Capítulo 27. Michelle
MICHELLE
El café se quedó frío hace horas. Miro el reloj. Son poco más de las diez, por lo que no puedo recalentármelo o me pasaré la noche en vela. Aunque creo que permaneceré despierta igualmente, teniendo en cuenta lo rápido que me va la cabeza.
Rocket gruñe al otro lado del sofá. Advierto que estoy dando golpecitos con el pie cuando los cojines rebotan contra su cabeza.
«Shelly, cálmate».
Aprieto con más fuerza los dedos contra la taza.
—Lo siento.
«¿Te estás disculpando conmigo?».
—Sé disculparme —contraataco antes de dar un sorbo, molesta, y arrugar la nariz. El café sigue frío.
Llevo horas con la misma postura en el sofá, reviviendo cada segundo hasta que Sara y Cliff se han marchado para tener su cita.
No me gustaba el aspecto que tenía Cliff cuando se ha ido.
Sí, estaba muy guapo con la americana (no sabía que podía arreglarse para algo que no fuera un funeral), pero no me ha gustado su murmullo de admiración cuando le ha dicho a Sara que estaba muy guapa.
Mi hermana es preciosa, por lo que debe de estar ciego si cree que «muy guapa» está a su altura.
Aun así, me remuevo incómoda sobre el cojín cuando recuerdo su halago.
No debo olvidar que Cliff es solo un hombre y que, además, es muy majo.
Es normal que se haya fijado en la apariencia de Sara, igual que es normal que la haya alabado.
Pero… también le ha tocado la parte baja de la espalda.
Sé que Cliff toca a todo el mundo, que, si no apoya la mano en alguien durante un corto periodo de tiempo, podría marchitarse y morir, pero no sabía que sentiría una punzada tan profunda en el corazón al verlo.
Oigo pasos en el porche. Rocket levanta la cabeza. Lo mando callar y deja escapar un gemido de irritación muy típico de él.
«Ni siquiera he ladrado, Shelly».
No consigo descifrar los susurros que se intuyen tras la puerta principal, más allá de una o dos carcajadas. Se lo están pasando bien. ¿Estarán tonteando, a punto de darse un beso de buenas noches? ¿Cliff estará empujándola contra la pared de la casa, como hizo conmigo en Halloween?
Me levanto del sofá y cruzo la puerta de la cocina justo cuando Sara gira la llave en la entrada y entra. Me quedo paralizada y, durante un par de segundos, se crea un silencio incómodo, solo interrumpido por el tictac del reloj de la cocina y el golpeteo de las patas de Rocket sobre el linóleo.
—¿Michelle? —susurra Sara—. ¿Estás despierta?
Casual, dejo la taza de café, me aclaro la garganta y susurro:
—Sí. Buenas. Estoy en la cocina. Debía ponerme al día con el trabajo y he perdido la noción del tiempo.
La puerta de la cocina se abre. Advierto que su recogido sigue intacto y que no se le ha corrido el brillo rosado de los labios.
—¿Qué tal ha ido? —me intereso, dándole vueltas a la taza sobre la encimera vacía.
Centra los ojos en ella y pregunta con un toque de desconfianza:
—¿Debías ponerte al día con el trabajo?
Yo también contemplo la encimera, en la que no hay ni un documento.
—Sí —miento.
Entorna los ojos.
—¿Me estabas esperando?
Pruebo a soltar una carcajada casual.
—No, claro que no. Eres adulta…
—Y también he salido con tu amigo. —Se sienta ante la barra de desayuno y sube las piernas para cruzarlas sobre la silla.
—Ah, sí, ¿qué tal todo?
Se clava los dientes en el labio inferior y me contempla de arriba abajo. Atenta. Con los ojos entrecerrados.
—¿Sabes? Ha ido muy bien —comenta con una sonrisa de satisfacción, a la vez que se hunde aún más en el asiento—. En plan… —cierra los ojos y suspira— muy muy bien.
Se me hace un nudo en el estómago.
—Ah, ¿sí? —pregunto con voz temblorosa antes de darle otro sorbo al café frío y esbozar una mueca—. Genial.
