Capítulo 25. Michelle
MICHELLE
Cuando me cuelo en la casa de Cliff, son casi las diez.
He metido en la cama a mi hermana con su enorme borrachera.
Mi padre ha visto el telediario nocturno hasta que al final se ha arrastrado hasta la habitación libre del hotel.
He lavado los platos, observando cómo se explotaban las burbujas, mientras mi mente funcionaba a pleno rendimiento.
He intentado revisar el presupuesto, pero no he conseguido centrarme.
No me ha llegado ningún fax del trabajo.
Siento que camino a ciegas en muchos ámbitos.
Tras apagar todas las luces, me he puesto las pantuflas, he cogido la correa de Rocket y me he abierto paso entre los arbustos que separan mi casa y la de Cliff. Me encuentra en los rosales.
—¿Michelle? —pregunta Cliff con su conocida carcajada.
—Ey —susurro—. ¿Estás despierto?
Se sumerge en la maleza hasta que me coge del codo y tira de mí.
—Es obvio —contesta—. ¿Qué haces?
—Venía a hablar contigo. —Lo miro durante un segundo—. Espera, ¿qué hacías aquí fuera?
A estas horas está muy diferente. Bajo el brillo de la luz de su porche, tiene el pelo más revuelto. Lleva un pantalón de pijama a cuadros y una camiseta holgada y desvaída de los Chicago Bulls. Tiene sombras bajo los ojos, pero, encima, unas gafas redondas de montura metálica.
Me muerdo el labio inferior para reprimir una carcajada.
—¿Llevas gafas?
Se las quita, las estudia y se las vuelve a poner.
—¿Sí?
—Ja, ja.
Esboza una sonrisa.
—Mi visión es un horror.
—No lo sabía.
—No necesitabas saber que era imperfecto —me provoca.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Qué haces despierto?
Se encoge de hombros.
—No podía dormir. ¿Y tú?
—Venía a buscarte. ¿Quieres ir a dar un paseo? —le propongo.
Examina mis pantuflas azules, ahora cubiertas de barro, y suelta una carcajada.
—Claro, iré a dar un paseo contigo.
Me rodea la cintura con el brazo y me guía por el camino de entrada hasta la acera. Rocket camina detrás de nosotros, recorriendo la calle al tiempo que olfatea cada planta moviendo la nariz.
—Dime la verdad. ¿Qué tal ha ido la cena? —pregunto.
—Ha sido…
—¿Terrible? Terrible, ¿verdad?
—¿Terrible? —repite, sorprendido y burlón—. No, para nada.
Le doy un empujón con el hombro y se echa a reír.
—Ah, cuidado con esa rama. Por Dios, vas a hacerte daño. —Tira de mí hacia el jardín y él se coloca en el exterior de la acera—. Se te da peor que cocinar incluso.
—Dijiste que estaba mejorando —lo contraataco, más alto de lo que debería en un vecindario dormido.
Me cubre la boca con la mano mientras suelta una suave carcajada que acompaña con un «shhh».
La última vez que me tapó la boca así fue en Halloween y llevaba los guantes puestos.
Nunca he sentido su piel desnuda sobre los labios.
Sus manos desprenden calor. Son ásperas, de trabajador.
Tan grandes que me cubren ambos extremos de la mandíbula. Me duele el pecho.
La aparta y por fin siento que soy capaz de respirar.
—Tus dulces no están mal —aclara con voz baja y ronca en un intento por hacer tan poco ruido como los grillos y el viento apenas audible—. Pero ¿el asado? —Estira la mano y la gira de un lado a otro—. Cuestionable.
—¡Qué poca vergüenza!
—Soy sincero. —Entorna los ojos—. Creía que valorabas la sinceridad.
—Así es.
Le da una patada a una piedra solitaria y levanta los ojos al cielo.
La oscuridad es casi total. Las farolas se extienden hasta donde alcanza la vista e iluminan cada tramo de calle con borrosos círculos dorados de luz.
Cuando pasamos debajo, dibujan una miríada de contrastes en su rostro.
Pómulos altos. Las pequeñas arrugas junto a sus ojos cuando sonríe.
La marca al lado de sus labios. Seguimos andando y de nuevo nos envuelve la oscuridad.
—Es raro, ¿no? —dice.
—¿Qué?
—Tener aquí a tu hermana. Seguro que es como ver la luz al final del túnel o algo así. Supongo que estarás deseando volver.
Trago saliva.
—Sí, un poco. —Me río—. Quiero volver a mi despacho en un lugar privilegiado. Echo de menos correr por las mañanas, el café del local al final de la calle y los ruidos de la ciudad.
—¿Sigues sin poder dormir?
—No. Y, por Dios —añado con frustración—, quiero saber qué diablos está pasando con mi cliente porque estoy segura de que Mark la está liando.
—Maldito Mark —contesta Cliff con una sonrisa.
Suspiro.
—Lo echo todo de menos, pero… sabía lo que hacía al venir aquí.
—¿Qué hacías exactamente?
Me encojo de hombros.
