Un otoño para ser feliz Capítulo 28. Michelle
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Capítulo 28. Michelle

MICHELLE

—Los tres no entramos en la cama.

—Bueno, pero podríamos cantar canciones de campamento mientras nos vamos a dormir —comenta Sara, burlona.

Mi padre la contempla sobre el Wall Street Journal .

—Sería divertido.

Cierro los ojos y me pellizco el puente de la nariz. Sara se echa a reír y le da un sorbo ruidoso al café. A mí no me hace gracia.

Hemos aceptado demasiadas reservas en el hotel.

Tenía la sensación de que se llenaría por Acción de Gracias, pero una parte de mí había asumido que la gente querría celebrar ese día con su familia en la comodidad de su hogar.

Bueno, pues al final resulta que al menos tres personas no tienen intenciones de hablar sobre política o religión con el loco de su tío o la pesada de su abuela.

Ahora todas las habitaciones de los huéspedes están ocupadas, por lo que mi padre con dolor de espalda, mi hermana y yo tendremos que compartir mi cama de matrimonio.

—Vale. —Me acerco al armario más cercano y saco el pesado colchón hinchable de goma desinflado—. Puedo dormir aquí.

Mi padre dobla el periódico.

—No vas a dormir en un catre, Shells. Yo me quedaré con…

—No —lo interrumpimos Sara y yo a la vez.

—Tú te quedas con la cama, eso está claro —le ordeno, y Sara asiente con firmeza, conforme.

—Tienes que dirigir este sitio —contraataca mi padre—. Necesitas dormir bien.

—Puedo ocuparme de él sin haber dormido nada.

Es mentira. En realidad, soy muy tiquismiquis a la hora de dormir.

Siempre me pongo un antifaz y tapones. Una vez se me cayó uno a las tres de la mañana y al día siguiente me tuve que arrastrar por la acera para ir a trabajar con los ojos llenos de legañas y una enorme taza de café en la mano.

Pero mi padre no tiene por qué enterarse.

La puerta trasera se abre y Emily entra con la mochila sobre los hombros. El aire frío se cuela tras ella hasta que la vuelve a cerrar. Las contraventanas repiquetean contra el cristal.

—Vengo a por un café antes del instituto —anuncia sin mirarnos—. No tardaré mucho. Britt está fuera.

Me inclino hacia un lado y descubro a una niña de seis años a la que le castañean los dientes, vestida con un cortavientos de colores complementarios, que se aferra a las correas de su mochila rosa como si la vida le fuera en ello.

—¿Brittany no quiere entrar? —pregunta Sara.

Emily gruñe.

—Rocket sigue dándole miedo. —Coge un vaso de cartón del armario y se encoge de hombros—. Al menos está en vuestro jardín. Es un avance.

Como si lo hubieran ensayado, Rocket levanta las orejas desde su cama y se acerca a la ventana. Luego, con un salto, apoya las patas en el alféizar. Mueve el rabo de un lado a otro con cautela mientras presiona el hocico contra el cristal, enviando bocanadas rítmicas de vapor hacia su superficie.

Brittany lo contempla durante un segundo. Después, con lentitud, levanta la manopla para saludarlo. Rocket agita la cola con más fuerza.

—Ay, Dios mío, ni siquiera había pensado en Rocket —dice Sara, reclinándose en la silla de nuevo—. ¿Vamos a tener que estar tres adultos y un perro en una única habitación durante un par de días?

—¿Qué? —pregunta Emily.

—No pasa nada —respondo—. Hemos aceptado demasiadas reservas en el hotel. Tampoco es para tanto.

—Sí que lo es —interviene Sara.

—Puedo quedarme con el colchón hinchable —murmura mi padre para sí.

—Papá —le advierto.

—Podrías quedarte con nosotros —propone Emily.

Mi familia se sume en un silencio sepulcral, como si una ráfaga del viento de noviembre hubiera soplado y nos hubiese congelado hasta los huesos. Sin embargo, cuando miro a mi alrededor, mi padre y mi hermana están asintiendo, como si se estuvieran planteando la idea.

Quizá solo soy yo la que se ha quedado en shock. El hotel está lleno la noche antes de Acción de Gracias y ese día. Eso son dos noches. Dos noches en las que Emily espera que duerma bajo el mismo techo que Cliff. Como si me leyera la mente, Sara me dedica una sonrisa perversa.

Deslizo las manos frías y húmedas sobre la falda.

—Em, ¿no deberías hablar primero con tu padre?

Deja escapar un suspiro entre los labios.

—No, no se opondrá. Está intentando ganarse mi cariño de nuevo.

—Pero no podemos sorprenderlo con algo así.

