Capítulo 26. Cliff #2
—Pizza —contesto—. Queso. Carnes. Verduras. Café.
—¿Café?
Sonrío.
—Es una mezcla de pizzería y cafetería. Créeme, nadie entiende cómo piensa Lars.
—Ah, ¿y no tienen pasta? —pregunta, esperanzada.
—No, eso tendría demasiado sentido.
Se echa a reír.
—Pizza, entonces. ¿Alguna recomendación?
—La de «Amantes de la carne». Podría pasarme la vida comiendo solo eso y jamás me cansaría.
Miramos la carta en silencio un momento. El sonido estrepitoso y ensordecedor de las relucientes máquinas de ar-cade en una esquina batalla contra Third Eye Blind, que suena desde el altavoz.
Observo a Sara. Es guapa. Alegre. Y definitivamente que esté teniendo una cita conmigo está fuera de lugar.
—¿Y qué tal la pizza hamburguesa? —cuestiona. Luego, musita—: Madre mía, ¿por qué siento que a Michelle le encantaría?
Noto cómo se me curvan los labios en una sonrisa.
—Qué va, odia la mostaza.
Sara eleva los ojos hasta los míos, pestañea y sonríe.
—Voy a optar por la de «Amantes de la carne» —anuncia, y deja en la mesa la carta con cuidado.
—Buena idea.
—He oído que es la mejor.
Me echo a reír. Es dulce. Le pegaría ser un colorido macaron .
—Entonces —comienzo al bajar también la carta— la escuela de arte, ¿eh? Suena muy bien.
—¡Sí! —De inmediato, le cambia la expresión. Es como si un rayo de luz le atravesara el alma ante la mención del arte—. Mi sueño es abrir mi propio estudio, algo con obras que cambien todos los meses, ¿sabes?
—Parece ambicioso.
—¿Qué puedo decir? Vengo de una familia ambiciosa.
Suelto un bufido.
—Tienes razón. Michelle no se separa del trabajo ni aunque lo intente.
—Debo admitir que es un poco más ambiciosa que yo.
Trato de no parecer demasiado interesado cuando pregunto:
—¿En serio? ¿Por qué?
—Bueno… —Inclina la cabeza hacia un lado—. Se mudó a la ciudad con veintipocos, lo que yo nunca habría hecho, pero ella… lo hizo, ¿sabes? Encontró un trabajo. Siguió escalando. ¿Te ha contado que fue la primera mujer en conseguir un puesto de ejecutiva en su compañía?
Sonrío.
—¿De verdad?
—Sí. Y ahora, por Dios. —Abre mucho los ojos y niega con la cabeza—. Se ha ocupado del bed and breakfast con tanta facilidad… —Deja escapar un suspiro—. Es mi superheroína. No puedo ni imaginarme lo mucho que habrá descubierto sobre este sitio en tan poco tiempo.
—Aprende rápido —señalo, a la vez que una carcajada me cosquillea la garganta—. Mucho.
Sara exhala, temblorosa.
—Hay tanto que aprender.
La contemplo mientras crea un agujero en la madera de la mesa con los ojos.
—Oye, seguro que lo harás genial.
—Sí. —Se remueve en el asiento y agita la mano en el aire, despreocupada—. Ah, bueno, ya basta de hablar de mí. ¿Y tú? ¿Cómo conseguiste ser pastelero?
—Eh… —Doy unos golpecitos en la mesa con los nudillos—.
Ha sido mi sueño desde siempre. La asignatura de Economía doméstica en el instituto me encantó.
Y se quedó libre un local a una manzana de aquí justo después de mi divorcio.
Supongo que ves la vida de manera distinta cuando todo lo que pensabas que era real de repente deja de serlo.
Te aferras con más ganas a cualquier sueño tonto.
Sara pestañea y asiente despacio, como si estuviera asimilando mis palabras.