—No ha sido solo genial —insiste—, sino espectacular. Bueno… —Mira al suelo y deja escapar un grave suspiro; luego, posa sus ojos sobre los míos—. Besa de maravilla.
Sin mi consentimiento, mi culo aterriza en la silla ante ella. El golpe en las entrañas ha sido más duro de lo que pensaba. Se me nubla la visión.
—Ah… Ah, ¿sí? —pregunto con un hilo de voz, apenas capto mis propias palabras.
—Sí —continúa Sara con una sonrisa. Después, pestañea con los ojos fijos en el techo, como si le estuviera dando las gracias a Dios por una noche así—. Intentamos esperar a salir del restaurante, pero no pudo contenerse. Cliff no es el caballero que piensas.
Las paredes se cierran sobre mí.
—Genial —musito.
Todo a nuestro alrededor desaparece de mi vista y solo puedo fijarme en Sara, aunque juro que oigo la risa alegre y distante de Cliff en la casa de al lado, la carcajada de un hombre que ha tenido una cita increíble. Es lo que quería, ¿no?
Me obligo a sonreír, pero necesito tumbarme. Es culpa mía. Le dije que saliera con ella. Y ahora acabarán juntos y…
De repente, Sara desliza el bolso por la mesa. Patina hasta el extremo opuesto y me golpea el brazo antes de caer al suelo. Me estremezco.
—¿A qué diablos ha venido…?
—Por Dios, estoy muy enfadada contigo —sisea.
—¿Conmigo?
—¡Te gusta!
Pestañeo.
—¿De qué estás ha…?
—No hemos hecho nada —gime, y levanta una mano en el aire, derrotada—. Te he mentido porque necesitaba ver cómo te retorcías de celos durante una milésima de segundo. —Se inclina, con los antebrazos sobre la mesa—. Shells, se ha pasado toda la noche hablando de ti. Toda. La. Noche.
—No me lo puedo creer —susurro, incrédula.
—Sí, así es.
—Entonces ¿no os habéis besado?
—¿Estás de broma? —pregunta con una carcajada—. Ni siquiera me miró el escote, que, todo hay que decirlo, me queda espectacular. Me he echado purpurina en estas chicas.
Reprimo una carcajada.
—¿No te miró las tetas brillantes?
—No —replica con voz monótona antes de golpearme el brazo—. Le gustas a Cliff, Shells. ¿Qué estás haciendo?
—No entiendo la pregunta.
—¿Qué? ¿Estás? ¿Haciendo? —repita, enfatizando cada palabra—. Ese hombre saltaría por un puente si se lo pidieras, pero, ups, ya ha saltado y ahora está en el agua, esperando a que le digas qué hacer a continuación.
Suelto una mezcla de bufido y risa.
—Sara…
—Está bueno, es majo y divertido. Me abrió la puerta. Me oyó cotorrear sobre la escuela de arte y prestó atención de verdad. Los chicos no suelen hacer esas cosas. Créeme.
—Sara…
—Hazme un favor —escupe.
—¿Qué?
—Echa un polvo.
Pestañeo y enderezo la espalda.
—¿De qué estás hablando?
Desliza los brazos por la encimera y me coge de las manos.
—Sé feliz con ese hombre estúpido y maravilloso que vive en la casa de al lado y está obsesionadísimo contigo.
«¿Cliff está obsesionado conmigo?». La idea me parece ridícula. Le gusto. Al menos, le gusté en cierto momento. Pero eso es todo. Un amor platónico. Nada más. Aun así, el nudo del estómago se tensa aún más y siento que me estoy mintiendo a mí misma.
Sara chasquea los dedos ante mi cara.
—Deja de pensar —dice, molesta—. Cuéntame lo que se te pasa por la mente. En voz alta.
—No pienso hacer eso.
—Ah, pero a Cliff se lo cuentas todo, ¿no?
Pongo los ojos en blanco.
—No le cuento…
—Sí, me he enterado de lo que piensas de mí a través de él.
Alejo los antebrazos de sus manos y los cruzo sobre el pecho. Después, me reclino en la silla.
—¿De qué estás hablando?
—Nunca me dices lo mucho que me quieres.
Me tenso.
—Lo hago a todas horas —replico sin aliento.