La puerta trasera se abre una vez más, dando paso a otra ráfaga de viento casi invernal y al propio Cliff.

Lleva una chaqueta de pana marrón oscuro de la que sobresalen los puños de la camisa de manga larga de color bermellón.

Al girar la cabeza, roza la mandíbula recién afeitada contra el cuello de la prenda.

—Em, ¿qué hace tu hermana ahí fuera? —pregunta, señalando con el pulgar a sus espaldas.

—Rocket —le explica Emily, colocándole la tapa al vaso para cerrarlo—. Ahora salgo.

Su padre deja escapar un suspiro.

—No me vendría mal un café. Ya tengo la furgoneta en marcha.

—Iré poniendo la calefacción. Ay, y he invitado a Michelle para que se quede un par de días contigo. —Emily lanza el comentario como si fuera una granada. Mientras la puerta trasera se cierra, añade a toda prisa—: Muy bien, adiós. ¡Nos vemos!

Cliff me sostiene la mirada. Luego, la desvía hacia Sara. Lo hace de forma repentina, como si no quisiera centrar los ojos en los míos. Frunzo el ceño.

—Emily estaba de broma —le aseguro.

—¿Por qué iba a decir algo así?

Cliff centra su atención primero en Sara y luego en mi padre. No en mí.

—Tenemos demasiadas reservas por Acción de Gracias —aclara mi padre desde detrás del periódico, lo que me confirma que no ha abandonado la conversación en ningún momento.

—Ah. —Cliff reflexiona antes de decir—: Bueno, sí, Michelle puede quedarse con mi cama.

Solo él puede mostrarse tan imperturbable ante una noticia de ese estilo.

—No es… —Niego con la cabeza—. No, no vamos a hacer algo así.

—No te estoy preguntando —añade a toda prisa. Es rara la manera en la que está equilibrando una oferta generosa con la expresión de estar a punto de no permitirme acercarme nunca más a su casa.

«¿Está molesto conmigo?».

—Es perfecto —interviene Sara.

Niego con la cabeza.

—No, no creo…

—No hay ningún problema —concluye Cliff.

—Quizá deberíamos…

Entonces, Rocket ladra. «¿Por qué te pone tan nerviosa, Shelly?».

Cierro los ojos.

—¿Podéis dejar de interrumpirme cada dos segundos?

La estancia se queda en silencio de nuevo.

Abro los ojos y me encuentro a Cliff estudiándome. Su boca se ha convertido en una línea recta. Odio poder leerlo como un libro. Y, aunque nunca lo he visto así, por descarte entiendo que es una nueva clase de enfado dirigido a mí.

«Pero ¿por qué?».

—Quédate conmigo —insiste.

Dejo escapar un suspiro de frustración. Luego, desvío los ojos hacia Sara, quien se está mordiendo el labio inferior y tiene los hombros a la altura de las orejas. Me dedica la sonrisa más traviesa imaginable.

—Es lo más lógico —concuerda, inocente—. No conozco tan bien a Cliff como tú.

Entorno los ojos. Sabe lo que está haciendo.

—Perfecto —sentencia Cliff.

Por su tono no parece que lo considere tan «perfecto». Ni un poquito.

—¿Me puedes preparar un café? —le pregunta a Sara.

A Sara, no a mí.

«¿Por qué no me habla?».

—Sírvete tú mismo. La cafetera está a la mitad.

Le sonríe y le da un golpecito en la espalda cuando pasa a mi lado. A ella. No a mí.

Cliff se vierte el café con la misma familiaridad que su hija.

El pecho se me contrae cuando pasa junto a mí para marcharse, seguido por una rápida descarga de calidez y canela.

Me atrae y a la vez me mantiene a cierta distancia.

Somos como el mismo extremo de dos imanes que se repelen después de haber estado juntos durante tanto tiempo.

—Adiós, Cliff —dice Sara, despidiéndolo con la mano.

—Adiós, chicos.

Se marcha por la puerta sin mirar atrás.

«A la mierda».

Solo con los vaqueros y la camisa abotonada metida por dentro del pantalón, abro la puerta trasera de golpe y bajo los escalones de piedra, descalza.

La puerta se cierra a mis espaldas mientras la superficie fría me congela los dedos de los pies.

Me rodeo con los brazos, donde se me eriza la piel, y doy un par de zancadas al frente.

—¡Cliff!

Se gira con la taza de café a punto de rozar sus labios. Pasea los ojos por mi cuerpo tembloroso.

—Michelle. —Su tono casi refleja agotamiento.

Esbozo un mohín.