—Me encanta —dice—. A ver, no lo del divorcio y que no funcionara, pero sí que te arriesgaras y consiguieras hacer realidad tu sueño.
La manera en la que la gente que no se ha divorciado habla del tema siempre es rara. «Que no funcionara» es simplificarlo demasiado. Aun así, esbozo una suave son-risa.
—¿Cuántos años tienes? —suelta de repente.
—Treinta y tres.
—Veinticuatro —contraataca.
—Uf —gruño. Luego, niego con la cabeza y me presiono la mejilla con la lengua antes de dejar escapar una carcajada dubitativa.
Sonríe.
—¿Demasiado joven?
No conozco una manera agradable de decir: «Sí, porque tienes menos de diez años más que mi hija». En lugar de eso, inclino la cabeza hacia un lado.
—Tengo que hacerte una pregunta, Sara.
—Vale —contesta, emocionada.
—¿Por qué no sales con nadie en la universidad?
—¿Este es tu lado paternal haciendo su aparición?
Me echo a reír.
—Puede.
Sara endereza la espalda.
—No me interesan los chicos de allí. Solo les gusta surfear, fumar y escuchar música sin sentido. Y…, no sé…, no son mi tipo.
—¿Cuál es tu tipo? —pregunto.
—Padres más mayores.
Una carcajada burbujea en mi interior. Me pellizco el puente de la nariz y cierro los ojos.
—Rebosas confianza, eso debo concedértelo.
Sara sonríe, contoneando los hombros, mientras se recoloca en el asiento.
—Gracias.
—Michelle habla maravillas de ti. Me alegra ver que estás a la altura de la imagen que me había hecho.
Pestañea.
—Espera, ¿qué? ¿En serio?
—Sí, eres su persona favorita en el mundo entero.
Se remueve aún más en la silla.
—¿Eso te ha dicho?
—Sí, como un rayo de sol… —contesto despacio. Luego, me echo a reír—. ¿Por qué? Pareces sentirte extraña al oírlo.
—Así es.
—Ay, venga. Haría cualquier cosa por ti. No hay más que verlo.
—¿Ver qué?
—Se ha ocupado del hotel. No sacrificaría su trabajo por ninguna otra persona.
—¿Te ha…? A ver, es… —Niega con la cabeza—. Sí, claro. Supongo que no suele hablar de sus emociones. Conmigo no.
No logro reprimir una sonrisa.
—Cuando lo hace, casi parece un premio, ¿verdad?
Sara abre la boca y, luego, la cierra, pero Lars vuelve a la mesa antes de que pueda contestar. Hacemos el pedido y, cuando se marcha, pasea la mirada de uno a otro, curva los labios como si aquello fuera un secreto y se precipita hacia la parte trasera del local.
—¡No seas tan siniestro, Lars! —le grito.
Sara desvía los ojos de los míos a la puerta por la que ha escapado.
—¿Qué has querido decir con eso?
Me inclino sobre la mesa.
—Bueno, para que lo sepas —le susurro—, antes de que se acabe la tarde, todo el pueblo se habrá enterado de nuestra cita.
—¿De verdad?
—De verdad. Son buitres, todos ellos. —Miro a mi alrededor y descubro a algunas personas con los ojos fijos en nosotros. Saludo a Betty hasta que la vergüenza la empuja a centrarse en su trozo de pizza.
Sara se muerde el labio.
—Bueno, deberíamos darles algo sobre lo que hablar.
Arqueo las cejas, pero el corazón se me acelera al instante.
—Eh, quizá —respondo.
—Ya se me ocurrirá algo; no te preocupes —asegura Sara.
—¿Algo como qué?
—Algo de lo que hablarán —responde con un guiño travieso.
Solo logro soltar una carcajada divertida.
—Madre mía, sois muy distintas.
—¿Quiénes?
—Michelle y tú.
—Ah, sí, mi madre también lo solía decir —confiesa—. Las dos caras de una moneda. La luna y el sol. La rubia y la morena. La sagitario y la escorpio.