—No puedes pedir una excedencia tan larga como la mía y esperar volver al mismo trabajo que tenías al irte. Pero hice lo que tenía que hacer y lo haré cuando regrese.
—Seguro que lo disfrutarás al máximo también, ¿eh?
—Claro que sí. Será difícil, pero siempre me han gustado los retos.
—Lo sé.
Cliff se ríe mientras arrastra las zapatillas por el suelo. Echaré de menos su inseguridad ocasional, los eventos en la plaza e incluso el jardín de Winston, ahora decorado con un enorme pavo, de pie en el centro. Pero estas sensaciones pasarán, como ocurre con todo, como ocurre con las estaciones.
—Entonces…, eh…, ¿de qué querías hablar? —pregunta Cliff en mitad del silencio.
Me quedo paralizada.
—Ah, iba a… —De repente, esta conversación parece más apropiada. Al fin y al cabo, me voy a ir, ¿no?—. Iba a hablarte de mi hermana.
—¿Qué le pasa?
—Cree que eres mono —expongo, casual, a la vez que me deslizo el colgante por la delgada cadena.
—Qué maja —responde tan rápido que los dos nos echamos a reír antes de que las carcajadas se desvanezcan en el silencio una vez más.
—Y… Eh… —Ladeo la cabeza y frunzo los labios. Estoy tirando tan fuerte del collar que se me está clavando en el cuello—. Bueno, le prometí que os organizaría una cita.
Cliff ralentiza los pasos de manera tan evidente que casi parece detenerse antes de volver a acelerar. La oscuridad es tan densa que no veo su expresión.
Al final, musita:
—¿Por qué?
—Creo que te vendría bien.
—Ah.
Despacio, volvemos a cruzar un círculo de luz y observo su rostro cuando se torna más nítido. Ninguna arruga. Ninguna sonrisa a la vista.
—Ya hablamos de que volverías al mercado —me apresuro a explicar—. Esta sería la oportunidad perfecta. Te conozco. Y conozco a mi hermana. Seríais muy felices juntos.
Suelta un bufido.
—¿Esa es la receta para una buena cita?
—Puede. Eres pastelero, ¿no?
Se le escapa una suave carcajada. Sus zapatillas gimen sobre el cemento mientras permanece unos segundos en la oscuridad antes de pasar bajo una nueva farola. Me detengo unos pasos por delante de él sin soltar el colgante en ningún momento.
Lo escucho suspirar.
—¿Por qué no dejas de presionarme con lo de salir al mercado, Michelle?
Entreabro los labios mientras lo pienso, pero no encuentro las palabras adecuadas. Lo que empieza como una pausa en la conversación se convierte en un silencio extraño y Cliff no lo está cubriendo como suele hacer. Quiere una respuesta.
—Porque te mereces ser feliz —susurro al final.
Se mete las manos en los bolsillos. Pasea un pie por el suelo. El silencio se vuelve tan abrumador que añado:
—Es tu tipo.
Cliff sisea entre dientes y, despacio, comienza a avanzar hacia mí. Un paso. Otro. Me quedo sin respiración cuando se acerca, bloqueándome el rayo de luz. Por fin lo veo de nuevo. Tiene las cejas arqueadas y, de repente, su pecho está a centímetros del mío.
—Ajá —murmura mientras posa sus ojos azules en los míos—. ¿Y cuál es mi tipo, Michelle?
Me enderezo.
—Rubias. Alegres.
Se acaricia el interior de la mejilla con la lengua. Parece molesto, lo que consigue que yerga aún más la espalda. Nunca se ha mostrado así conmigo y no sé qué hacer.
—Sí —dice con lentitud—. Sí, supongo que tienes razón. Rubias. Alegres. Estás describiendo a la perfección a la mujer de la que me divorcié.
Sus palabras desprenden desdén. Es como recibir un disparo en el pecho, que me traspasa el corazón tan rápido que no lo veo venir.
—¿Estás enfadado conmigo? —suelto con brusquedad.
Cliff exhala, liberando parte de la tensión en los hombros, como si acabara de darse cuenta de lo incómodo que se encontraba. Se pasa los dedos por el pelo y deja que los mechones le vuelvan a caer en el mismo sitio.
—No creo que sea buena idea. Apenas la conozco.
—Esa es la gracia de una cita, ¿no?
Se le marca un músculo en la mandíbula cuando desvía la mirada hacia un lado.
—No lo sé, Michelle.
—¿No quieres pasar página por fin? —insisto.
Pestañea, contemplándome. Leyendo entre líneas.
—Me lo pensaré —susurra.
—Bien.
—Bien.
Rocket tira de la cadena y camina hacia delante como si quisiera huir de esta conversación tanto como yo.
Seguimos con el paseo y Cliff solo tarda media manzana en desprenderse de su tensión antes de que la conversación vuelva a su cauce normal. Nos reímos y fingimos que nunca le he hecho la propuesta. Pero cada una de sus palabras transmite una suave aspereza, una brusca sequedad.
No abordo esta actitud porque no merece la pena. Sé lo que he hecho y no sirve de nada empezar una discusión que acabaré perdiendo.