Un otoño para ser feliz Capítulo 26. Cliff
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Capítulo 26. Cliff

CLIFF

No quiero tener una cita con la hermana de Michelle.

No es que Sara no me parezca mona. Es muy guapa.

«Animada» quizá sería la mejor descripción.

Podría recorrerle la sonrisa con hoyuelos con el pulgar y sus ojos azules harían que cualquier hombre con dos dedos de frente, o incluso sin ninguno, se obsesionara con ella.

Por desgracia, he desarrollado una atracción muy molesta por las morenas agridulces y controladoras. No puedo decirle que no a Michelle. Y por eso estoy a cinco minutos de recoger a la hermana de esta mujer y tener una cita con ella.

—Te reservaré una mesa —me dice Lars al teléfono.

Gruño.

—Tampoco le des muchas vueltas.

—Pero es importante.

—En realidad, no.

—Colocaré unas flores.

—Lars.

Oigo el pitido final de la llamada antes de que pueda seguir negándome. Suspiro. Hemos decidido cenar en la pizzería de Lars, en la plaza. Es inevitable, todo Copper Run lo verá, cotilleará y se pasará de tres a cinco días lectivos haciendo preguntas.

Debería haberlo esperado, pero, cuando le pedí una cita a Sara, solo podía pensar: «Si hace feliz a Michelle…».

Me enfundo mi mejor jersey, unos pantalones chinos y una americana. Me miro en el espejo, me paso una mano por el pelo y me lo revuelvo.

—Por Dios —musito, pasándome los dedos por él una y otra vez antes de detenerme porque La Caída™ no mejorará a menos que me haga un corte de pelo diferente.

Solo he estado en dos primeras citas en toda mi vida. En la primera tenía dieciséis años. Mis padres nos llevaron a Tracy y a mí al cine. Pagué las palomitas con el dinero que me dieron por mi cumpleaños. Y, luego, un par de semanas más tarde concebimos a Emily.

La segunda cita fue un mes después de firmar los papeles del divorcio.

Carol me dijo que había pasión ahí fuera y necesitaba encontrarla.

Miré los anuncios y llamé a una mujer que decía que le encantaban los niños.

Conduje hasta Burlington demasiado pronto y me di cuenta en la recepción del restaurante de que no había hecho la reserva.

Fuimos a una bocatería al final de la calle y hablamos de nuestros trabajos y futuros (quería tener tres «hijos propios» o «quizá cinco»).

Luego, decidimos que no tomaríamos postre.

Ni yo la volví a llamar ni ella me llamó a mí.

Bajo las escaleras hasta el salón. Emily y Carol están sentadas delante de la televisión, viendo alguna comedia romántica con Meg Ryan. Es guapa, pero no me van mucho las rubias. No.

—Volveré pronto.

No espero que me miren. Emily me sigue haciendo el vacío y, de repente, se está refugiando en su tía, pero las dos se giran a la vez.

—Vaya —susurra mi hija—. ¿Adónde vas esta noche, papá?

La sorpresa de Carol es parecida, pero con un grito ahogado exagerado.

—¿Una cita romántica?

Me ajusto los gemelos de la manga.

—En realidad, sí.

Emily se queda boquiabierta.

—No me digas. ¿En serio?

—Sí.

—Nunca has tenido una cita —observa Emily.

—Sí, una vez. Más o menos.

Un segundo después, una sonrisa gélida se extiende por los labios de mi hija.

—Ah, ya veo. —Le tiende la mano a Carol—. Suelta la pasta.

Mi hermana rebusca en el bolsillo.

—Tenías razón.

Entorno los ojos y los paseo entre ambas.

—¿Qué está pasando aquí?

—Lo sabía —dice Emily con una sonrisa.

—¿Qué? —pregunto.

—Que Michelle y tú os habíais enrollado.

Siento que me han lanzado a la cara un cubo de hielo, no de agua, porque esta dolería menos.

—Emily. Burke.

Se sobresalta y me pregunto si mi tono habrá sido más brusco de lo que pretendía, aunque me parece que es lo que deseaba mi presión sanguínea.

—Aj —gruñe, poniendo los ojos en blanco—. Quería decir que estabais saliendo.

—La cita no es con Michelle.

—¿Qué? —se sorprende Carol.

—Shhh, Brittany está dormida —susurro.

—¿Qué quieres decir con que no es con Michelle? —sisea Carol.

—¿Con quién tienes una cita? —la secunda Emily.

—Con Sara.

—¡¿Con la hermana de Michelle?! —preguntan al unísono.

—¡Shhh! Sí.

Carol arruga la nariz antes de mirar mi conjunto de arriba abajo.

—Dios, cámbiate los zapatos, entonces.

—¿Qué? ¿Por qué? —Me encantan las botas marrones.

—Son un clásico de Cliff —dice—. Y los clásicos de Cliff se le muestran a la otra persona tras varias citas.

—Pero no me habrías dicho nada si la cita hubiera sido con Michelle, ¿no?

Carol se encoge de hombros.

—Bueno, sí, ya te conoce y le gusta cómo eres.

Contengo el aliento mientras los tres asimilamos la frase de Carol, seguida por un silencio incómodo. No me hace gracia.

Emily presiona los labios.

—No van a juego con la chaqueta, papá. Necesitas causar una buena primera impresión.

Doy una palmada y las señalo.

—No os he pedido vuestra opinión, pero gracias igualmente.

Estoy a punto de llegar a la puerta trasera cuando Carol grita:

—Cámbiate los zapatos si quieres gustarle.

Dudo un segundo en el umbral. Luego, cierro la puerta a mis espaldas, aún con las botas marrones.

Llamo a la puerta de Bird & Breakfast. Niego con la cabeza y me muerdo la mejilla. Me siento avergonzado.