Me echo a reír.
—Nunca he entendido lo de los signos del zodiaco.
—Sí, bueno, los escorpios son muy intensos, como Michelle.
—Sin duda —concuerdo—. Tardé una eternidad en que me dedicara una reacción que no fuera el odio. Pero, eh… —Me inclino hacia ella como si estuviera compartiendo una teoría conspirativa—. Estoy bastante seguro de que me sigue odiando.
Sara suelta una carcajada, pero no tarda en apagarse. Frunce los labios.
—Bueno, Michelle siempre dice lo que piensa —replica.
Sonrío.
—Es lo que más me gusta de ella.
Sara me sostiene la mirada durante un momento incómodo antes de inclinarse en la mesa, apoyarse en los codos y entrelazar los dedos ante sí.
—Tengo que hacerte una pregunta, Clifford —dice, imitándome.
Me echo a reír y me llevo el vaso a la boca.
—Dispara.
—¿Sabes que estás enamorado de mi hermana?
Escupo el agua, que se derrama sobre la mesa. Cojo una servilleta y limpio el mantel.
—Sí —añade tras humedecerse los labios—. Me lo imaginaba.
—No es… —Me río a pesar de mi nerviosismo creciente—. Somos amigos.
Sara entorna los ojos.
—Te cuenta cosas que ni siquiera me dice a mí.
—Vale, somos amigos íntimos —me corrijo.
—Ella también está enamorada de ti, ¿verdad?
—No, para nada.
Juguetea con la servilleta y el tenedor.
—¿Te apetecía venir a la cita? —Sara me contempla con ojos entornados.
El corazón me da un vuelco. Suelto un suspiro.
—Eres muy maja.
—¿Pero?
—Michelle quería que volviera al mercado y te quiere mucho, por lo que tenía sentido. De verdad, cuenta maravillas sobre ti y es cierto, eres encantadora. Pero… hace mucho tiempo que no tengo una cita. Así que no, no me apetecía. Aunque te juro que no tiene nada que ver contigo.
Sara sonríe.
—Bueno, bien, porque soy encantadora y me alegra que Michelle tenga un amigo como tú.
Asiento.
—Significa mucho para mí. Y se va en dos meses, así que… —Pestañeo un segundo—: Me alegra haberme hecho amigo suyo en tan poco tiempo. Eso es todo. —Me encojo de hombros—. Es especial.
Sara se queda boquiabierta.
—Ay, madre mía, estás pilladísimo por ella.
Niego con la cabeza y lo acompaño con una carcajada incómoda.
—No es verdad.
—Es una locura. Dijo que no había nada entre vosotros.
El corazón me da un vuelco.
—Ah… Ah, ¿sí?
—Sí, a ver… —Sara pestañea y se lleva las manos a la cabeza, como si estuviera tratando de comprender demasiadas cosas a la vez—. Por Dios, incluso bromeó sobre el tema.
«Bromeó».
Me aclaro la garganta.
—¿De verdad? —De repente, la silla se vuelve muy incómoda. Muy dura. Me remuevo en el asiento y chasqueo la lengua—. Vaya.
Sara abre mucho los ojos.
—Ah, no quería…
—No, no pasa nada —digo tras forzar una carcajada—. Sí. —Inhalo y exhalo—. Bueno, como has dicho, no dice nada que no piense de verdad.
—Es… A ver, es difícil saber lo que opina en realidad —contesta.
—Lo sé —concuerdo—. Sí, es verdad.
Por supuesto, en ese momento exacto Lars se acerca con dos pizzas que hacen equilibrios sobre sus manos. Las posa en la mesa y vuelve a sonreírnos.
—¿Puedo traeros algo más? —pregunta—. ¿Una vela?
Niego con la cabeza.
—Estamos bien, Lars.
Y, por primera vez, mi querida pizza «Amantes de la carne» me sabe a mierda. A una mierda enorme.