—Eh… Bueno, solo… —Odio tartamudear así. Tanto como la sensación de que me hayan arrebatado el control de la conversación. Nunca me he sentido tan perdida a la hora de elegir las palabras. Este hombre no es mi Cliff ni de lejos—. Pareces enfadado.

—Lo estoy —me confirma sin dudarlo, por lo que levanto la cabeza de repente. Sus palabras encierran indiferencia. Como si fueran rutinarias.

—¿Por qué? —cuestiono, tensa, utilizando el mismo tono.

Mira hacia la furgoneta, aparcada sobre el camino de acceso y de cuyo tubo de escape surgen nubes de humo que calientan el aire gélido.

En el interior, una música estrepitosa surge de la radio.

Brittany le da unos golpecitos en el hombro a Emily y esta parece a punto de asesinar a su hermana pequeña.

Cliff vuelve a mirarme. Centra los ojos en mis labios antes de desviarlos.

—Porque no entiendo nada de lo que pasa entre nosotros y estoy intentando aclararme —confiesa.

Se me calienta el cuerpo y el vello de los brazos se me pone de punta. Por una vez, no estoy segura de que me guste la sinceridad de Cliff.

—¿Nosotros? —pregunto.

—Nosotros —insiste—. Acordamos que nos iría bien siendo amigos, pero… luego me organizaste una cita con tu hermana. Y no fue… No sé. Dije que sí, así que también es culpa mía.

—Si te sentías incómodo, ¿por qué aceptaste?

—Porque me dijiste que necesitaba pasar página. Y oye, tenías razón, pero… —Gruñe, como si ahora estuviera molesto consigo mismo—. Pero entonces descubrí que nunca has sentido lo mismo que yo. —Niega con la cabeza—. Y no me hizo gracia oír algo así. Especialmente porque no me lo dijiste tú.

Me quedo sin palabras. Abro y cierro la boca como un pez fuera del agua.

Y una parte de mí se siente así, dividida en dos, porque…

¿que no siento nada por Cliff? Resoplo y cruzo los brazos para protegerme de mis propios pensamientos.

En realidad, siento demasiado por este hombre.

Y ahora mismo esa sensación roza la frustración.

—Cliff…

—No pasa nada —me interrumpe—. En serio, lo superaré.

—No, claro que pasa. Vamos a hablarlo.

—Luego.

—¿Por qué no ahora? Yo nunca he dicho eso. Y no es cierto.

Se pellizca el puente de la nariz.

—Michelle, son las siete de la mañana. Llevo levantado desde las cuatro para preparar las masas en la pastelería y mis hijas están a punto de llegar tarde a clase en su último día de colegio antes de las vacaciones.

—Me señala—. Y estás aquí de pie, congelándote el culo.

A ver… —Se ríe—: ¿Qué clase de conversación pretendes tener ahora mismo?

Me sube la presión sanguínea y pitan los oídos.

—No lo sé —admito con brusquedad. Lo repito con un suspiro arrogante—. No lo sé, Cliff. Pero sí que sentía algo. Igual que ahora. No… —Niego con la cabeza—. No lo sé. Tienes razón. Ahora mismo no podemos hablar.

Asiente, comprensivo, y una chispa del Cliff que conozco se cuela en su expresión.

—Muy bien. —Se gira para alejarse hacia el coche. Luego, da media vuelta con un suspiro—. Por cierto, que conste que me parece bien que te quedes en mi casa. No creo que nuestra amistad deba verse afectada por mi enfado.

—¿Cómo no va a hacerlo? —replico con una carcajada incrédula.

—Porque eres más que un simple beso confuso.

El silencio a nuestro alrededor es ensordecedor. El viento sopla junto a mis oídos y, de repente, ya no tengo tanto frío.

Se pasa la mano libre por el pelo y se le rebela un pequeño mechón.

—Quédate conmigo.

—¿Qué?

—En Acción de Gracias. Yo dormiré en una de las camas de las niñas, de todas formas no van a estar.

Siento que me paralizo en el acto, temblorosa bajo el azote del viento.

Cliff me contempla los brazos. Luego, se inclina hacia delante media zancada, como si quisiera acariciarme para ahuyentar el frío, pero se detiene y aprieta los dientes.

—Por el amor de Dios, entra en casa. Vas a pillar un resfriado.

No me muevo del sitio mientras Cliff aprieta los puños y abre las manos.

Se gira sobre los talones y sus botas retumban sobre el camino de piedra.

Avanza por la hierba seca y mustia entre nuestros jardines y entra en la furgoneta.

Cierra la puerta, baja la música ensordecedora y retrocede por el camino de acceso, al tiempo que Brittany y Emily me devuelven la mirada a través de la ventanilla y pestañean, confusas.