eco desde la puerta principal del local. Aprieto los dientes.

—Si es alguien más con la foto de una mujer, que Dios me ampare.

Mi hermana suelta una risita.

—No te preocupes. Me encargo yo porque estás de bajón.

—No lo estoy.

—No pasa nada. Puedes sentirte triste.

—¡No lo estoy! —insisto, pero ya está saliendo de mi despacho. En el fondo lo agradezco, porque no tengo energía para defender una mentira tan obvia.

Espero unos minutos hasta que la campanilla sobre la puerta vuelve a tintinear. Salgo del despacho y asomo la cabeza. Lars está en el vestíbulo y me dedica, perezoso, un saludo con la mano. Gruño.

—¿Qué tal fue la cita?

—No preguntes.

—Pero… Oye, espera. ¿Qué…?

Paso junto a las vitrinas con pavos y peregrinos pintados.

—¿Adónde vas?

—A dar un paseo.

—¿A seguir de bajón? —se burla Lars.

—Sí, sí, qué gracioso.

Salgo del local y, muy a mi pesar, Lars me sigue.

Caminamos por la acera y cruzamos el centro de la plaza.

Han colocado pequeños sombreros de peregrino sobre los esqueletos de Halloween.

Tras las balas de heno se yerguen pósteres de cartón de pavos dibujados.

Sus ojos pequeños y brillantes se ríen de mí; lo noto.

—No pasa nada si no funcionó —dice—. A ver, ¿qué esperabas que ocurriera?

—¿Lars?

—¿Sí?

—Te daré una docena de dónuts si te callas ahora mismo.