—Tres palabras no son nada comparado con lo que me ha contado.
Dijo que piensas que soy… ¿un rayo de sol?
Algo que no creía siquiera que pudieras pensar.
—Arrastra la silla para acercarla a la mía—.
Incluso dijo que soy tu persona favorita en el mundo, aunque —chasquea la lengua— ahora tendré que competir con Cliff.
Me echo a reír y niego con la cabeza.
—También dijo que… Bueno… ¿Cómo has conseguido venir aquí? Me refiero a quedarte en el hotel. En el trabajo te lo han permitido, ¿no?
Trago saliva.
—Claro que sí.
—No has… tenido que pagar un precio demasiado alto ni nada por el estilo, ¿verdad? —No logro encontrar las palabras lo bastante rápido antes de que Sara encorve los hombros—. ¿Por qué lo hiciste?
—Tienes que graduarte. Era lo que necesitaba mamá.
—Y tú tienes una vida por la que has trabajado duro.
—Pero eres más importante para mí que todo eso.
Sara niega con la cabeza y arquea las cejas.
—Te mereces ser feliz. Habla con Cliff.
—No funcionaría —contesto.
—¿Ni siquiera lo vas a intentar?
Estiro el brazo y le doy vueltas al pendiente.
—Vivimos en extremos opuestos del país.
—¿Y?
—Me acabo de divorciar.
—¿Y? —repite, enfatizando aún más la pregunta.
—No es del tipo de chicos con el que suelo salir.
—Porque casarte con un doctor pijo te ha funcionado muy bien, ¿no?
Le dedico una mirada de advertencia y suelta un gruñido.
—Qué difícil lo pones todo. Lo que tú digas. —Sara mueve las manos en el aire—. Haz lo que quieras. Es tu vida. ¿Qué sabré yo?
—Sabes un montón.
—Sí, sé que es horrible ser guapa y lista —replica con una sonrisa burlona.
Nos quedamos en silencio, acompañadas solo por el zumbido de la nevera y el repiqueteo de mis uñas sobre la encimera.
—No sé —susurro.
—¿Qué?
—Nada. He… —Me aclaro la garganta—. Cliff apareció en mi vida y no me dejaba tranquila. Al principio, lo odiaba. Era… muy frustrante. Pero no me obliga a ser alguien que no soy.
—Entonces, te gusta —concluye.
—Sí.
—¿Y? —Dibuja un círculo en el aire con la mano, como si me animara a continuar.
La contemplo de soslayo y exhalo.
—Sí, significa mucho para mí, si es lo que estás insinuando.
—Dios, te cuesta hasta decirlo en voz alta, ¿verdad? Admite que sientes algo por él, Shells.
No puedo. Porque confesar que estoy pillada por Cliff, no solo pensarlo, pondrá sobre la mesa cartas que no podré ocultar. Además, ¿qué ganaría con eso?
—Bueno, si sirve de algo —continúa Sara—, creo que os vendría bien estar juntos.
—Es muy dulce por tu parte que pienses eso.
—Lo digo en serio.
Una tenue sonrisa me cosquillea en los labios.
—Gracias.
—¿Puedo dormir contigo? —me pregunta—. Como en los viejos tiempos.
Me echo a reír.
—Tengo treinta años.
—¿Y? Podemos incluso invitar a Rocket.
El aludido pasea los ojos entre las dos. «Por supuesto que no».
Vuelvo a reírme.
—No creo que le apetezca.
Sara arruga la nariz.
—Es muy expresivo para ser un perro que no puede expresarse, ¿no?
—Mucho —concuerdo—, pero no está mal.
Y creo percibir, de reojo, que Rocket mueve la cola.
—¿Shells? —susurra Sara.
—¿Hum?
—Si lo dices, no se lo contaré a nadie. —Extiende el meñique—. Lo prometo.
Noto cómo se me tensan las cuerdas del corazón. Me presiono los brazos contra el pecho, como si me estuviera protegiendo. Lo cierto es que siempre trato de mantener encerrada con un candado una pequeña parte de mi ser. Con una exhalación, lo abro y confieso:
—Me gusta mucho, Sara. Y no sé qué hacer.