«¿Cuándo fue la última vez que llamé a alguna puerta de Copper Run?».

Estoy inquieto, como si estuviera pasando algo por alto.

A lo mejor se me ha olvidado apagar los fuegos.

O me he dejado el monedero. Me estoy palpando los bolsillos para asegurarme de que lo he traído cuando la puerta se abre de golpe.

No sé por qué esperaba ver a Michelle, supongo que por costumbre, pero es el rostro alegre de Sara quien contesta.

—Hola —saluda.

—Ah, ey. —Es raro. Soy raro.

Sara va vestida de una manera muy distinta a la mía. Parezco un hombre viejo y pasado de moda por culpa de la chaqueta deportiva. Ella va mona. Demasiado mona. Demasiado joven. Se parece mucho a una versión animada de mi propia hija, lo que me provoca un escalofrío.

Lleva el pelo recogido en múltiples trenzas complejas, convertidas en una especie de corona de espinas.

No entiendo cómo funciona. Alrededor del cuello se ha puesto una de esas gargantillas trenzadas que tiene Emily y entre la camisa y la falda hay espacio suficiente para mostrar el ombligo. ¡Y yo voy con chinos!

Antes de que pueda hablar, dice:

—Deja que coja rápidamente el bolso.

Sara se precipita escaleras arriba. Debe de alojarse en una de las habitaciones de invitados.

Me quedo de pie en el umbral. Nunca he reprimido las ganas de entrar de manera casual en Bird & Breakfast, pero de repente me parece inapropiado, ya que estoy en mitad de una cita. Es como entrar en casa de sus padres.

Por eso, me apoyo en el marco para intentar vislumbrar a…

«Ahí está».

Michelle está sentada en el salón con las piernas dobladas bajo su cuerpo en el sofá. Tiene un cuaderno abierto en el regazo. Está trabajando. Sonrío. «Típico de ella».

En una mano sujeta un bolígrafo y en la otra una taza humeante. Conociéndola, lo más probable es que la haya llenado de café.

Dejo escapar un suave silbido. Alza la cabeza y se inclina hacia delante para mirar tras la esquina.

—Hola, soy Cliff. Encantada de conocerla, señora Cadell.

Estiro una mano. Con una sonrisa traviesa, Michelle me imita. Nos la estrechamos por el aire, a seis metros de distancia.

—Llámame Michelle. Encantada de conocerte, Cliff.

Agito el brazo.

—Tienes una casa muy bonita.

Y sigo estrechándole la mano.

—Gracias —responde.

Y sigo estrechándole la mano.

Señalo su café con la barbilla.

—Te vas a quedar despierta hasta medianoche, ¿no?

—Podría tomarme una copa e irme a la cama segundos después —me asegura.

Curvo las comisuras de los labios.

—Sé que es así.

Michelle esboza una media sonrisa. Entonces, deja de mover la mano. Dejo caer también la mía. Se reclina para esconderse de nuevo de mi vista. Me desaparece la sonrisa.

Sara se apresura escaleras abajo, saltando los peldaños de dos en dos, la mano en la barandilla, con anillos en casi todos los dedos con los que acaricia la superficie. Se frota un labio contra otro y en ellos se intuye un brillo rosado.

—Estoy lista. —dice, ajustándose el bolso sobre el hombro—. ¿Qué opinas? —Da una vuelta.

Esbozo una sonrisa.

—Estás muy guapa.

—Gracias. —Aletea las pestañas de una manera tan exagerada que me provoca una carcajada.

—¿Quieres que nos vayamos ya? —pregunto, señalando a mis espaldas con el pulgar.

—Claro. —Se encoge de hombros como si dijera: «Sí, lo que quieras. Me parece perfecto».

Le coloco una mano en la parte baja de la espalda y la guío por la puerta.

—No llegaré muy tarde, Shells —grita Sara.

Sin embargo, antes de seguirla por la puerta, me giro para mirar hacia el salón. Michelle nos observa tras la esquina. Cuando nuestras miradas se encuentran, se escabulle.

—Dos, Lars.

Tiene los ojos tan abiertos que veo la parte blanca alrededor de sus iris. Suspiro. Sé lo que parece. Yo, Clifford Burke, el divorciado célibe del pueblo, tengo una cita. No una cita cualquiera, además, sino con alguien como Sara. Joven. Mona.

—Dos —repite Lars.

—Dos —le confirmo, formando una línea con los labios y arqueando las cejas.

Lars coge dos cartas a toda prisa, al mismo tiempo que reprime una sonrisa.

Mientras nos guía hasta nuestra mesa con un mantel de cuadros blancos y rojos, veo que Betty está cenando con Sandra.

Luke está sentado frente a sus padres. Todos nos miran.

Mañana saldré en las noticias, si no hablan de mí en los próximos cinco minutos.

Retiro la silla, que chirría sobre la madera, para Sara y vuelvo a colocarla en su sitio cuando se sienta. Ocupo la de enfrente. Lars juguetea con los pulgares.

—¿Eres nuestro camarero? —pregunto.

—Claro.

—Pero eres el propietario del local.

—Soy un ejemplo a seguir. ¿Vino?

Le lanzo una mirada inquisitiva.

«Ni siquiera sirven vino aquí».

—Estamos bien, Lars. Dos botellas de agua, de momento.

—Claro —concuerda, paseando los ojos de uno a otro. No se mueve.

—¿Lars?

Se sobresalta.

—Sí, ahora vuelvo.

Mi amigo se aleja a toda prisa, pero, cuando se coloca detrás de Sara, fuera de su vista, me enseña los pulgares. Pongo los ojos en blanco y cojo la carta.

—¿Qué tienen aquí? —pregunta Sara.